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ArribaAbajoCantares


ArribaAbajoCantares




I

Ojos azules tenía
la mujer que me engañó;
ojos de color de cielo,
¡mira tú si fue traición!


II

   De un civil no te enamores,
que te dará mucha pena
ver que te deja de noche
para irse con su pareja.


III

   ¡Cómo quieres que los aires
cruce un pájaro sin alas!
¡Cómo quieres que yo viva,
si me quitas la esperanza!


IV

   A la luna contar quise
mis daños y desventuras;
mas callé, que me dio pena
hacer penar a la luna.


V

   En las rosas de tu cara
un beso acaban de dar:
rosas que picó un gusano
presto se deshojarán.


VI

   Si el color de mis suspiros
fuese como el de mi pena,
vieras en el firmamento
formarse una raya negra.


VII

   Fuiste piedra mal sentada
de mi vida en el arroyo;
en ti mi planta apoyé,
y sumergime en el fondo.


VIII

   Para volar nace el ave;
para perfumar, la flor;
para morir nace el hombre;
para amar, el corazón.


IX

   Morenita, que en los ojos
y en el traje llevas luto,
no vistas de color negro
la esperanza que en ti fundo.


X

   La rosa que recibí,
de día y de noche beso;
besos que no puedo darte
se los doy al mensajero.


XI

   Hice con tu amor, niña,
   como aquel árbol
que atrae con sus hojas
   al fiero rayo.
   Si el rayo viene,
el árbol cariñoso
   de amor perece.


XII

   Dios, con rodëar de espinas
las rosas de los rosales,
nos enseñó que lo bueno
se logra a fuerza de sangre.


XIII

   Quisiera subirme al cielo
y estampar tu nombre allí,
para que al alzar los ojos
pensaran todos en ti.


XIV

¡Cómo bajas a la fuente
por la mañana a mirarte,
teniendo mi corazón
y en él impresa tu imagen!


XV

   Cada ángel más en la gloria
es del mundo un ángel menos;
que al tiempo que aquí le entierran
le bautizan en el cielo.


XVI

   Yo soñé, prenda del alma,
que me encontraba a tu lado;
mas, al sentir tanta dicha,
soñé que estaba soñando.


XVII

   En el pecho y en dos cunas
amor y los celos duermen;
cuando uno de ellos despierta,
al otro despierta siempre.


XVIII

   Yo antes era duro roble
que no movían los vientos,
y ahora soy mimbre delgado
que me doblo a tus deseos.


XIX

   Pastores, que preguntáis
las horas a las estrellas,
preguntadles si algún día
veré el fin de mi tristeza.


XX

   Ojos azules tienes,
   color de cielo;
tu corazón es rojo,
   color de infierno.


XXI

   Si me arrimo a una pared,
sobre mí temo que caiga;
que el que nació desgraciado
teme todas las desgracias.


XXII

   Bien sabes tú que yo tengo
como cera el corazón,
y me miras, sin embargo,
con esos ojos de sol.


XXIII

   Quisiera morirme pronto
y ángel del cielo volverme,
para serlo de tu Guarda
y estar a tu lado siempre.


XXIV

   Cadenita de la vida,
pena dan tus eslabones;
que a un eslabón de placeres
siguen muchos de dolores.


XXV

      Llorando le dije
      al ángel de Guarda:
a ausencia es mi muerte, siquiera un momento
      prestadme las alas.


XXVI

   Contemplé por largo rato
tu carita de lucero,
sin ver, en mi ceguedad,
que me iba quedando ciego.


XXVII

   Yo derramé llanto amargo
sobre un ciprés de su tumba,
y creció, que los cipreses
van creciendo entre amarguras.


XXVIII

   Del sitio donde nacimos
siempre una marca tenemos:
ángel del cielo bajado,
los ojos tienes de cielo.


XXIX

   Estoy tan acostumbrado
al dolor y a la desgracia,
que casi los necesito
como los peces el agua.


XXX

   Las rosas de tus mejillas
rosas sin espinas son;
clavadas las tengo todas
en mi pobre corazón.


XXXI

   Las lucecitas que brillan
de noche en el cementerio,
están diciendo a los vivos:
«acordaos de los muertos».


XXXII

   Envidia tengo a las nubes
que lloran agua serena:
ellas lloran desde el cielo,
yo lloro desde la tierra.


XXXIII

   Si lo que yo pienso en ti
colgara de mis cabellos,
cabellos me faltarían
para tantos pensamientos.


XXXIV

   De la mar en las playas,
   junto a las olas,
te encontré, hermosa niña,
   cogiendo conchas.
   Entre la arena
tú una concha buscabas,
   yo hallé una perla.


XXXV

   Tanto y tanto lloré un día
a la sombra de aquel árbol,
que lo amargo de mi pena
volvió sus frutos amargos.


XXXVI

   Por la senda de la vida
vamos tropezando siempre,
y al fin y al cabo caemos
en la fosa de la muerte.


XXXVII

   Una flor tierna y hermosa
tus manos han arrancado:
¡pobre flor! pronto sabrá
lo que es estar en tus manos.


XXXVIII

   ¡Pajarillo, tú que vuelas
por esos mundos de Dios,
dime si has visto en tu vida
un ser más triste que yo!


XXXIX

   Devuélveles a las rosas
el color que les robaste;
tú de nada necesitas
para parecer un ángel.


XL

   Caminito del deseo
me encontré con la verdad;
pero la vi tan severa
que me hizo volver atrás.


XLI

Ayer tarde estuve haciendo
castillitos en la arena,
y al mismo tiempo pensaba
en tu amor y en tu firmeza.


XLII

      ¡Oh madre, no llores,
      no llores así!
Un hijo perdiste, mas tienes un ángel
      que vela por ti.


XLIII

   Siento que en mi corazón
una pasionaria nace,
y cada vez que me miras
una de sus flores abre.


XLIV

   Consulté con las estrellas
para saber mi destino,
y noté que se movían
y formaban tu apellido.


XLV

   Anoche en el cementerio
se escapó un ay de tu boca:
¿por quién suspirabas, niña,
en tal sitio y a tal hora?


XLVI

   Sentada junto a la mar
iba diciendo sus penas;
y al preguntarle yo cuántas,
me señaló las arenas.


XLVII

   Tengo yo en mi corazón,
una flor tan arraigada,
que si arrancarla quisieran
me arrancarían el alma.


XLVIII

   Bien dijo una gitana
   cuando naciste:
«de luto está la estrella
   que te preside».


XLIX

   ¡Qué mucho que estando ausente
de los rayos de tus ojos,
en las sombras de la pena
vaya entrando poco a poco!


L

   Las ramitas del querer,
que brotan dentro del pecho,
crecen y se fortifican
con el aire de los celos.


LI

   Tormento doy a mis ojos
llorando de noche y día,
pues ellos tienen la culpa
de toda la pena mía.


LII

Cuando no estás a mi lado
no soy el que siempre soy;
soy un corazón sin sangre,
un mediodía sin sol.


LIII

   La rosa de mis placeres
mojó la lluvia del llanto;
y sus hojas, una a una,
desprendiéronse del tallo.


LIV

   De tu mejilla en el hoyo
tengo apostado un suspiro,
que me dice las palabras
que de tu boca han salido.


LV

   Todo en invierno,
      todo blanquea:
por eso miras llena de canas
      ya mi cabeza.


LVI

   Oí que quien siembra coge,
y no di paz a la mano:
sembré dichas y esperanzas,
y recogí... desengaños.


LVII

   Si los suspiros que doy
los diese a orillas del mar,
por ser tantos y tan grandes
moverían tempestad.


LVIII

   Yo creí que lo más firme
resistía más al tiempo:
¡ay pobrecito de mí,
que de firmeza me muero!


LIX

   Al contemplar tu cariño
tan helado y tan sin vida,
pienso que flor trasplantada
tiene las hojas marchitas.


LX

   Soy como el caracolito
que lleva a cuestas su casa,
pues sobre mí llevo siempre
el peso de mis desgracias.


LXI

   Al almendro más florido
fui a contarle mi dolor,
y se cayeron sus flores
de la pena que sintió.


LXII

   Lo miro mucho y remiro,
lo miro y no lo comprendo;
que me den tus ojos vida,
cuando por ellos me muero.


LXIII

   Antes mirarás la playa
toda cubierta de estrellas,
y de arenas todo el cielo,
que ver menguar mi firmeza.


LXIV

   Si quieres tus amores
      tener ocultos,
cuida que de tal fuego
      no salga el humo.
      Jamás suspires,
que es el humo un suspiro
      que «fuego» dice.


LXV

   Poder tienen, por ser tantas,
las lágrimas que yo vierto,
para lavar tu conciencia
de todo el mal que me has hecho.


LXVI

   Dicen, niña, que los ojos
son las ventanas del alma:
pues la mía no hace más
que hablarte por la ventana.


LXVII

   Para ir de este mundo al otro
hay una larga escalera,
toda de espinas formada,
con mil vueltas y revueltas.


LXVIII

   Cuida que Dios no te vea
esos ojos de lucero,
pues creerá que le has quitado
dos estrellas de los cielos.


LXIX

   Las nubes, cuando hay tormenta,
a la mar corren por agua;
y el corazón, cuando sufre,
corre a los ojos por lágrimas.


LXX

   Son de amor las cadenas,
   según voy viendo:
   por fuera plata y oro,
   por dentro hierro.


LXXI

   Procura no despertarme
cuando me veas dormir;
no sea que esté soñando,
y sueñe que soy feliz.


LXXII

   Los ojillos de la cara
se parecen a las flores,
pues se nos abren de día
y se nos cierran de noche.


LXXIII

   En el árbol del amor
subí a la rama más alta;
por eso cuando caí
fue más grande mi desgracia.


LXXIV

   Hizo mal quien comparó
tus ojos a los luceros;
tus ojos les aventajan
en que brillan siendo negros.


LXXV

   A los hierros de tu reja
les contaré mi pesar,
y se ablandarán de oírme,
y ancho paso me abrirán.


LXXVI

   A Roma pienso yo ir
a pedirle al Padre Santo
que el pecado me perdone
de haberte querido tanto.


LXXVII

   En la tierra nacen lirios,
en la mar nacen corales,
en mi corazón amores,
en tu boca falsedades.


LXXVIII

   Yo bajo un árbol me fui
a llorar mis desengaños,
y el árbol bajó sus ramas
y enjugó mi triste llanto.


LXXIX

   Hasta las mismas gaviotas
que cruzan mares y mares
se admiran de ver tanta agua
como por mis ojos sale.


LXXX

   Si yo pudiese abriría
en los cielos una grieta
para ver si la de un ángel
igualaba a tu belleza.


LXXXI

   Por el jardín del placer
alegre mi alma volaba;
la hirió el dolor con su espina,
y se cayeron sus alas.


LXXXII

   Con la flor te han comparado,
y es buena comparación;
pues a todos enamoras
sin que tú sientas amor.


LXXXIII

   No temas que el amor huya
de la cárcel de mi pecho,
porque toda mi firmeza
le sirve de carcelero.


LXXXIV

   Una nube de tristeza
cubrió tu rostro de cielo
al cruzar tu frente el rayo
de un amargo pensamiento.
   De un amargo pensamiento
que dio sombra a tu mirada,
e hizo caer de tus ojos
copiosa lluvia de lágrimas.


LXXXV

   Rojos son tus labios, niña,
¡cómo no han de serlo, di,
si estás bebiendo mi sangre
desde el día en que te vi!


LXXXVI

   En el cementerio entré,
y dije al sepulturero:
abre un hoyo pequeñito
para un corazón que ha muerto.


LXXXVII

   ¿Dónde vais, ojos, por agua
para llorar tanto y tanto?
«Vamos por ella a los mares
profundos del desengaño.»


LXXXVIII

   Para ser ángel, bien mío,
las alas sólo te faltan;
que Dios te dio con la vida
belleza, virtud y gracia.


LXXXIX

   El tronco de la firmeza
es tan corpulento y ancho,
que no hay brazos en el mundo
que consigan abrazarlo.


XC

   Tienes en la cara, niña,
lo mejor de cielo y tierra;
en tus mejillas dos rosas;
en tus ojos dos estrellas.


XCI

   Tú estás ríe que ríe,
      goza que goza;
yo estoy sufre que sufre,
      llora que llora.


XCII

   No te admire que tus ojos
contemple con tanto afán:
son las losas del sepulcro
en donde mi dicha está.


XCIII

   Nada basta a sostenerme,
y en mis dolores me apoyo,
que es, de todo lo del mundo,
lo más duro que conozco.


XCIV

   Ciego soy y vivo triste;
porque estoy pensando siempre
que sólo veré la luz
a la sombra de la muerte.


XCV

   En la jaula de mi pecho
cantaba risueña un ave;
tú entraste en él, y acabaron
al momento sus cantares.


XCVI

   Son las plegarias y el llanto
que el hombre eleva al Eterno,
escalones con que forma
una escala que va al cielo.


XCVII

   Arroyo, que presuroso
te diriges hacia el mar,
despacio caminarías
si supieses dónde vas.


XCVIII

   Causa de mi perdición,
no te pongas a mi paso;
no me recuerdes venturas
que en desventura acabaron.


XCIX

   Cuando descienda a la tumba,
los ojos dejadme abiertos,
para que pueda llorar
el bien que al morirme pierdo.


C

   De la blancura el cetro,
      cierta mañana,
la azucena y la nieve
      se disputaban.
      Tú te asomaste,
y quedáronse mudas
      ambas rivales.


CI

   Río arriba, río arriba
nunca el agua correrá;
que en el mundo, río abajo,
río abajo todo va.


CII

   Yo soy como los cipreses
que rodean tu sepulcro,
pues vivo cerca de ti
y lejos de todo el mundo.


CIII

   Dios quiso que la vergüenza
fuese una flor encarnada:
para que la vieran todos
la hizo brotar en la cara.


CIV

   Me comparo a las abejas,
que se mueren cuando pican;
pues el día en que te amé
fue el último de mi vida.


CV

   Nunca va por el mundo
      la dicha sola;
que van naciendo espinas
      al par que rosas.


CVI

   Yo te quisiera poner
junto al astro más brillante,
para que te vieran todos
y no te alcanzara nadie.


CVII

   Ayer nació una esperanza;
pero se murió tan presto,
que tuvo cuna y sepulcro
en un rincón de mi pecho.


CVIII

   Tus ojos verde de mar,
tus labios como corales,
y tu corazón más bello
que una perla de los mares.


CIX

   No cubras nunca de flores
los sepulcros de los muertos;
eleva en ellos plegarias,
que son las flores del cielo.


CX

   En duro bronce tenía
forrado yo el corazón;
mas tú lo has vuelto de cera
y en él has escrito «amor».


CXI

   Dejadme a mí que llore,
   como hago siempre:
   dejad correr el agua
   por donde suele.


CXII

   Las hojas y la esperanza
¡cuánto se parecen, cuánto!
Todo verdor al principio,
todo amarillez al cabo.


CXIII

   Desde que al mundo bajaste
con esos ojos tan bellos,
se ha notado que hay un claro
en el azul de los cielos.


CXIV

   A la orillita del río
prometiste serme fiel;
y el río, que te conoce,
murmuró... no sé por qué.


CXV

   Cada pesar nos arranca
del corazón un pedazo,
hasta que no hay corazón
para tanto desengaño.


CXVI

   Si ves las flores mojadas,
no lo achaques al rocío;
son lágrimas que mis ojos
por tu desdén han vertido.


CXVII

   Voy a preguntar a un sabio
lo que tanto me sorprende:
y es, que abrasarme consiga
una mujer toda nieve.


CXVIII

   Tengo un caudal de recuerdos
y otro caudal de esperanzas:
pasado todo y futuro;
presente no tengo nada.


CXIX

   Una carta le mandé
con mi llanto humedecida,
y ella acabó de mojarla
con sus lágrimas de risa.


CXX

   Como espuma de los mares
de tu cara la blancura;
tu firmeza y tu constancia
como del mar las espumas.


CXXI

   Estrellas y luceros
      tienen envidia
de ver que con tus ojos
      su luz humillas.
      Envidia tienen;
que ellos lucen de noche,
      tú cuando quieres.


CXXII

   Padezco una enfermedad,
la de pegárseme el llanto:
si alguno llora sus males,
ya somos dos a llorarlos.


CXXIII

Cuando tus pisadas siento
me pongo como la grana:
y es que, por verte, se asoman
los colores de mi cara.


CXXIV

   Hay un río que separa
esta vida de la eterna,
y se atraviesa en un barco
forrado en bayeta negra.


CXXV

   Quien te comparó a la luna
dijo en una dos verdades;
que eres hermosa como ella,
y como ella eres mudable.


CXXVI

   Hierro duro fue mi pecho
que un tiempo resistió a todo;
mas al fin se vio atraído
por el imán de tus ojos.


CXXVII

   Eres paloma del bosque,
eres rosal en maceta,
eres estrella del cielo,
eres ángel en la tierra.


CXXVIII

   Responde, si es que lo sabes:
¿cuál es más duro castigo,
el ver morir a su amada,
o el querer sin ser querido?


CXXIX

   La hermosura y la desgracia,
como dos buenas amigas,
cogiditas de la mano
por esos mundos caminan.
   Por esos mundos caminan,
sin que se haya visto nunca
andar sola la desgracia
muy lejos de la hermosura.


CXXX

   ¡Ojalá fuese la herida
que tu engaño abrió en mi pecho
de aquellas que brotan sangre,
que así me matara al menos!


CXXXI

   Quisiera ser poderoso
para convertirte en playa,
y a mis labios en dos olas
que bajaran a besarla.


CXXXII

   Tras la lluvia de los cielos
más bella se alza la flor;
tras la lluvia de los ojos
más bello está el corazón.


CXXXIII

   Todo este mundo mundano
es sólo una mascarada
en que el corazón se pone
la careta de la cara.


CXXXIV

   Yo vi castillos de amor,
que parecían eternos,
a los aires de la ausencia
quedarse al rape del suelo.


CXXXV

   Dijo un sabio: «yo no paro
hasta encontrar la verdad»;
y en los brazos de la muerte
vino por fin a parar.


CXXXVI

   Aquel beso de amor lleno
que me diste en la mejilla,
fue golpe dado a una puerta
que despertó el alma mía.


CXXXVII

   Por cada pena del mundo
hay en el cielo un placer;
por eso a cada tormenta
verás un iris en él.


CXXXVIII

   No digas que me miras,
   mujer ingrata;
di más bien que tus ojos
   en mí los clavas.


CXXXIX

   Compárame al desterrado
que arrastra dura cadena,
pues lejos de ti suspiro
y atado estoy a mis penas.


CXL

   ¡Que no llore! Y ¿qué me importa
lágrima menos o más?
¿Qué importa que llueva o no
sobre las aguas del mar?


CXLI

   Muchos hay que oro y más oro
en amontonar se afanan,
sin pensar que para Dios
toda esa moneda es falsa.


CXLII

   ¿Cómo quieres que yo exprese
la fuerza de mi cariño,
si en pos de ti se me fueron
todos mis cinco sentidos?


CXLIII

   Tan hechas están mis lágrimas
a rodar por mis mejillas,
que se han abierto dos surcos
para bajar más de prisa.


CXLIV

   Si aseguran que los ojos
son de las almas espejo,
¿de qué color es la tuya
siendo tus ojos tan negros?


CXLV

   Al cielo voy a subir
a coger un par de estrellas
para ahuyentar con su luz
las sombras de mi tristeza.


CXLVI

   ¡Ay! ¿qué sería del árbol
que llamamos de la vida,
si la esperanza sus hojas
no pintara cada día?


CXLVII

   Como al dormir siempre sueño
que estoy hablando contigo,
al despertar me parece
mucho más largo el camino.


CXLVIII

   Para amar tomé ejemplo
   de la paloma;
por eso estoy llorando
   como ella llora.


CXLIX

   Pienso hacer un agujero
en la losa que me cubra
para observar desde allí
si rezas junto a mi tumba.


CL

   Yo no he visto en este mundo
árbol, ni planta, ni flor
que crezca tanto y tan pronto
como en el pecho el amor.


CLI

      Jamás al espejo
      te mires ¡oh niña!
Entrará el orgullo en tu alma inocente
      al verte tan linda.


CLII

   Poco me importa que canten
del mundo las aves todas:
nacido junto a la mar,
sólo me arrullan las olas.


CLIII

   A morir voy, pues la sangre
que por mis venas corría
se me sale por los ojos
en lágrimas convertida.


CLIV

   ¿Qué es el amor, me preguntas?
Mezcla de dulce y amargo,
isla de gozo y placeres
en un arroyo de llanto.


CLV

   Aún ignora todo el mundo
que a un corazón diste muerte;
que yo lo enterré en mi pecho
para que nadie lo viese.


CLVI

   A las playas de la mar
se parecen mis mejillas
en que las bañan las aguas
todas las horas del día.


CLVII

   Fuiste flor que perfumaste
el aire de mi existencia;
mas fuiste flor y viviste
lo que una flor en la tierra.


CLVIII

   En el fondo del pecho
   tengo yo escrito
todo favor que me haces
   grande o chiquito.
   Mas los enojos
no te los tomo en cuenta,
   luz de mis ojos.


CLIX

   Por encima de las aguas
vi una esperanza flotando,
y vi que la echaba a fondo
el peso de un desengaño.


CLX

   En la estación de la vida
siembra semillas de bien,
y en la estación de la muerte
el fruto podrás coger.


CLXI

   Es la flor de la inocencia
una flor tan delicada,
que a veces con un suspiro
sobra para deshojarla.


CLXII

   Paso una vida tan triste,
que me encuentro a todas horas
llenos de llanto los ojos
y de suspiros la boca.


CLXIII

   Yo he dejado a la esperanza
que dentro del pecho viva;
y en pago, me está engañando
todas las horas del día.


CLXIV

   Mucho lloré aquella noche,
mas sin verter una lágrima,
porque eran todas de fuego
y el mismo ardor las secaba.


CLXV

   De tanto mirarme en ti,
como tú me estoy volviendo;
que si el mar es tan azul,
es de mirar tanto al cielo.


CLXVI

   Para colores la rosa;
para brillo las estrellas;
para blancura la nieve;
para firme mi firmeza.


CLXVII

   No me compadezcas nunca
por las lágrimas que vierto;
compadéceme más bien
por las que se quedan dentro.


CLXVIII

   Tú que navegas
   por esos mares,
mira que espero triste en la playa;
   mira, no tardes.


CLXIX

   Blanca paloma es mi amor
que vuela siempre a su nido;
a su nido que es tu pecho,
tu pecho, dulce bien mío.


CLXX

En el sitio en que te hallé
mandé poner una cruz;
que allí murió mi alegría
donde me miraste tú.


CLXXI

   Los párpados de mi hermosa
vienen a ser dos cortinas,
que a veces la luz ocultan,
la luz que a mí me ilumina.


CLXXII

   Yo nunca diré que el mundo
sea de penas un mar,
pues en él un placer hallo
siempre que rompo a llorar.


CLXXIII

   Hubo un tiempo en que besaba
su frente de mármol puro;
mas ya sólo besar puedo
el mármol de su sepulcro.


CLXXIV

   No pienses mal nunca, niña;
que los malos pensamientos,
subiendo en forma de nube,
tapan las puertas del cielo.


CLXXV

   En medio de mi fatiga
quise en la fuente mirarme;
mas la fuente enturbió el agua
para no aumentar mis males.


CLXXVI

   Tu corazón y el mío
   al árbol copian:
el tuyo, en que cada año
   muda sus hojas;
   y el mío ¡ay triste!
en que cada año echa
   nuevas raíces.


CLXXVII

   Desde que gimo en prisiones,
todos me dan que sentir:
que hasta los rayos del sol
se han olvidado de mí.


CLXXVIII

   Si se marchitan las flores
de sólo vivir un día,
¿qué será, di, de nosotros
que vivimos una vida?


CLXXIX

   Veinte años pasé tranquilo
sin conocer la tristeza:
la vi cuando «adiós» te dije,
y me acompañó en la ausencia.


CLXXX

   De sauces llorones quiero
mi sepulcro rodeado,
para que lloren un poco
por quien ha llorado tanto.


CLXXXI

   Yo no sé lo que tienen
   tus ojos, niña,
que quitan los colores
   de las mejillas.


CLXXXII

   ¿Qué son perlas y diamantes
para engalanar tu cuello?
Yo haré para ti un collar
de estrellitas de los cielos.


CLXXXIII

   Apartar de mí tu imagen
he intentado muchas veces;
mas ¡ay! que las golondrinas
vuelven a su nido siempre.


CLXXXIV

   Un jardín de nieve lleno
parece tu blanco rostro,
con tres flores sin cubrir,
que son tu boca y tus ojos.


CLXXXV

   No creas que estoy alegre
por más que me oigas cantar,
que es la tortolilla el ave
que sufre y que canta más.


CLXXXVI

   Eres árbol venenoso
que seduce al caminante,
brindándole con su sombra
para a su sombra matarle.


CLXXXVII

   ¡Cómo quieres que la olvide,
cuando le he dado más besos
que recibe un relicario
al pasar de pueblo en pueblo!


CLXXXVIII

   «Que las olas me sepulten,
dijiste, si hablo con otro.»
Olas del mar, perdonadla,
que yo también la perdono.


CLXXXIX

   Tengo un cuadro de tristeza
colgado en el corazón:
lo pintaron tus desdenes,
tu perfidia lo clavó.


CXC

   Por sendas de ilusiones
   fui caminando,
y en los bosques perdime
   del desengaño.


CXCI

   Nubes que andáis por los altos,
hasta mis ojos bajad;
y humedecedlos un poco,
que están secos de llorar.


CXCII

   No sabes cuánto consumes
con tu desamor, ingrata:
siempre diciendo que espere,
sin darme nunca esperanza.


CXCIII

   Al sepulcro bajaría
para envolverme en tus brazos;
que hasta la muerte deseo,
si has de ser tú mi sudario.


CXCIV

   ¡Qué bonito es tu semblante
por el llanto humedecido!
¡Qué bonitas son las flores
salpicadas de rocío!


CXCV

   Sonriendo me miraba
de la dicha en el espejo,
cuando tú, mujer traidora,
lo empañaste con tu aliento.


CXCVI

   Por esos aires
   van mis suspiros
buscando tu alma, como palomas
   buscando el nido.


CXCVII

   Con tus ojos me encendiste
dentro del pecho el amor,
y me has quemado en su llama
las alas del corazón.


CXCVIII

   En la cuna de tus labios
yo puse a dormir un beso:
lo arrullaron mis suspiros,
tus sonrisas lo mecieron.


CXCIX

   La esperanza es como el lirio
que florece entre las aguas;
cuanto más llanto la cerca,
crece más bella y ufana.


CC

   A la soledad me fui
para perderte de vista,
y en el fondo de las selvas
te encontró mi fantasía.


CCI

   Para ti son estas coplas,
pueblo de mi hermosa tierra;
si las quieres prohijar
tendrán una vida eterna.


CCII

   Es tan gracioso tu cuerpo
y es tan bonita tu cara,
que sé que te tiene envidia
hasta el ángel de tu Guarda.


CCIII

   Como eres tan bondadosa,
yo te comparo a las nubes
que toman agua de mar
y van lloviendo agua dulce.


CCIV

   Me aconsejan que suspire
para que encuentre descanso;
pero el suspiro es muy corto
y el mal que tengo muy largo.


CCV

   Unos leen su destino
en las estrellas del cielo:
a mí me bastan tus ojos
para saber lo que quiero.


CCVI

   La espina de los dolores
me conoce tanto y tanto,
que cuando tiene que herirme
me hace ya muy poco daño.


CCVII

   Para lograr que te olvide
no sé lo que hará tu madre;
pues la muerte, con ser muerte,
no tiene poder bastante.


CCVIII

   El tiempo me quiere mal,
y va tan en contra mía,
que cuando me ve a tu lado
corre mucho más de prisa.


CCIX

   Tan sólo a besar la playa
de lejos las olas vienen;
mas en cuanto la han tocado,
entre otras olas se mueren.
   Entre otras olas se mueren,
cual los deseos mundanos
que, en logrando el primer beso,
quedan muertos en el acto.


CCX

   Más rubia que un hilo de oro,
más blanquita que la leche,
más hermosa que un lucero,
¿qué he de hacer sino quererte?


CCXI

   En cuanto miré tu cara
se me partió el corazón:
porque contener no pudo
en tan poco tanto amor.


CCXII

   De ti me acuerdo más veces
que flores hay en la tierra,
que estrellitas en los cielos,
y que en las playas arenas.


CCXIII

   En la fuente del amor
yo me harté de beber agua,
y el agua que bebí entonces
la estoy devolviendo en lágrimas.


CCXIV

   Del color de la violeta
deben ser tus ojos, niña:
yo nunca te los he visto,
pero esto mismo lo afirma.


CCXV

   Aires que vais hacia el monte,
aguas que vais hacia el mar,
decid a mi dulce dueño
que la adoro más y más.


CCXVI

   ¿Me preguntas lo que busco
con tanto mirar al cielo?
Las estrellas de más brillo,
para escribirla «te quiero».


CCXVII

   La mirada que me echaste
ayer tarde en la pradera
fue una gotita de miel
en la copa de mis penas.


CCXVIII

Tu nombre grabé en un árbol,
y de la herida murió:
murió de la misma muerte
que mi pobre corazón.


CCXIX

   Pretendí a una nubecilla
contarle todas mis penas;
mas, en cuanto hube empezado,
cayó en lágrimas deshecha.


CCXX

   Cuando me miro en tus ojos,
celos me encienden el alma
de ver a mi propia imagen
que en su fondo se retrata.


CCXXI

   Por lo que has hecho conmigo
te he comparado a Moisés,
que a una roca del desierto
lágrimas hizo verter.


CCXXII

   Las semillas del amor
que a un tiempo los dos cogimos,
yo en mi pecho las sembré,
tú, en los campos del olvido.


CCXXIII

   No niegues tu pan al pobre
que de puerta en puerta llama;
quizá te enseña el camino
que tú seguirás mañana.


CCXXIV

   Claveles por labios
   adornan tu boca.
Dios quiera que nunca tu llanto de pena
   despinte sus hojas.


CCXXV

   Yo quise a través del aire
mandarte mi pensamiento;
mas era tan puro y casto,
que se fue volando al cielo.


CCXXVI

   Orillas del mar soberbio
me puse a considerar,
que las olas que más suben
son las que descienden más.


CCXXVII

   La campana de mi pueblo
sí que me quiere de veras,
se alegró cuando nací
y llorará cuando muera.


CCXXVIII

   Del querer una ramita
en su corazón planté;
como halló raíces viejas
no pudo prevalecer.


CCXXIX

   En la gloria de los cielos
¡cuán distinto será todo!
hasta para ver los astros
habrá que bajar los ojos.


CCXXX

   Cuando bañarte pretendas
no vayas al mar ni al río;
yo un baño te arreglaré,
todo gotas de rocío.


CCXXXI

   Yo soñé que el sol se helaba;
soñé que la nieve ardía;
¡mira qué cosas soñé
que hasta soñé que eras mía!


CCXXXII

   Di a tu madre, si te adora,
que tu pasión no avasalle,
que el río, si lo detienen,
suele salirse de madre.


CCXXXIII

   Cuando caían las hojas
le dije mi pensamiento;
cuando las hojas caían
mis ilusiones cayeron.


CCXXXIV

   Con harapos de mendigo
en vano llamé a una puerta:
con traje de poderoso
de par en par la hallé abierta.


CCXXXV

   Cuanto más tú me maltratas
más aumenta mi cariño;
también se pisan las uvas
y pagan la ofensa en vino.


CCXXXVI

   La ilusión nace con alas,
y, apenas nacida, vuela;
el desengaño es de plomo,
y donde nace se queda.


CCXXXVII

   Tan hecho estoy a llorar
mis males y mis desdichas,
que, si alguna vez me alegro,
también lloro de alegría.


CCXXXVIII

   La cadena de mi amor
quisieron romper los celos;
¡ay! cuanto más se trabaja
más duro se vuelve el hierro.


CCXXXIX

   Si alguna vez te inclinas,
   que siempre sea
para prestar ayuda
   al que esté en tierra.


CCXL

   Dijo Dios: «todo en el mundo,
ha de acabarlo la Muerte»;
y mirando a la Esperanza:
«sólo tú vivirás siempre».


CCXLI

   Hasta el sol voy a subir
y coger dos o tres rayos,
para atarte esos cabellos
que en el aire están flotando.


CCXLII

   ¡Mira si soy candoroso,
que ayer llené un cesto de agua,
y hoy, de finezas de amor,
el corazón de una ingrata!


CCXLIII

   Si al rey tienes que servir,
yo te haré la escarapela
de una mi trenza teñida
con la sangre de mis venas.


CCXLIV

   Hay quien dice que mi amor
fue una nube de verano;
dice verdad, pasó pronto,
y hasta se deshizo en llanto.


CCXLV

   Soy feliz cuando mis actos
con una mirada aprueba
que mi amor la ha convertido
en mi segunda conciencia.


CCXLVI

   ¡De qué sirven los civiles,
-vayan benditos de Dios-
si en la mitad del camino
me han robado el corazón!


CCXLVII

   ¿Dónde hallo tantos cantares?
florecen a manos llenas
en todo campo de amor
regado por la tristeza.


CCXLVIII

   De la esperanza en el árbol
me apoyé ¡triste de mí!
pero vino el desengaño
y lo cortó de raíz.


CCXLIX

   Ausencias matan amor;
finezas le dan la vida;
desdenes lo robustecen,
y celos le hacen cosquillas.


CCL

   Soñé anoche que robaba
para ti miles de estrellas;
deprisita, deprisita,
antes de que el sol saliera.


CCLI

Si mi deseo se cumple
y en una tumba nos ponen,
el ángel que llame a juicio
tendrá que dar más de un toque.


CCLII

   Confíate a la fe ciega
y sabrá guiarte al cielo,
que el camino de su casa
lo saben siempre los ciegos.


CCLIII

   Una cayó en una rosa,
de dos gotas que iban juntas,
otra en el lodo cayó,
¡mira lo que es la fortuna!


CCLIV

   ¿Sabes, niña, por qué el sol
está muy triste al ponerse?
porque le duele pasar
toda una noche sin verte.


CCLV

   No te cases sin amor
si quieres paz duradera;
arbolito sin raíces
el primer viento lo lleva.


CCLVI

   Los rosales de tu cara
son rosales de secano;
si con llanto no los riegas
vivirán tiempo muy largo.


CCLVII

   Desde que dejaste el mundo
siempre tengo un mismo sueño;
sueño que, de nube en nube,
para verte escalo el cielo.


CCLVIII

   Noche tranquila y serena,
lucía una luna clara,
y, dormitando, mi brazo
te servía de almohada.


CCLIX

   De mirar nace el amar;
de ver sufrir, el sufrir;
del ejemplo, el mal vivir;
de no ver, el olvidar.


CCLX

   No temas, no, prenda mía,
que llegue nunca a olvidarte;
antes, estando yo vivo,
veré pasar mi cadáver.


CCLXI

   Para recato la rosa,
que se rodea de espinas;
para humilde la violeta,
que aroma el pie que la pisa.


CCLXII

   No vengas con esos ojos
a verme nunca a la cárcel,
estoy tan hecho a lo obscuro
que bien pudieran cegarme.


CCLXIII

   El dolor me dijo: «llora
para alivio de tus males»;
las lágrimas acabé,
y estoy llorando cantares.


CCLXIV

   Pequeñita eres de cuerpo
y llena de gracia estás;
pequeñita y resalada
como la arena del mar.


CCLXV

   Me dices que me quieres;
   ya que así sea,
dame un cristal de aumento,
   que yo lo vea.


CCLXVI

   Midiéndolo mientras pasa,
hallarás el tiempo largo;
si quieres hallarlo corto
mídelo cuando ha pasado.


CCLXVII

   Tu amor hace conmigo
   lo que la hiedra,
que al olmo a que se enrosca
   pronto desmedra:
   cortarla quiero;
mas si la hiedra mato,
   también yo muero.


CCLXVIII

   Sé dónde funden el hierro
y hacen polvo el pedernal;
tu corazón, por un rato
¿me lo querrías prestar?


CCLXIX

   Prefiero que amortajada
te presenten a mi vista,
que escuchar que a otro le dices
cositas que a mí solías.


CCLXX

   Había gente delante,
nada hicieron nuestros labios;
pero, a través de los ojos,
nuestras almas se besaron.


CCLXXI

   Ola soy que entre las rocas
de tus desdenes me estrello,
ola soy que porfiada
a estrellarme siempre vuelvo.


CCLXXII

   Yo vi de un corazón viejo
brotar un amor de niño,
como de cepa arrugada
sale jugoso racimo.


CCLXXIII

   Nuestros ojos son brocales
de pozos llenos de llanto;
si en ellos echamos penas
rebosan a cada paso.


CCLXXIV

   ¡Qué cuidado le da al sol
de que una nube lo empañe!
si le guardo tanto amor
¡qué importan sus falsedades!


CCLXXV

   No quiero, no, ser marino,
que, si mueren en la mar,
ni los siete palmos tienen
de tierra en que descansar.


CCLXXVI

   Cuánta y cuánta gota amarga
diome en cambio de mi fe;
¡ay! paloma de mi vida,
te habrás quedado sin hiel.


CCLXXVII

   El cuadro de tus facciones
tan bello a Dios pareció,
que, por darle marco de oro,
cabellos de oro te dio.


CCLXXVIII

   Unas tierras he comprado
con una casita en medio,
mas le falta no sé qué
que siempre busco y no encuentro.


CCLXXIX

   Ven, tórtola que gimes,
y unamos nuestras penas,
que sólo con el triste
el triste se consuela.


CCLXXX

   Hay almas como la mía,
que llorando hallan alivio;
que si hay flores de secano,
hay flores de regadío.


CCLXXXI

   No publiques que te he amado,
mujer ingrata y perversa;
si saben que te he querido
¡cómo quieres que me quieran!


CCLXXXII

   En mi corazón tu imagen
parece una salamandra,
pues no se consume nunca
ni aun en medio de las llamas.


CCLXXXIII

   Sabedor de mis pesares,
te asombras porque no lloro;
es muy honda mi tristeza
para que suba a los ojos.


CCLXXXIV

   Agua me dio una zagala
viéndome morir de sed;
mucha sed antes tenía,
pero más tuve después.


CCLXXXV

   Al sol miro frente a frente
sin que me dañe su fuego;
pero si miro tus ojos,
los míos bajo hasta el suelo.


CCLXXXVI

   Para ti fueron las rosas
primeras de mi jardín;
mis primeras ilusiones
fueron también para ti.


CCLXXXVII

   En la fuente del placer
mana el agua gota a gota;
mas la fuente del dolor
a caño lleno la arroja.


CCLXXXVIII

   Ya voy siendo más dichoso;
mirad cómo lo consigo:
me alimento de esperanzas
y bebo agua del olvido.


CCLXXXIX

   Como voy siempre con ella
y es tan hermosa su cara,
no falta quien la confunda
con el ángel de mi guarda.


CCXC

   A las olas dijo Dios:
«de aquí no pase ninguna»;
por eso al tocar la playa
rugen y sueltan espuma.


CCXCI

   Los franceses nos desprecian
y sólo alaban su Francia;
si aquello es cosa tan buena
¿por qué querían la España?


CCXCII

Bien se engañó aquel que dijo:
«cuatro son los elementos»;
que más poder tiene amor
que aire, tierra, mar y fuego.


CCXCIII

   Dios al mandarla a la tierra
le arrancó las blancas alas;
creí amar a una mujer,
y a un ángel del cielo amaba.


CCXCIV

   Haced que ciego me quede,
gloriosa santa Lucía,
si en los brazos de otro amante
la he de mirar algún día.


CCXCV

   Entre la arena unas perlas
he encontrado esta mañana;
di si el mar las arrojó,
o si has llorado en la playa.


CCXCVI

   No seas en el mundo
   cual mariposa
que escoge de las flores
   la más hermosa;
   copia a la abeja,
que de flor sin perfume
   pronto se aleja.


CCXCVII

   En la misma sepultura
yo te seguiré queriendo,
que el amor con que te adoro
se ha filtrado hasta en mis huesos.


CCXCVIII

   Deja la espada, paisano,
y coge la lanzadera;
naciste para tejer,
no para cortar la tela.


CCXCIX

   Viéndote rondar mi casa,
ayer mi padre me dijo:
«Desde que anda este espantajo
no se nos comen el trigo».


CCC

   Si es mi corazón de hierro
y el tuyo de fuerte imán,
y un día a juntarse llegan,
¿quién los podrá separar?


CCCI

   De las potencias del alma
dos contigo se me fueron,
mas quedome la memoria
para matarme a recuerdos.


CCCII

   Cartas que de mí tenía
al fuego las arrojó;
como eran todas de fuego,
todo el fuego revivió.


CCCIII

   Por agua va mi niña,
   por agua al valle,
sin ver que por mis ojos
   brota a raudales;
   es fuerte empeño,
lo que tiene tan cerca
   buscarlo lejos.


CCCIV

   Siempre niño es el amor;
siempre joven la belleza;
la dicha está por nacer;
la experiencia siempre es vieja.


CCCV

   Te quiero si abres los ojos,
pero más si los entornas,
que a mí siempre los capullos
me gustan más que las rosas.


CCCVI

   Me han dicho que ayer a un Santo
hiciste varias promesas;
si, como a mí, se las cumples,
lucido el Santo se queda.


CCVII

   Ya nunca más de tu lado
me ausentaré, vida mía,
que estando lejos de ti,
hasta es triste la alegría.


CCCVIII

   Tras del fuego las cenizas,
tras del placer el hastío,
tras de la vida la muerte,
así lo manda el destino.


CCCIX

   El camino del cielo
   está en la tierra;
para no equivocarlo
   tomad las señas:
   dichas, ninguna;
desengaños, sobrados;
   lágrimas, muchas.


CCCX

   Si obras mal, te acosarán
dentro de ti la conciencia,
y fuera, el sol con su luz,
las sombras con su tristeza.


CCCXI

   Yo no he visto enamorados
que caminen más juntitos
de lo que van por el mundo
la ausencia con el olvido.


CCCXII

   Cuando tiene que reñirme,
de mí se venga la ingrata,
tapando el sol de sus ojos
con una nube de lágrimas.


CCCXIII

   Dios no la quiso en el cielo
y la transportó a la tierra,
porque temió que en los ángeles
la envidia nacer pudiera.


CCCXIV

   Mientras la vida nos dura,
la muerte estamos temiendo;
procuremos que al morir,
la vida no nos dé miedo.


CCCXV

   ¡Y eres tú la que te quejas
de que es amargo mi llanto!
¡tú, que has vertido en mi pecho
la hiel de los desengaños!


CCCXVI

   Ojillos de color negro,
pintados por el dolor,
decidme si lleváis luto
por mi pobre corazón.


CCCXVII

   Aunque linda hayas nacido
no seas tan vanidosa,
que bien pudo hacerte ortiga
quien te dejó nacer rosa.


CCCXVIII

   A la dicha convidé
y a recibirla salí,
y, al darle la mano, vi
que aire tan sólo estreché.


CCCXIX

   Yo quiero un primer amor
que gusta un fruto temprano,
y es poco alegre espigar
campo que otros han segado.


CCCXX

   En el charco de la envidia
furioso arrojé una piedra,
y salpicome la cara
el lodo que saltó fuera.


CCCXXI

   Considera, considera
si será bonito el cielo,
cuando tiene por alfombra
el brillante firmamento.


CCCXXII

   He de preguntar a un sabio
esta duda que me asalta,
si el corazón es del cuerpo,
o forma parte del alma.


CCCXXIII

Niña, no seas esquiva,
porque el corazón me dice
que yo nací para ti
y tú para mí naciste.


CCCXXIV

   Pedacitos de carbón
son los ojos de mi amada:
lo digo porque son negros;
lo digo porque me abrasan.


CCCXXV

   Cuando Dios creó los mundos
sembró flores de su gloria;
como a su Dios no ofendieron
siguen siendo tan hermosas.


CCCXXVI

   Tienes, niña, las mejillas
más encendidas que el sol;
¿has estado junto al fuego,
o hay fuego en tu corazón?


CCCXXVII

   Tan sólo a mojar los labios
al río de amor bajeme,
era el suelo resbaloso
y me arrastró la corriente.


CCCXXVIII

   El suspiro dice: «Ansío»,
el beso dice: «Te quiero»,
el ¡ay! dice: «Sufro mucho»,
el llanto: «Ya no hay remedio».


CCCXXIX

   Al árbol del bien ajeno
cuidé y regué con mi llanto;
buenos frutos a otros dio,
para mí diolos amargos.


CCCXXX

   Entre el amor y la muerte
el primero es el que priva;
que la muerte sólo mata,
y el amor da muerte y vida.


CCCXXXI

   Los besos que no te doy
los pongo a interés compuesto;
¡ay! cuándo podré pagarte
los muchos que ya te debo.


CCCXXXII

   ¿Sabes cuál fuera mi luto,
serrana, si te murieras?
un ataúd de mi alzada,
forrado en bayeta negra.


CCCXXXIII

   Si bajas mucho la frente
delante del poderoso,
quizá cuando la levantes
la alces manchada de lodo.


CCCXXXIV

   En las aguas de un arroyo
llegó mi niña a mirarse,
y el arroyuelo se heló
para retener la imagen.


CCCXXXV

   Hoy he soñado, alma mía,
¡mira qué sueño tan bello!
que el hoyuelo de tu barba
lo iba llenando de besos.


CCCXXXVI

   No tengo celos del mar,
aunque en sus aguas te bañas;
no mojan el corazón,
y mucho menos el alma.


CCCXXXVII

   Desde que lloro tu ausencia
sufro tan grandes dolores,
que el espejo en que me miro
ya casi me desconoce.


CCCXXXVIII

   Llevo en la mano una copa
para llenarla de dichas,
a todas fuentes acudo
y siempre queda vacía.


CCCXXXIX

   Fiel dijiste que serías
y no has dejado de serlo;
mas eres fiel de balanza,
que se inclina al mayor peso.


CCCXL

   Los labios de la que adoro
vio una mañana el coral,
y, avergonzado, escondiose
en lo profundo del mar.


CCCXLI

   Ando buscando a la Muerte
para decirle al oído
que nos mate un mismo día
y nos entierre juntitos.


CCCXLII

   Hoy capullo, flor mañana,
hojas marchitas más tarde;
¿cuál será tu paradero?
deja que el labio lo calle.


CCCXLIII

   A un clavel una rosa
   le dijo un día:
«envidio tu hermosura,
   flor sin espinas»;
   y dijo el otro:
«a hermosa sin recato
   se atreven todos».


CCCXLIV

   Tengo lágrimas de sobra
y a verterlas no me atrevo,
que las risas de los hombres
me las truecan en veneno.


CCCXLV

   Me persiguen, me persiguen,
envidiosos de tu amor;
deja, niña, que me esconda
dentro de tu corazón.


CCCXLVI

   Te aguardará el alma mía,
si es que me entierran primero;
¿qué haría solo en la gloria?
¡sin estar tú, vaya un cielo!


CCCXLVII

   Si los suspiros que doy
tuvieran lengua y hablaran,
más de dos y más de cuatro
te escupieran en la cara.


CCCXLVIII

   Tus ojos negros me llevan
derechito al cementerio,
pues si los abres me matan,
y si los cierras me muero.


CCCXLIX

   La nieve quiere ser río,
y se sumerge en la mar;
el niño quiere ser hombre,
y encuentra la ancianidad.


CCCL

   Hasta tocar con las nubes
subieron mis esperanzas,
como las nubes bajaron
en lágrimas transformadas.


CCCLI

«Un día más» dice al hombre
el sol que sale de nuevo;
y, al ponerse por la tarde,
dice triste: «un día menos».


CCCLII

   He corrido mucho mundo
y ansiosa vuelvo a mi patria,
que no hay hogar que caliente
como el hogar de mi casa.


CCCLIII

   Dentro de mi corazón
golpes de un reloj se sienten,
de un reloj que parará
al dar la hora de la muerte.


CCCLIV

   Cuando me acerco a la fuente
donde conocí a mi amor,
en vez de beber del agua
tan sólo besos le doy.


CCCLV

   Me eché a nadar, confiado,
de la vida en la corriente,
y me dejaron las aguas
en la orilla de la muerte.


CCCLVI

   Cuando nacemos, lloramos,
y sonríen los demás,
al morir nos sonreímos,
y ellos se echan a llorar.


CCCLVII

   Águila que en roca anidas,
envidio tu altivo vuelo;
de los cielos estás cerca,
de los hombres estás lejos.


CCCLVIII

   A orillitas de la mar
voy a llorar sus desvíos,
porque me duele amargar
las corrientes de los ríos.


CCCLIX

   De la losa que la cubre
hasta el mármol duro y frío
se abrió, al escuchar mis ayes,
y dejó paso a un suspiro.


CCCLX

   Viviremos tan unidos,
amada mía, los dos,
que un eslabón formaremos
de la cadena de amor.


CCCLXI

   La experiencia me ha enseñado
que es la esperanza del mundo
árbol de hoja siempre verde,
pero que nunca da fruto.


CCCLXII

   ¿A qué me canso en llorar
ante tus ojos, ingrata?
eres feliz, y no entiendes
el lenguaje de las lágrimas.


CCCLXIII

   Cuando encargues mi ataúd,
sin adorno has de encargarlo,
que no quiero otro atavío
que las gotas de tu llanto.


CCCLXIV

   No pases por el lugar
en donde amarme juraste,
que al saber de tu descaro
sufren aumento mis males.


CCCLXV

   Mis marchitas ilusiones
en mi corazón entierro,
y a la mitad de la vida
ya tengo el sepulcro lleno.


CCCLXVI

   Toda dicha que se acaba
toma gigantesca forma,
que el sol se agranda al ponerse
y agranda todas las sombras.


CCCLXVII

   Estrellitas, estrellitas,
oid lo que saber quiero:
¿es vuestra la luz que dais,
o la transmitís del cielo?


CCCLXVIII

   Por habladores me gustan
los ojos de mi morena;
hablan cuando están abiertos,
y hablan más cuando los cierra.


CCCLXIX

   Son tus mejillas rosales;
tus labios, cereza en dos;
tus manitas, azucenas;
¡venga otra comparación!


CCCLXX

   Cuando por fin la encontré,
el corazón me dio un vuelco
tan grande, que mis dolores
alegrías se volvieron.


CCCLXXI

   El río corre a la mar,
la abeja vuela a la flor,
la vida busca la muerte,
la juventud el amor.


CCCLXXII

   Ya ves, mujer, como al mundo
voy echando mis cantares;
mas no temas, no diré
aquel que sólo tú sabes.


CCCLXXIII

   En la muerte de mi amada
lo que más me sorprendió
fue ver que, al siguiente día,
se atrevió a salir el sol.


CCCLXXIV

   Yo planté una flor de bosque
en bien cuidada maceta,
y, viviendo en el regalo,
se me murió de tristeza.


CCCLXXV

   Sólo una cosa, alma mía,
sólo una cosa te pido,
que no le cumplas a otro
lo que a mí me has prometido.


CCCLXXVI

   Aquella flor que planté
cuando ser mía juraste,
¿sabes tú quién la ha secado,
si el sol, o tus falsedades?


CCCLXXVII

   Aunque soplen buenos vientos,
no la eches de gran sultana,
que puede mudarse el aire,
y hasta azotarte la cara.


CCCLXXVIII

   Yo dije a uno de esos ríos
que caminan a la mar:
«llévate esas lagrimitas,
que ya te iré dando más».


CCCLXXIX

   No es la muerte fin de vida
.sino tan sólo mudanza;
cambia el dolor en placer,
y el placer en dolor cambia.


CCCLXXX

   A mirar mi corazón
asomeme en primavera,
y en el fondo vi tan sólo
unas cuantas hojas secas.


CCCLXXXI

   El pesar es una nube
que nos cubre toda el alma,
y deja entrever el cielo
cuando se deshace en lágrimas.


CCCLXXXII

   Di, sabio, si es que lo sabes,
¿qué pasa al corazón mío
que amor lo llena del todo,
y siento que está vacío?


CCCLXXXIII

   Háblame de aquel modito
con que solías hablarme;
y si es que ya no me quieres,
haz el favor de engañarme.


CCCLXXXIV

   En el jardín de tu cara
no dejes que planten besos;
es flor que dura muy poco,
y echa a perder el terreno.


CCCLXXXV

   Yo esperé que la alegría
disipara mi tristeza,
mas hay sitios tan obscuros
donde nunca el sol penetra.


CCCLXXXVI

   Dos ríos vertió de llanto
al decirme: «Adiós, bien mío»,
dos ríos que pronto dieron
en los mares del olvido.


CCCLXXXVII

   Burlan presencia y ausencia
del tiempo las leyes sabias;
aquélla acorta las horas,
ésta las horas alarga.


CCCLXXXVIII

   Los anchos mares crucé
para lograr olvidarte,
y más veces pensé en ti
que gotas hay en los mares.


CCCLXXXIX

   Morena, por tu querer
diera yo, por muy bien dado,
la vida que aquí me resta
y el cielo que haya ganado.


CCCXC

   Por ver si te olvidaría
me llevaron a un jardín,
mas las flores, tus hermanas,
todas me hablaban de ti.


CCCXCI

Niño, que hallaste el sepulcro
junto a la cuna, te envidio;
que te has ahorrado de andar
cien leguas de mal camino.


CCCXCII

   Tan otro vivir soñé,
que deseé con empeño
fuese el sueño realidad,
y la realidad el sueño.


CCCXCIII

   De luto mi corazón,
de negro luto mi alma;
ni aun siquiera se permiten
el color de la esperanza.


CCCXCIV

   No pronuncies, no, su nombre,
por la Virgen te lo ruego;
que, al escucharlo, despiertan
mis amorosos recuerdos.


CCCXCV

   En lo más alto del cielo
puso Dios un tornavoz,
donde resuenan los ayes
que nos arranca el dolor.


CCCXCVI

   Excava la dura pena
el agua gota tras gota,
mas mi llanto nada pudo
en su corazón de roca.


CCCXCVII

   El que vuelve bien por mal,
según manda el Evangelio,
cobra en moneda del mundo,
paga en moneda del cielo.


CCCXCVIII

   Es un ave la calumnia,
que, en cuanto sale del nido,
se echa a volar, repitiendo
las canciones que ha aprendido.


CCCXCIX

   Del fondo de mis pesares
saco yo un cantar tras otro;
quien no sepa lo que es pena
está de más en mi corro.


CD

   Siempre verde la esperanza,
siempre blanca la inocencia,
color de sangre es el odio,
y la ingratitud es negra.


CDI

   Para leer en los libros
he estado dale que dale;
para leer en tus ojos
me bastó sólo mirarte.


CDII

   Por vestir seda una niña,
dejó su casa y su tierra;
la seda, que es habladora,
a todo el mundo lo cuenta.


CDIII

   Al ver tan frescas las rosas
que brotan en tus mejillas,
que las cuida la inocencia
todo el que pasa adivina.


CDIV

   ¿Saber quieres lo que son,
lo que son esas estrellas?
son corazones que amaron,
que amaron mucho en la tierra.


CDV

   Si es lo porvenir risueño,
y lo pasado dichoso,
¿cómo es triste lo presente,
que fue lo uno, y será lo otro?


CDVI

   Tan desgraciado nací,
tanto en mí la pena manda,
que el dolor me dijo un día:
«aquí estoy como en mi casa».


CDVII

   Besos que darte deseo
se detienen en mis labios;
quieren salir y no pueden;
ven con tu boca a buscarlos.


CDVIII

   No me mires con enojo
que en mi corazón se clavan,
cual si fueran alfileres,
una a una tus miradas.


CDIX

   Al ver tus cabellos rubios
y tus labios encarnados,
pienso en el trigo de agosto
de amapolas salpicado.


CDX

   Quieres ocultar tu amor
y por los ojos lo muestras;
haces como las granadas,
que aun en el árbol revientan.


CDXI

   Aun cuando no esté en el mundo
no creas que no la veo,
porque una mirada amante
atraviesa el firmamento.


CDXII

   Dijo un pintor: «si me dieran
los colores de su cara,
pintor no habría en el mundo
que a mí se me aventajara».


CDXIII

   Yo vi salir de entre flores
dos víboras ponzoñosas,
y vi, de un nido de cieno,
salir dos blancas palomas.


CDXIV

   Cuando esté en el camposanto,
¿sabes lo que pediré?
que venga el día del juicio
sólo por volverte a ver.


CDXV

   Mujer, de que me engañaste
me han contado que te alabas;
si Amor me vendó los ojos
¡qué mucho que me engañaras!


CDXVI

   No me seas altanera
como torre de campanas,
que a veces les llega un rayo
y las convierte en nonada.


CDXVII

   Dando treguas a su llanto
sonrió mi dulce prenda,
como asoma el arco iris
tras de tempestad deshecha.


CDXVIII

   Si encontrara al dios Cupido
le pediría un favor;
las alas del pensamiento
que las diese al corazón.


CDXIX

   Cuanto más me fijo en ti
descubro nuevas bellezas,
cuanto más se mira al cielo
se ven brillar más estrellas.


CDXX

Ver un pájaro enjaulado
es cosa que me entristece;
si el culpado causa pena
¿qué será el preso inocente?


CDXXI

   Dile al mar que no murmure,
y dile al sol que se pare,
y si ves que te obedecen
di al corazón que no ame.


CDXXII

   De mi presencia te arrancan
para lograr que te olvide;
no ven que cortan el árbol,
pero dejan las raíces.


CDXXIII

   «Ventanera» me dice
   todo el que pasa,
sin pensar que mi amante
   no entra en la casa;
   si logro tanto,
tapiaré las ventanas
   a cal y canto.


CDXXIV

   Salí al campo, y a los aires
di mis quejas de dolor;
los ecos me respondieron,
mas ella no respondió.


CDXXV

   En el alto firmamento
cada cual tiene su estrella;
las pobres nos quieren tanto,
que, cuando dormimos, velan.


CDXXVI

   En el libro de mi vida
cayó una gota de sangre;
si por allí quiero abrirlo,
hay dos hojas que se parten.


CDXXVII

   Un cuadro de mi jardín
sembré todo de ilusiones;
nacieron lindos capullos,
mas no llegaron a flores.


CDXXVIII

   Yo me moriré esta noche,
o a todo tardar, mañana;
que el cuerpo vivir no puede
estando ya muerta el alma.


CDXXIX

   Como el fuego de los astros
es el que mi pecho siente;
que no se consume nunca,
por más que esté ardiendo siempre.


CDXXX

   Me dices que no me queje,
¡no me tengo de quejar!
puse en ti fe y esperanza,
y no encontré caridad.


CDXXXI

   Una estrellita en el cielo
conforme a sus leyes anda;
y un corazón en la tierra
conforme el amor le manda.


CDXXXII

   Cuando en la gloria penetres,
déjate la puerta abierta;
bien te seguirá en el cielo
quien te ha seguido en la tierra.


CDXXXIII

   Sé constante en tu querer
como la hoja del naranjo,
que tan verde es en invierno
como fue verde en verano.


CDXXXIV

   Por toda una eternidad
que me amarías, juraste;
¡válgame Dios, y qué cortas
que son tus eternidades!


CDXXXV

   De mí desvías los ojos
porque voy tirando a viejo;
no escojas la leña verde,
si quieres tener buen fuego.


CDXXXVI

   Ni aun durmiendo tengo yo
mi pensamiento tranquilo;
que el tuyo va a despertarle,
y se recrean juntitos.


CDXXXVII

   No digas que eres dichoso,
pues despertarás la envidia;
si eres desgraciado, calla,
que moverías a risa.


CDXXXVIII

   El padre cura me dijo:
«si te enmiendas, vas al cielo»,
y yo dije al padre cura:
«¿y si ella fuese al infierno?»


CDXXXIX

   Los engaños de los hombres
a prisión me han arrastrado,
y ahora, que estoy a obscuras,
es cuando empiezo a ver claro.


CDXL

   «Te hará llorar quien te quiera»,
dice un refrán de mi pueblo;
mucho debes de quererme
si el refrán es verdadero.


CDXLI

   La envidia encontró a mi amante,
y al verla tan linda y buena,
se fue mordiendo los labios,
por no hallar donde morderla.


CDXLII

   Semilla de amor planté
en un corazón de roca;
vino el sol y la secó,
vino el viento y arrastrola.


CDXLIII

   Porque están llenos de ti,
me arranco los pensamientos;
mas hacen como las cañas,
cortas una, nacen ciento.


CDXLIV

   Cuán desgraciadito soy;
ni al dormir encuentro alivio:
no bien el sueño me vence,
me despiertan mis suspiros.


CDXLV

   Echaré arena menuda
en los profundos del mar,
y si luego das con ella,
yo te empezaré a olvidar.


CDXLVI

   Deja un momento, niña,
   deja a mis dedos
que en las olas se ahoguen
   de tus cabellos.


CDXLVII

   Aun las dichas más dichosas
siempre saben a desgracia,
que en todo panal de miel
se encuentran gotas amargas.


CDXLVIII

   Al frío del desengaño
cayeron mis ilusiones,
como al frío de la escarcha
de los almendros las flores.


CDXLIX

   Nubes y nubes de celos
formó la ausencia ayer tarde,
mas un rayo de tus ojos
las evaporó al instante.


CDL

   Oye lo que digo siempre
que veo pasar un muerto:
«Otro que vuelve a su patria,
ya cumplido su destierro».


CDLI

   Gitanilla, no te laves,
que te vas a poner blanca;
no te laves, gitanilla,
que a mí me gustas gitana.


CDLII

   Me aconsejan que te olvide,
y yo digo al consejero:
«déjeme usted que antes cuente
las estrellitas del cielo».


CDLIII

   Nunca podrás comprender
lo grande de mi cariño;
para abarcarlo del todo
tu corazón es muy chico.


CDLIV

   Marinerito nací,
no temo la mar salada,
que es del color de los cielos
y de color de esperanza.


CDLV

   Anoche exhalé un suspiro
sobre las alas del viento,
y el viento no corrió más,
que no pudo con el peso.


CDLVI

   El árbol de mi ventura
sacudió un día Cupido,
todas las flores cayeron,
¡mal hayan juegos de niño!


CDLVII

   ¡Ay del solo! en esta vida
¿quién sus lágrimas enjuga?
¿quién quitará, cuando muera,
las ortigas de su tumba?


CDLVIII

   La tristeza de mi pecho
se me ha salido de madre,
ha subido hasta mis ojos,
y en lágrimas se me sale.


CDLIX

   La amé con amor tan puro,
que al abandonar el suelo,
dejó todo lo mundano,
y mi amor llevose al cielo.


CDLX

   El amor más extremado
es el amor de la madre,
y el dolor de los dolores
el dolor que no ve nadie.


CDLXI

   Mi corazón, por tu culpa
está enfermito en mi pecho;
hambre tenía de amor,
y lo has hartado de celos.


CDLXII

   La memoria es un sepulcro
donde yacen nuestros goces,
porque los recuerdos son
cadáveres de ilusiones.


CDLXIII

   En la humilde sencillez
hallarás dicha colmada;
más que el inmenso Océano
la sed una fuente apaga.


CDLXIV

   La Muerte le salió al paso,
y así le dijo a mi niña:
«si me das tus ojos negros
trabajaré más de prisa».


CDCXV

   Tu corazón, hermosa,
   es de diamante,
nada en él hace mella,
   siempre brillante,
   y su contacto
los demás corazones
   raya en el acto.


CDLXVI

   En tu corazón gastado
yo puse mi amor sincero;
¡pobre pájaro el que anida
en ramas de un árbol muerto!


CDLXVII

   Su sed calma el sediento
   bebiendo agua,
y la apaga el que sufre,
   vertiendo lágrimas.


CDLXVIII

   Con una miradita
   que tú me echaste,
amor brotó en mi pecho
   firme y durable;
   ¡ay, quien dijera
que tan poca semilla
   tal fruto diera!


CDLXIX

   Para el viaje más pequeño
todo son preparativos;
¡para el viaje con la muerte
cuán pocos los atavíos!


CDLXX

   Vengan aquellos que dicen
que ausencias matan amor,
vengan y pongan la mano
donde tengo el corazón.


CDLXXI

   Socorre a los desvalidos
cuando nadie pueda verlo;
que de caridad la esencia
se evapora al descubierto.


CDLXXII

   Tengo yo en mi corazón
una flor tan arraigada,
que si arrancarla quisieran
me arrancarían el alma.


CDLXXIII

   La primera que yo amé
era un ángel de los cielos,
la segunda y las demás
tan sólo mujeres fueron.


CDLXXIV

   Yo a mis labios encargué
decirte cuánto te adoro,
pero sintieron vergüenza
y lo dijeron los ojos.


CDLXXV

   A mi madre vi llorar
y volví a la buena senda,
¡benditas sean las lluvias
portadoras de cosechas!


CDLXXVI

   Quieren, por ver si te olvido,
poner tierra de por medio;
hay poca tierra en el mundo
para el amor que te tengo.


CDLXXVII

Estos rumores que a veces
a tu personita llegan
son los suspiros que envío,
que te están pidiendo audiencia.


CDLXXVIII

   ¿Qué haré yo para olvidarla,
si los ángeles, con serlo,
astros le dieron por ojos,
para verla desde el cielo?


CDLXXIX

   ¡Ay, quién tuviera la pluma
que tuvo santa Teresa,
para decir a mi amante
cuánto padezco en su ausencia!


CDLXXX

   No me duele que tomaras
mi corazón de mi mano,
sino que, como el ladrón,
huyeras con lo robado.


CDLXXXI

   Campanas que a muerte doblan
dan dos sonidos distintos;
el uno de pesadumbre,
y el otro de regocijo.


CDLXXXII

   De amor una limosnita
te pidió mi corazón,
y ni siquiera dijiste:
«Perdone, hermano, por Dios».


CDLXXXIII

   Lo que en la arena has escrito
no importa que el mar lo borre,
que grabadito se queda
en mi corazón de bronce.


CDLXXXIV

   Al cruzar el firmamento
abandonando la tierra,
sólo por verla pasar
se agrupaban las estrellas.


CDLXXXV

   En tus ojos el verano,
el otoño en tus cabellos,
primavera en tus mejillas,
y en tu corazón invierno.


CDLXXXVI

   Ni siquiera son dichosos
los que nacen con estrella;
que se pierde mucha luz
desde el cielo hasta la tierra.


CDLXXXVII

   Te tengo en escaparate
dentro de mi corazón,
y todo el día te rezo
el rosario del amor.


CDLXXXVIII

   Del cielo de mis amores
fugose más que de prisa,
como esas estrellas vagas
que ni en el cielo están fijas.


CDLXXXIX

   La conciencia es un espejo
que nuestros actos refleja;
el bueno goza en mirarse,
el malo quebrarlo intenta.
   El malo quebrarlo intenta
sin pensar que, torpe y ciego,
al romperlo en dos pedazos,
se encuentra con dos espejos.


XD

   Tú, que abres todas las flores,
primavera, primavera,
ven, ayúdame a entreabrir
el corazón de mi bella.


XDI

   La dicha es un ave errante
que en torno nuestro circula;
nos toca con sus alitas,
pero no se posa nunca.


XDII

   Mirando la de mi amada
me ha ocurrido un pensamiento,
que en las bocas más pequeñas
es donde caben más besos.


XDIII

   Bien desgraciado nací
en este mundo maldito;
hasta el vino tiene madre,
y yo no la he conocido.


XDIV

   Mi corazón es de hierro,
en frío nadie lo forja,
y estando rojo de amor
se adapta a cualquiera forma.


XDV

   A aquel que tu oro busca,
   manda a paseo;
que al tratar de comprarte,
   te está vendiendo.


XDVI

   De mi casita a la tuya
se ha formado una vereda;
hierba que mucho se pisa,
ya sabes que poco medra.


XDVII

   ¿Qué es una gota de miel
entre tanta gota amarga?
agua dulce de los ríos
que el mar convierte en salada.


XDVIII

   Si un día casarte quieres,
no tomes mujer de mundo;
para hacer casa no sirve
piedra que ha rodado mucho.


XDIX

   Yo mi pasión le expresé
con tan sentidas palabras,
que a sus ojos se asomó,
para escucharlas, el alma.


D

   Cuando te beso en la boca,
poder quisiera del cielo
para que todo en el mundo
quedara sin movimiento.


DI

   A las otras no parece
la montaña de la vida,
que es ligera la subida,
y, al bajar, la pena crece.


DII

   Cuando de mí estás delante
no te mires al espejo,
que me empuja a que lo rompa
el demonio de los celos.


DIII

   Varias flores di a una niña,
y aprisionome con ellas;
cadenas de flores son,
de flores, pero cadenas.


DIV

   Mi querer y tu querer
se hallaron en un camino,
y el mío le dijo al tuyo:
«¿dónde vas, chiquirritito?»


DV

Piensa el ciego, por ser ciego,
que cual la suya no hay suerte;
mas pena es haberte visto,
haberte visto y no verte.


DVI

   Cuando muera, que me entierren
dentro de su corazón,
y que pongan unas letras
que digan: «murió de amor».


DVII

   Si un día logro vengarme
del tormento que me has dado,
todo tu rostro, alma mía,
azotaré con mis labios.


DVIII

   Si azul es color de celos,
empieza, niña, a pensar
que el mar de ti celos tiene,
y hasta al cielo celos das.


DIX

   Bien hubiera preferido,
muerta tú, dejar de verte,
que en amor está el olvido
aún más lejos que la muerte.


DX

   Estos dos claveles rojos
en tu boca no los pongas,
son del color de tus labios
y te hacen grande la boca.


DXI

   Que es mi corazón de roca,
dices tú, y yo lo sostengo;
pedernal debe de ser,
pues a tu vista echa fuego.


DXII

   Si en el día del Juicio
quieres encontrarme pronto,
llámame como tú sueles,
verás qué listo respondo.


DXIII

   Que en mi corazón viviste
no podré nunca olvidarlo;
vaso que tuvo perfume
queda siempre perfumado.


DXIV

   Cuando vienes hacia mí
dobla el corazón sus golpes;
campana que anuncia fiesta
repiquetea los toques.


DXV

   Si un día a olvidarme llegas,
oye el favor que te pido;
mátame, y, después de muerto,
me lo dices callandito.


DXVI

   Procura ser cual la nieve
del pico de las montañas,
que no baja nunca al llano,
por no dejar de ser blanca.


DXVII

   Todo pasa en este mundo,
nada en el cielo se muda;
las flores viven un día,
las estrellas siempre duran.


DXVIII

   Tengo el corazón partido
y no echa gota de sangre,
que se quedó cuajadita
el día en que te marchaste.


DXIX

   La soberbia alzó la mano
para coger una estrella,
y cogió una gota de agua
que de una nube cayera.


DXX

   No estés, niña de mi vida,
tanto tiempo en la ventana,
que el sol agosta las flores,
y tienes dos en tu cara.


DXXI

   Para ocultar un secreto
practiqué un hoyo en la tierra,
lo dije bajo, muy bajo,
pero lo oyó mi conciencia.


DXXII

   Vente conmigo, morena,
y a un sabio preguntaremos
cómo no arden tus pestañas
sobre tus ojos de fuego.


DXXIII

   Despedida, despedida,
eres fuente de dolores,
cuando las manos se sueltan
se rompen los corazones.


DXXIV

   Tengo surcos en la frente,
en mi cabeza ha nevado,
mi cuerpo a tierra se inclina
como pidiendo descanso.


DXXV

   ¡Cómo quieres que yo cante,
si perdí mis ilusiones!
en los árboles sin hojas
no trinan los ruiseñores.


DXXVI

   Gotas parecen mis lágrimas
gotitas de agua de mar,
en lo amargas, en lo muchas,
y en que al cabo me ahogarán.