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ArribaAbajoLa primera vuelta al mundo

A Sebastián Elcano


Oda




¿Qué insólita derrota
a seguir va la temeraria flota
que se apercibe a abandonar velera
de Sanlúcar la plácida ribera?

   ¿Acaso quiere España
que otro dominio en apartada zona
para ella el sol, ya sin descanso, alumbre?
¿no teme que, añadiendo a su corona
preciada joya de región extraña,
se rinda a la soberbia pesadumbre?

   Cinco esbeltas armadas carabelas
al aire dan las impacientes velas;
un portugués las manda, Magallanes,
que en su tierra nativa,
mirando mal pagados sus afanes,
a trono que despide luz más viva
orgulloso ofreció sus arduos planes.

   Ya el mástil giganteo,
cual caballo que, próximo al combate,
siente agudo acicate,
recibe de las lonas el golpeo.

   Rizosos gallardetes,
formando coloridos ramilletes,
en los topes se agitan
de las inquietas naves;
parece que responden y que incitan,
a los pañuelos que, cual blancas aves,
desde la playa al nauta felicitan.

   Cadenciosas las olas,
entonan halagüeñas barcarolas;
¡Hurra! nutrido los espacios llena;
que aquellos animosos navegantes
la costa dejan sin amarga pena,
y, cual en mar azul luna serena,
la alegría riela en sus semblantes.

   Mas no todo es placer en la jornada:
la mano en la obra muerta abandonada
del Concepción, un joven, con intenso
dolor, busca en la gaya muchedumbre
algún semblante amigo
que en él encienda la prendida lumbre.
Y al no encontrarlo en el gentío denso,
y al verse lejos de los patrios lares,
dolido del quebranto,
una gota de llanto
deja caer en los undosos mares.

   Vivaz su fantasía,
vio que la gota errante
la redondez del mundo recorría,
marcando un derrotero,
y un acento escuchó que le decía:
«Síguela, Sebastián, aquí te espero».

   En línea avanzan las tajantes proas
hendiendo el ya tranquilo, ya sañudo
elemento, con rumbo a las Canarias,
que al paso les envían el saludo
embriagador de mil esencias varias.

   Del fondo de una nave
sube insidiosa con sus roncas voces
la insurrección, que Magallanes sabe
apagar en la cuna; raudo enfrena
el rugidor tumulto;
en solitaria arena
abandona al airado Cartagena;
prende con mano fuerte
a Quesada, a Mendoza,
y en brazos los entrega de la muerte;
que no quiere que el crimen quede inulto,
pues tiene por más fiera y más insana
que la del mar una tormenta humana.

   Al descubrir de Santa Cruz el río,
con grito de terror que el alma hiela,
estréllase el Santiago en un bajío.
Desderrota después el San Antonio,
que a España vuelve la cansada vela
a dar de los azares testimonio.

   Tierra lejana vislumbraron luego,
que a plácido reposo les convida,
moviendo cien y cien lenguas de fuego,
y tras duros afanes,
al embocar el suspirado Estrecho,
se ensancha al fin el angustiado pecho
del grande Magallanes:
que acreciendo las glorias españolas,
corta sereno sus virgíneas olas.

   No goza el alma pura,
cuando rompe la angosta
cárcel del cuerpo, y álzase a la altura,
cual la flota, vencida la estrechura,
navegando sin ver frontera costa,
del Pacífico mar por la llanura.

   Mas ¡ay! veces sobradas
lo que de encanto nuestro pecho inunda,
sólo en su mal y en su dolor redunda.
¡Cuán tétricas jornadas,
cuán rudas privaciones,
hasta dar en las islas desdichadas,
y en las tierras abrigo de ladrones!

   Por fin al cielo plugo
conducirles a costas abundantes,
do sacudieron el funesto yugo,
del hambre y escorbuto devorantes.

   ¡A qué narrar las islas perfumadas
que, cual flores de loto,
por el agua bañadas,
vieron surgir en aquel mar remoto!
   Halagüeñas sus gentes,
colmábanles de espléndido tesoro,
y en harnero sutil aechaban oro,
tan sólo en complacerles diligentes,
a trueco de infantiles bagatelas,
llenaron de alcanfores y canelas,
de jengibre, de sándalo aromoso,
de ruibarbo amargoso,
los senos de las amplias carabelas.

   Mas en sus aguas plácidas debía
la hueste exploradora
una baja sufrir, que todavía
la madre Patria llora.
   Como en la siega con agudas hoces
las mieses agostadas,
allí tribus feroces,
con flechas a lo bajo disparadas,
al ver que la armadura las embota,
amenguan despiadadas
las dotaciones de la escasa flota.

   Allí perdió la vida
el grande Magallanes,
Moisés que, en galardón a sus afanes,
ver no pudo la tierra prometida.

   Porque muera la flor, gala del prado,
no todo es acabado;
natura, bienhechora,
en la caverna de la negra noche
nuevo ser elabora
y halla la luz de la temprana aurora
el capullo de ayer trocado en broche.

   La tempestad bravía,
que, cual provista de acerado tajo,
corta a cercén o llévase de cuajo
el roble que los siglos desafía,
no arrastra en su inclemencia
a la humilde semilla
que entre mojada arcilla
espera la oportuna florescencia.

   También, cuando doliente,
sin jefes y sin tino,
va la marina gente,
buscando quien alumbre su camino;
cuando, arriado otra vez el estandarte,
por muerte de Duarte,
terror medroso cunde,
el ánimo esforzado desfallece,
y el desaliento crece,
que en reflexión constante se difunde:
cual águila ostentosa
que, al escuchar insólito murmullo,
se eleva poderosa,
Elcano se presenta; y animosa,
la armada le saluda con orgullo;
y él, que ya siente el no lejano arrullo
de las alas batientes de la Fama,
y el clamor de la trompa que le aclama,
deja, al surcar los mares de la gloria,
el buque Concepción, toma el Victoria.

   Empuñando la enseña castellana,
en la cabeza el herrumbroso yelmo,
«triunfar o perecer» hincado jura,
y es fama que al llegar la noche obscura,
el fuego de San Telmo,
festejo de la nave capitana,
contorneó su esbelta arboladura.

   Ya abandona la rada de Borneo
y hacia Tidor intrépido se lanza;
que vivo como el rayo es su deseo,
grande como el Océano su esperanza.

   Mirad, ya sólo el buque en que navega
a los azares de la mar se entrega;
que, por adversos hados,
los bravos tripulantes detenidos
del Trinidad recuerdan angustiados
que a la fama son muchos los llamados,
pocos los elegidos.

   Los ojos en la aguja palpitante
explota la pasión que, con transporte,
la hace tender amante
al escondido Norte;
y con tosco instrumento
fija el virgíneo punto
do se encuentra la nave,
que a gran mengua tuviera y detrimento
no dejar de su paso más trasunto
que aquel que deja el ave
al cruzar la región del vago viento.

   Mas celoso Neptuno
de la gloria de Elcano,
auxilio pide al veleidoso Eolo;
y, empuñando el tridente de consuno,
la nave empujan al terrible Polo.

   Presto se cambia el bienestar en luto;
el gusano asqueroso
con el hombre comparte
y devora afanoso
la mísera ración que se reparte.

   Diezmados por maléfico escorbuto,
por si esquivan del hambre la tortura,
se abalanzan a fétidos despojos
con socavados ojos,
remedo de la hueca sepultura.

   Agua piden al agua;
sus gargantas ardiendo como fragua
y en la dura aflicción que les azota
no descubre la vista acongojada
ni un pez siquiera en la mansión salada,
ni en la mansión del aire una gaviota.

   La muerte por las crestas del olaje
aterradora viene
y penetra en el buque al abordaje.

   La superficie undosa
del mar, trocada en gigantesca losa,
fosforece con brillo funerario;
aspecto de sepulcro el casco tiene
y el velamen aspecto de sudario.

   Cierta noche en que Elcano,
seca la boca, la mirada mustia,
presa de horrible angustia,
la pensadora frente en la ancha mano,
pedía ansioso al cielo
el término a su amargo desconsuelo,
vio brillar de repente
la roja lumbre de la austral aurora,
y asomar a deshora
un encarnado sol resplandeciente.

   Leve brisa suave,
de aroma de azahares impregnada,
barrió la inficionada
cubierta de la nave.

   Armónico concento,
llevado en alas de placible viento,
pobló el azul espacio,
y, de entusiasmo llenas,
abandonando el húmedo palacio,
a escucharlo salieron las sirenas.

   Alzó los ojos y miró asombrado
el mástil giganteo
en Genio transformado;
aunque se adorna con marcial arreo,
noble aspecto presenta de matrona;
su vestido preciado,
de emblemas tachonado,
su patria y su poder claro pregona.

   La blancas velas, como propias alas,
violentamente agita;
tan raudo sobre el mar se precipita,
que parejas corriera con las balas.

   Poco a poco, su empuje disminuye,
y prosigue el camino
como albatros marino,
que por la espuma de las olas huye.

   Un no olvidado acento
llenó entonces los aires de harmonía,
y Elcano, que prestaba oído atento,
percibió que vibrante le decía:

   «Aunque es el mar del Sur tu adversa suerte
y bajo de sus olas
un día yacerá tu cuerpo inerte,
en aumento de glorias españolas,
hoy vengo a libertarte de la muerte.

»Acude presuroso
a la playa, tu punto de partida,
de argonauta con fe nunca vencida
cierra el circuito de tu viaje honroso.

   »Avanza siempre, avanza,
con pecho fuerte y bravo;
mira, ya en lontananza
se ve asomar el bendecido Cabo
de la Buena Esperanza.

   »Del Pisuerga en la orilla deleitosa
Carlos Quinto te espera;
y, cuando sepa que a la densa esfera
has como Dux a la marina esposa
con anillo nupcial engalanado,
en peregrino dote
darate honroso mote,
que diga que 'el primero la has cercado'.»

   Desparece el coloso:
mira hacia tras Elcano, ya animoso;
interminable estela
va dejando la rauda carabela,
y atónito se fija en la constancia
con que dibuja un nombre, el de Numancia.

   ¿Por qué acude, al lucir la clara aurora,
la gente de Sanlúcar a la playa,
y, mientras con el labio a Dios bendice,
del horizonte la dudosa raya
con la mirada explora?

   Gran agorero el corazón, le dice
que las plácidas velas
que del alba a los nítidos reflejos
destácanse a lo lejos,
son de una de las leves carabelas
que la Patria risueña abandonaron
y hacia mares sin rumbo navegaron.

   Vedla llegar, cual disparada flecha
que consumió en el aire su energía
e indolente se abate;
sin la jarcia, maltrecha,
truncada la soberbia arboladura
del viento y mar bravía
por el furioso embate;
en todo semejante a la armadura
que sostuvo lo recio del combate,

   Tremolando la enseña victoriosa
de proa en el alcázar aparece
la figura de Elcano majestuosa.

   La vocería al divisarle crece,
las lanchas a la mar se precipitan,
los pañuelos se agitan,
roncos los bronces suenan,
y vítores sin par el aire llenan.

«¿Por qué aplauden?», pregúntale a un anciano
un niño a quien conduce de la mano.
«¿Qué promueve entusiasmo tan profundo?»
«Mira, con ese ceñidor de plata,
que rastro de la nave se dilata,
acaba de cercar el vasto mundo.»




ArribaAbajoLa unidad de las fuerzas

Soneto


A mi amigo el escultor Querol


Veo surgir de tu fecunda mano,
a que tantas creaciones son debidas,
la Unidad de las fuerzas conocidas,
que la vetusta alquimia buscó en vano;
   como para tu genio todo es llano,
das cima a las ideas concebidas
y el mundo verá en mármol convertidas,
arduas conquistas del saber humano.
   La unidad celular Heckel proclama,
por la unidad de un Dios con entereza
van mártires cristianos a la llama;
   uno es el Arte, una es la Belleza,
uno es el hilo que las vidas trama
y una, en su variedad, Naturaleza.




ArribaAbajoAl Polo Ártico

Oda




¡Dó estás! ¡por qué te ocultas
con pertinacia tanta,
y en sudarios de hielo te sepultas
que dique ponen a la humana planta!
¡Acaso al descubierto en ti se apoya
el sabio mecanismo
labrado por la mano de Dios mismo,
al que imprimió perpetuo movimiento
un leve soplo de su puro aliento!
eres por suerte diamantina joya
con que remata el eje de la tierra,
y temes que, en su ardiente afán de robo
sobre ti caiga el hombre, como lobo
que a la presa se aferra!

   ¡Surge en tu seno algún volcán de nieve,
que, arrojando glacial lava copiosa,
al buque audaz que a tu región se atreve
cubre con fría losa!
¡Recelas por ventura
que la Industria, incitada por la Ciencia,
aproveche tan rara coyuntura
de mostrar su titánica potencia,
forjando recio cable
que a ti sujete la movible esfera,
y, en el hondo misterio
de la noche sombría,
sepulto un hemisferio,
la clara luz de prolongado día
brille en el otro con potente imperio!
o, que aplicando fuerza incontrastable
al eje de la tierra,
la remueva en su asiento,
de su faz despidiendo cuanto encierra;
cuanto por sus arrugas peregrina,
cuanto, al impulso del solar aliento,
vigoroso germina;
cual con forzuda mano
el labriego sacude,
para que suelte el nutritivo grano,
el duro tronco de la añosa encina!

   No, no temas, el hombre
que encontrarte desea; sólo clama
por escribir su nombre
en un muro del templo de la Fama.
Permítele llegar; deja que vea
las irisadas tintas caprichosas,
las orgías radiosas,
que celebra en tu honor la luz febea;
déjale ver los témpanos flotantes,
puntiagudos gigantes
que, ansiosos de llegar en tiempo breve,
patinan azorados por la nieve:
columnas que en su seno el mar abisma,
que tienen de la roca la dureza,
de la nube fugaz la ligereza,
la refracción del prisma;
déjale ver dó anidan esas aves,
que, blancas, inocentes y ligeras,
salen siempre al encuentro de las naves,
creyéndolas aladas compañeras;
que vea, cómo enérgicas, su broche
rompen tras meses de enlutada noche,
esas flores enanas,
que tienen por hermanas
las que sufren también glacial oreo
en las cumbres del Alpe y Pirineo:
tus auroras boreales celebradas,
donde bullen reunidas
las luces divididas
de nuestras cotidianas alboradas;
el falso luminar que en noche obscura
disipa de las sombras el beleño,
y aparece radiante de hermosura,
como imagen fantástica de un sueño;
tus eléctricas lluvias que descienden
pausadas a la tierra que las llama,
que con su lumbre el aire vago encienden,
mas sin que cuajen su terrible flama
en rayo centellante
que, ciego y deslumbrante,
desolación y muerte desparrama.

   Déjale ver la misteriosa cita
que el brillo tenue de la clara aurora
da a la luz del ocaso moribundo,
a la que ambos acuden a deshora,
con belleza infinita,
y en que se besan con amor profundo;
tu noche que se alarga y que se acorta,
cual sombra gigantea
que al fulgor de la tea
contempla un niño con mirada absorta:
esos diversos soles
que, cual reyes en guerra,
con corona y con manto de arreboles
pretenden todos alumbrar la tierra;
enséñale si es cierto
que hay un lazo de unión entre tus mares,
o dile que no existe, claramente,
que él con brazo potente,
ahondando en los témpanos polares,
un canal abrirá, como el que ha abierto
en las rojas arenas del desierto.

   Dile dó están las útiles ballenas
que, en pos de las ritinas y narvales,
abandonaron de Spitzberg las rocas,
huyendo los arpones criminales;
dónde las pardas focas
que, por sus voces de ternura llenas,
tomara el argonauta por sirenas,
y hoy en tus playas a solaz se tienden,
do incautas las sorprenden
cual sátiros los rudos esquimales.
   Dile dó arranca la encubierta vía
buscada en vano por el frágil leño
que a tus sólidas aguas se confía;
y si el mar libre que con tan empeño
jura Belcher que ha vislumbrado él mismo,
es de su mente fugitivo ensueño
o engañosa visión del espejismo.

   Cesa ya de oponer a su bravura,
como piedras de celta monumento,
o trozos de derruidas catedrales,
esos rudos carámbanos glaciales,
que, navegando al ímpetu del viento,
le dan muerte a la par que sepultura:
ríndete al ver los ínclitos varones,
los sabios y esforzados campeones
que han sucumbido al pie de tu muralla,
cual fuertes escuadrones
que en desigual batalla
salvar intentan gigantesca valla.

   «No hay más allá» decían
las antiguas columnas, que existían
en el estrecho hercúleo;
«no hay más allá» falaces repetían,
señalando el inmenso mar cerúleo.
Colón con sólo el aire de las velas
de sus raudas famosas carabelas,
derribó las columnas seculares,
y, con pasmo profundo,
hizo brotar un mundo
de la rizosa espalda de los mares.

   ¡Quién sabe si, en un día no lejano,
las del Polo mortíferas barreras
caerán del hombre a la industriosa mano
que ha dado realidad a las quimeras!
¡quién sabe si, con rumbo ya seguro,
salvará en globo el invencible muro!
¡quién sabe si, por premio a tanto arrojo,
y en pos de tanto sufrimiento y luto,
el mar de hielo cruzará a pie enjuto
como el pueblo de Dios cruzó el mar rojo!
y, teniendo cual él, segura egida,
seguirá con sosiego
de aurora boreal el vivo fuego,
que le lleve a la tierra prometida.

   Y tú, mortal dichoso
que del Polo has de ser Colón glorioso,
si alientas ya, si escuchas el murmurio
lejano de la fama
que anhelosa hacia ti las alas bate,
si el corazón te late,
como infalible augurio,
al fuego sacro de la heroica llama,
ven, y quedo, al oído
pronúnciame tu nombre,
hoy obscuro, mañana esclarecido,
que mi pobre poesía
al propalarlo asombre,
ufana con el don de profecía:
mi mente arrebatada
te imagina ya al fin de la jornada,
cuando tu pie de atleta,
tras lucha denodada,
huelle triunfante la escondida meta.

   De tu alta gloria al esplendente rayo,
fundiranse de hielo las montañas,
cayendo con desmayo
de la mar en las líquidas entrañas.

   Inmóvil tú en el eje,
en torno tuyo girará la tierra,
como en torno a su dios tras cruda guerra
coro de ninfas una danza teje;
sin fuerza ya para causar estrago,
flotarán por la undosa superficie
nevados copos con gentil molicie,
cual blancos cisnes en tranquilo lago.

   Colosales ballenas
asomarán en grupos seductores,
y al aire lanzarán, de asombro llenas,
copiosos y variados surtidores.

   Contemplarán los ojos,
a tus pies, en glaciales ataúdes
labrados en gigánticos aludes,
de Franklin, y otros nautas, los despojos;
descarnado y escueto,
alzarase de Hall el esqueleto,
y de su mano pasará a tu mano
la gloriosa bandera,
que, según vera crónica nos dice,
en nombre de su patria recibiera,
cuando lanzose al férvido Océano;
bandera que en cien mares desplegada,
y por brisas australes agitada,
sirviole de sudario
al hallar ¡infelice!
en un monte de nieve su calvario.

   Por corrientes marinas removidos,
caerán con roncos retumbantes sones,
imitando el tronar de los cañones,
los témpanos erguidos.

   Del cielo las erráticas estrellas
se entregarán a misteriosa danza,
la blanca nieve guardará tus huellas,
y del sepulto Sol las luces bellas
asomarán, por verte, en lontananza.
Bandadas de palomas mensajeras,
por caminos radiales,
el ancho espacio cruzarán ligeras,
para llevar las nuevas lisonjeras
a sus tierras natales.

   En homenaje las abiertas flores,
y las plantas balsámicas de suyo,
perfumarán el virginal ambiente,
y lanzarán vivísimos fulgores
la Aurora Boreal en torno tuyo
y la Estrella Polar sobre tu frente.




ArribaAbajoA la Geología

Oda




Ábreme, Tierra, las profundas hojas
que muestran de tu vida los afanes,
y nuevamente las antorchas rojas
enciende de tus hórridos volcanes;
que, a su luz, quiero recorrer tu historia,
cantar tus timbres, ensalzar tu gloria.

   ¡Cuántos siglos y siglos han pasado
que sólo la bárbara codicia
abrió tu seno, de metal preñado!
¡Cuántos siglos, de un polo al otro polo,
indiferente el hombre,
pedestal suyo te creyó tan sólo!

   Comprendo tu dolor, tu pena triste,
cuando a los sabios viste
rasgar el velo azul del firmamento,
astros y soles reducir a cuento,
y, desprendidos de tus dulces brazos,
de otros planetas estudiar los lazos,
y perseguir el vago movimiento.
   Doliote ver a tus ansiosos hijos
en otros mundos los anhelos fijos;
pero tú, como madre cariñosa,
perdonaste su amante desvarío,
y, llorando a tus solas su desvío,
hacinabas prudente y afanosa
preciosos materiales para el día
en que viera la luz la Geología:
y aquel día llegó; por fin el sabio
bajó hacia el suelo los alzados ojos,
reemplazó la piqueta al astrolabio,
y removió tus fósiles despojos.
   Y él, que del primer libro
buscara ansioso la edición primera,
miró impresas con hondos caracteres,
las formas primitivas de los seres
que a Dios plugo lanzar a nuestra esfera.
   Con sorpresas crecientes,
a la luz de la Ciencia,
en sobrepuestas losas funerarias
descubrió la existencia
de aniquiladas razas embrionarias,
y de razas que aún están presentes:
vio en tus hondas heridas,
el paso de unas vidas a otras vidas,
y te abarcó en conjunto,
desde el sublime punto
en que Dios te llamó con voz de trueno,
y el caos arrojote de su seno.

   Lloraste ya al nacer, ¡quién no ha llorado!
tus lágrimas copiosas desprendidas
el monte abandonaron por el llano,
y en los cóncavos senos recogidas
rellenaron el férvido Océano:
flotó en la nada tu gigante cuna,
la gravedad colgote en el espacio,
pabellones de nácar y topacio
te dio el sol en las gasas de sus nieblas,
y, rasgando las lóbregas tinieblas,
para tus noches encendió la luna.
   La materia candente
se enfrió de las aguas al contacto,
como el dolor que siente
del llanto amigo silencioso tacto;
formada la película primera
sintió del fuego el ardoroso brío,
y a ondular comenzó, de igual manera
que las mieses ondulan en estío;
pero vencido y encerrado luego
por nuevas capas el hirviente fuego,
desahogó su furor lanzando al alto
columnatas de lava y de basalto.

   Como sencilla virgen ruborosa,
al vislumbrar el sol entre celajes,
con florecientes y verdosos trajes
cubrió su desnudez la tierra hermosa;
y, mientras las erráticas estrellas
la ley fijaban de sus claras huellas,
arrebatando al iris los colores
pintó la Flora sus primeras flores:
y la Fauna nació; vida rastrera
tuvieron los primeros moradores,
que terminó en el cieno;
el aire impuro, irrespirable era,
y nunca vieron el azul sereno:
no bastó de las conchas la defensa
de los arrastres a evitar la ofensa;
en pétreas fosas yacen,
que ni al golpe del hierro se deshacen:
el sabio, al ascender de prole en prole,
dio con la de hulla portentosa mole,
profeta de la industria de estos días,
y al vislumbrar plausibles armonías
entre aquel mineral y nuestra fragua,
y estudiar de su enlace la potencia,
bendijo a la divina Providencia
que antes de darnos sed, dionos el agua.

   En obscuras cavernas hacinados,
animales halló tan asombrosos
que, aunque muertos están y destrozados,
ponen miedo en los pechos animosos:
aves que al sol lucieron sendas galas,
que en rastreante vuelo
recorrían el suelo,
y que de piedra tienen hoy las alas:
sepultos en el lodo,
los escualos y saurios devorantes,
los mamudes gigantes,
que de rehacer, la Ciencia encuentra modo;
razas que un día el orbe dominaron,
mas, por fortuna, a no volver pasaron:
tan sólo allá en las márgenes del Nilo,
recuerdo vivo, asoma el cocodrilo.

   Cual madre cariñosa
que, presintiendo de otro ser la vida,
apercibe afanosa
cuanto al reposo y al placer convida;
así, naturaleza
con diligente mano,
ya la morada a preparar empieza
para el huésped cercano;
apaga los volcanes
cuya luz le ofendiera;
de los raudos inquietos huracanes
amengua la carrera;
en sus antros ignotos,
encierra los terribles terremotos.
   Con valladar de arena,
del mar soberbio la pujanza enfrena;
cuelga del árbol el añal tributo
de sazonado fruto;
con incienso de flores
embalsama las brisas regaladas,
pajarillos cantores
pululan por las verdes enramadas
y, templando el ardor del seco estío,
llueve sobre las hojas el rocío.
   De poderío señorial emblema,
en la espaciosa frente
la clara inteligencia por diadema;
de amor efluvios emanando el alma,
ante natura rica y sonrïente
despertó el hombre bajo verde palma;
y a sus ojos salió la vida entera,
absorto y extasiado,
al mirar a su lado
una dulce y hermosa compañera.
   Las capas del plioceno
le dieron entrañable sepultura,
que halló de un semejante la figura,
cavando humano ser aquel terreno;
y, para que no acuda
a su mente la duda,
encuentra, en formas raras,
hachas labradas por sus propias manos,
que dicen a las claras
que, nacidos a un tiempo,
el trabajo y el hombre son hermanos.
   De entonces, sin notable sacudida
paso a paso siguió lenta la vida;
tan sólo un día, de recuerdo triste,
que en erráticos bloques está escrito,
para lavar el mundo de un delito,
Dios rompió el dique que a la mar resiste.
   Las aguas se cernieron sobre el monte,
y al arrastrar con ímpetu salvaje,
para que más a su Hacedor no afronte,
casi en conjunto el humanal linaje,
¡tanta hez en su curso recogieron,
que amargas a sus senos se volvieron!

   Mas ya todo acabó; con nuevo brío
retoñó el árbol a cercén cortado,
volvió a hacer nido el pajarillo alado,
volvió a su cauce el abundoso río,
y, del sol a la luz y de la luna,
volvió el mar a mecerse en su ancha cuna.

   Geología esplendente,
peana de la historia
que en ti fija la planta prepotente,
y recibe de ti blasón y gloria;
tu luz es la tan pura
que presidió del mundo el nacimiento,
y en las ondas del viento
dio un ósculo a su virgen hermosura.
Tuyo es el sacro fuego
que mantienen incógnitas Vestales
de la tierra en el centro, sin sosiego.

   Ciencia nacida ayer, ya eres gigante,
para a tu arbitrio manejar la tierra,
y remover cuanto su fondo encierra,
heredaste los músculos de Atlante.
   Hasta en Nerón el hombre has convertido;
pues, rasgando los senos de su madre,
sus entrañas has hecho que taladre,
para ver el lugar donde ha nacido.

   Tú, miras otras ciencias de estos días
cómo al sol del saber raudas se elevan,
mas de improviso caen porque llevan
alas de cera, débiles teorías.
   Tú, buscas en la muerte
caminos de verdad, y de esta suerte,
con firme planta, subes
por escalas de piedra, hasta las nubes.
   Colección tienes ordenada y rica
de fósiles y huellas naturales
(medallas que ninguno falsifica),
tus teorías son fijas e inmortales,
que en mármoles se basan y en granitos;
tus antiguos anales
por el dedo de Dios están escritos.