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ArribaAbajoPoesías varias


ArribaAbajoAlborada


Antes de que entreabriese su corola,
cuanto sencilla hermosa, la amapola;
antes de que la alondra en raudo vuelo
se remontara de la tierra al cielo;
antes de que apagaran las estrellas
temerosas del sol, sus luces bellas;
cuando todo bullicio es acabado
y el pesar de la víspera olvidado;
cuando es la luz matutinal incierta,
yo llamaba a su puerta.
Donosa aparecía,
brillo aumentando al del naciente día,
sueltos al aire los sedosos rizos,
mal cubiertos sus cándidos hechizos,
movedizo el pie breve;
su mano como el ampo de la nieve.
Bajábamos al río,
y, bañando los pies en el rocío,
mirábamos del agua la carrera,
sin sospechar, al padecer ajenos,
que también nuestros días de amor llenos
habían de pasar por tal manera.
Tomando nuestros ojos por espejos,
en su contemplación mudos, perplejos,
transcurrían las horas no sentidas,
en un punto empezadas y finidas;
que, si al dolor preside, el tiempo crece,
y si al placer, fugaz se desvanece.
Naturaleza nos mostraba en vano
los tesoros que encierra,
y que, por la ancha tierra,
tiende con fácil bienhechora mano.
Aladas mariposas
dormidas en el cáliz de las rosas;
nieve que deja el encrespado monte,
y convierte en verdor de la llanura
la chispeante blancura
que formaba el confín del horizonte;
violetas, en las hierbas escondidas,
por su olor dando a conocer sus vidas;
gruesas espigas de oro
cimbreando orgullosas su tesoro;
torrentes desatados
trocando en lagos los amenos prados;
árboles, que el invierno dejó yertos,
de nueva vida y de verdor cubiertos;
olas que tienden en la rubia arena
las sábanas de espuma
en que se envuelve la gentil sirena;
abejas que distinguen los colores
y hallan por ellos sus preciadas flores;
hojas secas que, al ímpetu del viento,
forman ruidoso corro
en torno el árbol que les dio sustento;
neblinas, que del sol apasionadas,
de su amor a la llama se disuelven;
golondrinas que un año y otro vuelven
del África a bandadas.
Naturaleza hermosa,
dones vertiendo por el vasto mundo,
del éxtasis profundo
nunca fue a despertarnos poderosa:
pues era su hermosura,
a nuestro gran cariño comparada,
lo que el color cuando la noche obscura,
nuestro amor era todo, el resto nada.




ArribaAbajoPallás

SONETO



¡Pobre Pallás! la ignara muchedumbre
que vio en ti descompuesta levadura,
testigo de tu muerte ser procura,
yo no sé si por vicio o por costumbre.
   Que pisabas del Gólgota la cumbre,
has creído en tu orgullo sin mesura,
quizá que temblaría la natura
y apagaría el sol su viva lumbre.
   ¡Pobre Pallás! cuando la justa mano
te infligió duro y ejemplar castigo,
sólo mostraste con delirio insano
   que no pudo en tu pecho hallar abrigo
ni el amor del hermano hacia el hermano,
ni el hermoso perdón al enemigo.




ArribaAbajoAmor y celos


Cierto día el niño alado
que Dios Cupido se nombra,
así exclamaba enojado
encarando con su sombra:
   «De mis actos, turbio espejo,
en pos de mis huellas andas;
en vano de ti me alejo,
que más entonces te agrandas.
   »Bruma que no desvanece
ni el rayo de luz más fuerte,
por ti mi efecto decrece
y doy a los pechos muerte.»
   Mas la sombra, sonriendo,
como se sonríe un niño,
estas palabras diciendo
le fue con tierno cariño:
   «Yo nací para que crezcas,
yo tiendo negros vapores
para que los desvanezcas
tú, con tus claros fulgores.
   »Soy punzador acicate
del corazón adormido;
por mí con viveza late,
temiendo haberte perdido.
   »Celos el mundo me llama,
y soy con respecto a ti
lo que es el aire a la llama;
te apagarías sin mí.»
   Sonriose Amor; con sus galas
lanzose a los altos cielos,
y extendió sus blancas alas
para acrecentar los Celos.




ArribaAbajoEl mejor regalo



Le di una linda flor de primavera,
una encendida rosa
ornamento gentil de la pradera;
mas ella hizo un mohín de desdeñosa,
no la cogió ni la miró siquiera.

   Le di un libro de versos por mí escritos,
enseñándole abierta
la página do están los más bonitos;
ella, con vista incierta,
miró si era elegante la cubierta.

   Le di mi corazón, virgen de amores,
lleno aún de infantiles alegrías;
mas le hizo el mismo caso que a las flores
y a mis pobres poesías.

   Pero le di un collar de ricas perlas,
y ella, con ansia loca,
extendió entrambas manos por cogerlas;
besolas, me dio gracias al tenerlas,
y me enseñó las perlas de su boca.




ArribaAbajoEl ciprés



Nacido el ciprés sin flor, sin encanto,
su triste espesura, su negro verdor
parece que llama las almas al llanto;
parece decirles, con hondo quebranto:
      «¡Amad el dolor!»

   Veréis cual su tallo gigante se mece
al fétido aire del sitio de paz;
mas no podréis nunca saber si humedece
sus fúnebres ramas el llanto, que ofrece
      al alma, solaz.

   Jamás se ha sabido si en tales lugares
gemidos le arranca su suerte cruel;
jamás se ha sabido si son sus pesares
arroyos tranquilos, o si turbios mares
      de gotas de miel.

   Meciendo sus ramas sin flor, sin encanto,
su triste espesura, su negro verdor
parece que llama las almas al llanto;
parece decirles, con hondo quebranto:
      «¡Amad el dolor!»




ArribaAbajoLa primera lección


Carpintero era José,
que es oficio honrado y bueno,
y a Jesús, al buen Jesús,
enseña a ser carpintero:
«Ante todo has de elegir
árbol que crezca derecho,
que el que creció a la ventura
viciado estará por dentro;
no los escojas de arroyo,
que en el regalo vivieron;
búscalos en monte altivo,
combatidos por los vientos;
si labrar un tronco intentas,
descortézalo primero;
que es a veces la corteza
capa de grandes defectos,
y árbol que anidó carcoma
sólo para el fuego es bueno.»
   Sonriendo escucha Jesús
y a san José dice luego:
«¡Cuánto árbol, por mal cuidado,
torció el destino primero!
Yo haré que derechos crezcan,
señalándoles el cielo;
yo su fuerza aumentaré
al soplo del sufrimiento;
yo les daré nueva vida
con la savia de mi ejemplo;
con mi sangre fecundante
regaré el árido suelo;
y, arrancando de las llamas
los que hoy son pasto del fuego,
en el jardín de mi Padre
sombra darán y consuelo.




ArribaAbajoA Fortuny



Patria de héroes fue su cuna;
bendita y hermosa tierra
que las glorias de la guerra
con las de la paz aúna.
«Artista», sin duda alguna,
exclamó al verle la gente,
que eran de artista realmente
sus sortijosos cabellos,
de sus ojos los destellos
y la amplitud de su frente.

   En África halló colores
que cubrieron su paleta;
de las hijas del profeta
copió rasgos seductores;
de aquel sol los esplendores
recogieron sus pinceles;
y en caballos y alquiceles
y en plegadizos turbantes,
a España trajo abundantes
primicias de sus laureles.

   París y Roma le vieron
y su genio confirmaron;
los que a su sombra pintaron,
a su sombra florecieron.
Verdad en él aprendieron
fantaseadoras escuelas,
y el mar cruzaron sus telas
allende tan esperadas
como un tiempo las preciadas
voladoras carabelas.

   A la fiel fotografía
arrancar supo el secreto,
y con tan nuevo amuleto
emprendió segura vía.
Presto conquistó maestría
en el buen arte español.
Ojalá algún girasol
a él se vuelva con fortuna,
y, cual la modesta luna,
refleje luz de aquel sol.

   Burló a la Parca homicida
-que del mérito se encela-
trasladando a débil tela
todo el fuego de su vida.
¡Qué importa que destruida
su carne mortal quedara,
si su inteligencia clara,
en rayos de luz envuelta,
y en los colores disuelta,
del lienzo no se separa!

   Repleta de hermoso grano
aún verdeaba la espiga
cuando la suerte enemiga
segola con ruda mano:
mas fue su designio vano
si anonadarle intentó;
desde que de él se alejó
el mundo entero le nombra,
que, al contacto de la sombra,
su claridad aumentó.

   No penséis que muerto sea:
con nosotros siempre vive;
nuestro homenaje recibe;
simboliza nuestra idea.
Dios, cuando a su imagen crea
algún talento gigante,
no quiere que en breve instante
en la nada se sepulte
y, aun cuando su cuerpo oculte,
deja su esencia flotante.

   Como de plácida estrella
que abrillantó el firmamento,
siglos y siglos sin cuento
percibimos la luz bella,
así el genio, que destella
viva lumbre esplendorosa,
cuando su cuerpo reposa
inerte en la tumba fría,
fulgentes rayos envía
aun a través de la losa.




ArribaAbajoAnacreóntica


Cuando el sol caminaba hacia su ocaso,
vio Nise a Amor en un florido otero,
y, acercándose a él con lento paso,
cogiole entre sus brazos prisionero.
   Queriendo engalanarse con sus galas,
fue arrancándole plumas de las alas;
tantas, que cuando quiso alzar el vuelo,
quedose el dios como adherido al suelo.
   Desde aquel día, en los torneados brazos
de mi amada reposa el ciego niño,
a hurto disparando esos flechazos
que abren hondas heridas de cariño.
Por eso cuantos a mi Nise miran
flechados por Amor, de amor suspiran.




ArribaAbajoA Romea en el Súllivan4



Si a mis manos llegara
el galardón -en público ofrecido
a aquel que la preclara
fama sepa cantar, que has adquirido
en el papel de Súllivan- contento
en lugar preferente lo pondría
del humilde aposento,
do, de libros rodeado,
rindiendo tierno culto a la Poesía,
del mundo y de sus pompas olvidado
tranquila corre la existencia mía.

   Como confunde el tímido arroyuelo
sus aguas con el río caudaloso,
de la ambición al vuelo
-aun cuando yo pigmeo y tú coloso-
confundiera a su vista en mi memoria
un momento mi gloria con tu gloria.
Que esa corona para mí sería
de respetuoso amor un lazo tierno;
venero de poesía,
recuerdo sempiterno
de tus triunfos de un día y otro día.

   En las horas de insomnio tormentosas,
cuando el cuerpo dormita y vela el alma,
cuando profunda calma
acrece las virtudes de las cosas,
me hablaría de ti, de aquella noche
en que por vez primera ejecutaste
el Súllivan famoso,
y el templo de la Fama ya escalaste
con paso victorioso.

   Mi mente transportada
a tiempos que el olvido no consume,
te viera al comenzar de la jornada
aparecer airoso por el foro,
en el brazo el abrigo,
y al público tu amigo
batir las palmas en sonante coro;
como de alondras la bandada canta
al sol que por Oriente se levanta.

   Dar muestras de tu artístico talento,
cuando el héroe del drama
troncha en flor su amoroso sentimiento,
y simulando un afrentoso vicio
el desprecio consigue de la dama.

   Del genio allí arribaste al paroxismo,
sin dejar ni un momento
-aun en el fondo del abyecto abismo-
tu corrección y mágica apostura,
como el ángel caído
al descender de la celeste altura
no abandonó su prístina hermosura.

   ¡Cuánto hablara a mi mente
tan preciada corona!
Creyera en ella ver perennemente
algo que parte fue de tu persona.

   En sus lustrosas hojas,
por la mano del tiempo un tanto ajadas,
repercutir oyera las palmadas
de un público pendiente de tus labios,
que goza con tu gozo;
con tu dolor padece;
se apropia tus agravios;
que en lágrimas traduce tus congojas
y en plácida sonrisa tu alborozo.
.........................
.........................
   Si esta mi pobre rima tanto alcanza,
si en realidad se trueca mi esperanza,
yo guardaré el depósito sagrado
cual reliquia de un ser que se ha querido,
y el día triste en que mi cuerpo helado
a la mansión camine del olvido,
en un estrecho féretro encerrado,
su sólo adorno sea
la corona heredada de Romea.




ArribaAbajoGusanos de seda


Yo vi de seda un gusano
en mariposa tornarse,
a los aires remontarse,
las alas luciendo ufano;
y, al brillo de la moneda,
vi de una joven las alas
caerse, y, envuelta en galas,
ser... un gusano de seda.




ArribaAbajoAprended, flores...



En la margen de un torrente
columpiábase una flor,
tan fragante, que el ambiente
la mecía suavemente,
para aspirarla mejor.

   Logró una tarde la hermosa
mirarse en el claro espejo
del agua que, codiciosa,
«eres la flor más preciosa»
le dijo con su reflejo.

   Cándida, al oírlo, inclina
su tallo al móvil cristal,
y más y más avecina
su corola peregrina
a la espuma del caudal.

   Juguetona el agua salta,
y, al besarla hoja tras hoja,
con blancas perlas esmalta
su belleza, que resalta
a medida que se moja.

   Mas al fin, de goces lleno,
a la flor mustia y ajada
hunde el raudal en su seno,
y, en remolinos de cieno,
la lleva a la mar airada.
.........................
.........................
   Adorno de la ribera
algunas flores había
que, con sonrisa hechicera,
con el agua lisonjera
coqueteaban a porfía.

   Hay quien dice que observaron
pasar la tronchada flor,
pues el tallo levantaron
y su cáliz apartaron
de las caricias de amor.




ArribaAbajoCrepusculares




I

Cómo placen al alma las horas de tristeza
en que la tarde muere, al toque de oración;
del sol en su cenit, da el rayo en la cabeza;
al ponerse en ocaso, nos da en el corazón.


II

   Barqueando en la mar el otro día,
de mi mano en la palma, agua cogí,
y necio me volví por ver si había
un hueco con mi acción dejado allí.
   En el humano mar la Parca dura
gota tras gota sorbe sin cesar,
y en su ilusión el hombre se figura
que un hueco con su muerte va a dejar.




ArribaAbajoA unas vecinas



Tengo enfrente dos vecinas
bonitas como ellas solas,
blancas como de las olas
las espumas cristalinas.

   A sus mejillas colores
dio, con célica maestría,
el ángel que Dios envía
para pintar a las flores.

Sus ojos el negro velo
copian de la noche obscura;
como copian la hermosura
de las estrellas del cielo.

   Sus cabellos a millares
forman un mar de cabellos,
y las cintas que hay en ellos
son los iris de esos mares.

   Y no os extrañe, por Dios,
que por entrambas suspire,
pues todo aquel que las mire
suspirará por las dos.

   Son en todo tan iguales
cual dos chispas de una fragua,
como dos gotitas de agua
de unos mismos manantiales.

   Que éstas, cuya gentileza
envidia la esbelta palma,
son hermanas en el alma
como lo son en belleza.

   Siguen un mismo consejo,
del mismo modo suspiran,
y una en otra se miran,
por no mirarse al espejo.

   Son las estrellas gemelas
antorchas del mar profundo;
son en los bosques del mundo
dos fugitivas gacelas.

   Por ellas vivo extasiado,
y estoy de amor casi loco;
por ellas las cuerdas toco
de un laúd arrinconado.

Por ellas me causa enojos
el sol y sus arreboles;
que para mí no hay más soles
que la lumbre de sus ojos.

   Mas no oso entrar en campaña
aunque amo con frenesí;
que si la una me da el sí,
la otra de fijo me araña.

   Y ante sus rejas mis quejas
canto con dulce embeleso;
que aquí por desgracia el preso
no está dentro de las rejas.

Madrid, 1862.




ArribaAbajoCapricho póstumo


Cuando esté muerto, vuela al Campo Santo
       y busca mi ataúd,
y de pie, encima de él, mirando al cielo
       pon los brazos en cruz.
¡Cuántos caprichos míos realizaste!
       el último, ¿oyes tú?




ArribaAbajoHipocresía

APÓLOGO




Voy a contaros la ejemplar historia,
que guarda largo tiempo mi memoria,
de una galana flor de fina esencia
y de flexible tallo:
-por honor a la clase el nombre callo,
uno el vulgo le da y otro la ciencia-.

   Los céfiros, las auras, las abejas,
las pintadas libélulas ingraves,
las vagas mariposas y las aves
a porfía cantaban a sus hojas
de dulce amor las eternales quejas
de la ausencia las pálidas congojas.

   La flor graciosa y bella
con desdén acogía su querella,
y, dirigiendo al cielo
sus hojas temblorosas
y sus aromas suaves,
el afán aumentaba y el desvelo
de abejas y de errantes mariposas,
de brisas, de libélulas y de aves.

   Mas, cuando va la soñolienta noche
con lóbregos cendales
las luces envolviendo,
prevención de reposo a los mortales,
cautelosa entreabría el tierno broche
y, al encontrarse sola,
en el cristal de adormecido lago
reflejaba su nítida corola.

   Ufana toma halagador consejo
en la linfa azulada,
que le sirve de espejo;
ondula el tallo en posición variada,
y, hundiéndose en los senos de la bruma,
desata el doble manto de sus hojas,
las riza con el aire y las perfuma.

   Apagados del día los murmullos;
dormidas las volubles mariposas
en el lecho de amor de los capullos;
alejadas las luces vagorosas
por el negro fantasma de la sombra;
nada se mueve en la terrena alfombra;
sola la flor creyéndose y segura
sigue lenta hermoseando su hermosura.

   Pero una noche divisó en su espejo,
al par que su belleza,
de los astros el vívido reflejo;
y al cielo levantando la cabeza
la que tan escondida se creía,
observó que millares y millares
de claros y fulgentes luminares
contemplaban su aleve hipocresía.

   Mucho más que un puñal mata el quebranto;
el cáliz rojo, su ilusión, su encanto,
rodó tronchado por el duro suelo
y la flor aprendió con desconsuelo
y con pesar profundo;
¡ay, que es tan fácil engañar al mundo
como imposible es engañar al cielo!




ArribaAbajoLos dineros de Judas


Mal negocio hiciste, Judas;
por sólo treinta dineros,
el alma al diablo vendiste
y vendiste a tu Maestro.
Pocos pasos lleva andados,
ya siente remordimiento:
«Devolvedme a mi Jesús
y tomad vuestro dinero.»
En sus barbas pelirrojas
se ríen los fariseos;
y él, ardiendo de coraje,
las monedas tira al suelo.
Corre, sin saber adónde,
por campos y por senderos,
y, a cada paso que da,
siente sonar el dinero.
Lo arroja al pasar un río,
el agua lo arrastra lejos;
mas, al saltar a la orilla,
lo siente sonar de nuevo.
Compra con él una soga,
sepulta en un hoyo el resto,
bríndale con su postura
rama de árbol corpulento.
Arma un nudo corredizo
y, acomodándolo al cuello,
si el alma entregó a los diablos,
el cuerpo entrega a los cuervos.
Para darse pronta muerte,
se agita con vivo empeño,
mas, a cada sacudida,
siente sonar los dineros.




ArribaAbajoInaugurando el álbum de Matilde R.



Si quieres que sea franco,
discreta y bella Matilde,
iba a devolverte humilde-
mente tu álbum en blanco.

   ¡Yo el primero! es un favor
superior a mis alcances;
¿cuándo, en literarios lances,
merezco yo tanto honor?

   Mas si bien lo considero,
con mi pequeñez concierta;
pues aquel que abre la puerta
suele ser sólo un portero.




ArribaAbajoSoneto

A un pintor joven



No te dejes vencer por la desidia,
si anhelas a la cumbre remontarte;
ni caigas en las redes que, con arte,
urde a tu paso la mañera envidia.
   Los émulos te roban, con perfidia,
de tus glorias legítimas gran parte,
pues fáciles te son, han de sobrarte,
sigue, no cejes, la empeñada lidia.
   La chusma, que hoy tus méritos rebaja,
de elogios mil prorrumpirá en concierto,
recubriendo de flores tu mortaja,
   no bien contemple tu cadáver yerto;
que, al tomar la medida de la caja,
resulta siempre más crecido el muerto.




ArribaAbajoEn la muerte de un niño



¿Por qué lloráis? feliz quien en el suelo
la cuna del sepulcro encuentra a un paso,
quien al abrir los ojos mira al cielo
y ve el sol de su vida en el ocaso.
   Feliz quien muere antes que nazca el día
y ver no puede su terrible suerte,
niño feliz, el ángel que te guía
es el ángel tranquilo de la muerte.

Querub del cielo bajado,
al posarse en este mundo,
sintió pesar tan profundo,
frío tan grande sintió;
que sus no plegadas alas
agitó con vivo anhelo,
y al portal del alto cielo
con sus extremos llamó.
   Los ángeles, sus hermanos,
que lamentaban su ausencia,
gozosos con su presencia
abrieron de par en par;
condolidos le quitaron
el leve polvo mundano,
y a Dios pidieron, no en vano,
que le dejase quedar.

   ¿Por qué lloráis? feliz quien en el suelo
la cuna del sepulcro encuentra a un paso,
quien al abrir los ojos mira al cielo
y ve el sol de su vida en el ocaso.




ArribaAbajoEl jilguero



Cuando el Mártir Soberano
en el Gólgota expiraba,
sintió que una cosa andaba
por la palma de su mano;
y a un pájaro, en su agonía,
vio, que en vez de abandonarle,
un duro clavo arrancarle
con el pico pretendía;
   sangre le cubre, y no cesa,
y vuelve con más ardor;
que, salvar al Salvador,
es su temeraria empresa.
   Y entre el ansia que le abruma,
dijo Dios: «Por tus bondades,
contemplarán las edades
manchas de sangre en tu pluma».

   Del jilguero no te asombre
roja mirar la cabeza,
que es signo de su entereza
para salvar al Dios-Hombre.




ArribaAbajoLas rosas de tus mejillas

A Elisa




Floridos pebeteros son las rosas
que el ambiente embalsaman a porfía;
columpio de las vagas mariposas,
que de amor las requieren noche y día.

   Si algunas, al abrirse en la pradera,
no perfuman del céfiro las alas,
sobre ellas vierte en cambio primavera,
más copia de carmín, más ricas galas.

   Su aroma embriagador, sus tintas rojas
que envidiaran las flores del granado,
proclaman a la rosa de cien hojas
sultana del vergel, reina del prado.

   Las hay oriundas de lejanas tierras,
lindas cual no soñó mente ninguna;
las hay nacidas en alpinas sierras
pequeñas, cuanto grande fue su cuna.

   La rosa blanca, de candor emblema,
con la casta azucena entretejida
es rica joya de nupcial diadema
y del virgíneo honor, símbolo y vida.

   Recortes de lujoso terciopelo
semejan otras por su tacto y brillo;
las hay color de mar, color de cielo;
verde tornasolado y amarillo.

   Que si en tiempos de Menfis y de Osiris
sólo tuvo un color la rosa pura,
formaran en conjunto el arco iris
hoy las que el arte arrebató a natura.

Mas tú, Elisa, a tales rosas
las vences y las humillas,
mostrando las primorosas
que se asoman ruborosas
a tus cándidas mejillas.

   Como pétalos de flor,
al hálito de un suspiro
las va entreabiendo el pudor,
y suben más de color
si con fijeza las miro.

   Las rosas tan sólo viven
lo que las luces de un día;
si al alba verde reciben,
casi nunca sobreviven
de la tarde a la agonía.

   Rosas hay que en torno al leve
manto de hojas purpurinas,
muestran tanta punza aleve,
que a mecerlas no se atreve
el aura, por las espinas.

   Mas aquellas que colores
y encanto dan a tu faz,
no adivinan los dolores
que en sus hermanas las flores
causa la espina falaz.

   Ni tan efímeras son;
ni del cielo la inclemencia
acorta su duración;
viven toda una estación,
la estación de la inocencia.

   Cúidalas, niña preciosa,
nunca tu llanto las riegue,
y escóndelas presurosa
antes que a flor tan hermosa
un vil gusano se llegue.

   Sus purpurinos primores
los leves soplos deshacen,
y no, cual en otras flores,
a los cálidos fulgores
de un sol naciente renacen.

   Si por azar palidece
su color, o se amancilla,
ya como fue no aparece;
que el rosal de la mejilla
tan sólo una vez florece.




ArribaAbajoHimno a la exposición universal de Barcelona

Con música de Rodoreda, que se cantó en la solemne apertura





De par en par ha abierto Barcelona
sus puertas a la Industria Universal;
venid; venid; hoy ciñe otra corona,
la del trabajo, la Ciudad Condal.

   Los brazos de sus hijos la han forjado
entre gotas de llanto y de sudor;
si la que un día tuvo le han quitado
es ésta de más peso y más valor.

   No arrancarla podrán sus enemigos,
que no puesta, clavada va en su sien;
llegad, Naciones todas, sed testigos
de que le es propia y que le sienta bien.

   Venid; venid; si en época lejana
mostrasteis en la lucha airada faz,
Cataluña, que os quiere como hermana,
os invita al torneo de la paz.

   Por vuestros campos y extendidos mares
ondeó los pendones de la lid;
hoy os brinda un asiento en sus hogares,
lauro y abrazo a recibir venid.

   Ya al derribar los muros indolentes
que oprimían su enorme corazón,
adivinaba valederas gentes
a brillar en la magna Exposición.


EL ARTE

Soy hijo del deseo;
en la natura leo;
y en mí enlazados veo
lo real y lo ideal.


LA AGRICULTURA

   Hendiendo con mi arado
el campo regalado,
ofréceme sobrado
el fruto terrenal.


LA INDUSTRIA

   Transformo con desvelo
los dones de este suelo,
y sigo, con anhelo,
siempre del Arte en pos.


LA CIENCIA

   Doy a las cosas nombre,
y aunque mi fuerza asombre,
hago elevar al hombre
al trono de su Dios.


EL COMERCIO

   Los granos y los vinos,
los hierros y los linos,
por fáciles caminos,
conduzco sin cesar.


BARCELONA

   Venid; en mi regazo,
daos estrecho abrazo,
y sed potente lazo
de eterno bienestar.

   Tan sólo en los momentos de combate
veía una Nación a otra Nación;
el odio vengador por acicate
y la fuerza por única razón.

   Estampidos, clarines y atambores,
blasfemias y lamentos por doquier;
la guerra con su séquito de horrores
fue la vida tristísima de ayer.
.........................
   Camino del Progreso la Humanidad avanza,
ya de los atabales apenas se oye el son,
el toque de trompetas se pierde en lontananza,
y truena, mas no hiere, el hórrido cañón.
.........................
   Repica la campana, cual si llamase al templo,
arrancan los motores con ruido pertinaz;
telares y talleres imitan el ejemplo,
y al cántico de Guerra, sucede el de la Paz.


INVOCACIÓN

   Sembrad el verde ramo en la fecunda tierra
que en vuestro honor ha alzado soberbia Exposición;
y, cual en otros tiempos, invicta fue en la Guerra,
será en la Paz invicta la Ibérica Nación.

20 de mayo de 1888.




ArribaGlosa



Dos besos tengo en el alma
que no se apartan de mí:
el último de mi madre
y el primero que te di.

   Un cuerpo con otro empalma
el beso con su poder,
bien lo puedo yo saber,
dos besos tengo en el alma.

   Con ardiente frenesí
claváronse en mis sentidos,
y están a mí tan unidos,
que no se apartan de mí.

   Ya estaba muerto mi padre
y mi hermano prisionero,
fue para mí todo entero
el último de mi madre.

   Una ola de amor sentí
al tocarte con los labios,
aún me quedan los resabios
del primero que te di.