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ArribaAbajoVerdades poéticas


ArribaAbajoLa poesía y la ciencia

Oda-Prólogo




Muda la lira en la indolente mano;
desceñida la túnica; en el aire
la flotante abundosa cabellera,
que ya no logra sujetar el mustio
laurel de Dafne, sube la Poesía
a paso lento el Léucade riscoso;
buscando va la muerte que halló un tiempo
de Mitylene la poetisa augusta:
breve instante reposa; atrás contempla
y ve razas y pueblos sucederse,
por doquiera se mira reflejada
siempre su luz iluminando el cuadro;
jovial sonrisa en las alegres fiestas
lágrima dulce en las luctuosas horas;
mira lo porvenir, lo ve sombrío,
y prosigue el sendero; al ardua cumbre
llega por fin; las aguas acaricia
con su mirada virginal, y lanza
a los vientos su canto postrimero:

   «Sacerdotisa de la cipria Diosa;
eolia Musa, de celeste numen;
cantora de Eros; en amor maestra;
       mísera Safo.

   »Faón un día desoyó tus versos;
esquivó el beso de tu labio ardiente,
y tú orgullosa demandaste al onda
      tumba y olvido.

   »También hoy vengo a que la diva Tetis
cabe tu cuerpo reposar me deje;
también el mundo mi canción desoye,
      huye mi halago.

   »Las sacras aras, donde yo oficiaba,
por tierra yacen en pedazos rotas;
ya de Himeneo a celebrar las fiestas
      nadie me invita.

   »Ya se ha secado la Castalia fuente,
de abierta concha ya no surge Venus:
ávido el hombre, sólo en ellas busca
      nítidas perlas.

   »Ya al cielo no arrebata Prometeo
la luz y el fuego que doquiera brotan;
y, en vez de ondinas, codiciosos buzos
      surcan las aguas.

   »Ya la nereida en el suspenso río,
que el cauce deja para dar impulso
a la rodante maquinaria activa,
      morar no puede.

   »El dios Cupido, sin vendar los ojos,
trata con oro de llenar su aljaba,
para rendir el corazón humano
      única flecha.

   »Los altos bosques la segur abate,
para abrir campo a la ferrada vía;
ya del Dios Pan reemplaza al caramillo,
      silbo estridente.

   »Nuevo Pegaso por los aires vuela,
y gañán torpe de pelambre hirsuta
mora en la choza que habitó el melifluo
      pastor de Arcadia.

   »Cayó el castillo que albergara al bardo,
el son perdiose de la blanda guzla;
para escucharle, al ajimez morisco
      ya nadie asoma.

   »Dejó el querub la sideral vivienda,
que el anteojo escrutador invade,
y hacia otros cielos dirigió las alas,
      lejos, muy lejos.

   »La gran corriente, que convierte en ruina
lo que delicia de las gentes era,
mantos no arrastra de fecundo limo,
      do broten flores.

   »Nada vislumbro que a cantar me incite
en este siglo para mí en tinieblas;
cuando la noche su negrura extiende
      callan las aves.

   »La indiferencia me atosiga el alma,
todos me infligen dolorosa muerte,
la más tirana que pudieran darme,
      la del desprecio.

   »Por eso anhelo que las aguas sean
blando Leteo a mi mortal angustia;
acudo a ellas, si cual tú sentida,
      cual tú celosa.

   »Mas ¡cuán distintos los adversos hados!
en torno tuyo, en armonioso coro,
las condolidas por tu suerte infausta,
      hijas de Lesbos.

   »En torno mío soledad penosa,
y a allá a lo lejos zumbador murmullo
que, en su fatiga, forma inquieto el siglo
      que me rechaza.

   »Y tú, Anfitrite, que en la mar dominas,
acoge pía mi anhelante queja:
a mi contacto, las voraces ondas
      abre, te ruego.

   »No quiero, no, que con sarcasmo el mundo
prorrumpa al verme abandonada y triste:
'esa que veis, de túnica harapienta,
      fue la Poesía'.»

   Un suspiro lanzaron de consuno
ella y la lira; al agua abalanzose,
cuando -Detente y mi palabra escucha-
con voz entre imperiosa y suplicante,
gentil matrona de gallardo aspecto
dijo, tendiendo los desnudos brazos:
«Diosa o mortal, ¿quién eres que retardas
el cumplimiento de marcado sino?»
«Tu compañera soy, yo soy la Ciencia.»
«¡Minerva tú! ¿Dó el casco refulgente?
¿Dó la heridora lanza y el escudo?»
«No soy la diosa que brotó con armas
de la frente de Júpiter Tonante;
yo nací del cerebro de los sabios,
en nocturnas vigilias engendrada;
si al mar quieres bajar, baja conmigo,
mas no rompiendo las cerúleas ondas,
sino en ictíneo previsor, que encierra
vital aliento en reducido espacio,
y una vez agotado lo fabrica;
allí las penatulas luminosas;
las estrellas de mar en copia inmensa;
el pez-luna asomando en lontananza;
la nublosa fosforea superficie
y del torpedo los mortales rayos,
te mostrarán que en las verdosas aguas,
do los astros nocturnos se reflejan,
existe un duplicado firmamento,
objeto digno a tu sonante lira.
Contemplarás los peces plateados
en los ramajes del coral posarse,
las conchas que a la mar las sales roban,
para hacer nido a las variadas perlas;
las medusas viajando en las corrientes,
las sinuosas oceánicas honduras
corresponderse en armonioso ritmo
con las cadenas de los altos montes,
que con nubes completan su tocado;
el argonauta audaz que enseñó al hombre
el arte de nadar; la hidra asombrosa
que la de Lerma por modelo tuvo;
las islas madrepóricas formarse;
y escucharás los peces cantadores
que tomaste por lúbricas sirenas.
Pasto hallará tu inspiración sublime
doquier que vuelvas los ansiosos ojos;
Colón descubrió un mundo al otro lado,
otro resta en el fondo de las aguas.
Dejando el regio alcázar de Neptuno,
del orbe seguir puedes la raigambre
y el Nilo allí explorar de la existencia,
hasta su ignoto origen remontando.
Merced al telescopio, el alto cielo
conmigo escalarás; ebrias de gozo,
de los planetas de la tierra hermanos
el hálito vital aspiraremos,
y, cruzando su atmósfera tranquila,
el pie descansaremos breve instante,
atraídas, aun más que por su masa,
por el fuerte poder de su hermosura.
Tu mirada sutil, si desparecen
a mi soplo las brumas, ¡cuántos, cuántos
verá surgir lumbrosos horizontes!
¿Qué vale el cielo cuya ausencia lloras,
manto azul que de estrellas salpicado
formaba el techo de la tienda humana,
en parangón con el que allí descubras,
etéreo mar sin fondo ni riberas,
donde flotan los soles a porfía,
y en el que es nuestro globo un diminuto
grano de opaca arena? En moldes nuevos
vaciar debes tus obras inmortales;
con hilos del telégrafo reemplaza
las ya insonoras cuerdas del salterio.
   »Canta la selección de aves y flores,
que es un himno entonar a la belleza,
copiosa fuente de vital progreso,
fecunda ley que hasta el reptil acata.
Comienza la epopeya del trabajo,
que, a Dios alzando vaporoso incendio,
las montañas enrasa con los valles,
los cauces alinea tortüosos,
y da a beber al arenal enjuto.
Canta el hombre, luciérnaga rastrera,
que con el fuego de su mente alumbra,
y a cumplir nace las arcanas leyes
de mejorarse, mejorando el mundo.
De la Ciencia los mártires ensalza;
hora es ya que sus cuerpos venerandos
dejen las catacumbas del olvido.
Canta la edad de piedra y la del hierro;
las embrionarias nebulosas canta;
canta el beso reciente de dos mares;
de los espacios convertida en buzo,
sondea sus prodigios; canta el verbo
por haces luminosos transportado;
la vida amamantándose en la muerte;
del piélago y la luna los amores;
el horrible tardío nacimiento
del Pirene y del Alpe; los suspiros
de lava incandescente; el nuevo coro
que en su labor las máquinas entonan;
la materia radiante que hace gala
del nervioso poder de cuarto estado;
los núcleos de infusorios tan temibles
como un día los fieros mastodontes;
canta el vapor que absorbe las distancias;
el fonógrafo canta, que eterniza
los ecos de amorosos juramentos;
canta el sol que a los prismas espectrales
ha confiado el secreto de su esencia;
de los átomos canta el oleaje;
y el progreso, que lento peregrina,
quizá influido en su triunfal carrera
por las térreo-magnéticas corrientes,
que palpitante brújula señala.
En olvido no pongas a esos hombres
herederos del don de los milagros,
Edison y Graham-Bell; ni al Padre Secchi,
que en el cielo vivió desde la tierra,
y hoy en la tierra vive desde el cielo:
a Nordenskjöld y a Livingstone no olvides,
que sólo por mi amor han recorrido
del Polo Norte la cabeza cana
y el virgen corazón de África ardiente.

   »Yo de ti necesito, amada mía,
como la flor los plácidos colores
para atraer la vaga mariposa,
que, entre el polvillo de sus tenues alas,
lleva a otra flor el polen fecundante.
Tú endulzarás mis horas de amargura,
cual del pueblo de Dios el cautiverio;
con tus leves cendales, que embellecen,
mal velando, los mórbidos contornos;
alados nacerán mis pensamientos;
encenderás la ardiente fantasía,
telescopio del sabio en cuyas sienes
pondrás el lauro que tus manos tejan,
y, envuelto en los fulgores de tu nimbo,
ascenderá a la cumbre de la gloria.
Ya la Industria y el Arte se enlazaron,
presto sigamos tan fecundo ejemplo:
yo seré la materia, tú el espíritu;
yo el fuego, tú la luz que de él emana;
yo el análisis frío, tú la síntesis
que con las flores bellas forma el ramo;
yo la roca, tú el águila que afirma
la planta en ella, al remontarse al cielo;
yo la raíz y el tronco, tú las ramas
do posen las canoras avecillas.
Tú serás la intuición, yo el raciocinio;
tú la meta lejana, yo el atleta
que al fin la alcanza, a su fatiga en premio;
tú la hipótesis, lampo fulguroso,
yo el caminante que en obscura noche
busca a su luz la suspirada senda.
Cual dos abejas en vergel ameno,
aunadas volaremos, con hartura
libando sus dulzores virginales,
para una miel labrar muy más sabrosa
que la de Himeto, hasta a los Dioses grata.
Los ídolos, por tierra derribados,
que formaron tus juegos infantiles,
consérvalos en clásico museo,
pero no en el altar; no los invoques,
y parcamente a su consejo acude;
¡a qué pedir belleza a la mentira
si en campos de verdad brota espontánea!
si esos mundos que miras rutilantes
son granos de semilla, que contienen
la balsámica flor de la hermosura,
si el cometa fugaz, y el rayo inquieto,
y el arco iris, y la láctea vía,
renglones son del inmortal poema
que, festejando la creación naciente,
escribió Dios en el inmenso espacio,
y que ya deletrear consigue el hombre.»

   Calló la Ciencia; con intenso anhelo
arrojose en sus brazos la Poesía,
y, un ósculo al cambiarse cariñoso,
la lira muda en la indolente mano,
a sonar comenzó, cual arpa eolia
del verde ramo de un laurel colgada.

1181.




ArribaAbajoEl rayo




I

Como caballo salvaje,
saltando de nube en nube
corre inquieto, baja y sube
sin rienda ni vasallaje;
tenido fue por mensaje
de celestiales enojos,
pues, lanzando dardos rojos,
el alto muro derrumba
y abre inesperada tumba
a polvorientos despojos.


II

   Caudillo de la tormenta
que agita los hondos mares,
tronza robles seculares
y al fuego voraz afrenta:
¿quién tomará por su cuenta
domeñar su furia brava?
¿quién del torrente de lava
pondrá dique a la carrera?
el hombre, el hombre a la fiera
convierte en dócil esclava.


III

   Franklin, con el rayo en guerra,
en su empeño no decae,
y encadenado lo atrae
a los centros de la tierra;
ya con su lampo no aterra
la medrosa muchedumbre;
ya con fatídica lumbre
centellëando no corre,
ya no abate excelsa torre
ni perfora la techumbre.


IV

   Pero es poco: el hombre quiere
mostrar su egregio blasón,
trocando la condición
del rayo, que mata o hiere;
que ha de conseguirlo infiere
frente a frente o de soslayo,
y, sin tregua ni desmayo,
tan ardua tarea empieza,
que se ha puesto en la cabeza
dar educación al rayo.


V

   Ya por hilos conductores
le dirige con cariño,
como al inseguro niño
que camina entre andadores;
tras luchas y sinsabores,
tal enseñanza recibe,
tanto por él se desvive,
y sus facultades labra,
que transmite la palabra,
y, andando el tiempo, la escribe.


VI

   Pero es poco: ya triunfante
fijó la indecisa luz,
que haciendo la santa cruz
advertía al caminante,
ya la luna vergonzante
casi a salir no se atreve,
y, con pena que conmueve,
lo contemplan desmedradas,
esas luces decantadas,
del gran siglo diez-y-nueve.


VII

   Pero es poco: de los mares
rugientes al otro lado,
la ambición ha transportado
parte de los patrios lares;
los europeos hogares
enciende con fuego indiano,
y, hendiendo del Océano
el abismo bullidor,
nos repite con amor
el saludo del hermano.


VIII

   Él convierte en fuerza viva,
y con buen éxito explota,
la fuerza que, por remota,
permaneciera inactiva;
en los alambres cautiva,
es a otros puntos llevada,
y la soberbia cascada,
de antes indolente arrullo,
murmura con noble orgullo,
en rápido tren cambiada.


IX

   Hoy, si abate el muro fuerte,
si, rompiendo pétreos lazos,
arroja un monte en pedazos,
libra al hombre de la muerte:
en su auxilio se convierte
sin miedo que se desmande,
que, aunque su energía es grande,
la acción prudente retarda,
y, esclavo sumiso, aguarda
a que su señor lo mande.


X

   Él, que un tiempo la avanzada
fue de la tormenta ruda,
hoy anunciador escuda
la cosecha amenazada;
con índole transformada,
contempladle a todas horas
como en ansias protectoras
siempre en vela se mantiene,
y grita «la nube viene»
a las barcas pescadoras.


XI

   Si en un día, no lejano,
fuiste fatal atributo,
precursor de infausto luto
de Júpiter en la mano,
sujeto al imperio humano,
has sufrido tal mudanza,
que ya no eres la venganza
que sepulta en los avernos,
para los pueblos modernos
eres lazo de alïanza.


XII

   Rayo, que hiendes las olas,
pase tu chispa que inspira
por las cuerdas de mi lira,
y vibrarán por sí solas;
crezca en tierras españolas
tu venidera importancia,
yo cantaré tu arrogancia
y fuerza avasalladora,
que lo que he cantado ahora
es la historia de tu infancia.

18811.




ArribaAbajoUn secreto de las flores



Es cosa averiguada
por dos naturalistas comprobada,
que influyen los colores
en el aroma de las gayas flores.
Con germana paciencia,
a término han llevado la experiencia,
sometiendo al ensayo
cuantas tributan el Abril y el Mayo,
quedando, según reza la Memoria,
a favor de las blancas la victoria;
y no así como así, ventaja y mucha
es la alcanzada en la florida lucha.
Les siguen luego las de tintas rojas,
las que amarillo tienen en las hojas,
las violeta, las pardo-anaranjado,
y cierran las azules el estado.

   Bien hayas ¡oh blancura!
anidadora de la esencia pura;
no era precisa, no, la voz del sabio
para mover en tu loor el labio:
que nada afirma la preclara ciencia
que no esté ya grabado en la conciencia;
de blanco la natura soberana
sus hijos predilectos engalana,
y hasta la fantasía, cuando crea,
de blanco viste la naciente idea.

   Blanca es la virgen nieve
que, en los comienzos, el arroyo bebe;
blancas las perlas que la fresca aurora
al despertar, sobre los campos, llora;
blanca del agua la rizosa espuma;
blanca del cisne la luciente pluma;
blanca la leche que alimenta al niño,
y son blancas las pieles del armiño.

   Blanco el vellón que la paciente oveja
entre las zarzas del camino deja;
blanca la láctea vía;
blanco el maná que sobre Israel llovía;
candoroso el ensueño de la cuna;
blanco es el rayo de la tibia luna;
blanco el mármol de helénica belleza,
y blanca del anciano la cabeza.

   Blanco el incienso que a los aires sube;
blancas pintan las alas del querube;
blancas son la inocencia y la alegría;
blanca la fe que entre las sombras guía;
blanco es el lirio, de pureza emblema;
es blanca de la Virgen la diadema;
y, según dicen, es el blanco velo
traje de recepción allá en el cielo.

   El rosa y el azul, pese al poeta,
son blancura incompleta;
que es el blanco la suma de colores
que miramos dispersos en las flores,
o se ofrecen hermosos
del iris en los rayos luminosos,
cuando la lluvia misma
hace las veces de gigante prisma.
Bien hayas ¡oh blancura! Tú asumes
colores y perfumes;
armonioso conjunto,
de la eterna Unidad débil trasunto;
recreo del sentido
que en ti encuentra placer no dividido;
antes que el fallo pronunciara el sabio,
ya el corazón lo transmitía al labio,
que nada afirma la preclara ciencia
que no haya anticipado la conciencia.




ArribaAbajoAl faro eléctrico de Nueva York

La Libertad iluminando el Mundo


Soneto



Mantos de luz tendiendo por los mares,
guías la nave al suspirado puerto;
por ti abandona el líquido desierto
y regresa el marino a sus hogares.
   Mas ¡qué miro! millares y millares
de hermosas aves a tus pies han muerto;
atrájolas tu foco en vuelo incierto;
ya no verán los patrios palomares.
   ¡Oh faro colosal! tus vivas luces
son de la Libertad fúlgido emblema;
   al que bien te comprende, le conduces
al puerto ansiado de la paz suprema;
al que mal te conoce, le seduces,
y en ti las alas mísero se quema.




ArribaAbajoGlorias efímeras del artista dramático2

Oda



e fia con l'opre eterno anche il mio amore.


M. BUONARROTI (Son. XXXIX)                




De Paros en la pródiga cantera
arranca Fidias un informe bloque,
y, del cincel al choque,
va con mano certera,
labrando blanca estatua portentosa,
en el cielo del arte estrella hermosa.

   Cuando la Parca aviesa,
que en romper lo vivaz encuentra goce,
torna al artista en fúnebre pavesa,
viendo el prodigio, cesa
un momento en su bárbara porfía:
a las claras conoce
que en el mármol su filo mellaría,
y, merced a su obra,
eterna vida el escultor recobra.

   Cual de náufrago el cuerpo mutilado
que el mar depone en la arenosa playa
a saber quién fue el mísero conduce,
restos que el mar de Grecia ha vomitado,
aun hoy modelos de la ciencia gaya
que su armónica forma reproduce,
nos revelan de Safo la existencia,
y de su amor la cálida vehemencia.

   Homero vagabundo,
en la mente la luz de su mirada,
llena con sus Iliada
y Odisea los ámbitos del mundo;
inhumado el cantor, el orbe entero
al palpitar va repitiendo Homero.

   Rivales Miguel Ángel y Bramante,
a quienes nada arredra,
juntos alzan en Roma la triunfante
un poema de piedra;
y bajo de sus cúpulas y arcadas
hoy vagan ambas sombras veneradas.

   Pone Murillo entre su cielo y tierra
la atmósfera indecisa,
la belleza divisa
que el alto empíreo encierra,
y, mojando en el iris los pinceles,
renombre alcanza de moderno Apeles;
al acabar de su fecunda vida,
cual parte de su ser sus obras deja,
ni toda su materia es desprendida,
ni del todo su espíritu se aleja.

   Del Quijote las varias ediciones
antiguas y modernas,
formaran a la estatua de Cervantes
pedestal de titáneas dimensiones;
de Egipto las pirámides gigantes
más altas podrán ser, no más eternas.

   Haydn, Mozart, Beethoven,
vuestras célicas notas peregrinas
no temáis que los tiempos nunca os roben;
por ellas viviréis perennemente,
que cual raudas aladas golondrinas
vuelan de mente en mente
y hacen vuestro recuerdo siempre joven.

   Prerrogativa inmensa del más fuerte:
el Ingenio hace escarnio de la Muerte;
cual los héroes antiguos, su figura
va creciendo en la negra sepultura;
su aliento soberano
a través de los siglos se percibe;
del ágil tiempo la invisible mano
borrar cuanto produjo intenta en vano,
en fácil copia nuevo ser recibe
y el autor a sus obras sobrevive.

   Si una flor ha aromado la existencia
de escultores, poetas y pintores,
con mágica influencia,
al descender a la mortuoria tumba,
le comunican su inmortal esencia;
en mármoles, en letras y en colores
le transfieren la vida de ultratumba.

   Pues su belleza reflejó divina,
vivirá con Rafael la Fornarina.
De Friné la hetaira, Praxiteles
dice a los siglos la belleza suma,
con clásicos cinceles,
en su Venus saliendo de la espuma;
no es poderosa la terrible Parca
para anular el mágico amuleto:
Beatriz y Laura, de su amor objeto,
durarán cuanto el Dante y el Petrarca.

   Mas ¡cuán otra la suerte
del dramático artista!
Las pasiones más sórdidas traduce,
en estatua animada se convierte,
los héroes de la historia reproduce,
y, cuando el lauro popular conquista,
lo torna polvo inerte
el ponzoñoso aliento de la Muerte.
¡Qué de Roscio nos queda
que a Plauto y a Terencio dio la gloria!
¡Qué sabio habrá que pueda,
por ímprobos que sean sus afanes,
revelarnos su voz, sus ademanes!
Sólo se hace memoria
de su pródiga mano y sus riquezas;
sólo mienta la historia
sus caras gastronómicas rarezas;
si Cicerón en su favor no hablara
quizá de su existencia se dudara.
¡Qué se sabe de Kean, el saltimbanquis,
en el papel de Shylock, tan famoso!
¡qué de Talma glorioso
que el grande Napoleón colmó de honores!
Vivieron ¡ay! la vida de las flores:
abrirse, dar recreo a los sentidos,
perfumar el ambiente,
y morir tristemente
hoy olvidados cuanto ayer queridos;
sólo en Shakespeare se admira
el vario son de su humanada lira;
del español actor Lope de Rueda
huyó el decir, sólo la farsa queda.
¡Quién que aplauda la pléyade brillante
que Italia cariñosa nos envía,
se acuerda ni siquiera breve instante
de Módena, el insigne comediante
que legoles su sabia maestría!
Máiquez, Guzmán, Latorre,
ídolos de la hispana muchedumbre,
todos caísteis cual soberbia torre
que se rinde a su propia pesadumbre.
Cayó como la piedra en la laguna
también el gran Romea,
que del arte moderno fue la cuna;
hoy aun guardamos indecisa idea,
las edades futuras
se perderán en vagas conjeturas;
y van con lento paso
caminando al ocaso
con Valero, Matilde y la Teodora,
cuya luz no extinguida,
mas vacilante ya, la patria llora,
pues comprende angustiada
que en la tragicomedia de la vida
ya representan la postrer jornada.
¡Qué resta, pues, del más egregio artista,
la muerte al ocultarlo a nuestra vista!
un epitafio en polvorienta losa
que nos dice, a lo más, «aquí reposa».

   Pensad por un momento, qué amargura,
si, por ley de natura
o por humana ley siempre acatada,
al morir la criatura
arrastrara sus obras a la obscura
mansión inescrutable de la nada;
y los cuadros de Vinci, de Ticiano,
de Coello, Velázquez, Juan de Juanes;
los trazos que formó la experta mano
de los Vandyks, Riberas, Zurbaranes;
la Eneida, la Iliada,
de Klópstock la Mesiada,
los poemas de Osián, de Palestrina
los seráficos sones,
la Capilla Sixtina,
las árabes labradas construcciones,
de San Pedro la cúpula gigante,
y la Venus de Milo,
y el templo de Karnak, cercano al Nilo
y el Escorial macizo y arrogante,
con de quien los creó yertos despojos,
ocultado se habrían a los ojos.

   Aciaga desventura
al actor acaece,
todo con él fenece,
breve pasto de hambrienta sepultura;
muere el artista al acabar el hombre
y apenas queda rastro de su nombre.

   Hoy que la Ciencia lo pasado exhuma,
que los arcanos de la mar revuelve,
que segura resuelve
los más arduos problemas con la pluma;
que fija el rayo, y con audacia suma
rasga los velos en que el sol se envuelve,
¿ha de sufrir la vergonzosa mengua
de ver que ante sus ojos lo presente
se desvanece como sombra vana?
¿juzgarase impotente
para lograr que el hoy tenga un mañana?

   ¡Quién sabe! Ya el fotógrafo
fija las estatuarias actitudes
del dramático artista;
presto quizá el fonógrafo,
que a balbucir empieza,
recoja los acentos
de sus dulces y airados sentimientos;
quizá no tarde la incansable Ciencia 3,
con invento asombroso,
en prolongar su efímera existencia,
y aquel que de Melpómene o Talía
al culto se consagra generoso,
si con fulgor de prepotente genio
iluminó el proscenio,
vencerá de la Muerte la porfía;
huésped eterno de futura gente,
con rasgos propios trazará su historia,
y la corona ceñirá esplendente,
de inmarcesible gloria,
hoy sólo de pasada, por su frente.

20 de octubre de 1880.