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Poesías

Melchor de Palau y Català


(1843-1910)

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El poeta cuyas composiciones publicamos es de los pocos que han obtenido en vida el unánime aplauso de sus contemporáneos, como puede verse en los siguientes juicios críticos, a los que podríamos añadir otros muchos igualmente encomiásticos.

En el extranjero han traducido sus poesías: al italiano, Cav. Diocleziano Mancini y J. Caristo; al francés, los académicos M. Antoine de Latour y Achille Millien; al portugués, el poeta Alberto Ossorio de Castro; al alemán, el Dr. Johannes Fastenrath y E. Pflücker; al húngaro, el Prof. A. Pikhart; y al sueco, el Dr. Göran Björkman.

«Las obras de Palau son de tal naturaleza que bastará leer algunos de sus preciosos cantares para reputarle desde luego por verdadero poeta. Se distingue por una dulce y apacible melancolía que, sin degenerar en afectada tristeza ni en prematuro y risible desencanto de la vida, presta a sus breves coplas el más halagüeño hechizo. Cándidos brotes de un corazón noble y puro, los cantares de Palau son como olorosas flores del campo salpicadas de cristalino rocío. Diríase al leerlos que un amor mal correspondido, que un temprano desengaño le ha herido profundamente, sin llevarle, no obstante, a maldecir del amor ni a dejarse dominar del negro escepticismo que ahora mina la existencia y la felicidad de no pocos jóvenes, secando desde muy luego la savia generosa del corazón, y convirtiéndolos en malos amantes, en malos amigos, en malos hijos, y por consiguiente en malísimos ciudadanos.

»La primera impresión que nos arrastra naturalmente al culto de la mujer, y que en los años juveniles despierta en el alma ilusiones tan risueñas, tarda poco en ser fuente de inesperados pesares. La falta de amorosa correspondencia en aquella cuya simple vista nos había hecho alimentar la idea de convertir el mundo en un paraíso destruye y borra instantáneamente el alcázar de tantas seductoras imaginaciones. Y, como el desamor engendra siempre la amargura, el poeta desahogará su pecho, exclamando:


Pastores que preguntáis
las horas a las estrellas,
preguntadles si algún día
veré el fin de mi tristeza.

»Palau canta con la envidiable espontaneidad con que canta el ruiseñor en los bosques, porque Dios le hizo poeta, cantor amoroso y tierno, al que basta un solo rasgo para cautivaros con la novedad y finura del concepto, ora pinte lo corrosivo del vicio, ora intente personificar el efecto que causa el pudor cuando reprime o contiene acciones o palabras indignas, ora prorrumpa con honda pena dolorosos acentos, o recuerde también la rapidez con que se desliza a su fin la vida.

»No pasará mucho tiempo sin que todas o la mayor parte de sus poesías corran de boca en boca por las poblaciones de nuestra Península y por las que hablan todavía la sonora lengua de Cervantes en uno y otro hemisferio. Vivas en la memoria del pueblo, cuando el oleaje de los tiempos haya hecho desaparecer las hojas frágiles y perecederas en que ahora salen a luz, no faltará quien las tenga por hijas legítimas del pueblo, e ignorando el nombre de su verdadero padre, las atribuya discretamente a la musa popular.»

MANUEL CAÑETE

(Del prólogo de los Primeros cantares.)

«¿Qué contiene ese libro?

»En primer lugar, ese libro contiene lo que contienen todos los libros, desde el libro de caja hasta el libro de memoria; lo que contienen todos los árboles, casi todas las plantas, todas las flores: contiene una serie de hojas. ¡Esas hojas deberán a su vez contener algo! Sí, contienen letras; y para mejor claridad debo añadir que son letras a la vista, pues no hay manera de abrir el libro por cualquiera de sus páginas sin verlas.

»¡Letras a la vista!, exclamará el genio del comercio por la boca de cualquiera: ese libro debe ser un tesoro.

»Y en efecto, un tesoro es este libro.

»Es una serie de páginas en cuyo conjunto encuentra el alma más codiciosa el capital más saneado.

»Es una emisión de papel que lleva consigo todo el valor que representa.

»Son títulos de esa deuda perpetua que el hombre contrae desde el momento que se encuentra dentro de sí mismo con un corazón que se agita, diciéndole 'siente', y con un alma que lo levanta sobre sí mismo y que le dice 'piensa'.

»Por más que entristezca a los hombres de negocios que pueblan el mercado del mundo moderno, me es preciso advertir, para que no se metan en una mala jugada, que el papel de que hablo no se cotiza en ninguna Bolsa.

»Y es tan hábil la combinación de ese conjunto de letras, que unidas entre sí por complicados y misteriosos vínculos, aparecen sobre el papel en variedad de grupos que cada uno contiene el valor completo y preciso de una palabra.

»Y es tan perfecto a su vez el orden de esos grupos de letras, que, uniéndose en continuas combinaciones, dibujan en el alma del que los lee las imágenes más bellas, como si obraran por medio del mecanismo de una fotografía maravillosa.

»Y sucede también que al entrar por los ojos esos grupos ordenados de letras en el curso regular de sus renglones, despierta, como si en ella estuvieran dormidos, esa multitud de pensamientos cuyo germen todos llevamos en el alma.

»Este libro lo abrirán algunos y dirán: 'coplas'. Lo abrirán otros y dirán: 'versos'.

»Pues bien, este libro es un tesoro de poesía.

»Forma una serie de conceptos tiernos, de imágenes felices, de pensamientos delicados.

»Es un libro que se puede abrir por cualquier parte; no hay necesidad de empezar por la primera hoja.

»Entre las hojas de este libro se encuentra el alma como una mariposa entre muchas flores, sin saber por dónde empezar, y empiece por donde quiera, va de una en otra hasta que las liba todas.

»En este libro hay algo del espejo, pues parece que en él se ve uno mismo.

»Los afectos que pinta son de tal naturaleza y están de tal modo expuestos, que no sabe uno si están en el libro o se los encuentra en su propia alma.

»Me atrevería a creer que el autor ha dado a luz, digámoslo así, una historia que todos llevamos en el corazón.

»El autor habla casi siempre en su nombre; todo lo que pasa en el libro le pasa a él; lo que se ve, se ve por sus ojos; lo que se oye, se oye por sus oídos, y como el que lee tiene que colocarse en el mismo sitio del autor, parece, no que se lee un libro, sino que lee en su alma.»

JOSÉ SELGAS

«Sin caer en el didactismo, ha logrado Palau, en sus Verdades políticas, modelar las nuevas estrofas de una poesía ignorada, que busca con ansia la belleza de la verdad, conservando el culto a la forma y la plástica antigua para revestir las ideas y las sensaciones que agitan el espíritu moderno.

»Conmovido ante los prodigios realizados por la edad moderna y presintiendo los asombros que vendrán, deja oír su voz ferviente en loor de los progresos de su era, y a las pesadumbres y quejas de la poesía pesimista y doliente, contesta con los acentos gratos del que, contento en su siglo, no deplora, como Alfredo de Musset, haber llegado demasiado tarde, sino haber venido demasiado pronto.

»La hipótesis, que en mano del científico lleva al descubrimiento de la verdad, en la mente del poeta conduce a la visión hermosa y fantástica de las maravillas que se presienten. Encuéntrase el poeta en un campo virgen e inexplorado: tiene caudal abundante de imágenes y comparaciones en que nadie ha puesto la mano: explota las observaciones y datos que la ciencia le ofrece, en una palabra, aporta savia nueva al caduco árbol, para que dé nuevos retoños.

»En esta labor, Palau muestra verdadera personalidad: sabe extraer la esencia poética del descubrimiento científico; reflejar el aspecto hermoso que ofrece cada nuevo triunfo sobre la indómita materia, el grito de alegría que acompaña a cada avance y los vislumbres de esperanza que surgen en la fantasía de la humanidad, al ver tal cúmulo de imposibles realizados. Aquel grito desgarrador de Leopardi


Amaro e noia altro mai nulla

o extiende su penumbra, que envuelve casi toda la poesía del siglo, hasta esos cantos alegres y vibrantes del ejército victorioso, de los mineros que perciben la luz en las dos galerías recién comunicadas, del alpinista que ha llegado a la cumbre, y contempla el inmenso paisaje bañado por les rayos del sol levante. No cabe la tristeza sombría en el que, esclavo un tiempo del rayo, se ha trocado en árbitro y señor, del que ve surgir, a lo lejos, pasmosos horizontes, del que logra evocar los incendios del Pirene ante la masa de carbón ennegrecido que nos devuelve los colores lujuriantes de las vegetaciones primitivas, para regocijo de nuestros ojos.

»¿Es posible que el numen yazga inerte ante las maravillas de las modernas invenciones? ¿Cuando todas las épocas han oído vibrar en las liras de sus cantores las voces del sentimiento que ha imperado con fuerza mayor en las almas, se concibe que el progreso de nuestro siglo no encuentre eco en la moderna poesía? ¿Por ventura la guerra de Troya, que llenó de por sí el arte pagano, ofrece las proporciones gran diosas y admirables de los descubrimientos portentosos de nuestros días? ¿Son acaso comparables los episodios de aquella lucha con las conquistas realizadas en nuestros tiempo, por la inteligencia humana?

»Nosotros creemos que no, y por esto merece nuestras sinceras alabanzas la obra de Palau, y comprendemos que, al leer por vez primera sus Verdades poéticas en el Ateneo de Madrid, provocara el entusiasmo de escritores tan ilustres como Moreno Nieto, Revilla, Cañete, Echegaray, Sánchez Moguel, Pérez Galdós y otros no menos autorizados.

»En el extranjero algunas poesías de Palau son tal vez más conocidas que en España. Varios cantares se han popularizado y se cantan en Alemania. En el Albo di Onoranze Internazioli a Cristofo Colombo, con autógrafos de los más eminentes literatos contemporáneos, en todos los idiomas conocidos, de España, sólo hay versos de Zorrilla, Valera, Campoamor, Núñez de Arce y Melchor de Palau.»

FEDERICO RAHOLA

(Biblioteca del siglo XIX.)

«No habrá un solo folklorista en España que no conozca a Palau como uno de los más inspirados imitadores de la poesía popular. Él mismo confiesa, con legítimo orgullo, que ha disfrutado el aplauso en una de sus formas más apetecidas, esto es, oyendo sus propios cantares eu boca del pueblo. Si para él es el mejor aplauso, para nosotros es el mejor elogio.

»De sus cantares, pocos son los que no llaman la atención de los lectores con sus varias cualidades; ingenio o sentimiento, fácil y candorosa expresión o imagen feliz, y sobre todo aquel encanto poético que, despertando la imaginación de quien escucha, le hace sentir y comprender más de lo que realmente ha dicho el poeta.

»Si bien domina en ellos, por lo común, la nota amorosa, encuéntrase en sus cantares de todo; francas y agraciadas hipérboles, pensamientos filosóficos y aforismos morales, imágenes brillantísimas y pintorescas metáforas; en fin, todo lo que avalora la poesía popular.

»En unos hay encerrada la imponente grandeza de un pensamiento poético o toma el sentimiento una forma jocosa que provoca la sonrisa, y en otros se revela felizmente reproduciendo el inimitable candor, el naturalismo poético de las expresiones del pueblo.»

J. IXART

(La Renaixensa)

»El ingeniero D. Melchor del Palau, sin perjuicio de escalar las vertiginosas cumbres de la poesía científica o de constituirse en intérprete de tradiciones piadosas, ha sido ante todo el primero -entre cuantos han escrito cantares en España- el que mejor ha imitado las breves y sencillas formas del arte popular, aun al desviarse de su espíritu. No estará de más traer a la memoria del lector algunas muestras, que de fijo le serán ya conocidas:



En las rosas de tu cara
un beso acaban de dar;
rosas que picó un gusano,
presto se deshojarán.

    ¡Que no llore! ¿Qué me importa
lágrima menos o más?
¿Qué me importa que llueva o no
sobre las olas del mar?

   ¿Qué bonito es tu semblante
por el llanto humedecido!
¡Qué bonitas son las flores
salpicadas de rocío!

   Gotas parecen mis lágrimas,
gotitas de agua de mar,
en lo amargas, en lo muchas,
y en que al cabo me ahogarán.

»Palau no es propiamente un imitador de Heine, sino algo mucho más estimable y raro; un hombre erudito que supo revestirse de la impersonalidad característica de los primitivos bardos populares y que ha hecho llegar sus rimas, no sólo a los oídos de los literatos, ya españoles, ya extranjeros, sino a las clases más humildes de la sociedad, entre las cuales corren de boca en boca como si fuesen producto de generación espontánea.»

P. BLANCO GARCÍA

(La Literatura Española en el siglo XIX.)

«La labor literaria de D. Melchor de Palau durante cerca de medio siglo es en verdad portentosa y lleva en su permanencia el mejor galardón a que puede aspirar un poeta. Literatos del fuste de D. Manuel Cañete, D. José Selgas, D. Benito Pérez Galdós, D. José Ixart y D. Federico Rahola, le han encomiado como es debido. Pero el mejor encomio es decir que los cantares de Palau han llegado al corazón del pueblo. Poeta culto y erudito como pocos, quiso escribir para hacer vibrar el alma nacional en sus infortunios y dolores, en sus esperanzas y entusiasmos, y el pueblo identificado con su poeta canta en sus rondas y procesiones, en sus romerías y zambas, lo que el Poeta escribió para él. Solamente Palau y Zorrilla han sido, en el teatro éste, y en la lírica aquél, poetas genuinamente populares. Los que lean y aprendan los versos de Melchor de Palau, tomarán gusto y afición al bien, a la verdad y a la belleza, saturarán sus mentes con el rico caudal de conceptos expresados en aquella habla castellana en cuyo manejo el autor es tan maestro.»

ARTURO MASRIERA

(Diario de Barcelona.)

«Mientras los más le conocen por sus tentativas de poesía filosófico-literaria, verbigracia, la oda Al carbón de piedra y A la locomotora, los menos somos los que recordamos ciertas coplas fresquísimas, de grato aroma popular y de espontaneidad encantadora, que ya han pasado al tesoro común (con evidente daño de su autor) de los cantares célebres e impersonales. No conozco en la poesía popular (es bien difícil discernir de qué materiales brota) nada que supere a estas dos joyitas:



Ojos azules tenía
la mujer que me engañó,
ojos de color de cielo
¡mira tú si fue traición!
.........................
   Procura no despertarme
cuando me veas dormir;
no sea que esté soñando
y sueñe que soy feliz.

EMILIA PARDO BAZÁN

(Nuevo Teatro Crítico.)

«Melchor de Palau es un catalán que ha tenido el buen gusto de ser poeta también en castellano; ha escrito preciosos cantares que se han confundido con los del pueblo, cantares que yo de niño aprendí de memoria.


En las rosas de tu cara
un beso acaban de dar:
rosas que picó un gusano
presto se deshojarán.

»Estos cuatro versos valen más que todos los de G. ... y de V. ...»

CLARÍN

(Paliques.)

«¿Qué importa que los cantares de Palau tengan o no parecido con los que el pueblo hace? Yo admiro a Palau por él y nada más que por él, y a sus cantares, porque ellos son los que me propongo leer y no los del pueblo.

»Y en verdad os digo (como decía el evangelista) que el que no haya leído ese libro no sabe qué cosa es buena; sí, es preciso recomendar esa obra con palabras vulgares y a la buena de Dios, como decirse suele, porque es la obra de tal naturaleza que no pretende elevarse al quinto cielo para referir penas de la tierra, según el uso establecido por los poetas de ciento en boca, que andan por esos cafés atronando los oídos de las gentes pacíficas; antes con encantadora sencillez y sencillísima forma formula el poeta sus pensamientos, que nunca pueden parecer a un crítico mordaz de los que se usan, lucubraciones hechas en casa para escarmiento de diccionarios.

»En una palabra, Melchor de Palau es simpático a todos los corazones. Es un trovador moderno, un poeta como los de todos los siglos, acomodado a la buena forma del presente. Los hombres deben estimarle, y amarle las mujeres. No puedo menos de terminar estos reglones repitiendo una de las bienaventuranzas de mi uso particular: ¡Bienaventurados los poetas, porque ellos serán amados!»

EUSEBIO BLASCO

(La Discusión.)

«Recibamos nosotros con los brazos abiertos este precioso libro donde resplandece el más delicado sentimiento expresado con voces de inefable ternura, que no tocan jamás el límite de la sensiblería. Si otros le rechazan, nosotros le acogemos con efusión para experimentar el inmenso deleite de sorprender, al través de sus múltiples bellezas, el alma del poeta que se oculta con timidez bajo la expresión bella de su propio dolor, de sus propios desengaños; sorprender la inspiración bajo el estilo, la musa bajo la poesía.

»La musa, hemos dicho, sí; fijémonos en la musa del señor Palau, en esa entidad misteriosa que inspiró sus cantares llenos de verdad y calor. A poco que leamos, la encontraremos vagamente dibujada por un pincel delicadísimo. Es una deidad de suprema hermosura que el poeta no se cansa de admirar; compárala a cuanto bello existe en la naturaleza, empleando para esto las formas más sencillas y conceptuosas.

»Dice:



De tanto mirarme en ti,
como tú me estoy volviendo;
que si el mar es tan azul
es de mirar tanto al cielo.

   Desde que al mundo bajaste
con esos ojos tan bellos,
se ha notado que hay un claro
en el azul de los cielos.

»El poeta no se cansa de admirarla:



Tus ojos verdes de mar,
tus labios como corales,
y tu corazón más bello
que una perla de los mares.

   Quisiera subirme al cielo
y estampar tu nombre allí,
para que al alzar los ojos
pensaran todos en ti.

   Del sitio donde nacimos
siempre una marca tenemos;
ángel del cielo bajado,
los ojos tienes del cielo.

   Hizo mal quien comparó
tus ojos a dos luceros;
tus ojos les aventajan
en que brillan siendo negros.

»Pero la misma musa que inspiró estas tiernas estrofas, donde resplandece al par de un sentimiento acrisolado felicidad contemplativa, es causa de una decepción cruel. ¡Musa falaz! He aquí que el poeta ha descubierto en el corazón de su ídolo no sé qué frialdad o espantoso vacío; su inspiración se aviva, pero su corazón se llena de tristeza. El pobre cantor desconfía de su musa.


De tu mejilla en el hoyo
tengo apostado un suspiro,
que me dice las palabras
que de tu boca han salido.

»Y sin duda el travieso espía fue contando a su dueño lo que oyó o lo que no oyó, dando origen a aquel otro cantar:


En la tierra nacen lirios,
en la mar nacen corales,
en mi corazón amores
y en tu boca falsedades.

»¡Y decíais que éste era un libro sin unidad, sin asunto, sin interés! Pues nosotros, penetrando en él, escudriñando cuidadosamente sus páginas, hemos encontrado una tierna historia, que trataremos de desarrollar claramente, reuniendo con orden los elementos dispersos que en una y otra página encontramos.

»¡Cómo oculta el Sr. Palau sus secretos! Escribió un lindo poemita de amor, y una vez concluido, lo desmenuzó, lo redujo a pedazos, y después que vio los fragmentos perfectamente confundidos, arrojó el todo sobre las máquinas de imprimir, creyendo que la muda prensa no revelaría su secreto. ¡Cómo se ha engañado! ¡Ha creído hacer una colección, un álbum, y ha hecho una tierna historia, un poema encantador! El lector ha burlado su empeño, y guiado por misterioso hilo, ha huido las obscuridades de tan confuso laberinto, saliendo felizmente de él con el corazón de Palau en la mano.

»La historia no puede ser más sencilla ni más dolorosa. Tras la dicha, tras el éxtasis contemplativo, tras la posesión tranquila y casta viene la duda, más tarde los celos, y por último la decepción.

»La musa de ojos de cielo, de boca de cielo, de frente de cielo, oculta bajo tan bella apariencia un alma empedernida, un corazón de nieve:


Eres árbol venenoso
que seduce al caminante,
brindándole con su sombra
para a su sombra matarle.

»Mas tanta falsedad no lleva el hastío al corazón del poeta; quéjase y llora amargamente; pero su dolor no le lleva a la exagerada incredulidad del escéptico; en medio de su abatimiento no maldice jamás al objeto de sus desgracias, contentándose con expresar su angustia en una queja lastimosa, pero tranquila. Aquí no hay desesperación; todo es sentimiento delicado y puro, que sostiene en su expresión serena la llama de una fe siempre firme.


Pastores que preguntáis
las horas a las estrellas,
preguntadles si algún día
veré el fin de mis tristezas.

»Al llegar aquí nuestra historia oculta un incidente. Algo terrible debió pasar entre el autor de los cantares y su musa. ¡La muerte tal vez! La muerte arrebató a la deidad de ojos de cielo y corazón de roca. El poeta no nos habla del trance fatal; pero nosotros lo adivinamos.

»Pero no necesitamos hacer estos esfuerzos de imaginación para encontrar en el libro que nos ocupa un mérito extraordinario: resplandece en él una poesía ideal, serena, casta, un sentimiento que no raya en la sensiblería, ni lleva jamás el alma del poeta a un dolor extremado que introduzca el hastío en su alma.»

B. PÉREZ GALDÓS

(La Nación.)

No podemos resistir a la tentación de publicar aquí la excelente traducción italiana que el insigne literato Diocleziano Mancini ha hecho de la primera parte de la oda «La Poesía y la Ciencia», que encabeza las poesías contenidas en el presente volumen.

LA POESÍA



Muta la lira nella man che torpe,
discinta il peplo, all'aura effuse in lunghe
onde le chiome u più non posa il vizzo
allôr di Dafne, con debile passo
l'erto Leucade sal la Poesia;
cercando va la morte, che di Lesbo
trovò l'augusta poetessa un tempo;
posa alquanto, si volge e vede schiatte
e popoli succedersi, dovunque
illuminando di sua luce il quadro,
giovial sorriso nelle liete feste
lagrima dolce in ore luttuose;
rimira l'avvenir tetro, e il sentiero
seguendo all'alta cima alfin perviene;
l'acque accarezza con virgineo sguardo
e l'ultimo suo canto ai venti gitta:

Sacerdotesa della cipria dea,
colia musa di celeste nume,
cantrice d'Ero, nell'amor maestra
misera Saffo.

Faone un giorno i versi tuoi neglesse,
eluse il bacio del tuo labro ardente,
e tu superba domandasti all'onda
tomba ed oblio.

Cosi veng'oggi a che la diva Teti
appo tua salma riposar mi lasci;
neglige il mondo i canti miei, le mie
carezze fugge.

I sacrosanti altari ove officiavo
infranti e pesti giacciono per terra;
omai d'Imene a celebrar le feste
niuno m'invita.

Arida è fatta la castalia fonte;
omai non più, da la conchiglia aperta,
Venere sorge; avido l'uom vi cerca
nitide perle.

Ora Prometeo più non fura al cielo
la luce e il foco, che dovunque sono;
non più le ondine, i palombari ingordi,
solcano l'acque.

Or la nereide nell'adusto rivo,
che disviato volge a dare impulso
alla mecanica agile rotante
viver non puote.

Il dio Cupido, disbendati gli occhi,
pensa il turcasso riempir con oro,
per soggiogare il core umano appieno
unica freccia.

La scure abbalte altissime boscaglie
per aprir campo a la ferrata via,
e le zampogne del dio Pan surroga
stridulo fischio.

Pegaso novo l'etera trasvola
sta villan rozzo in irte pelli avvolto
nella capanna che abitò mellifluo
pastor d'Arcadia.

Cadde il castello che ospitava il bardo,
caddero i ferri che addolci sua lira,
sulla moresca loggia ad ascoltarlo
niuno s'affaccia.

Lasciò il cherubo la celeste stanza
che scrutatore il cannocchiale invade,
e dispiegò verso altri cieli i vanni
lontan lontano.

La gran corrente che in ruina volve
ciò che a la genti era delizia, manto
seco non trae di fertil limo dove
crescano fiori.

Nulla discerno che a cantar m'inciti
in questo secol tenebroso; quando
stende la notte oscurità d'intorno
taccion gli augelli.

L'indifierenza l'anima m'attosca,
tutti m'infliggon dolorosa morte,
la più crudele che potriano darmi
il vilipendio.

Voglio perciò che l'acque sian leteo
farmaco a questo mio travaglio, ad esse
come sei tu sensibile e gelosa
io mi rivoigo.

Ma differente, ahi quanto! è il nostro fato:
a te dappresso in coro armonïoso
le doloranti di tua sorte grama
figlie di Lesbo;

a me d'intorno solitudin grave,
e colà lungi murmure e frastuono
che questo secol, che da sé mi scaccia
urge e affatica.

E tu, Anfitrite, che nel mare hai possa,
pietosa accogli il fervido lamento,
al mio contatte schiudi le voraci
onde, ten prego.

Non voglio, no, che con sarcasmo il mondo
prorompa al veder me deserta e triste:
«Fu questa, che in cenciosa veste or vedi,
la Poesia».





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