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Sara Karlik


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Las pasiones esbozan nuestros libros, el reposo de los intervalos los escribe. |
| Proust | ||
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La Novena Sinfonía era costumbre durante los intermedios en el cine, una costumbre de fondo, muda, demasiado difusa, sin recuerdos de niñez como para ser escuchada o tenida en cuenta con el tiempo. Solamente fluía, como exprimiendo la pantalla blanca o preparándola para que se llenara del ajetreo dramático, cómico, liviano, denso de trama que obliga a una coordinación acabada para que la puesta en escena parezca real.
Pero la Novena ahora está ausente. Alguien se ha cansado de ella o puesto el casette que no corresponde.
Me doy cuenta de ello cuando la voz del hombre invisible detrás de la pantalla canta penas del alma o angustias diarias, sacando un pedazo de corazón como en «rechiflao en mi tristeza». ¡Y a quien puede importarle, si quien más o quien menos lo está! Pero el hombre no es tonto, porque reacciona diciendo: «verás que todo es mentira». Entonces, ¿para qué me arrastra a arrabales desconocidos, sobre todo en ese momento en que, bien vestida y perfumada, me dispongo a reír locuras, a deshacerme de aprensiones por el precio de una entrada? Siento que me están engañando, que eso no era parte del trato, que es un aprovechamiento de quien sabe qué comité de nombre y de poco funcionamiento que enarbola las «miserias del mundo», pudiendo hacer gala de fantasía o de buen gusto, o derretir mis ojos -sacando su voz profunda- para recordar «como el clavel del aire, así era ella, igual que una flor», trayendo un raudal de sensaciones de niñez, una niñez exiliada para siempre. Pero ese es un «caminito que el tiempo ha borrado». Sin embargo, no todos son borrones; aún hay chispazos de memoria y bailo mis 15 años recién cumplidos con el mundo a mis pies, o en la cabeza, o en expresiones enamoradas de jóvenes enamorados que van cayendo —8→ a mi paso mientras los empujo con la punta del zapato blanco y mi primer taco alto. Estoy embriagada por los tacos altos, por el poder de mis años jóvenes, inmaculadamente jóvenes. Me siento como la mujer de las cavernas, arrastrando de los cabellos a galanes desmayados de amor que pueblan mis sueños de noches entrecortadas, noches de telones y telones que caen, pero detrás no hay nada, nada de lo que quiero saber, ninguna respuesta escrita, sólo la bruma de amaneceres que superponen ignorancias. Y el hombre que canta me regresa al pozo tantas veces hurgado, recurso de instantes de ocio -debe de ser- o masoquismo de conocimientos excesivos, vuelta al origen, vuelta a comenzar, todo tiempo pasado fue mejor, y si fue tan bueno ¿por qué está tan lejos?, ¿por qué empujan a uno para que luego venga el cantante con la novedad de que «el mundo sigue andando» mientras los pies hacen esfuerzos por frenar tanto andar y los tacos altos se rompen? Será porque tal vez queríamos llegar a la Torre de Babel, porque no es cierto, señor cantante, que «el músculo duerme y la ambición descansa»; no me venga con esas historias que las mamé desde la cuna, porque mi madre venía de esas tierras donde las penas tienen letra y la música la pone la desesperación. No me cuente cuentos que ya no tengo edad para seguir escuchándolos. No me rompa el alma haciéndome caer en nostalgias que trato de enterrar a pie pelado, como hacen los que pisan las uvas. De pronto, es tanto lo que salto y salto para que nada renazca que me veo como el lunático de esa calle céntrica, quien saca energías de la garganta agarrotada para seguir gritando: «¡gloria a Dios!, ¡gloria a Dios!».
Debo exigir que me devuelvan la entrada, pero ya me clavaron la espina y sé que con cada movimiento irá calando más profundo hasta revolver la parte que más duele, la que se quiere olvidar, la que se pretende que no existe porque nada ocurrió. Entonces es el momento propicio, el que ha buscado el hombre de la cara invisible, el cantor aprovechado para chantarme en plena herida «tengo el corazón hecho pedazos»; y eso sí que es cierto, porque duele el pasado, duele —9→ la distancia, duele un tiempo en constante fuga, un hombre y una mujer en persecución sin fin de ese tiempo. Quisiera correr hacia la pantalla y rasgar la tela, buscar al culpable que desencadena historias, las modula insinuantemente hasta que las lágrimas explotan de puro llenas y pienso que todo el mundo me mira, a pesar del envolvente «y todo a media luz».
Tuviste suerte San Martín -pienso, revolviendo voladuras porque ya estoy metida en eso-, suerte de haberte anticipado a la época. ¿Qué hubiéramos hecho si hubieras puesto tus músculos y tu ambición en remojo? El mate aún lo estaríamos tomando en tolderías y tal vez no tendría esta piel tan blanca que se embarca en peleas a pérdida con el astro rey. Sin embargo, tengo que hacer algo para sacarme de encima esa corriente triste que me va a convencer de que «todo es mentira, todo es dolor y al mundo poco le importa», pero esa ya es una enfermedad ancestral, porque la verdad es que a nadie le importa nada de nadie, a pesar de lo que digan los acuerdos locales o internacionales que se firman con lapiceras especiales, testigos mudos, involuntarios, que prestan su tinta sin poder resistirse, cómplices que serán ocultos en cajones «ad hoc» para que todo quede en el olvido.
La señora que está sentada a mi lado me observa. Tiene que hacer un esfuerzo porque estamos a media luz y de pronto las cosas pueden parecer lo que no son. Pero ella es más auténtica: mientras absorbo el exceso que está a punto de resbalar por mi nariz, ella lo deposita femeninamente en un pañuelo. «¿Usted también?», pregunta. «Usted también qué», quisiera contestarle por su atrevimiento, pero me controlo. Tal vez es pariente del cantante o del compositor, porque esa es otra desgracia, que los círculos cada vez se cierran más herméticamente y el que quiera salir está reventado, igual que el que intente entrar. Es un elemento de autodefensa, una reacción natural a consecuencia de la sospecha de que la peste negra moderna está en cualquier parte. Ni qué hablar de las mucosidades. Le contesto que se equivoca, que es parte de un resfrío que se agudiza en lugares cerrados. ¡A —10→ quién se le ocurre hablar con desconocidos! «Pobre mi madre querida»; no sé si me quedo con el tango o me engancho a alguna copla de zarzuela. Es cuestión de decidirse: el bandoneón o las castañuelas. Hay que estar «loca» para darle el gusto al hombre con mostrarse «fané y descangallada», ¿no cree?, pregunto a mi vecina de media luz de cine, de intermedio, de qué sé yo. Y la muy atrevida me contesta: «qué me dice de los viajeros ingleses que en el 14 bailaron el tango en una iglesia». ¡Qué osadía! «Mano a mano hemos quedado», le digo con los ojos para no alargar la mecha ni darle más lumbre a la vela. Si no oye, por lo menos parece entender. Es todo por culpa de la película que tarda en llegar. Sí, la traen desde el centro. Todavía usan los servicios de chasquis. Me pongo los anteojos, como si con ese acto fuera a apurar las cosas. Todo sigue en blanco allá adelante, «todo ya está en calma». Pero no me gusta la calma estéril, la que permanece calma hasta que se consume sola. Al cantor todavía le da el cuero. Ahora se metió en un zaguán, con una percanta que no se decide si lo quiere o no, avanza y retrocede, se resiste y luego corre hacia el fondo donde desaparece detrás de una puerta. El protagonista se consuela con un cigarrillo, se esconde detrás del humo, desaparece también antes de que el día lo descubra y que al fin se sepa quién es el Zorro.
La sala se vuelve una cuadrícula de respiraciones diferentes, fáciles, dificultosas, jóvenes, viejas, gente que lucha, cada cual a su manera, por su ración de aire. Estoy a punto de la fatiga real, nada de recurso cinematográfico para sensibilizar a la platea. Voy a hacer un papelón. Es desesperante. La veo venir. En eso, el hombre del tango calla, corta la música, la letra, como si hubiera recibido «una bofetada del destino». Lo imagino tirado, sin que nadie le preste atención. Después de todo, ya cumplió con lo suyo. La sala se hace más oscura. Es el momento que más temo. Una vez ya fui víctima de una invasión de manos, una invasión impúdica, atroz. Pero se ilumina la pantalla, las cabezas de la platea son presa de una hipnosis colectiva, la música se extiende como un vendaval. Es otro tipo de música, en tiempo lento, largo, ojalá —11→ tan largo que nunca termine, y ahí está, no puede ser otro (es la cuarta vez que veo la película), sonriendo morenamente, Clark Gable y esa tonta de Vivien Leigh, quien no sabe nada de la vida porque nunca escuchó un tango, dejándolo ir mientras se empecina en un loco recorrido para constatar «lo que el viento se llevó». ¡Y quién es capaz de hacerlo!
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La nieve llega lenta, hasta podría decirse tímidamente tibia. Sin embargo, da la sensación de que nada interrumpirá el granar o desgranar frío y nunca el aire será de nuevo atravesado por la mirada, sin topar con esos obstáculos.
Era cosa de afuera, culpa del cuadrado de ventana en su obsesión por dividir espacios.
Hubiese querido soplar a través del vidrio para cambiar el rumbo de los copos, o quizás devolverlos al cielo de donde no debieron desprenderse.
Es aún de día, por más que los días grises sólo son anticipo de noche, un engaño que priva de cortes ancestrales del tiempo. La caída de la noche se hacía inevitable. Ella se pregunta si el espacio moteado por la nieve continuará igual o si el miedo de la oscuridad hará que las motas se precipiten en mayor cantidad como forma mutua de protección. Está sola y la espera aumenta su soledad. Podría abrir la ventana o la puerta y dejarse invadir por esos espíritus blancos, pero el solo pensamiento la deja inmóvil.
La nieve va dejando paso a un contorno como si ella lo estuviese delineando desde donde está. Tiene ganas de detenerse para no continuar formando al hombre, pero este trae decisión y asoma ojos que brillan como santo y seña, luego corta el aire con el filo de la nariz, dejando varios copos divididos, y los pómulos surgen levantados mientras la boca aprieta el frío o amasa palabras para tenerlas listas. El cabello negro huye de su cabeza, salvajemente, como si no hubiese conocido el trillar de un peine. El resto sigue a la cabeza, igual que cualquier nacimiento.
Tal vez es un duende, un príncipe o el abominable hombre de las nieves.
La puerta está cerrada, bien cerrada. Puede recordarlo. —14→ La culpa empieza a rondarla, aunque no es la primera vez. Bastaba que fijase su mirada en un punto durante cierto tiempo para que algo empezara a ser. Por lo general se trataba de fantasmas, alucinaciones mentales que tomaban cuerpo cuanto más intentaba retroceder en el intento. O eran pájaros de mal vivir, de esos que recorren cielos buscando otros pájaros de quienes nutrirse.
El hombre supuesto o presunto podría golpear la puerta, comprometiéndola de algún modo con el acto de abrirla.
Podría ser un prófugo.
«¿Prófugo de qué?», se pregunta. «De la razón, de la soledad, de otras épocas», se responde.
No se le ocurrió pensar en la justicia.
«Algún tren transportador de almas se habrá detenido, permitiendo el descenso del hombre», murmura.
La noche no le dará tregua hasta que amanezca.
El hombre necesita guardarse de la noche, de sus persecuciones obscenas.
«No debieron dejarme sola», se habla, olvidando de que hace tiempo está sola.
El problema era de la noche, el puente largo que la volvía centinela del acontecer externo.
Tal vez ella se encontraba afuera y todo ocurría al revés por esas trampas que quería evitar, pero en las que iba cayendo por fuerza de atracción.
Se toca el hombro, esperando sentir la acumulación endurecida de la nieve. Se sacude, en impulso reflejo.
Siente la necesidad de apoyarse en algo, una mesa, una silla; el alféizar de la ventana parece blando, insuficiente como apoyo. Quizás deba apurarse, abrir la puerta y evitar que el hombre busque otro lugar. El frío de la nieve se cuela por espacios invisibles, haciéndole doler la piel; la trepa hasta inundar su pensamiento. En cualquier momento sentirá el cruce de sables, el filo llevándola en vilo hasta suspenderla de todos los miedos juntos.
Parecía estar pasando por un desmembramiento paulatino, —15→ con cada parte buscando direcciones diferentes hasta dejar la cabeza abandonada, con su contenido, en un pozo de aire. Sin embargo, se esforzó por mantenerse entera, por continuar viendo al hombre, observarlo detenidamente para no olvidarse cómo son los hombres y el recuerdo le ayude a sobrellevar la soledad.
Pudo sentir cómo la nave se hundía y la voz de la capitana gritando: «¡hombres y niños a los botes salvavidas!»; y ellos obedecían mientras las mujeres observaban desde la cubierta.
Tal vez desde entonces quedaron solas y ahora cada mujer espera detrás de ventanas a algún sobreviviente del naufragio.
«Entonces no es un prófugo, sino un náufrago», piensa. Sin embargo, los mares no figuran en su geografía. Siempre fueron ajenos, extraños. Deberá alcanzar el mar para poder tener un hombre. Sus manos se deslizan por el vidrio. Siente la presión de las yemas, el latido de cada uno de los dedos. Son latidos sincopados, uno fuerte y otro débil, latidos conjuntos de hombre y mujer en un solo cuerpo, el suyo. Es la falta de hombre lo que pulsa sus sentidos, sus flujos y reflujos internos, y la conducen a pensamientos desorbitados donde se pierden esos seres que la perturban y forman islas inalcanzables.
La han dejado sola para que consuma sus fuegos, sus ardores, sus ganas de mujer. Las demás, su madre y sus hermanas, están adentro, durmiendo necesidades ya consumidas o apenas incipientes. Es ella la de la fantasía alterada, la que lleva y trae desconocidos hasta que la fuerza de su imaginación los acerca hasta tentarla y convertirlos en verdaderos duendes que circundan la casa, especialmente en tiempos de nieve, en días fríos, oscuros, que se aposentan en la carne hasta volver grises los cabellos. Pero ella no ha pasado por eso todavía. Puede observarse en el vidrio de la ventana. Es un vidrio sin arrugas, sin anticipo de grises, un vidrio transparente donde le gustaría sumergirse hasta traspasarlo.
—16→Siempre tuvo inclinación por el otro lado de las cosas. «El reverso de una mirada está más lleno», suele decir. «El hombre está en el reverso», agrega ahora. Cree sentir un olor especial, como si le pasaran algo por debajo de la nariz para tentarla. Es un olor estancado, comprimido, a punto de soltarse para escapar en estampida. No se trata de un olor animal; es uno complementario que desearía que se aproximase y le suba por la nariz hasta penetrarla. El desconocimiento va formando claros en su interior, verdaderos pozos en los que le parece posible hundir la mano. Es el lugar donde aterrizan los copos de nieve. No debe permitir que la llenen, porque entonces no tendrá fuga o salvación posible; quedará congelada y servirá de modelo para futuras generaciones. La estudiarán como curiosidad, como mujer desperdiciada porque no pudo reaccionar a tiempo.
Sin darse cuenta, el vestido se le enrosca en las manos y ella no tiene más que estirar para seguir enroscándolo. La vista de sus piernas desnudas se proyecta en el vidrio, traspasa la ventana y llega a los ojos del hombre, quien recoge los copos de nieve y los guarda en el bolsillo. Antes los plantaba. Podría esconderlos para confundirla y ella no sepa en verdad si caen o no. Ella sigue enroscando el vestido. No lleva puesta ropa interior. Se enrolla la tela alrededor de la cintura y aprieta el pubis contra el vidrio. Siente el frío de afuera, el del vidrio. El hombre ha dejado de cargar sus bolsillos. Tiene los ojos fuera de lugar, no, en un lugar, en ella, en su pubis, en el vidrio que la refleja. Se acerca para aclarar los ojos mientras pestañea oscuridades que se le han metido y dificultan su visión. Ella no lo ve, sin embargo lo siente, lo percibe, acosa al vidrio como si se tratara de un hombre, se carga y descarga contra la superficie que chorrea como si los copos deshicieran el vidrio buscando derretirse en el interior. Ella grita, golpea el vidrio, llama nombres que recuerda, se estremece y estira la ropa, se desprende de ella, queda desnuda frente a la ventana. Nadie la ve, nadie la observa.
Afuera sigue nevando. Continúan cayendo copos que no tapan ni destapan hombres. Sólo ella los forma con —17→ el deseo detrás de esa ventana de la pieza del altillo donde vaga y divaga los tropiezos de su mente, donde siente las presiones del sexo y duerme un tiempo que no reconoce, donde anida como pájaro cansado y fabula hombres, acunando nidos vacíos.
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Nadie supo de qué murió Atilano García, aunque su «muerte última» -como se dijo- se debió nada más que al resultado de las anteriores; una forma de explicar que cabía en conciencias creyentes y de apaciguar las otras, pero que de todos modos rezumaba dudas.
Era bien sabido que el «morir de repente» era sólo una forma de decir, una especie de preparación para poder llegar a la última etapa, cuando todo está perdido o ganado según sean las creencias o descreencias. En lo que sí se estuvo de acuerdo fue en que, entre una y otra muerte, harto se había demorado el tal Atilano García.
Lo que produjo cierto descontento fue que Dalmacia Acuña no adelantase palabra ni soltara pensamiento, permaneciendo con los ojos empañados a modo de término medio entre querer y no querer desatar el llanto o una forma de no comprometerse totalmente, a pesar de que el conocimiento estaba bastante enturbiado por los decires que corrían como alocados en busca de ser detenidos por algún sentimiento comprensivo.
De modo que, si bien Atilano García murió en la soledad de su casa, su deceso podía decirse que venía arrastrado de la casa de Dalmacia Acuña, mujer joven y quien sabe con qué exigencias extrañas u ocultas y que, además, tenía un hijo de apariencia rara, una especie de amuleto humano ajeno a requerimientos de tiempo, a pasadas o repasadas de estaciones, por más que no faltaba quien, entre armaje de palabra o desmembramiento de ella, afirmara que ese niño era la reencarnación anticipada de Atilano García, quien se había asegurado de continuar existiendo por el temor inmanejable que le producía la «aventura final», como la llamaba para no caer en tropiezos de mención directa.
—20→La muerte de Atilano García dio comienzo a una serie de apreciaciones sobre su persona, en el afán pueblerino de alargar la duración del suceso con la posible suerte de poder enganchar con otro suceso, fuese este del mismo orden o preferentemente otro -como matrimonio o nacimiento- para así entibiar la atmósfera simple y apagada de los días, pero sin caer en exageraciones de preferencias y aceptar lo que fuese, porque el atrevimiento, aunque fuera sólo interior, podía constituir un peligro y provocar una llamada de atención del Hacedor.
Fue así que se dijo de Atilano García que tenía una mirada doble que podía tirar hacia un lado u otro, sin dirección precisa. Algunos sostenían que se trataba de una mirada fija, causada por la misma posición de los ojos cuya intensidad hacía suponer su doble cualidad. Alguien mencionó también, para no dejar de pensar en Atilano García, que el bocio desproporcionado le hacía actuar de modo extraño, un bocio que era capaz de mover a voluntad o hacerlo desaparecer a conveniencia. Eran dichos sin ganas de herir, sólo dichos para hacer perdurar el nombre de Atilano García, para mencionarlo hasta que alguien se apiade y coincida con su nacimiento, y el nuevo ser sea capaz de sostener el nombre hasta que el desarrollo le permita calzar nombre con cuerpo.
Daba que pensar la actitud tranquila de Dalmacia Acuña, su falta de llanto. «Hay formas y formas de aceptar ausencias», se decía. La mujer no guardó luto ni mantuvo tiempo de encierro. Se paseaba por las calles como queriendo agredir con el desplante de su cuerpo a quien la observara, llevando y trayendo su contoneo según fuese la calle de subida o de bajada, desbandando hasta a las palomas que picoteaban las junturas del suelo duro de la plaza en busca de migas escondidas, sembrando inquietud entre los hombres apostados en las puertas de las casas, quienes no podían evitar el desvío de miradas al paso de Dalmacia Acuña.
«Atilano García no era hombre enfermo o próximo a término repentino», dijo uno de los hombres.
«Tampoco tenía edad para que la entrega fuese tan rápida y sin antesala», dijo otro.
—21→«Ni trabajaba tanto para que el desgaste le asestara golpe tan duro», dijo un tercero.
Las mujeres callaban. Había pudor en sus palabras no dichas, respeto en su silencio. Se paseaban por el interior de sus casas con las manos entrelazadas, siguiendo un rezo quieto, moviendo los labios como si se estuvieran confesando hacia adentro o con deseo de alejar malos vientos que pudiesen amenazar el tiempo siempre apacible del lugar.
Se produjo un revuelo al ver a Dalmacia Acuña y al niño dirigirse a la iglesia, porque en vida de Atilano García el niño no era mostrado así no más, a plena luz, para no alterar el curso de las conversaciones.
En el camino, Dalmacia Acuña se detuvo una sola vez, y fue frente a la casa de Graciana. Llamó golpeando las manos, como se llama en las casas de pueblo que mantienen sus puertas abiertas. Graciana salió a la puerta. Escuchó a Dalmacia Acuña y asintió con la cabeza. Graciana, por costumbre y antigüedad, era la encargada de acercar a los oídos las novedades del lugar.
Dalmacia Acuña no había llegado aún a la iglesia cuando ya se supo que iba a bautizar al niño. Graciana, en tanto, empezó a recorrer casas y calles para encontrar padrino para que el bautizo tuviera lugar. Uno solo aceptó el ofrecimiento, Cástulo Duarte, el dueño del almacén. Al igual que Atilano, también era hombre de vivir solitario, dedicado al trabajo y ajeno a andar colgado de dinteles buscando entretención en el ocio.
La mañana parecía haberse detenido, o tal vez era cosa del tiempo, de las alteraciones que lo hacían cambiar de ritmo como si se tratara de una cuestión de carácter.
Vieron pasar a Cástulo Duarte, con cierto temor de que algo inesperado fuese a suceder.
«Quizás sea mejor dejar las cosas como están», decían a su paso.
«En los asuntos del Señor el diablo no puede meterse», afirmaban.
Las mujeres permanecían en el interior de las casas, como si se hubiera dado orden de que se guardaran.
—22→Esperaron el regreso de Dalmacia Acuña, Cástulo Duarte y el niño.
Pero ellos se hicieron esperar. Daba la impresión de que, por algún motivo, el cura se hubiese demorado en el rito.
Las bocas no sabían si permanecer quietas o dedicarse a adivinar razones.
Había temor de que tomaran un camino diferente para el regreso, temor que al mismo tiempo aquietaban, pues para utilizar otros caminos había que rodear el pueblo, encontrarse con algunos cerros que pudieran dificultar el paso.
La mañana seguía, sin alteración.
Algún motivo debía de haber para la demora.
Se pensó, sin que pudiera encontrarse sujeto para el pensamiento, que el cura no había podido llevar a cabo el bautizo, que la vista del niño era excesiva para cualquier mirada. Pero también se pensó que un cura, por más de pueblo que fuese, no iría a desconocer su deber o buscar pretextos para dejar sin protección del bautizo a ser alguno, sin importar la envoltura exterior.
Como cerca de la hora del almuerzo, divisaron a Graciana en lo alto de la calle. Traía el paso de siempre, inclinando el cuerpo hacia uno y otro lado por un problema de pendiente y también de desequilibrio de piernas.
Los dinteles de las puertas de calle parecían aún más poblados.
Había inquietud en los ojos, en la forma de estar parados, en las mujeres que asomaban detrás de los hombres con temor de que alguna orden les prive de presenciar los pocos sucesos cotidianos.
Graciana fue acercándose. Su rostro era el mismo que llevaba en camino hacia la iglesia, pero quizás con señas de cansancio.
Pasó de largo, como se dice. Tal vez no había nada que agregar a su paso. Las cabezas la siguieron hasta que se perdió en el quiebre de la esquina. Luego retomaron la dirección del camino de la iglesia.
No tardó en aparecer Dalmacia Acuña. Cástulo Duarte —23→ estaba a su lado. Algunas cabezas se levantaron sobre otras para tratar de ser las primeras en divisar al niño. Pero Cástulo Duarte y Dalmacia Acuña regresaban solos. También pasaron de largo. Dalmacia Acuña mantenía los mismos ojos acuosos que había mostrado a la muerte de Atilano García. Era evidente que el llanto lo llevaba atrapado. «Debiera soltarlo», dijeron las mujeres a coro, como si quisieran ayudarla, haciendo fuerza como lo hacían frente a una parturienta.
«Hombre que no es llorado pierde su calidad de hombre. Es venganza de mujer», habló el aire amenazante. No había cuerpo detrás de la voz. Quizás una sombra engañosa solamente.
Fátima, la soltera más antigua, inició el llanto.
«Llanto de mujer sin hombre no tiene fuerza», de nuevo el aire pareció gemir.
«No hay llanto de mujer que no sea seguido por otros llantos de mujeres», hubo un murmullo. Había miedo en la tierra, en la atmósfera, en el aire pesado que volvía difícil la respiración.
Los hombres se cuidaron de no adelantar sus sombras más allá de lo conveniente, de no tentar, ni siquiera de reojo, la furia desatada de tantas mujeres juntas.
«Es cosa del diablo. De dónde, si no, tanta venganza junta», dijo uno de los hombres.
Las mujeres lloraron hasta que los ojos se les volvieron tan acuosos como los de Dalmacia Acuña.
El tiempo se mantenía esperante.
Quizás era conveniente consultarlo con el cura. Él debía de saber lo que los demás ignoraban, conocer causas, hasta estar enterado del motivo de la muerte de Atilano García.
La confesión no era momento de preguntas, sino de lo contrario. Además, las confesiones eran para ser guardadas.
El temor de no ser llorados cuando les llegara el momento, como corresponde, cundió entre los hombres. Se convirtieron en piadosos observantes, sin evitar domingo alguno, a pesar de la presencia del niño de Dalmacia Acuña al lado del cura en su papel de monaguillo.
—24→Tal vez habría que tentar por el lado de Cástulo Duarte. Pero el hombre, poco dado a la palabra, difícilmente podría cambiar de un día para otro.
La sensación de que les había llegado el momento para alguna clase de castigo, persiguió a la población masculina.
Las Santas Escrituras fueron recorridas hacia adelante y de regreso en busca de alguna pista escondida o no detectada, o por último no cumplida aún.
Mencionaron «esa enfermedad», la nueva. Pero eso no calzaba con castigos antiguos y mal podían rastrearla en los libros santos.
«Algunos castigos se repiten, tomando nombres distintos, formas diferentes para ajustarlos a los tiempos», dijo Cástulo Duarte, rompiendo su afición al silencio.
Le encontraron razón.
A medida que Dalmacia Acuña adelgazaba, iba aumentando el miedo. «Por eso entregó el niño al cura», se dijo. «Por eso nació como nació», se continuó diciendo.
Las mentes se cargaban de sospechas.
Atilano García había sido «merodeador», como decían para referirse al necesitado de más de una mujer. La sensación de que «esa enfermedad» estaba estrechando su círculo y que terminarían muchos como Atilano García y sólo se salvarían unos pocos elegidos, trajo reminiscencias de pasos misteriosos, de tiempos consumidos, de manos que marcaban casas que serían salvadas, de plagas que las pasarían por alto.
Cada hombre miró a su mujer, con recelo.
Dejaron de nacer los niños.
Los hombres no quisieron interesarse en sus propias mujeres, prefiriendo la presencia de sus iguales tanto en la calle como en la intimidad. Se lavaban en acequias y arroyos hasta despellejarse, y en caídas de agua para sacarse lo que pudiera haber prendido en ellos.
Pero la orden estaba dada de arriba, de muy arriba.
La muerte de Dalmacia Acuña dio inicio a otras.
«Sodoma y Gomorra», dijo uno de los afectados.
—25→«Pero ¿por qué?», aventuró otro.
«Por falta de apoyo», dijo un tercero, una voz desconocida. «Atilano García murió solo».
Algunos estaban tranquilos: los solteros y las que no cayeron en falta, en vanidad, en tentación.
«Dalmacia Acuña fue engañada por Atilano García», confesó Cástulo Duarte al cura, sólo al cura. «No lo abandonó, pero no logró llorar».
A propósito de quienes se alejaron de Atilano García, Cástulo Duarte dijo: «no hay nada en la oscuridad que no exista a la luz del día, sino sólo el miedo». No faltó quien observara en Cástulo Duarte cierta semejanza con San Lázaro.
—26→ —27→
De niños tuvimos un gato muy especial, con ojos de distintos colores. De tan especial, un día desapareció para seguir siéndolo ante otros. Pero encontrarme de pronto con una mujer con las mismas características iba más allá del choque de la sorpresa. Un ojo celeste y el otro pardo obligaba a mirarlos por turno o de reojo, dejando la sensación de que lo que uno pudiera otorgar el otro lo negaba de inmediato. Por un lado, era como sumergirse en la transparencia del ojo celeste y asomar en la orilla parda por la turbiedad del agua. Pero Carmela Peralta no tenía pretexto para huir de la mirada. Ni siquiera hacía el intento. Como vagancia ineludible de la imaginación, me pregunté si los ojos de Carmela cambiarían con la vejez, si el lugar de uno sería tomado por el otro para equilibrar desequilibrios de nacimiento. Pero el asunto no daba muestras de molestar a Carmela. Más bien el uso prolongado de un solo color -es decir, de un solo ojo para ratificar sus dichos-, ponía en aprietos al interlocutor, haciéndole desviar la mirada en un arranque doble que marcaba la imposibilidad de recurrir a los turnos de la mujer.
En verdad, era toda ella motivo de observación, pues no se podía dejar de ver el lunar acostado a lo largo de la mandíbula izquierda, las cejas boscosas desajustando la falta de pestañas o un raleo conducente a eso, el vello sombreando la barbilla y, sobre todo, una oreja envuelta sobre sí misma como si hubiera sido arrasada por algún vehículo.
Fue extraño que mamá la contratara, a pesar de su aspecto, sin siquiera consultar a papa como era su costumbre cuando la duda sobrepasaba su decisión, aún en las cosas más terrenas. Presente en el momento de la llegada de Carmela, escuchando las preguntas de mamá y las respuestas de ella -un forcejeo verbal necesario para iniciar conocimientos-, recordé —28→ la escena del matrimonio religioso de tío Federico, quien, torciendo los ojos -para no dejar de ser el de siempre- preguntó al oficiante «¿y si dijera que no?», lo que hizo recorrer por el recinto un murmullo que no acabó de perseguir a la abuela por mucho tiempo.
En medio de un resplandor súbito, vi a mamá convertirse en Walkiria, un alcance absurdo, pero que hacía juego, de alguna manera, con la apariencia de Carmela.
Carmela se quedó. No en balde había recorrido una distancia considerable desde el pedazo de campo que nos pertenecía, administrado por el tío Federico, el cual, según papá, daba más perdidas que otra cosa, pero era también una forma de mantener al tío ocupado y alejado de la ciudad, en donde pretendía «pegar el golpe y volverse rico» como corolario de su afición por los juegos de azar.
El compromiso familiar era estrecho, y si tío Federico había enviado a Carmela sus razones tendría, por más que, dada su inclinación al juego de la sorpresa y de la risa, no hubiera sido raro que la seleccionara con ese propósito.
Carmela no tenía aspecto de «infanta difunta», es decir, de liviandad etérea que pudiera llegar a la transparencia misma. No. Era más bien todo lo contrario y su cuerpo, parecido a una gran bolsa donde se hubieran cargado todos sus interiores, daba la seguridad de su protección. Así lo sentíamos en las largas noches de verano y la invasión indiscriminada de sombras.
La parte difícil de Carmela constituía su resistencia a hablar, un miedo a la palabra que hacía más profundos sus ojos y más intensos y diferentes sus colores. Mamá se sentía a sus anchas, dando rienda suelta a una conversación sin necesidad de interlocutor, ordenando y desordenando para confundirla. Carmela hablaba una mezcla de castellano y lengua nativa que la convertía en conocedora de terrenos totalmente desconocidos por nosotros. Sus historias eran de atardecer o de comienzo de noche, insistiendo en que el resto del día no era propicio para crear el ambiente. Desenterraba leyendas que hacían temblar la tierra y, con su mezcla de —29→ idiomas, afiebraba nuestra imaginación, llevándola por caminos deshabitados que producían una inquietud de varios días.
Mamá afirmaba que Carmela no era cuerda del todo.
Entre los recortes bíblicos de la abuela vieja -como llamábamos a la bisabuela-, siempre mezclados de amenazas y fatalidades, y los cuentos de tierra adentro de Carmela, es de extrañar que hubiéramos sobrevivido a la niñez sin marcas cerebrales.
La vida se abría y cerraba cotidianamente, como telón de escena que iba a ser representada con el total conocimiento de los actores.
Quizás esa sensación de terreno sin rayas hizo más grave la desaparición de Carmela. La voz de mamá quedó colgada de una frase trunca al darse cuenta de su ausencia. En procesión inaguantable, pasamos uno a uno por su habitación para constatar el hecho: sólo había olor a tierra. Podía sentir el ruido atropellado de palabras en la garganta de mamá. Nadie habló hasta que la abuela vieja, moviendo los labios sueltos, parafraseó: «lo que de la tierra viene a la tierra vuelve».
No era explicación suficiente.
Además, me sentía estafada por Carmela. Había desatado el arrebato de mi fantasía, dejándola con un extremo mustio. Quería saber de ella, con el arrojo y la rebeldía de toda edad corta limitada por la voluntad de otros.
Esperando su retorno, la habitación de Carmela quedó deshabitada durante un tiempo. La convertí en refugio de días demasiado cargados. Poco a poco fui llevando mis cosas, cuadernos, una mesa vieja y una silla haciendo juego. Me preguntaba por qué había dejado su olor a tierra. Sin darme cuenta, pensé en las hormigas coloradas que, con el olor acre que produce su contacto con el suelo, van dando pistas para ser seguidas. Pero Carmela no era de las que hacen las cosas a medias. Sin embargo, la ilusión de un paso en falso suyo, de un olvido providencial, alentaba la posibilidad de un retorno, un reencuentro.
—30→El tío Federico afirmó que Carmela no había regresado al campo. No exteriorizo sorpresa por su desaparición.
Había algo guardado en alguna parte, o en alguien, que yo debía desentrañar de algún modo. Los sueños se volvieron antojadizos y la falta de ellos me llevaba a pensar que la esencia de Carmela aún permanecía en la casa. Eran pensamientos fantásticos. Recordé parte de sus historias alusivas a dioses que buscan sus orígenes para perderse en ellos y dar lugar al nacimiento de otros. Pero Carmela estaba lejos de ser una diosa. Sus ojos de distinto color me llevaron, por primera vez, a la duda de si Carmela era una sola persona o el resultado de los ritos de los que hablaba y en los que se producían encuentros extraños.
El dolor de su ausencia, su sentimiento inexplorado, la levedad con que la habíamos tomado como si fuera permanente su paso u obligada su estancia, removió mi arrepentimiento. Era como chocar contra paredes que eran puestas para aumentar mi desesperación.
La certeza de mamá de que Carmela no era cuerda del todo, rondó mi conciencia.
El tiempo se sucedía al margen de mi preocupación.
Ya la edad había dejado de ser tan corta y recogí el temor de descorduras propias. Pero no podía ser. No era una enfermedad contagiosa. Además, Carmela no lo hubiera permitido.
Su habitación quedó definitivamente ocupada por mis cosas, puesto que mamá, entre palabras que podía alcanzar al vuelo, había decidido no tomar reemplazante.
El olor a tierra me perseguía, o era una fijación relacionada con Carmela y mi única forma de llegar a ella para sentirla. Por momentos se tornaba dolorosa, una envoltura que suponía otras, una pista que imponía silencio y fomentaba el temor. Quería cavar algún lugar de la casa, agujerear el espacio, traspasar el viento en una escalada íntima, solitaria, que me llevara a encontrarme con ella y sus ojos, con su figura de bolsa cargada.
Entonces, en vísperas de una de esas fiestas que desatan —31→ procesiones y las imágenes se columpian en andas y hombros, pedí ir al campo. No dijeron que no. Tampoco escuché la palabra afirmativa, como si desde la desaparición de Carmela la conducta hubiera experimentado cambios.
Partí sola. Me pusieron en el tren y sería recibida en destino por tío Federico. Fue un viaje rápido, a pesar de la distancia. Un viaje casi cósmico, una aventura a través de campos que podían hablar, silbar, esconderse detrás de la espesura, llenarse de ojos, atisbar el paso del humo y de la locomotora, del chirrido de las vías, del pito lánguido y cansado que se escapaba del tren como tratando de abrirse camino.
No recuerdo en qué momento llegué o si tío Federico estaba en la estación, o si vino en el viejo auto o trajo la carreta con caballos para las distancias cortas.
No recuerdo.
Al día siguiente, con esa claridad campesina que dibuja márgenes y límites, y diseña hombres tempraneros y animales ansiosos, salí de la casa. Afuera, a pocos metros de la entrada, una fila de hormigas rojas y el olor acre prendiéndose de la nariz hasta hacerla gotear. No hice más que seguir la fila ordenada. Era larga. Atravesé plantaciones de piñas, extensas hasta desubicar los ojos. Luego, aberturas de campo como manchas de la tierra. Al final, cuando creí que todo terminaba, gente, sombras, sonidos rítmicos, llamados que iban y venían en encuentros aéreos. «Aún quedan indios por ahí», solía escuchar. Me había olvidado de Carmela. Mi atrevimiento quedó postergado. Cubierta por el tronco de un árbol, me limité a observar. Entraban y salían de una choza, volvían a entrar llevando objetos, platos, tiestos con comida.
He olvidado cómo abandoné mi escondite para atravesar el espacio y asestar el golpe a mi curiosidad.
Ahí estaba, tendida sobre la tierra en medio de la choza; una transposición extraña que me hacía ver solamente su cara cerrada, los ojos escondidos. Nadie pareció reparar en mi presencia. Era un lugar extraño, sin embargo no me hacía sentir extraña. Carmela regresó a su ciudad de barro para terminar —32→ su tiempo cuando comenzó a sentir esos llamados interiores con los que se comunican algunos seres, cuando habló de deterioros y accidentes del alma.
Ese mismo día regresé. Lo hice desapareciendo. Creo que tío Federico, dentro de sus travesuras exteriores, fue capaz de comprender.
Tenía apuro. Era necesario que sacara mis pertenencias de la habitación que había sido de Carmela, desprenderme del olor a tierra, de reptil buscando cuerpo para enredarse, desalojar esencias tránsfugas con deseos de permanencia. Debía abandonar la leyenda que empezaba a prender. «¡Te has equivocado de tierra!», quería gritar, tendiendo hilos que pudieran alcanzarla. Pero Carmela Peralta iba ya en busca de otras tierras, desentendida de desenfados terrestres.
El azogue del espejo de la casa se estremeció a mi paso. Pude sentirlo, sólo sentirlo, porque no me atreví a dar vuelta la cabeza por temor de reconocerme.
—33→
Cuando empecé a despertar de la anestesia, una sensación de infidelidad se apoderó de mis pensamientos. Regresaba después de haber sucumbido a la oscuridad, convivido con ella por un tiempo casi interminable. La noche se levantaba, perezosa e irremediablemente humana de cuerpo y voz, de amenazas y cansancio, de ojos imaginarios que interceptan sucesos imaginarios, sin testigos, creadora infatigable que recibe y entrega postas.
Parecía que la realidad estaba por hacerse y la noche era parte de su maceramiento. Sin embargo, necesitaba insertarme en el aprendizaje, empezar a conocerme o reconocerme como punto de partida. El mareo me traía y llevaba por ese mar inventado donde la camilla flotaba. El olor blanco, esparcido en todo el aire, me obligaba a respirar una atmósfera ajena a otras que antes había respirado.
Profundicé el compás hacia adentro y hacia afuera, buscando nortes o sures que se hubiesen extraviado en otras direcciones que el cansancio convertía en nebulosa. Aún así, el tráfico aéreo era denso. Entraban barcos, gente, a mi nariz, se producían encuentros dentro de mis fosas nasales y podía sentir el esfuerzo de esas entradas por ensancharse, por no ofrecer obstáculos al tránsito. Semejaban antiguos puentes levadizos que yo accionaba con la respiración. Temí encontrarme en medio de la avalancha de gente y naves y que el encierro se convirtiese en forma de vida cuando los puentes caigan estruendosamente por oxidación de sus cadenas. Se me ocurrió pensar si el hambre se calmaba por la nariz o por la boca. Intenté levantar la mano. Estaba atada. No obstante, podía sentir la línea divisoria de los labios resecados por un resto de aire absorbido o expulsado por la nariz.
—34→La llovizna se mezclaba con el aire y entre medio un gusto acre que se resistía a desaparecer, a pesar de los frecuentes intentos por tragarlo.
Cuantos más intentos hacía, más se me adentraba el pensamiento merodeador: la muerte es posible.
El aljibe de la casa de antes, donde vivíamos a pleno sol, donde siempre era de día, abrió sus tapas de metal para que yo descendiera y lo limpiase, como lo hacía cuando era mi turno antes de que se iniciara la temporada de lluvias.
Pero las tapas del aljibe eran similares a las de puente levadizo, o al revés. Tenía miedo cada vez que descendía, miedo de que las tapas se atascaran, obligándome a permanecer en el interior sin que nadie repare en mi ausencia, miedo de que después el agua me cubriese con el desborde de las lluvias, «demencia del cielo» como decían los grandes observando las alturas, abrazándose para protegerse de locuras contagiosas.
Algo persigue mi memoria. También los sueños. Hay una casa nueva a donde nos hemos mudado, aunque no creo posible mudarse en sueños. De todos modos, sufro porque me han cambiado la casa. Tampoco es la misma de antes. No hay aljibe y las lluvias se han moderado con el tiempo, como si las hubiesen sometido a un tratamiento. Es necesario que trague el llanto que sube y baja por la nariz. Tal vez sea preferible masticarlo. Es el entorno blanco lo que transforma todo, cambia rutinas.
Les había pedido que antes de operarme se aseguren de que esté bien dormida. Lo saben. También saben de mi insistencia en no ser enterrada antes de verificar que me encuentre completamente muerta. Poco podría importar cuando no hay voluntad a la cual consultar, cuando la diferencia entre estar bien dormida o bien muerta deja de ser diferencia. No ocurre lo mismo con la señora Ernesta, la amiga de mamá. Siempre tuvo la actitud de contener el deseo de vivir, de rechazar la vida. Podía notarse en sus facciones crispadas, especialmente la boca que, sin tener —35→ edad suficiente, ya mostraba rayas perpendiculares agrupadas sobre el labio superior. El gesto de contracción le daba un aire de extrema moralidad. Por lo menos así decían. Ninguna pintura o polvo facial alteraba esa característica. Era ejemplo para algunos varones, varones viejos todos, quienes habían agotado hasta la capacidad de excitarse. Tal vez por eso gustaban de la señora Ernesta, quien no era capaz de producir temblores de piel, internos o externos, ni pequeños racimos de ellos. La alteración máxima consistía en hacer trastabillar el monóculo, o mover los bigotes o carraspear para tragar deseos.
El efecto alargado de la anestesia impide que me ruborice. Debiera hacerlo. He tenido dos horas seguidas de amores ilícitos con varios hombres, tantos que las letras de sus nombres se confunden y vuelven a formar otros. Sé que las mujeres «deben conservar la olla limpia», como decía también la señora Ernesta, una frase que siempre relacioné con elementos de cocina, pero bien sabía ella a qué se refería. Tal vez olla y sexo eran para ella una misma cosa y su pudor, reflejado en utensilios domésticos, tenía ciertos alcances eróticos.
La señora Ernesta usaba y abusaba de caretas. Vivía en un carnaval constante. Miraba a papá con ojos de corazón triturado, de ángel caído, haciendo pensar que eran ojos de pincel acostumbrados a la blancura de túnicas inmaculadas.
Sin embargo, no es todo esto lo que me preocupa. No sé por qué me viene a la memoria encarcelada tanto aluvión de recuerdos. Porque estoy a merced de este estado pasivo en que me han puesto, anestesiada para que no denuncie a la señora Ernesta, no denuncie abusos, corrupciones. Me pondrán a la cabeza de la lista y el certificado de defunción rezará: «exceso de sexo».
Un conjunto de gatos hará guardia nocturna alrededor de mi ataúd. Aprovecharán el silencio y las sombras para entregarse a una orgía. Pero la señora Ernesta no lo permitirá. Acostumbrada al trabajo sin horario, acompañará —36→ mi sueño silencioso -el último quizás-, cosiendo a mano, puntada tras puntada, ropa interior exclusiva para novicias. Puede que llegue a pincharse un dedo y yo despierte del hechizo, que cambiemos lugares y ella, empolvadamente blanca, ocupe mi cuerpo. Es probable que esté esperando eso para experimentar mis sueños anestesiados, sólo los sueños, mientras el deseo es lanzado a una manada de hombres-lobo y ella baila danzas rituales hasta que, amparándose en el ritual, los mata para que no conozcan sus desviaciones.
Me pregunto cómo podía la señora Ernesta ser amiga de mamá. ¿O era sólo de papá? No obstante, puedo verla en la casa, la de antes y la otra a la que me he mudado en sueños. Golpean la puerta. Traen un traje de novia, aunque también podría ser una mortaja. Últimamente abundan muertos y novias. El temor de que mi traje de novia no estuviese listo a tiempo aún me persigue. Cuando dije que me quería casar de rojo, saltaron todos los ojos de la familia. El nombre de Casimira volvió a escucharse, «la muy hija de puta» -alguien dijo, refiriéndose a ella-, a una pariente lejana borrada del árbol de antecedentes conocidos, quien, para paliar necesidades urgentes, había abierto una «casa de recreación», según comentaban. Siempre algo se hereda, y no precisamente lo mejor, en relación con mi deseo de usar un traje rojo en mi boda. «¿Cuál boda?», alguien pregunta. Me están condecorando. No, no es eso, pero sí me cuelgan algo del cuello. «Las llaves del cielo», pienso, con aire de suficiencia. Alcanzo a percibir el olor. Es la bolsita que contiene el cuadrado de alcanfor. Había una epidemia de algo y en esos días escolares se decía que el alcanfor espantaba cualquier virus con su olor antiséptico y fuerte. «Debieran colgarlo en el cuello de las adolescentes también», opinaba la señora Ernesta.
Siento una terrible repugnancia y el susurro de una paloma en algún lugar. Son dos y frotan sus cuerpos de plumas empenachadas. Están en plena cópula, sospecho. Creo que voy a vomitar. No estoy aun completamente despierta, —37→ podría ahogarme, pero no puedo evitarlo. La copula es repugnante, sucia, aunque se trate de palomas. Una ha burlado la vigilancia, posándose sobre mi pecho. No puedo sacármela de encima porque tengo las manos atadas a la cama. Me mira con superioridad, o desprecio quizás. Parpadea, bosteza, por último ríe, sí, ríe y caga sobre mi pecho. «¡Quiero limpiarme, quiero limpiarme!», recuerdo que digo, no, dije más bien, sí, dije esa vez. Estaba atada o eran brazos que estiraban partes de mi cuerpo, de mi ropa. Abrieron mis piernas e hicieron lo de la paloma. Eran varios. Estábamos en el campo, en «edad de cambios», como decían. Había ido al almacén de don Salustio, pero no alcancé a llegar. Fue en el camino. Atardecía. Los atardeceres del campo son tristemente hermosos. Sentí el canto de la cigarra introducirse como taladro en mi sexo. Quise matarla para que dejase de cantar. Regresé, sin el encargo de almacén, con las piernas mojadas. Me lavaron por dentro y por fuera. Después me dijeron que debía callar, que no volviese a mencionar lo ocurrido. No lo hice. Debieron plancharme la memoria para poder comenzar de cero. Nadie dio importancia a mi memoria. Esa noche hubo tormenta, luego lluvia. Duró toda la noche y mi llanto también. Me quedó la repugnancia. En ese verano terminaron todos los veranos.
Ahora tengo la edad de la señora Ernesta. Ella ya no está. Me han operado para extirparme algo. Odio la anestesia. Es un reactivador de memoria, de absurdos, de sueños. Muchas casas han pasado por mí o yo por ellas. Soy una de esas tías solteronas que llenan necesidades semejantes a las de las institutrices de antes. Pocos conocen mis delirios de anestesia, esos momentos en que uno se da vuelta, con camilla y todo, y cae a las profundidades de laberintos que conducen al pasado. Quisiera borrar una parte del laberinto, extirparlo como se hace con los órganos internos afectados por enfermedades sin cura.
Termino de despertarme. No recuerdo nada. Trabajo mentalmente la frase hasta que me convenzo de que es —38→ cierta. Vomito aparatosamente al tiempo que escucho que alguien dice que se ha metido un colibrí en el cuarto, nadie sabe cómo. Creen que es un colibrí, pero en verdad es una paloma, la misma que insiste en continuar defecando sobre mi pecho.
—39→
Es el claro de memoria que se ha hecho demasiado profundo, con la pretensión de que aparezca el bosque y todo no sea más que alucinación que provoca la espesura para inducir a engaños. Se siente atrapado por la maraña y contorsiona el cuerpo y agita los brazos para liberarse, entablando una lucha cuerpo a cuerpo con el aire. No recuerda en que momento se le hizo tarde ni cuándo inició el asunto de claros y bosques.
Siempre tuvo miedo al atiborramiento de árboles.
Tal vez todo comenzó con Caperucita y desde entonces siente el acecho de lobos. No son lobos corrientes que aúllan y pueden ser alejados o despistados, sino gritos que se mezclan con los suyos y lo agitan hasta que el estremecimiento interior busca salida, y el claro del bosque está ahí, al alcance de la memoria, del cuento o de la necesidad, y él salta desde un árbol y queda asustado en el centro del círculo salvador. Es uno con todos sus puntos unidos como si un montón de manos formasen los puntos, o son cadenas y siente cómo se le clavan las uñas en las manos, o son asperezas de las cadenas. Pero algo se le incrusta como recordatorio y el claro deja de ser salvador y se convierte en trampa. Entonces da vueltas en círculo hasta que sufre mareos de conciencia, y a medida que la remece se forman nombres, todos sonando a duelo. Sin embargo, él no tuvo la culpa; sólo era una cara indecisa entre querer ser hombre y que otra parte lo estire hacia lo contrario, sin voluntad determinante que le haga saltar líneas y ubicarse con la decisión tomada.
Tampoco tiene culpa de su cutis liso, los labios a punto de formarse en gestos que no puede medir, los ojos penetrando y recogiéndose en una aparente entrega, en un acto visual prometedor de otros actos. Sólo que el comandante se dio cuenta y era también de cutis liso y recibió la mirada, reteniéndola con derecho.
—40→Eacute;l ya estaba en la fila y el pelotón apuntando. Fueron cayeron de a uno. Él se sintió caer en comunión fraterna, pero su cuerpo quedó vertical frente al comandante, frente a su decisión de convertirlo en culpable, cómplice desertor de la muerte cuando esta ya había sido convocada.
Eacute;l preguntó por qué, sin que le salieran las palabras, con ojos y temblores, con rabia y miedo, empezando a sentirse después de haber creído lo contrario.
Le desataron las manos.
No eran épocas de explicaciones, de rendir o pedir cuentas. Miró alrededor. Había nombres desparramados, mezclando identidades, confundidos en el último abrazo.
El comandante le tomó de los hombros mientras el pelotón desaparecía. El fresco iniciaba su recorrido nocturno, sin poder barrer la soledad, sin percatarse de la extensión vacía que absorbía ruidos o los iba royendo de a poco para proteger el silencio y ahuyentar intentos fantasmales.
Eacute;l se sintió solo y la mano apoyada en su hombro aumentó el flujo natural de su sangre. Se dio cuenta de que estaba en deuda y que era preferible no llegar a vencimientos. Se dio cuenta de que movía las piernas, los brazos, el cuerpo, como si la mano apoyada lo estuviese articulando.
«Se me pierden los muertos», escuchó una voz interior mientras se alejaba con el comandante, sintiendo en la espalda arañazos que le hacían sangrar por dentro. Quiso dar vuelta la cabeza para asegurarse de que no era problema de imaginación, de locura ocasionada por la extensión desértica donde los espejismos campean confundiendo la mirada.
No pudo. La presión de la mano del comandante le llegaba al cuello, trepaba a la cabeza haciendo imposible cualquier movimiento.
Había espera en el aire. Había un pacto no acordado. Le sobrevino el deseo profundo y doloroso de permanecer con los otros, con los suyos, con los de cara de barba crecida por la espera, por el deseo del comandante de «hacerles sentir la espera hasta que me duelan las ganas».
Se pasó la mano por la cara. Como si fuese un gesto —41→ invitador, sintió la mano del comandante al lado de la suya. Era también una mano lisa, cuidada, acostumbrada a ser elevada para ordenar destinos. Quiso rechazar el gesto, levantar una barrera, increparle reclamando leyes y derechos, pero era tarde. Debió tomar el arma de alguno del pelotón y convertirse en parte del abuso hasta quedar tan anónimo como los otros. Pero era cuestión de esa línea que le llevaba a ser y no ser al mismo tiempo, un problema de indefinición joven tal vez, de falta de atrevimiento en la elección. Contó mentalmente su tiempo. No importaba si eran 18 o 20 o si uno de esos fue el número de disparos que escuchó, o si su forma de calcular se había distorsionado por el efecto del viento o del graznido del enorme pájaro que circundaba el aire y las alturas, esperando lanzarse en picada sobre el festín.
No debió confiar en Caperucita. Fue ella quien inició la historia, quien lo llevó a extremos exuberantes y claros donde se entierran ingenuidades. Fue ella.
El comandante lo sigue llevando. Camina, sabiendo adonde va. Él lo sabe. Los demás también. Siente como si lo estuviesen llevando a la plaza tan antigua como Caperucita, donde la soga cuelga sin hombre-péndulo, cuelga vacía como muestra de épocas anteriores, como estudio de generaciones nuevas, como historia que hay que aprender. Quiere decir que eso también es un engaño, que las épocas son todas iguales y los motivos semejantes y que sólo cambian los verdugos. Pero ya está entrando en la habitación del comandante. Queda parado en posición de ignorancia. El comandante empieza a desvestirse. Afuera hay ruido, un ruido que no le altera; más bien le apura a continuar desvistiéndose. Llegan camiones, la mente alcanza a sospechar lo que ocurre: pies desnudos, muchos pies que saltan de los camiones, nuevos pies para nuevos ajustes que obliguen a cambiar ideas, pensamientos. El comandante se acerca y le insinúa que lo imite, que haga lo mismo, que deje caer lo que le cubre la parte inferior. El resto lo tiene libre, desnudo. El comandante le ayuda. «Se me pierden los muertos», insiste la voz interior, protectora de olvidos.
—42→Está desnudo y el comandante también.
Quiere decirle que se ha equivocado, que es una cuestión de apariencia, que nunca antes... Pero es un comandante que no recibe consejos ni sugerencias.
Afuera se ha calmado el movimiento, el fresco, el ruido de camiones. Se ha calmado el aire o quiso buscar otros rumbos para evitar ser testigo.
Hay un silencio excesivo para que continúe siendo silencio. El comandante está ansioso, le presiona como si fuese una bestia empacada en su capricho de no lanzarse en persecuciones de camino, un caballo que perdió su condición de tal.
Entonces cae, soltándose de puro miedo, de puro no tener escapatoria, y el comandante le cae encima, le atraviesa con furia de enemigo, le avasalla y arrasa con lo que le queda de hombre, penetrando su interior con fuerza de descubridor, de invasor, de conquistador de tierra virgen, y él grita y siente cómo ríen los lobos, y queda tirado en el suelo mientras el comandante se alza, se endereza, se viste, vuelve a ser comandante, llama con voz de mando para que vengan a retirarlo. Y él se recoge por partes hasta que alcanza verticalidad de cualquier cosa, de supuesto hombre, y sale empujado, desnudo de alma, y afuera ya está formado otro pelotón y hay hombres alineados y debe de haber alguien que resalte como él, y sabe, intuye encuentros con esa masa anónima y ríe, ríe porque ya no tendrá que sentir esas voces que ya no serán suyas, porque siempre habrá alguien que escuchará «se me pierden los muertos».
—43→
Domingo.
Mi palabra se esconde detrás de la lengua o debajo de ella, o resbala en tobogán y se detiene frente a la hilera de dientes que la muerden. Ya lo sabes, me ocurre a menudo y resulta risible la subordinación del sonido, la puesta en marcha del pensamiento, de la voluntad, de tantas cosas que pesan en ese momento y dan vuelta alrededor del órgano que ayuda a modular hasta caer vencida por agotamiento insalvable. ¡Pobre palabra! Pero no creas que por eso caen en desperdicio, no. Hablan entre ellas hasta que la imaginación se vuelve pequeña para albergarlas y, cuando al fin salen -porque, después de todo, uno no tiene el control total de ellas-, lo hacen, no me cabe duda, por el cauce equivocado y una vez que están afuera no hay forma de arrepentirse.
A veces pienso que en verdad hay lenguajes que no sirven para ser hablados o puede haber, para ponerlo de otro modo, incompatibilidad de lenguajes. ¿Has escuchado algo tan ridículo? Tal vez no lo sea. De pronto te pregunto cosas tontas como, por ejemplo, la dirección del tránsito en una calle cuando la flecha es tan gráficamente elocuente. No sé cómo evitar decir lo que no quiero, lo que sé que puede molestarte. Pero lo hago, por esa efervescencia que aún mantengo, últimas voladuras, excentricidades rasguñadas para no perder el sentido de la aventura que da sabor a tantas cosas. Son las mismas que no experimenté cuando era más joven, porque tampoco entonces me estaba permitido. No es una cuestión de modas, sino de comportamientos mal entendidos que se incorporan sin aceptarlos, o porque están escritos en algún libro que le ponen a una en la mano para continuar memorias obligadas y que el castigo se reparta proporcionalmente. ¿Cuándo fue? Sí, ese día que me entretuve más de la cuenta, según dijiste, para —44→ orientar a un joven sobre un lugar específico de la ciudad. «Era un extranjero», dije, pero no lo entendiste. Quizás me gustan los extranjeros, porque me hacen caer en laberintos geográficos donde los puntos cardinales cambian de lugar en un juego de niños parecido al de «el que ríe queda afuera», y yo soy la veleta que los dirige: «a mis pies, el norte, y tú, sur, búscate mejores vientos». ¿Que estoy un poco loca? Nada de eso. Es sólo que a veces quiero ser como soy.
Lunes.
Colegio, lavados, una casa que parece contagiada de mi locura y se ha puesto patas para arriba, pero está acostumbrada a que la vuelvan a su lugar, sin quejas. Lo cotidiano es importante. Lo sé. Por eso me baño todos los días y, según el peso de los días, hasta dos veces, por más que en algunas ocasiones tengo ganas de arrastrarme con la bata puesta, dejar correr el pensamiento aunque me digas «te he llamado varias veces» y yo no escuche porque estoy lejos, embarcada en el anuncio «dejen que otros se preocupen por usted», y yo floto en la Isla de la Fantasía mientras Tatú me mira comprensivamente y dice a Ricardo Montalbán -no recuerdo como se llama en la serie- que estoy en «cura de pareja», no en busca de una, y Ricardo endereza con ambas manos las solapas de su chaqueta al tiempo que piensa qué va a hacer conmigo, pues estoy fuera de sus programas. Al fin decide: ¡a la torre! Y yo subo, porque la obediencia es menos problemática, y recién arriba me pregunto por qué no puedo reaccionar cuando corresponde, sólo redondear los labios y pujar un «no» firme, decidido, que no dé lugar a confusión. Pero ¿sabes?, es esa manera que tengo de no definirme porque me parece que así obligo o comprometo menos a los demás. ¿Qué me vaya a dónde? A veces lo pienso, pero lo dejo como «alternativa viable», como se dice en estos días.
Martes.
Lo sé. Me dirás que no soy Mirta Legrand y que tampoco el presupuesto da para esas extravagancias, porque —45→ no se trataba sólo de los martes; él le traía una flor diferente cada día. ¿Que yo estaba enamorada de Juan Carlos Thorry? No era para tanto. Él era sólo uno. ¿Que tenía una inclinación especial para enamorarme de los protagonistas de las películas? Tampoco de todos. Era selectiva, pero eso de los enamoramientos es cierto. Claro que se me pasaba al salir del cine. Era más bien la necesidad de evasión, el encanto de lo que sucedía en la pantalla, la diferencia entre mi bata desteñida y la de raso color marfil de la actriz. Con una bata así hasta hubiera podido ir a una fiesta. Era también la oscuridad anónima, el esconder la cara, la respiración, todo el cuerpo, y sentir que no debo justificar una lágrima resbaladiza o el derecho a expresiones que a la luz podrían resultar equívocas.
Martes, día de hacer el amor. Sí, en alguna parte debe de estar aún anotado como recordatorio, con la pastilla anticonceptiva al lado, quizás detrás de la puerta del armario o en el cajón de los cosméticos, lugar de apertura obligada. Un día alguien cambió la pastilla (que siempre la dejaba suelta, para ganar tiempo) por una aspirina. Me quedó la duda de si habías sido tú o una más de mis jugadas intempestivas para burlar la suerte. «¿Cómo sucedió?», preguntaste después (cuando la aspirina hizo su efecto), sacando ojos extras desde el fondo de tus órbitas. Consideré que tenías edad suficiente para saber cómo había sucedido.
Miércoles.
Fui a ver al que, en penumbras, radiografía con el pensamiento al indefenso que está sentado a contraluz. No pregunta el nombre -ni le interesa- hasta el momento de emitir la boleta con las cifras proporcionales a su fama. Pero indaga, remueve las fibras más sensibles para forjar una historia que nada tiene que ver con uno, una guía personal que parece un modelo tipo, sin aplicación a seres corrientes. Porque soy corriente. No, vulgar no. Es un profesional que necesita tiempo y no se preocupa por el mío. Me lo saca a estirones por la boca. Lo sigo visitando porque me divierte, porque —46→ cree saber más sobre mí que yo misma, porque receta cambios por escrito. Le dejo hacer. Tengo que llegar a la historia completa para poder leerme. Creo que el hombre tiene mas imaginación que la mía, pero le falta una bata para arrastrar su fantasía. No sabe aprovechar el ocio. Repite el modelo, modela tipos que no aceptan el ajuste, me mira en posición de espera o de asalto. Yo hago lo mismo. Hasta podríamos intercambiar lugares. Lo dejo, después de algunas sesiones, convencido de que soy otra persona. ¿Y para qué quiero tener, encima, los problemas de otra persona?
Jueves.
Te he dado el gusto, pero me siento distinta, sin entrar en detalles para no delatar ese pensamiento que trabaja por dentro como una abeja. Me siento una obrera más. Son las 4 de la tarde y tengo que prepararme para el ejercicio semanal, día de salida, ejercicio largo de gestos, de boca, de expresión de palabra, con el grupo de desahuciadas que hace lo mismo gran parte de la semana para cerrar después el cauce comunicador. La plaza me atrae con la soledad de sus bancos a esa hora. Pero el miedo de encontrar vagabundos solitarios que piensan lo mismo, doblega la opción. Mientras regreso, tengo tiempo (delante de los semáforos en rojo) de pensar en una estrategia para ganar algún terreno en el suyo propio. Frente al tercer semáforo lo decido: indiferencia, frialdad, calcular los actos (incluso los maquinales), los gestos, jugar a ganador. Hago fuerza mental para que la palabra «ganador» penetre, se desparrame, ocupe el convencimiento. Con cada nuevo semáforo siento desteñirse la palabra que, al llegar a la puerta de la casa, está completamente neutralizada.
Viernes.
Quisiera estrujar el día para que acabe con la lluvia pertinaz. El viernes no debería ser día de lluvia. A veces hasta el programador de arriba se confunde. «Hoy es lunes», quiero recordarle, pero debe de saber. Es su forma de hacernos pagar algunos tropiezos. «Me haré monja», pienso, pero —47→ no, no es posible con mis antecedentes de goces acumulados en años de perfeccionamiento. Siento ganas de romper la cáscara que me envuelve y nacer de nuevo, ser otra, o quizás la misma, pero con todo lo que tengo en la cabeza puesto a más temprana edad, con tiempo largo para saber manipular los conductos que corresponden, con boca suelta para formular desacuerdos o acuerdos y funcionar como un cuadrado más del crucigrama. Dejo que los días se abran y cierren, sin envolver en ellos lo que algún día pueda llevarme a decir: «no me arrepiento de nada». Pero tal vez cantado quede mejor o cuando haya obligación de decirlo porque el paquete desborda, o para llenar imaginaciones ajenas y sí arrepentirme con la negación de lo que faltó hacer. De pronto siento la persecución nocturna de un desconocido que pelea con fantasmas callejeros para llegar hasta donde estoy. Cuando los ojos se sobresaltan y terminan con el encierro oscuro, sólo veo sombras luchando por mejores pedazos de pared, dragones disputándose infiernos o paraísos mientras tiembla el deseo hasta debilitarse en medio de sudores que se secan, esperando que todo se renueve. Vuelvo el cuerpo hacia la pared silenciosa, muda, alejada de habladurías de duendes ociosos. Creo que duermo. Es una forma de ser fiel con la noche.
Sábado.
Mi mente amaneció cansada. Hay pedazos del crucigrama que pertenecen a otro momento, otra época, otros olvidos que se descuadran. Puede ser el arrastre de los días anteriores. Abro por turno los ojos para recibir, también por turno, mensajes aún no bien definidos. Entre los pliegues transparentes de la cortina juega la luz; es como si me estuviera pidiendo que la deje entrar. No recuerdo qué camisón tengo puesto. Tampoco sé qué importancia puede tener, pero cruza la idea en forma rápida como si me apurara por hacer lo mismo en la calle con el semáforo en rojo. Es temprano, pero más tarde que otros días corrientes. El sábado es de descanso. Me siento como si la creación del mundo hubiera llenado los otros días. Adelanto el cuerpo en una sola pieza y lo desprendo —48→ de la cama. «Vertical y andante», pienso, por más que no es hora de pensar. Iré a esa clase, sí, aunque ayer pensara lo contrario. Es ese hombre, el profesor, pequeño, insignificante, con anteojo de largavista que mira traspasando cuerpos y paredes. Obliga a la distancia y yo caigo, como siempre, en la obligación. Son esas tres horas de vagar por terrenos antiguos, libres o a punto de ser liberados, esas luchas que uno ya sabe cómo van a terminar. Es el enamoramiento de la palabra fácil, bien dicha, lanzada con flecha que penetra hasta revivir los hechos. O es el hombre detrás de ella, colonizador escondido dentro de coberturas indígenas para hacer hablar a los dioses. Es mi inclinación insalvable. No sé qué haría si de pronto el profesor bajara de su trono, renqueando o poniéndose el parche de pirata, o tratara de cubrir la pata de palo con el pantalón. Pero ya el aroma del café sube la escalera y remece mi alucinación. El misterio, sí, es parte del misterio necesario para desenhebrar los días, ponerlos sobre la mesa igual que fichas de dominó, revolviéndolas para tratar de confundir y, al dar vuelta la primera ficha, por esos juegos de hechiceras o arreglos imposibles de desarreglar, el orden hiere el sentido, los ojos, la credibilidad.
Domingo.
Quisiera recorrer las calles, experimentar la novedad del primer encuentro, aprender que ellas -las calles- pueden hacer cosquillas en los pies, trepar por las piernas, revolver el pubis y seguir la carrera hasta detenerse en el corazón, accionándolo con violencia o deteniéndolo de un solo golpe al tiempo que una lluvia ocasional, efecto de nubes peregrinas, cae limpia, destiñe mis zapatos azules y ocurre igual con la cartera -a pesar de ser a prueba de circunstancias de paso-, y el vestido blanco chorrea una lluvia azul como si el cielo se hubiera derretido. Pero nada hay de todo eso. Es sólo un efecto atrasado de memoria mal puesta o equivocada. Me miro en el espejo: una imagen se interpone, a pesar de mis movidas a espacios no cubiertos para alcanzar a verme. Es una imagen acusatoria, la de siempre, la que indica qué hacer —49→ y en qué momento, porque no hay tiempo que alcance para insertar cambios o hacer innovaciones. Hay lugares especiales para los que no encuentran el ajuste, hormas que vuelven a formarse para que uno calce como debe ser. Recuerdo el cuento y veo el horno de donde salen muñecos, todos iguales, muñecos de jengibre que deshacían mi lengua en agua. Algunos no estaban muy firmes y se rompían. No es lo mismo comer figuras de galletas rotas.
Falta poco para que vuelva a ser mañana. La rueda es inmisericorde, ¿enloquecida?, no, sólo con un sentido exagerado del deber. En una de esas... con una varilla..., pero no, no lo creo posible.
—50→ —51→
Hablaba de la mancha del Quijote como si algún parentesco lo hiciera conocedor de intimidades, aunque la mancha en cuestión tal vez podría tener referencia con esas que cubren el cuerpo para evitar explicaciones comprometedoras. En todo caso, daba para pensar el hombre. Sobre todo por la insistencia en algo que la cordura obliga al murmullo más discreto de haber lugar alguna verdad.
Decían que era un adelantado que, por una de esas indecisiones de la historia, había perdido tiempo y espacio y cada tanto hacía su aparición como resultado de un bostezo cósmico o de un despertar demencial. Pero el hombre atraía gente, vestido como caballero venido a menos, levantando su voz añejada en medio de alguna plaza mientras insistía en que apagara «esos molinos que no hacen más que despeinarme».
No podía ser efecto de exceso de sueño o de párpados de pulsación atrasada que permanecen cerrados, a pesar de intentos de forzar aperturas que sólo conducen a laberintos entornados.
Sorprendía el descaro del hombre: ni alto ni bajo y con evidentes muestras de apresamiento de tiempo consumido. La cara semejaba un corte verticalmente equivocado en un cuerpo de igual hechura o, para ilustrar mejor, un encaprichamiento del viento hasta amoldarlo al filo de su cuchillo.
Tenía la barbilla como extraviada en medio de la frondosidad de una barba sinuosa que se movía al ritmo de los disparates de su lengua. Daba la impresión o el temor de que, abstraído de la realidad, más bien se dirigía a un auditorio ubicado en el más allá. Tal vez ayudaba la plaza y el desnivel de movimientos que arañaban más o menos aire en un intento por llamar la atención, y también el cementerio, cautamente —52→ instalado en medio de la ciudad como queriendo recordar la temporalidad del tránsito y ahuyentar aspiraciones corporales de permanencia eterna.
El hombre se las traía, sin importarle la ocupación indebida de otra época: «una quijotada de ultratumba», por así decirlo. Pero nada impulsa más el habla que la desatención o el deseo conglomerado de acallar discursos que se consideran incómodos para el paso de peatones, quienes, por curiosidad o por querer sacudirse locuras, encuentran que «siempre hay algún desquiciado que establece diferencias», vociferando contra la autoridad que permite esos desatinos para recibir, como respuesta civilizada, «este es un país libre», sin considerar el peligro que puede avecindarse si, por esas casualidades o movimientos atmosféricos, el hombre en cuestión empieza a tener adherentes, y de ahí a la formación de una secta o un partido político se extiende un trecho igual a lo que demora un pestañeo.
Eso de la mancha del Quijote, la transposición para cambiar sujeto y lugar, distorsionando sentidos, debía de ser parte de su locura.
Podía tratarse de un muerto profesional, de esos que hacen su aparición, con cierta periodicidad, para evitar (por alguna razón) las trampas del olvido o como recordatorio de alguna laya para los herederos.
Lo que no podía ser motivo de discusión era el desparpajo del hombre. Hasta daba que pensar que no hubiera sido conchabado por alguna autoridad moral para remover honduras que el tiempo estanca, donde los sentimientos quedan aletargados porque el apuro no da tiempo para esos quiebres sensibles que detienen muchas veces la productividad. Es un asunto de inversión más... Bueno, las fórmulas son muy conocidas y no hacen al caso para caer en lecciones de insistencia.
El hombre vestía ropas adecuadas para evitar los excesos de molinos, es decir, una camisa sobre otra, con los cuellos tratando de disimular la delgadez del cuerpo, una túnica encima como bata de dormir de hombres antiguos, botas —53→ y una gorra ladeada sobre la cabeza que parecía también ladeada naturalmente.
El Dr. Panzón, profesional maduramente respetable, se detuvo como un transeúnte más. Arregló el tirabuzón del bigote -su batalla diaria-, se calzó el monóculo, miró la hora en su reloj con cadena y, ajustándose los tirantes sobre la indebida protuberancia del vientre, «¿no nos hemos visto con anterioridad?», preguntó, ayudado por el monóculo para no perder detalle del comportamiento del disertante. «Tal vez si, tal vez no», contestó el hombre. «Las penurias o las alegrías cambian las apariencias, llevan a la confusión, pero, como le digo, quién sabe».
El Dr. Panzón quedó molesto. Estaba acostumbrado a respuestas que no le hicieran pensar.
«Me parece», agregó el hombre, «recordarlo en alguno de mis recorridos de ida o de regreso».
«A decir verdad, nada más extraño, pues pocas son las cuadras que me ven pasar y siempre las mismas», dijo el médico.
«Eso no constituye motivo para que lo vea o no, así como ocurre con los molinos que aparecen cuando me ven. Ahí lo tiene, rugiendo aires de antes sólo porque estoy aquí», sonrió.
El Dr. Panzón se ajustó el monóculo, estrechó los ojos e inclinó el cuerpo hacia adelante, pero todo el esfuerzo no fue eficaz para que pudiera ver el molino.
«No», dijo el disertante, «primero tiene que sentirlo y recién después podrá verlo. El problema radica en que usted sólo ocupa su pensamiento en fomentar lo que ya sabe, camina mirando hacia el suelo o como si estuviera hipnotizado por la distancia. Por eso muchas veces no saluda a la gente, no patea una pelota que se le cruza en el camino, no observa los brotes nuevos o las sequedades que aportan cada estación y, por supuesto, no atina a ver los molinos de viento. Mire, mire como responden a la menor brisa. Si hasta parecen bailarines de altura», agregó el hombre, con la felicidad colgada de los ojos, de la boca abierta, de cada parte de su rostro.
—54→El médico meditó. Luego, levantando la cabeza, «¿cómo supo que no saludo a la gente?», preguntó.
«Basta observar su forma de caminar. ¿Se le ocurrió pensar qué pasaría si alguna vez cambia de itinerario, si elige otras calles para recorrer la misma distancia? ¿No se ha cansado aún del trayecto cotidianamente repetido porque ni siquiera lo observa? Lo mejor, sin duda, son las detenciones, esas pequeñas escalas (cuyas maestras son las hormigas) tan necesarias para el encuentro de palabra, de roce de manos, de beso rápido en la mejilla, la proximidad de otro ser que hace lo mismo por iguales razones».
El Dr. Panzón tuvo ganas de continuar su camino, de no seguir escuchando. Estaba bien como estaba, sin que pudiera importarle lo de no saludar a la gente, pues casi todos lo conocían y estaban al tanto de su forma de ser. Tampoco el cambiar la vista para ofrecer novedades a sus ojos acostumbrados, justamente, a la falta de novedad. Lo que sí le preocupaba era no ser capaz de ver molinos, observar su funcionamiento, sentir lo que «un charlatán cualquiera», como murmuró para sus adentros, podía sentir.
El hombre continuaba extasiado ante el molino.
El médico no se atrevía a interrumpirlo ni a exteriorizar interés o mostrar algún grado de ignorancia, preguntando: «¿cómo se logra ver los molinos?». Pero el hombre, habituado a esos menesteres, dijo: «es sólo cuestión de voluntad; cada cual es capaz de tener su propio molino».
«¿Así como así?», preguntó el médico.
«Así como así», respondió el hombre.
El Dr. Panzón continuó su camino. Pasó esa noche y parte del día siguiente en el intento, sin éxito. Regresó para decir al hombre que era un embustero. Sin embargo, acicateado por su orgullo, durante varios días se dedicó solamente a esforzarse en busca del resultado, regresando cada día para dar cuenta al hombre de su falta de progreso.
Fue ese atardecer -posterior a la inquietud extraña que lo recorrió-, con una especie de rabia acumulada por haber —55→ sido víctima de engaño, con todas las armas del lenguaje se presentó en el lugar para increparlo, porque sintió que todo lo había agotado.
El hombre no estaba.
«Menos mal, después de todo», se dijo, sacándose el monóculo, limpiándolo y volviéndoselo a poner. En ese momento el viento le voló el sombrero. Estuvo a punto de maldecir, pero el molino no le dio ocasión: ahí estaba, removiendo el aire, volando sobre la tierra, haciéndolo volar de pura incredulidad. «¿Ve, lo ve?», empezó a preguntar, excitado, a la gente que pasaba, para encontrarse con movimientos comprensivos de cabeza y la impaciencia de gente que teme involucrarse.
Desde entonces, es frecuente ver al Dr. Panzón arengando en la calle a los curiosos, deteniéndolos para señalar, con entusiasmo, el molino que insiste en volarle el sombrero, en despeinarlo. Por lo general, las detenciones son breves, demasiado breves para lograr convencerlos. Un voluntario, sólo uno necesita para mantener andando el molino.
—56→ —57→
«No fue necesario matarlo», dijo el Combo. «Ni siquiera lo conocíamos». Los otros sólo atinaron a bajar la cabeza y abrir la boca como si quisieran dejar entrar o salir algo, manteniéndola colgada hasta que el hilo de saliva impulsó el cierre súbito.
Nadie iría armado.
Sin embargo, la mano del Rápido aún empuñaba el revólver mientras insistía: «no sé cómo se disparó, no sé cómo».
Eran sólo tres: el Combo, el Petro y el Rápido.
Juntos barajaron los sobrenombres en el galpón oscuro y húmedo del costado de la casa del Rápido, el que servía para guardar «desechos que alguna vez puedan servir», como decía la mamá.
El hombre, tendido en el suelo, daba la impresión de haber estado siempre así. «No parece muerto», murmuró el Rápido.
«¿Y acaso sabes cómo son los muertos?», preguntó el Combo.
Todos callaron.
El silencio era tan grave como el del hombre del suelo.
«Te apuraste», dijo de pronto el Petro. «No le diste tiempo de meter la mano en el bolsillo».
«Me dio miedo».
La noche anterior había sido de «apronte».
«En las películas nadie usa su verdadero nombre», se dijo, y todos estuvieron de acuerdo, observándose mutuamente para detectar algún rasgo que hiciera surgir el alias.
Al Rápido le faltaba una uña, pero no era suficiente para inventar algo parecido a «Cara Cortada». Lo del Rápido era ya de antes, cuando una que otra vez lo llamaban así para apresurar la cojera de su pierna izquierda.
—58→Al Petro le respetaron parte de su nombre: Petronilo.
«Nadie se va a dar cuenta», rieron, al tiempo que el recuerdo de una pelea callejera, donde el Combo había sufrido un desmayo a consecuencia de un puñetazo, hizo que lo bautizaran de ese modo, dando por terminado el asunto.
«Debe ser antes de las diez», dijo el Rápido. «A esa hora mi mamá controla que estemos todos adentro».
«No hay inconveniente», dijo el Petro, apoyando una mano en la pared mientras la otra se tomaba de la cintura.
El Rápido asintió.
«Ropa de trabajo», informó el Combo.
«¿Y de dónde quieres que saquemos ropa de trabajo?».
«La más usada que tengan, la de las pichangas».
«Eso es otra cosa».
«Al salir de acá nos separaremos. Lo mismo después del asalto», continuó el Combo, quien había tomado el mando. «¿Algo más?», preguntó el Rápido, jugando con un pedazo de cadena.
«Nada de armas, cuchillos o cortaplumas. Actuaremos asustando. Uno de nosotros preguntará algo, el otro clavará un palo en las costillas y el tercero se le colgará del cuello. No tendrá más remedio que aflojar», advirtió el Combo.
«¿Y si hay problemas?».
«Corremos».
El Combo estaba inquieto esa noche.
Lo harían a la noche siguiente.
No podían fallar.
Menos aún desmayarse.
Se levantó varías veces para ir al baño. Parecía que algo se le hubiese soltado por dentro, obligándole a orinar más que de costumbre.
—59→Eran las cinco de la mañana.
Ya despierto, se dispuso a hacer tiempo con la mirada, recorriendo partes conocidas de la habitación.
No había mucho que ver.
Después se levantó y, luego de ir al baño, entreabrió la puerta de la pieza de su mamá. Dormía. El papá había «muerto en su ley», afirmaba la mamá, con el rostro endurecido por el recuerdo.
Sin saber el significado, estaba decidido a seguir los pasos del papá.
«No debimos engancharlo», dijo el Combo mientras el Petro asentía con la cabeza.
«¿No sabes hacer otra cosa? ¿Por qué no gritas o saltas?», se irritó el Combo.
Le dolía la cabeza.
Se la rascó, como queriendo ahuyentar la imagen del hombre en el suelo.
Pensó si era una forma de «morir en su ley», pero no le gustó la idea de verse algún día en esa posición.
El Rápido se agachó y tocó al hombre; luego lo palpó, terminando por examinar uno de sus bolsillos.
«¡Déjalo tranquilo!», se enfureció el Petro.
El Combo tuvo ganas de levantar la mano y darle una cachetada, pero se atajó.
Había que mantener la calma.
«Tengo que estar en mi casa antes de la diez», dijo el Rápido.
«Estamos todos en este lío y dices que te tienes que ir. ¡Es a la mierda adonde irás!».
El Rápido se encogió, como culebra en peligro. Quiso agregar algo más, pero el olvido le trabó la lengua. Empezó a dar vueltas alrededor del muerto. Cojeaba más que otras veces. «Hubiera sido mejor hacerlo solo, atenerse a las consecuencias, correr si era necesario como habíamos acordado», pensó. No tenía arrepentimiento. En su casa se hablaba de la «fatalidad», que por eso no podían salirse —60→ del hoyo. «Esto es algo parecido; sólo fatalidad».
Quiso recordar cómo subió sobre esa silla para alcanzar la caja del sombrero. «No se le ocurra tocar; son cosas mías», había dicho su padrastro. Pero ¿cómo pueden ser cosas suyas si es una caja de sombrero de mujer?
Le picó la curiosidad.
Todos habían salido o estaban durmiendo; no puede aclarar la memoria. «¿Por qué la habrá puesto encima del ropero? Manía, pura manía», pensó, arrimando una silla.
Tocó la caja. La abrió. Lo de adentro relucía negro. Sintió frío, después le sudaron las manos. Le pareció que tenía fiebre.
Tomó el arma, pensando dejarla de nuevo en su lugar. Sí, eso pensaba, pero el arma se le acomodó en la palma, probándolo.
No se dio cuenta cómo la encajó entre cinturón y piel, dejando la camisa suelta para cubrirla.
Volvió a tapar la caja y bajó.
Todo seguía igual, el mismo silencio pegajoso de la casa.
El arma se calentaba con su cuerpo. La llevaría nada más que para sentirla. Después la pondría de nuevo en su lugar, antes de que el padrastro note la falta.
En el camino la sacó una o dos veces, haciendo dar al arma unas volteretas en el aire para luego apuntar a la oscuridad y torcer la boca en un «bang», «bang» silencioso.
La pierna izquierda parecía más segura, más firme. Sólo cuando dio vuelta la esquina, vislumbrando sombras esperantes, cayó en cuenta del motivo de la cita, de lo que había dicho el Combo, de que no fue su intención sacar el arma de la caja.
«De no haber estado el Petro y el Combo hubiera regresado a casa y no tendríamos al tipo del suelo jodiéndonos las ganas», pensó.
Estuvo tentado de descargar otro tiro, de pura rabia.
«Culpa de ustedes», dijo de pronto, en voz alta. —61→ «¿Para qué tenían que venir? Yo no lo tomé en serio cuando se habló de lo que se habló».
«Estás loco», dijo el Combo.
«Tú serás el loco», dijo el Rápido. Seguía con el arma enroscada en la mano, cosquilleándole, recordándole.
El Petro se restregaba las manos.
La noche empezaba a pesarle. O tal vez era el muerto.
«Tenernos que hacer algo o irnos».
«Y ¿qué vamos a hacer con el fardo?», lloriqueó el Rápido.
El Combo le miró la pierna izquierda. Nunca se la había visto tan corta. Quizás era cosa de la noche o del sueño y el cansancio le nublaba los ojos.
«Hace dos horas que estamos acá», dijo el Petro, mirando el reloj del muerto.
«Ahora te apuras. Nadie se va de acá», dijo el Rápido levantando el brazo, amenazante, pero la pierna no le resistió, haciéndole perder el equilibrio.
El arma se descargo como grito nocturno, o fue el grito del Petro.
«¡No grites que puedes delatarnos!», alcanzó a decir el Combo, pero el Petro ya estaba en el suelo, contrayéndose mientras repetía «teníamos que irnos, teníamos que irnos...».
El Combo se abalanzó sobre el Rápido.
«¡Hijo de puta, te dije que nada de armas!», pero las fuerzas no le alcanzaron para continuar. Se deslizó, quedando sentado en el suelo.
Ni se dio cuenta de que estaba llorando.
«Todo se fue a la mierda», dijo, pasando y repasando la manga de la camisa por la nariz. «¡Y a mí qué!», espetó el Rápido, como un tiro más. Luego enderezó el cuerpo, se ajustó el revólver en la cintura y empezó a alejarse.
El Combo lo vio caminar, sin dificultad, lo vio con sus propios ojos, mojados, pero lo vio. También cayó en cuenta de que el Rápido iba en dirección equivocada, que no era la de su casa.
—62→Después no supo más.
Quedó dormido encima del cuerpo del Petro, encima del muerto.
Estaba soñando lo de la cachetada y el desmayo cuando se le abrió un ojo, el que siempre madrugaba más que el otro.
Deseó no haberlo abierto.
—63→
El ruido de los automóviles interrumpía la inquietud de la noche o más bien se estrellaba contra ella, atropellándose en las esquinas. Era un ruido creciente y luego menguante, como si pasadas rápidas de aire lo llevasen hasta hacerlo desaparecer en la distancia para después repetir el proceso. No era un ruido solitario. Lo acompañaba el acompasado, aunque no constante, roncar de Bruno, de cierta forma similar al de los automóviles. Eran paladas de aire tembloroso que, en este caso, repercutían en mis sienes, en mis oídos, en mi sueño perturbado, y también en la rabia, en los deseos insospechados que surgían ajenos a cualidades anteriores.
Al día siguiente, el del olvido, Bruno afirmaba que no podía hablarse de ronquidos, que la mía era una falsa interpretación de otra forma de lenguaje, algo tan sutil que llegaba a ser incomprensible para los demás. «Un lenguaje no tradicional», dije ese día, por decir algo, por recurrir a un destello de inteligencia, por dejar a Bruno en su lugar. «Eso, eso», sonrió, levantando el dedo -siempre el índice-, produciéndome una confusión de mensajes pues no podían saber si era un dedo acusatorio o de aprobación de mi salida intuitiva. «Algún día los voy a grabar», me dije para mis adentros. Esperaría la ocasión, entre dormida y queriendo dormir, entre deseos de soñar o de recordar algún sueño fugaz para después continuarlo. En fin, me encontraba frente a una situación extrema, con serias características amenazantes de la tranquilidad conyugal ya amenazada. El asunto de los ronquidos fue el tiro de gracia, el atropellamiento final, la reducción, no sólo del espacio terrestre, sino también del aéreo.
Traté de recordar si Bruno ya era así cuando nos conocimos. Claro que no lo era, porque yo estaba lejos de conocer sus intimidades de cama. Debería haber algo así como un período —64→ de pre-matrimonio para probar las posibilidades de avenencia, un contrato no formal con opción de ratificarlo si se dan las condiciones, algo parecido a los arrendamientos con opción de compra («leasing» los llaman ahora).
En todo caso, no puedo dejar de hacer las comparaciones de tiempo: antes y ahora, volviendo de todas maneras al nudo ciego del no conocimiento de determinadas situaciones y su repercusión sobre mis nervios. Está claro. Pero ¿quién se iba a imaginar que un hombre que hacía de la noche la oportunidad propicia para continuar el asedio amoroso, recurriendo a serenatas, pudiera después -ese después que corta radicalmente una época- convertirse en un roncador casi profesional? Nadie. Nadie puede poseer una imaginación tan desajustada para concebir tal horror. Todo parecía estar pintado con nubes, con velos, con todo lo etéreo fabulado por la letra de la música, una música ascendente que llegaba al balcón más alto y golpeaba los cristales mejor que cualquier golondrina y sin necesidad de que vuelvan de alguna migración. Yo me asomaba con el corazón en vilo y una bata puesta sobre el camisón, desabrochada para que lo demás asomase y azotara todos los sentidos de Bruno, haciendo un pequeño saludo con la mano a los músicos -y a Bruno, claro- mientras sentía que el resto de la casa despertaba por partes para no perder nada de lo que, supuestamente, tenía que ser románticamente personal, único, propio.
No es el mismo Bruno el que destila ventarrones por boca y nariz, sin un orden predeterminado o preciso, semejando el ruido de un motor fuera de borda.
En vez de contar ovejas, cuento autos, pero aún así no logro quedar dormida. De pronto pasa uno con el escape defectuoso, o tal vez sin escape, y lo asocio, hago mis lucubraciones. Termina de pasar y quedo con la sensación de que en verdad no ha pasado, sino que ha atravesado la ventana para instalarse cómodamente a mi lado.
En estos países subdesarrollados no existen las asociaciones de socorro que por teléfono y a cualquier hora ayudan a la gente a salir de algún atolladero, evitando muchas veces —65→ el suicidio. En este caso no se trataría de un suicidio, sino de un crimen alevosamente premeditado. Disponen de personas que poseen el don de convencer con la palabra a través del hilo conductor, la voz susurrante que se introduce y cosquillea el oído hasta sentir que el supuesto suicida o criminal depone su actitud.
Hasta los curas y los rabinos duermen de noche y las iglesias y sinagogas se cierran. Nadie tiene derecho a enfermarse del alma en horas de la noche. Todo debería suceder en horarios de oficina. Si llamara al padre Tadeo a medianoche tal vez no suceda gran cosa. Pero ¿qué diría la esposa del rabino si lo despierto para hablarle al oído, para acercarle la antorcha de mi candente problema?
Las cosas no son tan fáciles.
Y eso de comparar el problema de uno con los de otra gente, de constatar eso de «mal de muchos...», en verdad no ayuda. Puede constituir sólo un alivio temporal, una forma de proteger los sentidos, de evitar la toma de medidas extremas.
Los automóviles continúan pasando. Hay gente que parece desconocer el propósito de la noche o equivoca el tiempo que se les trastoca, igual que a los bebés.
Estas cifras ya dan para el Guinness: en el trascurso de unas horas, cuatro a lo más, han pasado 89 vehículos a una velocidad promedio de 70 kilómetros. En vez de perder el tiempo contándolos, me valdría más hacer un estudio. Hasta me podría ayudar con mi problema. Pero ¿qué diría Bruno si le digo que para completar mi estudio debo trasladarme a otros barrios, otras calles, otras camas -y otras acompañantes, por supuesto-? Yo sé lo que diría: «cuéntame, ¿cuáles son tus intenciones? Porque esto no deja de ser un pretexto. Son esas novelas eróticas que lees antes de acostarte. Deberías controlar tus lecturas o tus emociones; lo uno o lo otro», así, tajante, siempre con el dedo índice en alto, sin pena ni consideración por mis sentimientos. «My feelings». ¡Qué bien suena en inglés! Claro que allá, en el país del norte, el problema que menciono sería suficiente para llegar a un —66→ juicio donde se lo catalogue como «incompatibilidad de caracteres», algo que engloba una serie de problemas dentro de los cuales el que me atañe estaría subrayado por quien sabe qué número de cofrades sufrientes. Y de ahí a un jugoso «alimony» no habría más que un paso. Pero el subdesarrollo subyuga a la mujer, limita sus derechos. Pienso que al Supremo Hacedor, en su apuro por castigar a la mujer con lo de «parirás con dolor», habrá agregado entredientes: «y sufrirás sumisamente los horrores del roncar masculino». Pero como esto lo sufre sólo alrededor de un tercio de la población femenina, ¿qué incidencia puede tener sobre otros problemas más sutiles o sublimados, tales como el estrés del hombre de 40 años?
La mujer estresada, a juicio generalizado, es una neurótica menopáusica que tiene demasiado tiempo libre, sobre todo el nocturno, para pensar en exceso. Las cosas en su lugar.
La almohada puesta sobre la cabeza no ayuda. Sólo me acalora, produciéndome una sensación de ahogo. Entonces me muevo, porque el estar quieta me inclina a continuar pensando o contando vehículos. Siento una mano bruja, o le doy esa característica cuando lo único que busca es frenar mis movimientos. Claro, le incomodo. Al día siguiente me dirá que no le he dejado dormir.
Durante el día camino como extraterrestre, o como supongo que ellos deben de hacerlo después de recorrer tanto espacio para llegar al paraíso terrestre. Todavía no he adquirido la tonalidad verdosa, que también supongo tienen los extraterrestres, ni el aspecto resbaladizo de babosa que algunos le atribuyen y que tampoco lo he observado en mi persona. Claro que cuando paso delante de uno de los tantos espejos que algún demente desparramó por la casa, me espanto, corro como desalmada hasta que recupero el sentido común y me aseguro -o me autoaseguro, porque el auto ya es parte de mi persona- que no tengo que huir de mí misma mientras Bruno, recién afeitado y bañado y oliendo a esa colonia que me recorre de arriba abajo -porque así lo dice la propaganda, —67→ y si uno no lo siente no está «in»-, besa la punta del aire más próximo a mi persona y se despide hasta la noche. Maldita noche. Ya no puedo escuchar la palabra que la define. Poca gracia me haría que se despidiera hasta el día siguiente. Las cosas en su lugar. Necesito urgentemente dos bolsas usadas de té para disminuir otras bolsas que amenazan arrastrar el resto de mi cara.
El camisón cae lacio, arrugado y sin gloria.
Trato de escuchar el ruido de los automóviles, pero, extrañamente, el día los aplaca. Hasta forman una masa que me impide contarlos.
Debería dormir de día y cuidar el sueño de Bruno durante la noche, igual que toda buena y doméstica mujer bíblica. Nada de que ahora los tiempos son distintos. Es parte de la gimnasia del auto-convencimiento. Hablamos de espacio como si el volumen femenino ancestral hubiese aumentado considerablemente.
Nunca he podido dormir durante el día.
Bruno regresará al atardecer, con todo el cansancio de un ser útil y provechoso.
Debo prepararme para hacerle frente, que no crea que me he estado bebiendo o fumando el tiempo. Ni siquiera fumo. Todavía me pesa lo que decía la bisabuela: «una mujer debe oler a ambrosía». Niego y reniego de mis ancestros. No, no puedo hacerlo. El espejo me lo recuerda. Esto no es mas que un bajón que se arregla con una pastilla, un trago, una cana...
No me gustaría que Bruno pensase lo mismo. Debo desarrollar algún tipo de estrategia.
Mmm... Anoche dormí como nunca. Me di cuenta de que estaba haciendo todo un problema de lo que no alcanzaba a tener esa categoría. No recuerdo si pasaron o no automóviles. No, tampoco tomé un tranquilizante. Volví a las tradicionales ovejas de las que no debí apartarme. Sólo que de tanto en tanto -en sueños, por supuesto- daba una pequeña patada a Bruno. Conté 750 ovejas, sin darme cuenta. Fue una —68→ noche larguísima. Lo que no comprendo es por qué Bruno amaneció con esa cara rutilante y esa sonrisa cómplice de la que no me hice cómplice, el andar pausado, el apuro medido y la frase «anoche te destapaste», dicha como si le preocupara algún posible resfrío. Fruncí el ceño, con gesto de sorpresa. Luego lo desfruncí. Evidentemente algo andaba mal, o empezaba a andar mal. Nada recordaba más que el haber dormido profundamente. La rabia inició un ascenso acelerado hasta despertar el contenido de mi mente: algo había pasado durante la noche, algo ajeno a mi voluntad. Sí, por supuesto, en ningún país civilizado un marido tiene derecho a tomar de sorpresa a su mujer, y menos aún dormida. Pero ¿lo estaba o me hacía la dormida?, me pregunté. ¿Fue parte de la táctica?, ¿de la estrategia? No continué investigando. Cuando Bruno se despidió, sin ganas de despedirse, casi estuve apunto de disculparme por todo lo tramado para interrumpir sus ronquidos. ¿Qué pasó anoche? No lo recuerdo. En los países civilizados... Pero ¡qué me importa lo que suceda en países que no son los míos! Tengo que prepararme de nuevo para no dormirme y poder seguir contando ovejas o automóviles. La verdad es que da igual, con tal de que...
Mmm, qué sueños extraños tuve anoche. Bruno tiene razón: no debería leer esos libros justo antes de acostarme.