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Desde la distancia semejaba una caparazón moviéndose al ritmo de un cuerpo. O podía ser un hongo silvestre aparecido por la magia de las lluvias. Lo que menos parecía era lo que en verdad era: una sombrilla. Nada que ver con un paraguas, aunque de la misma familia. Se trataba de una sombrilla para protegerse de los excesos del sol, un objeto utilitario ya olvidado en el trajín de lugares que habían dejado de ser pueblos, donde se buscaba perder la costumbre de su uso para no interrumpir su conversión a grandes ciudades.

Bajo la sombrilla, una mujer meciendo el tiempo, sin apuro. Se hacía difícil ponerle edad, armar o desarmar números para que cuadren con su rostro, sus rasgos, la actitud rugosa que bien podría atribuirse al reflejo del sol.

Cuanto más se acercaba, más visos de irrealidad tomaba su imagen, sobre todo por la forma de vestir.

Era de día para suponer o pensar que pudiera tratarse de una aparición, si bien el campo abierto alimentaba cualquier entuerto imaginario, aunque los ruidos de un silencio apenas cortado por sonoridades abiertas, daban lugar a detenciones del pensamiento o a su escape ocasional o accidentado.

Los brazos de la mujer iban cubiertos por mangas falsas, semejantes a las que en un tiempo se usaron en verano para asistir a misa, sin el riesgo de ofender el pudor de los santos con brazos desnudos. Eran mangas que podían calzarse como guantes y se afirmaban en su lugar por medio de una cinta elástica.

Además de las mangas, la mujer llevaba un manto negro cubriendo su cabeza, con una de las puntas del triángulo   —70→   suelta y la otra sujeta entre los labios apretados, dando la impresión de no tenerlos o de que le faltaran los dientes.

De pronto retiró la sombrilla y miró hacia el cielo, como queriendo cerciorarse de que continuaba habiendo sol o aún fuese de día. Caminaba por el medio del camino, una franja de tierra roja semejante a un largo jirón de carne. Así de roja era, o tal vez tantos entierros habían acabado por teñirla.

Los pies descalzos de la mujer iban marcando pistas o desmarcando las anteriores.

Era un camino que tentaba a confusión, por las formas de talones y dedos contrapuestos que fueron arcillándose entre lluvias y más lluvias, y en tantas pasadas de gente movediza hasta ser fijadas por los vientos y los soles.

La mujer se detuvo frente a una casa, o una irrealidad de casa temblando el espejismo del sol. Alguien salió del interior, ofreciéndole agua en un jarro. La mujer bebió unos sorbos y con el resto se enjuagó la boca, lanzando el líquido al costado para no salpicar a nadie. Parecía un rito y ella la encargada de mantenerlo. Retomó su andar, con el mismo paso lento y decidido. No tardó en formarse otra mujer a su lado, de igual apariencia: pies descalzos, sombrilla y manto. La nueva mujer fumaba un cigarro, o quizás sólo lo llevaba prendido del costado de la boca para forzar el rostro a tomar esa dirección.

A poco andar, ofreció el cigarro a la primera mujer, quien mantuvo un buen rato entre los dientes, regresándolo al tiempo que lanzaba un escupitajo, limpio y certero.

El sol continuaba en la misma inclinación, vertical tirando a sesgado. Era evidente que las dos mujeres conocían el camino y que no dejarían de caminar hasta agotarlo.

Más allá o más acá, como sucede cuando no es posible tener claro el ajuste de distancias, se detuvieron frente a otra casa de igual característica a la anterior. Bebieron parte del agua ofrecida y se enjuagaron la boca con el resto.

El camino seguía abierto, como no queriendo ceder y acortarse o para disminuir el cansancio de las mujeres, aunque ellas no daban muestra de estarlo.

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La tercera surgió de un pestañeo de alguien o de algo, así de cierta o imaginada, así de firme en la actitud de los pies, grabando y grabando la tierra con señales de uñas o escupitajos, o de la ceniza del cigarro paseante de boca en boca, sin estar encendido.

Eran tres motas de carne presionadas a caminar por alguna fuerza flotante.

El tiempo no daba muestras de querer atrasarse o adelantarse. Más bien no daba muestras. Sólo la inquietud pujaba para hacer más solidario el silencio y dejar que las mujeres actuasen debido a quien sabe qué anuncios o presagios.

Avanzaban como si supieran la dirección de sus metas. Les faltaba caballos para poder calificarlas de jinetes y endilgar su presencia a algún apocalipsis inconcluso.

La falta de rostros visibles hacia más negras las figuras, más unificadas en su presencia. Parecían mujeres atadas por la descordura, buscando el apoyo mutuo para continuar en la irrealidad de la visión. Era posible que una cuarta surgiese de alguna mancha nocturna, sin siquiera llegar a ser sombra, y lograra formarse por asociación.

Los mantos negros tomaban de pronto forma de alas, fustigando el aire en busca de cuerpos que facilitaran la huida. Quizás entonces solamente quedarían remedos de cuerpos, o esqueletos deseosos de iniciar danzas macabras para alejar espíritus envidiosos.

Había mucha noche, o madrugada.

Tal vez eran monjas habituadas a lidiar con miedos indeterminados, porque no eran lugares para mujeres sin entrenamiento.

La lluvia observaba desde las alturas, sin animarse a agregar más complejidad a la escena. Quizás no eran más que mujeres de barro que irían a deshacerse con las primeras gotas.

Entonces el viento empezó a incomodarse, soplando hacia un lado y luego hacia el otro como si le fuese difícil decidirse.

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Las mujeres seguían al viento en su vaivén. Entre cambio de noche y afianzamiento de madrugada, un rojo intenso cubrió el cielo, el horizonte. Los relámpagos se frotaban entre sí, produciendo más chispas. Sin embargo, no era cosa de los cielos. Enseguida se sintió el ruido de truenos en su choque mutuo, atemorizando la atmósfera. Pero no eran truenos, sino ladridos de cañones saturados de carga, toda una contienda en pasado que no obstante dejaba libre el paso de las mujeres como si estuviesen acostumbradas a sortear artillería, pesada o no, con sus piernas de aves en tierra preparándose a levantar vuelo con pequeños saltos tentativos.

La distancia iba quedando atrás y ellas cada vez más avanzadas en su acercamiento, cubriendo y descubriendo espacios. Había apuro en el aire, en ellas, en los mantos cada vez más negramente apretados por dientes tal vez negros también.

Empezaron a agacharse y rebuscar en desechos de tierra y creceduras de plantas, a revolverlas como si entre medio, igual que los pájaros, fuesen a encontrar alimento. Metían manos vacías y las sacaban del mismo modo, repitiendo gestos con resultados semejantes.

De nuevo la distancia juega entuertos y semejan sembradoras del cuadro de Millet, y están a gusto en el cuadro, aunque muy solas en la aventura, en la conquista de espacio y tierra, en la búsqueda estéril, mujeres que abandonaron su lugar y su tiempo traspasando fronteras enterradas en la historia.

Sin embargo, parecen escapar para llegar, o llegar de escapes imposibles de ese libro que las marca fuertes por sobre todo.

Continúan su avance, sobrepasando reglas físicas o límites naturales o lo que tuviese que ser, porque son misioneras, no mujeres buscadoras de tesoros, sino de hombres que habían sido suyos con distintos nombres y parentescos. Son mujeres extraviadas que aún piensan encontrar lo que han perdido, son residentas de ley, de espíritu, de estar ahí, en el   —73→   campo de batalla, carne de alivio para sus hombres. No podían ser otra cosa. Son mujeres de alma y cuerpo, más bien olvidadas de cuerpo, las que vagan sin reposo para alejar sonidos de guerra y no vaya a ser que de nuevo sean obligadas a retomar sus puestos, a cobijar presentes anteriores.



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ArribaAbajoUn hombre inadvertido

Esa mañana se vistió con movimientos cansados, con cuerpo cansado como si la noche no hubiera sido suficiente.

Eran sus miembros, evidentemente, los que se resistían a encontrar mangas o lados de pantalones, o a deslizarse dentro de los zapatos.

Podía ser un problema de la atmósfera el peso que impedía la circulación libre, leve, de brazos y piernas. Sus ojos no estaban ajenos al cansancio, abriendo y cerrándose al compás de la boca para terminar con un lloriqueo involuntario.

Parecía una burla del día, una forma de frenarlo o refrenarlo.

Pero era preciso que salga. El ser pensionado ocasionaba problemas de dedicación, de fechas, de no caer en olvidos que no sólo lo afecten a él, sino también al desarrollo normal de la oficina encargada. Había que actuar con un poco de conciencia, por mas que «a mí no me están dando nada gratis; es un derecho, aunque a veces hasta los derechos son cuestionados», pensó. «Es más fácil llegar con los papeles en orden, mostrar el carné, retirar el cheque, cobrarlo y esperar después el mes siguiente».

Tomó los papeles, asegurándose de tener el carné de identidad.

Era temprano aún.

No había prisa, a pesar de la falta de fuerzas con que había iniciado el día.

«¡Qué extraño!», exclamó al mirar los papeles. «Me han retrasado dos semanas sobre la fecha de cobro. ¡Qué extraño!», repitió.

Hizo un recuento mental del transcurso de las últimas semanas y no le pareció que hubieran pasando tantas.

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Aún le quedaba algo de plata. Claro que contaba con una pequeña cuenta para casos de emergencia. Sin embargo, no podía recordar o poner en claro sus propios movimientos de ida y vuelta, de boleta de retiro o de ventanilla de banco.

«No, no lo he hecho. He gastado menos, sólo eso. El hombre encargado de las planillas lo echará a la risa. Seguro que va a insistir sobre problemas de olvido», dijo, cerrando la puerta.

Avelino Escobar vivía solo.

Siempre lo había hecho, desde que la postergación del matrimonio, primero por no perder la libertad y luego por acostumbramiento hasta terminar renunciando por dejadez, había dejado de molestar sus deseos o su pensamiento. La soledad la compartía con otros, en su misma situación, en el café donde los domingos analizaban en conjunto los problemas de quienes habían optado por casarse.

«Además de la esposa, tienen que lidiar con los hijos», decían, con la tranquilidad de encontrarse a salvo.

No podía quejarse.

«Quizás la pensión no hubiera sido suficiente para mantener zánganos», murmuró en camino hacia la «oficina de tramitación», como la llamaba.

Había gente.

Estaba habituado a la espera.

Además, era una forma de usar el tiempo.

No era hombre de quejarse, por otra parte.

«Si hay que esperar, se espera», dijo, en voz alta.

No constituía una novedad y nadie hizo caso a Avelino Escobar como para molestarse con alguna respuesta. En general, era una fila cansada, de arrastre de años de servicio.

La sorpresa del hombre de la ventanilla, del mismo que siempre le había atendido desde el inicio de su retiro, repercutió en Avelino Escobar.

«¡Pero si usted no existe!».

«¿Cómo dijo?», preguntó Avelino Escobar.

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«Que no existe», y tomando un fajo de papeles los hojeó hasta encontrar el correspondiente. «¿No ve? Acá está. Véalo usted mismo», dijo, mostrándoselo. «Avelino Escobar, fallecido el día...».

«No puede ser. Usted me conoce, sabe que yo soy Avelino Escobar».

«Lo entiendo, pero ya figura en la lista de defunciones y no puede cobrar la pensión. Tendrá que hacer las gestiones para que lo reincorporen».

«Las tendrán que hacer ustedes», dijo Avelino Escobar. «Yo estoy vivo. Ustedes tienen que probar lo contrario».

«No es así como funciona el departamento. Es usted quien tiene que demostrar, no con su presencia, sino con la identificación precisa de que en verdad está vivo. Este documento certifica su defunción».

Avelino Escobar se dio cuenta de que la situación era seria.

Pidió ver de nuevo la fecha del certificado. Tenía una anterioridad que coincidía con su retraso.

Era de no creer.

«Con qué facilidad se mata a la gente», dijo, pero tampoco nadie de la fila recogió su meditación. Más bien había cierta impaciencia por la demora, por su insistencia ante el hecho concreto. A nadie importaba que creyeran muerto o no a Avelino Escobar.

«¿Qué debo hacer?», preguntó en acto de complicidad o de entrega. No lo tenía claro, pero había que hacer algo.

«Debe conseguir el certificado de nacimiento. Original, porque en estos casos no se admiten fotocopias, legalizarlo ante notario, conseguir testigos que certifiquen que aún está vivo, presentarse con los testigos ante el juez que corresponda, dirigirse a la oficina de defunciones y levantar un acta, también con testigos, y esperar entre seis meses y un año a que den curso al asunto y pongan el sello de 'nulo', a su defunción».

«¿Quién pagará el costo de los trámites?», preguntó Avelino Escobar.

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«Los tiene que hacer el interesado».

«Pero yo no estoy interesado en nada. Lo que usted tiene en la mano es falso; yo estoy vivo y encima me piden que lo demuestre. Mientras tanto, ¿quién responde por mi pensión?», inquirió ya molesto.

«No la podrá cobrar mientras subsista su condición de difunto».

Le pareció que el hombre de la ventanilla, quien siempre había sido tan amigable, de pronto se convertía en un extraño, un enemigo tal vez.

Se palpó el cuerpo con ambas manos. Revisó sus documentos. Los tenía todos. Aún así, ante las miradas de reproche de la gente de la fila le asaltó la duda. Quizás era un atrevimiento el suyo de pensar que estaba vivo. Quizás el cansancio que sintió al levantarse, la falta de fuerzas, no eran más que una advertencia para que no siguiera insistiendo con sus actos habituales de vida.

No, nada de eso.

«Nadie puede ser tan estúpido hasta el punto de no saber si está vivo o si ya ha dado el paso final», recapacitó. «Es consecuencia de esas computadoras que trastornan en vez de ordenar. Semejan fábricas autómatas de palabras. Sin embargo, dicen que son estúpidas, que no hacen nada que no se les mande. ¡Claro! Ahora caigo. Siempre nos confundían de nombre: Avelio Escobar y Avelino Escobar. Justo. Hace más o menos quince días que falleció. Quien ordenó a la computadora metió mal el dedo. Mientras tanto, estoy muerto. Como suele decirse, uno es culpable mientras no demuestre lo contrario. En otros países sucede al revés. Por acá parece que somos malos de nacimiento. Primero la culpabilidad y después veremos».

Avelino Escobar caminó largos de calles, sin darse cuenta de que no llevaba la dirección correcta. Más bien era todo lo contrario como si buscara lejanías para recomponerse, para ordenarse sin que otras manos, semejantes a las que digitan las computadoras, lo hagan por él con el peligro de la equivocación.

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«El problema es que el error está registrado y, como de todos modos hay un muerto y otro que no lo está, a la máquina le da igual quién está ocupando el lugar de quién».

De pronto reaccionó.

«Esa puede ser la solución. Qué más da ser Avelino o Avelio. Pero tendré que conseguir toda su documentación, apropiarme de su identidad. No, puede tener familia, hijos, deudas, qué sé yo. Debo pensarlo».

Por más que continuaba pensando, tomar el lugar de un muerto no le conformaba, como tampoco el de aceptar que lo consideren muerto. Renunciar a la pensión se abría como posibilidad.

Los ahorros mantenidos a lo largo de los años «por lo que pudiera ocurrir», justificaban su previsión.

Aparentemente, el momento de lo que «pudiera ocurrir» había llegado, aunque el objetivo original, según recordaba, era distinto.

«Quizás esté tan muerto que no necesite atención médica o de hospital, como siempre he previsto».

Era la distribución del tiempo la parte que no cuadraba en la supuesta renuncia de la pensión.

Después de todo, era una mañana entera la que tenía ocupada y después, entre vueltas de palabras y conversaciones iniciadas que no podían cortarse así no más, algún pensionado, tan solitario como él, continuaba hablando y él contestando hasta que, sin darse cuenta, emprendían el regreso, alejados del apuro de otros caminantes.

Debía pensarlo.

Además, ¿por gracia de qué santo entregaría así no más lo que le correspondía por derecho, por años de servicio, por vejez? «No, no exageremos. Lo de vejez es un agregado aún sin causa», recapacitó. Pero tampoco tenía edad o energía para peticiones de duración incierta.

El largo plazo era preciso descartarlo.

Caía por su propio peso.

Pensar en un abogado estaba en proporción indirecta con sus ahorros.

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Avelino Escobar vio cerrarse puertas mientras retrocedía y seguía retrocediendo hasta quedar reducido a la calidad de insecto, mientras un pie, no tan grande como para inspirar temor, lo aplastaba igual que a un ser de segunda.

Estaba cayendo en segregaciones que hubiera querido evitar, pero la culpa era de quienes habían iniciado la cadena. Él no era más que un eslabón, un nombre borrado arbitrariamente. Recordó su espíritu de lucha en los años jóvenes. Lo recordó como equivocación de memoria, pues nunca lo tuvo. Quizás por lo mismo no emprendió otras aventuras, la del matrimonio entre ellas.

Era un hombre monótono, atemorizado hasta en su forma de caminar: las manos tomadas hacia atrás, la cabeza inclinada, su andar medido. Hubiera podido tomar los hábitos. El olvido cobijaba pasados de pasión, luchas, liderazgos, atropellos de razones jóvenes...

Era el recurso para no admitir que no los había tenido. Era un hombre sin subidas o bajadas de tono, vestido de hombre para aparentar serlo: el traje cruzado o recto según la época, la corbata ancha o angosta, siempre en su lugar, cerrando el cuello más largo o más corto de la camisa blanca o celeste para adecuarla a la ocasión.

No agregaba o restaba nada a la humanidad.

Podía pasar inadvertido.

Lo estuvo siempre. La enfermedad se había agudizado.

El hecho de que lo hubieran borrado no cambiaba gran cosa. Sólo la pensión. Sí, debía aceptarlo. Seguirá yendo los días de pago. Hará la cola y al llegar a la ventanilla dirá lo mismo que ha estado diciendo hace algún tiempo, desde el inicio del asunto, que sólo guarda el espacio para Avelio Escobar; «siga usted», indicará al que esté detrás y se pondrá de costado hasta que termina la fila para regresar con quien sea hacia donde fuere, porque nadie querrá desviarse para acompañar a un hombre que no existe, un hombre que nunca ha dado guerra, que ha   —81→   aceptado la imposición de su propia muerte. Por eso no le sorprende que el hombre de la ventanilla, con el derecho rubricado por firmas y sellos, por la fuerza de propiedad de la ventanilla, continúe preguntando, «¿aún aquí?», y él, Avelino Escobar, sin animarse a escuchar su voz de ánima, sólo sonría, como excusándose.



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ArribaAbajoSe venden trinos de pájaros

El hombre se detuvo, a un tiempo, frente al cartel y al portón. Miró la casa, tomando los barrotes de la reja con las manos como queriendo conocer lo de adentro antes de pulsar el timbre. Pero había silencio en ese momento del día, un silencio de media tarde o una tarde medio silenciosa. A veces el hombre no estaba muy seguro de los encuentros que le deparaban sus andanzas, consecuencia de esos pies inquietos o indecisos que lo llevaban y traían en las cuatro direcciones que, siguiendo las locuras del poeta, decía que sólo eran tres, para afirmar finalmente que sólo dos: el norte y el sur.

Era evidente que el hombre era conocedor de casas, de carteles, de detenciones, para enterarse de cuanta relación pudiese tener la casa con sus moradores, la casa con los carteles, los carteles con los moradores o, por último, ninguna relación entre unos y otros, pero, buscando motivos, se detenía o gustaba de hacerlo para encontrarlos.

Buscó el timbre entre el crecimiento de plantas que cubrían la verja. Lo buscó, en verdad, para dejar de estar parado, en posición extraña, con temor a desatar sospechas de quienes paseaban el domingo en esas dos direcciones que la gente hacía cuatro.

Adelantando el dedo índice, lo presionó.

El timbre sonó, sin muestras de detenerse o tal vez con ganas de hacerlo para sentirse a sí mismo porque en todo el día nadie lo había pulsado. Con dos dedos estiró el botón para que dejase de hacer contacto.

Adentro, en el piso superior de la casa, alguien observaba detrás del temblor de las cortinas. Había curiosidad en la actitud del hombre, en sus ojos, en la forma de estar parado como animal en acecho pronto a saltar y desaparecer al menor ruido o molestia.

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Quien observaba desde arriba era una mujer de edad algo recorrida, pero de movimiento aún joven. Se alteró con el sonido del timbre y le pareció que el aire se ponía a temblar o a titubear, a dejar de comportarse de la forma habitual.

Debía calmarse antes de decidir cualquier gesto o movimiento, o más bien «la estrategia a seguir», como a veces acostumbraba decir por su afición a la lectura de novelas policiales, las que de cierta forma la llevaban a armar historias, imaginar desenlaces o asestar el golpe a quien resultase culpable. Pero su mente ostentaba el blanco más impertinente. De modo que, para cortar la observación -protegida por la ventana- y evitar que el hombre vuelva a presionar el timbre, cruzó el pasillo, descendió por la escalera y se buscó cada parte en el espejo de la entrada antes de abrir la puerta. Luego, alisándose el vestido, caminó unos metros hacia el portón, sin dejar de observar al hombre.

«Buena casa», dijo el interesado en el cartel, iniciando el diálogo.

«¿Viene por los trinos?», preguntó ella.

«¿Los sigue teniendo?».

«Claro».

«Sin embargo, no los escucho», dijo el hombre.

«Bueno, es normal, no trinan todo el tiempo. De lo contrario, imagínese, terminarían afónicos y agotados. Nos pasaría lo mismo si todos habláramos sin parar».

«No le falta razón», admitió el hombre. «¿Es bastante la producción?», preguntó.

«Suficiente. Algunos días más que otros».

«¿Le da para vivir?».

«Tanto como eso, no, pero me las arreglo».

«Estoy sorprendido», dijo él. «Fijese que a mí no me resulta, por más que he tratado de rodear a los pájaros del entorno necesario, de colores, de distintos aromas. Producen sonidos que no pueden catalogarse como trinos, sino más bien como quejidos».

«Quizás no los entrena debidamente».

«¿Usted lo hace?».

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«¿Ve esa ventana allá arriba? Hago temblar los visillos y piensan que es la orden para largarse a trinar. Si deseo sonidos más agudos, levanto la cortina, si quiero lo contrario, la dejo caer. Es un asunto de observación mutua».

«Usted debe de ser una experta en trinos», dijo él, con admiración.

«No tanto», sonrió ella. «Hay muchos factores que considerar: el tiempo, la temperatura, la disposición que puedan tener los pájaros... En fin, hay que saber incentivarlos».

El hombre hizo un gesto de interrogación.

«Tengo un diapasón con el que doy el tono. A veces uso una flauta, otras mi propia voz», dijo ella.

«Es admirable».

«¿Usted cree?». La mujer pareció halagada, volviendo a alisarse el vestido.

«Por supuesto. La producción de trinos exige gran conocimiento, según puedo apreciar. Ya ve que a mí no me resulta. Estoy pensando en cambiar los pájaros o...».

«No, no se trata de eso», interrumpió ella. «Sería como renunciar a algo por falta de empeño. Hay que utilizar lo que se tiene. ¿Les habla usted a veces?».

«No se me había ocurrido».

«Hay que buscar o crear sistemas. De cierto modo, los pájaros se parecen a los niños: uno debe dirigirlos constantemente».

«No he tenido esa experiencia. Alguna vez sentí proximidades infantiles como si algún deseo fuera a concretarse, pero se evadían, quizás porque mi proximidad no era la adecuada. Hasta que el tiempo se cansó del intento. En todo caso, se me hace difícil comprar algo sin verlo, sin apreciar por lo menos la calidad. Usted sabrá como hacer para que trinen».

«Eso no; no son capaces de responder a ningún tipo de presión».

«Entonces, ¿cómo hace para venderlos?».

«Sobre pedido. El cliente tiene que indicar la cantidad, el tono que prefiere, la intensidad del trino, y yo los junto.   —86→   Debe darme un tiempo prudencial de acuerdo con la cantidad».

«¿Usted los envía o hay que venir a buscarlos?».

«Desconfío de los envíos. Pueden extraviarse en el trayecto, como ya me ha sucedido. Hay tantos pájaros envidiosos por estar imposibilitados de trinar por cuenta propia.

«¿Dispone de personal capacitado?».

«Es un oficio difícil de delegar».

«De acuerdo, aunque de pronto me gustaría que otro se ocupara de la recolección diaria de trinos».

«¿Diaria?», preguntó ella. «No debe hacerlo. Es mejor dejar que se acumulen para permitir que el sonido se estacione. A veces los trinos en reposo producen nuevos trinos. Pero, qué descortesía, no le he abierto el portón». Saca un manojo de llaves de un bolsillo y abre. «Pase, pase».

«¿Dónde tiene a sus pájaros?».

La mujer pareció sorprendida. «En ningún lado», respondió. «Van y vienen, se instalan donde quieren».

Fue el turno del hombre de sorprenderse.

«Los míos están en jaulas, más grandes o más pequeñas de acuerdo con sus tamaños. Es una forma de protegerlos, de evitarles accidentes, de que no se junten con otros de inferior calidad. Piense usted en un atentado de otros pájaros. Podría ser catastrófico».

«Es extraño. Los míos son muy inteligentes. Vienen a pedirme que los condene cuando ya no les queda trinos».

«¿Y usted los condena?».

«Depende. Primero los pongo a prueba, los entreno de nuevo. Muchas veces olvidan que siguen siendo pájaros por culpa de influencias extrañas, de vientos diferentes, de cambios atmosféricos. Cuando no pueden recuperar su calidad de pájaros, cuando he agotado mis fuerzas y las de ellos, se entregan. Esa es su forma de morir».

«No los mata entonces».

«¿Cómo lo llamaría usted?».

El hombre quedó callado, haciendo ademán de retirarse.

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«¿Sabe?», dijo, «pensándolo bien no creo que me convengan sus trinos. Son muy diferentes. Pensé que sería aconsejable ampliar mi colección, cruzarlos con nuevos trinos, pero podrían aniquilarse entre sí. Deben ser del mismo costal para que no se entorpezca el resultado. Las mezclas pueden resultar dañinas. No se molesta, ¿verdad? Pero ¿qué hace?, ¿por qué saca el cartel?, se extrañó ya en el exterior de la casa, de nuevo frente al portón cerrado.

«Decidí no venderlos. Gente como usted los contamina. Tendré que esperar mejores tiempos o mejores... En todo caso, tendré que esperar». Y con el cartel bajo el brazo, chasqueando dedos y llamando, «ts, ts, ts», asombrándose de gestos ante la bandada imaginaria, la mujer desapareció, manoteando el aire para desalojar a uno que se había posado sobre su hombro.

El hombre, tomado de los barrotes, «se le abrieron las jaulas», dijo. «Siempre se debe controlar los cerrojos», rió, mofándose del descuido de la mujer.



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ArribaAbajoProblema de vocación

No era como para quedar prendada de la cara de Sindulfo Aguilar, más aún con la advertencia de su madre de no prestar atención a esas pasadas de domingo con actitud de ángel de fin de semana. Pero los ojos de Sindulfo, repartidos por todo su contorno y que la hacían consciente de su cuerpo, le causaban un temblor difícil de ocultar. Fue así como Adelaida Ortiz bajó bandera, quedando toda ella a merced de Sindulfo, empleado de correos encargado de poner el sello de salida a cuanta correspondencia hubiera. De manera que eso de «trabajar sin horario» era cierto, porque nunca podía estar seguro de la hora de salida, y lo de andar a veces con el brazo sin dirección fija -por ese ir y venir entre papel y almohadilla- produjo el primer inconveniente entre ellos cuando afirmó que el brazo se le había ido y Adelaida preguntó por qué hacia esa parte, y él insistió en que todas las partes de un cuerpo eran iguales, y doña Amalia, la mamá de Adelaida, intervino para aconsejar en ese sentido a su hija, quien era nueva en esas cosas a pesar de las lenguas que pasean ocios en lugares donde poco ocurre. Así que Adelaida, como forma de frenar esa avalancha de brazos sin sonido de sello, hizo saber a Sindulfo que ella conocía las diferencias de ubicación de los lugares, aunque el cuerpo fuera uno solo.

Fue un arreglo silencioso porque, cuanto menos palabras mediaran, era mejor ahí, donde los sitios y las palabras luchan su acomodo para terminar en una indefinición, signo característico de todo acontecer cuando las cosas pecan de pura falta de importancia o de razón. Pero Sindulfo temía a los acuerdos, esos «enredos de a dos», como decía.

Sindulfo Aguilar y Adelaida Ortiz se volvieron pareja digna de ver en las tardes calurosas de la costanera bordeando el único río con esa calidad, paseando su amor a vista de   —90→   curiosos, mostrando la limpieza de sentimientos -casi ordenados por abecedario- que culminarían en la iglesia a su debido tiempo, siempre que algún hecho, de esos imposibles de prever, no adelantara el evento.

El problema era Sindulfo, hombre activo, contrario a dejar para el día siguiente lo que pudiera hacerse en el momento por esa costumbre tan adentrada de cumplir hasta el límite de sus fuerzas, a pesar de que últimamente se le corrían los pensamientos o se le escondía la puerta, como juego de niños. Pero él ya no era niño...

Otro problema lo constituía doña Amalia, con su actitud invariable de misa de cuerpo presente, ajena a necesidades del sueño, con cables tendidos y recogidos en cada jornada como pescador baqueano, llenando redes de fantasías con sus tejidos y costuras que iban desbordando un arcón con el cual tropezaba la vista de cualquier visitante, sin necesidad de caer en explicaciones.

«Es para el ajuar de Adelaida», caía la baba en frase.

Pero no hay ojo que no traicione el descuido del otro, aunque se asegure, a ojos cerrados, que nada puede ocurrir en ese pestañeo de tiempo. Pero Adelaida era de carne y hueso, sin saberlo por completo, y estaba sellada casi de arriba abajo por Sindulfo; así que el resto no hubo más que deducirlo y empezar a mover los dedos para calcular el término.

Sindulfo se fue retrayendo después del conocimiento íntimo de la virtud de Adelaida, quizás por miedo al compromiso o a que los resultados se hicieran de pronto evidentes. Se envolvió en un aire atormentado y no demoró mucho en mostrarse con sus sentidos en dirección extraña; los sellos caían fuera y dentro de los sobres y papeles, haciendo pensar que el enamoramiento lo tenía así. Doña Amalia movilizó todos sus sentidos, llamó fuerzas ocultas y se dispuso a la lucha, cerrando filas.

«Se le pasará después del matrimonio», dijeron, y doña Amalia se adhirió con alma y vida a la afirmación, a pesar de que Sindulfo no había manifestado deseo alguno al respecto y sus visitas se habían espaciado, hasta el punto de   —91→   hacer necesario llegar a su domicilio para asegurarse de que estaría en la iglesia el día acordado con Adelaida para la ceremonia.

Era como si el desborde del apasionamiento lo hubiera puesto en estado de aislamiento vacío, privándolo de una huida a tiempo o de una reacción que cortara el manejo de su persona, de sus sentimientos, los que veía alejarse sin poderlos retener, poblando noches de sueño alterado donde no hacía más que correr y correr sin cambiar nada. No era miedo; más bien un temor desubicado que recorría, por turno, pedazos de su cerebro.

Antes de darse cuenta, se encontró embutido en el traje oscuro, con una flor ridícula en la solapa y zapatos que le apretaban la parte más saliente del juanete.

Parado frente al altar, convencido de que le estaban ordenando sacerdote, dijo: «sí». No pudo explicarse por qué salió con una mujer, de semblante bastante conocido, colgada de su brazo.

«Siempre quiso ser cura», comentaba su madre.

Nadie pudo explicar o interpretar el cómo o el cuándo del conocimiento de los ritos religiosos que tenía Sindulfo, los que aplicó desde entonces en la soledad del oratorio ubicado en el cuarto matrimonial, presionando a Adelaida para que lo secundara vistiendo un traje largo que la cubriera hasta los tobillos.

Adelaida Ortiz lo hizo durante un tiempo, pensando curarlo de esa manía religiosa, despojándose noche tras noche de las vestimentas obligadas, convencida de que así podría volverlo a su condición de matasellos humano. Pero no hubo caso. Salió un día, escapando de esa atmósfera que estaba a punto de asfixiarla.

Sindulfo Aguilar siguió con su «sacerdocio» hasta su último respiro, vestido siempre con el traje de casamiento.

Los del asilo aseguran que en toda la historia del establecimiento no habían tenido uno mejor.



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ArribaAbajoEscribiendo a Manuela

Es, sin duda, una mujer de edad apaciguada, con restos de brillo en los ojos y las cejas empezando a buscarse para converger en el pliegue central.

Se pregunta por qué no fue al París de 1968 para reforzar filas. Tal vez las filas ya estaban cerradas, las barricadas puestas y nuevos brazos no eran necesarios.

Los periódicos corrían noticias con jóvenes de rostros iracundos, todos jóvenes y todos iracundos.

Quizás ella ya había pasado edades de lucha y su rostro no era apto para enfoques de lentes ofuscados. Puede ser. Treinta años se notan cuando hay que correr, sea para perseguir o buscar refugio.

Tampoco fue a Woodstock.

«Está muy lejos y no vale la pena», escuchó de labios marcados por la dejadez del tiempo.

Hubiera querido saber el verdadero sentido de «valer la pena», o cuáles son las penas dignas de consideración y cuáles las que sólo merecen ser cargadas con el lastre de lo no realizado.

Hubo noches en las que sintió crujir castañas asadas en grandes tostadores callejeros y mujeres rubicundas ofrecer conos de papel llenos de ellas, mujeres en formación cerrada para no permitir pasos indeseables.

Pero ella estaba lejos, ausente de cuerpo, vibrando cuerdas internas con música propia, demasiado interna para cualquier forma de percusión.

Nació con las alas plegadas; un defecto deformador progresivamente aumentado.

Manuela tuvo más suerte.

Logró deshacerse de plegamientos de forma, buceando fondos demasiado profundos para que pudieran alcanzarla.

  —94→  

Partió en su propia nave, llevando su euforia para agrandar la que ya estaba en juego. «Porque algo hay que jugarse», dijo, «aunque al final no quede qué repartir».

Pobre e inmóvil manera de partir de Manuela.

Querida tú (encabezó Manuela su primera carta):

Esta es una gran olla donde las cabezas se pelean por obtener un hervor. No hay programas ni horarios. Sólo el correr de un deseo que nos envuelve, remece hasta morder partes sensibles del pensamiento. Es todo un preámbulo para que vaya siendo anotado en la memoria. «Las castañas están caras», podría utilizarse como lema o código o pase, y, si analizas el contenido, te darás cuenta de que estamos en vías de que nos vendan cáscaras y quedemos convencidos de la falta de malicia en el hecho. Por eso estamos en lo que estamos. A veces el miedo mimetiza mi cuerpo con una pared oscura, con un repliegue escondido, con cualquier cosa que me disfrace y pueda alcanzar otra jornada. Soy y no soy parte, aunque existe una homogeneización de rostros, caracteres, nacionalidades donde es posible insertarse. He dejado de estar al margen, corriendo paralelos seguros mientras en los otros suceden hechos productores de cambios. Por primera vez veo las cosas desde adentro, sin que pasen por intermediarios que entreguen su historia a través de las páginas de un libro, aunque finamente relatada. Las calles huelen a nuevas, a recién hechas, y sobre ellas el grito reivindicativo y el pensamiento que me inunda: «¿qué pasará mañana cuando todo haya pasado?».

Querida Manuela:

Siempre has querido estar en el meollo de lo que estuviera por ocurrir, o a veces creo que detonabas lo que apenas era insinuado para posesionarte de la situación. En cambio, todo lo que yo hubiera deseado ocurre lejos y a otros, o tal vez no sé encontrar hechos que merezcan ser resaltados y en verdad representen planteamientos que conduzcan a una valorización de derechos conculcados. Quizás el inmenso océano   —95→   que nos separa marque diferencias o la tradición nos haga ver, como naturales, la continuación de obligaciones que, de algún modo y desde niveles más altos, son diariamente renovadas para evitar lo que justamente está ocurriendo allá.

Quisiera saber si lo que sucede está igualmente concebido o dirigido por hombres y mujeres, si la voz es escuchada, no importando de qué garganta salga, si el miedo femenino, ese que se siente por falta de fuerza, de arrojo o de debilidad innata o arrastrada, logra allá algún signo de disminución.

Siento nostalgia de lo que no tengo ocasión de experimentar, lo cual me parece absurdo. Quizás la sensación de absurdo signifique el inicio de algo.

Querida tú:

Me siento Carlota Corday cada vez que me pierdo entre la masa joven que, de cierta medida, reduce el peso de mis treinta años. Nunca imaginé que fueran tantos y tan mal repartidos en un tiempo que sólo requirió el movimiento automático de la mano para borrar los meses del calendario.

He bajado violentamente del monte donde, hasta no hace mucho, enarbolaba los diez mandamientos femeninos que se reducían a uno solo: «serás virgen hasta el día de tu matrimonio», repetido hasta completar la cifra y que al final no quede claro si se trata de un mandamiento o una maldición.

La lucha callejera ha cambiado muchos significados.

Pienso que los diccionarios de uso habitual tendrán que pasar por una revisión que alterará caras y costumbres.

Ayer, una bomba incendiaria explotó cerca de donde estaba. Dejó una marca oscura en mi pierna derecha. Me miraban como si hubiera sido condecorada.

La radio hace llamados a los que nadie responde.

Se vive un gran incendio que ilumina aún más la Ciudad Luz. A veces, con los ojos reflejando tanto fuego, me pregunto qué habrá sentido Nerón mientras observaba la danza macabra por él iniciada. Es probable que todo se reduzca a   —96→   una escena maléfica, monstruosa, que alguien irá a detener en el momento cumbre.

Querida Manuela:

Nada arde por acá.

Sólo esos atardeceres marcianos que hacen decir a las abuelas que el sol terminará por absorbernos. La gata, la que corría al menor ruido, tiene «ataques de inmovilidad», como me gusta decir al verla como un manchón amorfo, casi como parte de la alfombra. Agustín ya no visita la casa. Es posible que se hubiera cansado de «mi virginidad a toda prueba», como se me ocurre pensar, de mi falta de efervescencia visible, de... No sé, tal vez sólo esté justificando su cobarde alejamiento después de haberle leído, en voz alta y sin signos de alteración, una de tus cartas. Hay hombres que siempre serán boticarios, entiéndeme, es decir, de aquellos que esperan encontrar los frascos siempre en el mismo lugar y con igual contenido. ¿Me estará pasando algo raro?

Querida tú:

Mi «condecoración» me dio algunos problemas, obligándome a un alejamiento temporal de las bases. Cierto aislamiento se deja sentir, así como una disminución de esa actividad casi volcánica que descargó incandescencias que poco a poco se van apagando. Las distancias son un impedimento para visitas de apoyo. Es el precio que cobra esta ciudad para hacer sentir nuestra calidad de insecto, la temporalidad de nuestros movimientos.

Hace calor.

La ventana, el cuadrado absurdo que no merece esa denominación, está abierta; un remedo de imán para atraer alguna brisa desorientada.

Todo va adquiriendo visos de normalidad, aunque me pregunto tontamente de qué lado está la normalidad o si es tan veleidosa que no le importa dónde la pongan.

Hay un olor de guerra apagada que no perdona ventanas abiertas o remedos de ellas. Es un olor encaprichado, sin   —97→   ganas de retirarse, de abandonar el ajetreo alcanzado. Sin embargo, hay una sensación de pretérito, de vuelta de hoja, de tristeza empaquetada en cuerpos jóvenes que han dejado de serlo en el transcurso de días.

Estoy entre ellos.

Es más: cada cual parece caminar direcciones distintas, evitando cualquier signo de reconocimiento. El gatopardo pasea su figura felina, dejando desparramados algunos ecos de su sombra. Nada tiene que ver con el otro gato, el de la alfombra. Cualquier semejanza es producto del azar.

Querida Manuela:

Los rincones de mi buhardilla están cada vez más silenciosos y huelen a estancamiento, a pesar de las esquinas opuestas donde «tú y Manuela» se buscan, encuentran y desencuentran desde hace mucho. Hace mucho también que veo pasar las mismas nubes, el mismo pedazo de cielo, y sigo sin moverme. Parezco el apoyo del compás que forma el círculo y la órbita ha dejado de contener cambios o promesas porque mi posición está excesivamente inserta en la tierra. Desde afuera, a través de la ventana, llegan oleadas vivas que se cortan apenas traspasan el alféizar. Me resisto a pensar en el significado. He descartado espejos y cubiertos los vidrios de la ventana con diarios para evitar realidades dolientes o acuerdos con el espejo. Son diarios con ideas fijas. Hay una repetición de hechos que ni siquiera respetan la secuencia del tiempo. De todos modos, lo que observé a la distancia ya ha ocurrido. Me siento pasada de moda, de largo, de muchas cosas. Estoy en el punto en que se opta por escarbar pretextos como forma de justificación. Es un ejercicio vacío, ocioso: el juego de Prometeo. Un cansancio acumulado arruga las paredes. Quiero pensar que sólo se trata de las paredes, aunque la sensación de pasado me remite al comienzo de todo, con el desfavorable alcance de que han pasado 20 años. Estoy entrada en ellos para seguir luchando cambios. Pero esos mismos años me otorgan «derecho de testigo», «cuerpo testimonial», «mujer al borde un salto por la ventana», «mujer en el arca terrestre, deseando hacerse a la mar».

  —98→  

Esto de escribirse a sí misma, imaginando aventuras asumiendo un nombre de batalla para luchar lejanías, sólo agudiza la inmovilidad impuesta o autoimpuesta por un momento de indecisión.

Sigo dibujando proyectos que son como manchas de sol en paredes movibles.

Con el catalejo del temor, he continuado observando el desarrollo de lo que luego fue enrollado por hombres de traje y corbata, absorbidos por la camerata de la «conciencia recuperada».

La mía fue una participación fácil. La noticia jugó el papel del puente que no me animé a cruzar. Me doy cuenta de que algunos reemplazos no compensan. Ningún desdoblamiento es suficiente.

Es necesario el movimiento del péndulo del reloj para que los números del tiempo vayan cambiando. Tal vez esa ha sido la falta.

Las calles han perdido el espejismo hipnótico, demencial.

Todo quedará grabado en metros y metros de películas que proyectarán la historia pasada. Y yo ocuparé una butaca mientras la mano busca la roseta de maíz y la lleva a la boca, hasta que sienta el gusto de las castañas y el olor de peleas que han quedado en punto muerto.

Tal vez, para sobrevivir, deba continuar escribiendo a Manuela.



  —99→  

ArribaAbajoAgenesia mandibular

Pues sí, por qué no, la verdad es que no se me había ocurrido. Pero ¿usted cree, doctor? Sé que lo del mentón es necesario. ¿Cómo dice que lo llaman? Ah, «agenesia mandibular». Perdone usted, pero a veces, mejor dicho, en general, uno lo define con lenguaje popular. Me llamaban «la sin mentón» y uno se va acostumbrando, no a tener esa característica, sino a que la llamen así hasta que de pronto la imagen aparece aplastada en el espejo. Es como si se produjera una autopresentación, sin que medie el «mucho gusto». Sólo se observa el descenso de la mandíbula, la presión hacia atrás, y se cae en la irremediable cuenta de que se ha pasado un buen trecho de la vida en esas condiciones. Luego aparecen los «apuntes del tiempo» -como dice una amiga-, la época en que la cara se vuelve flexible y anota todo lo que va pasando, ha pasado o tiene que suceder. Para disminuir el impacto, lo llaman «líneas de expresión», pero es más que eso. Es todo un desarrollo gradual de una nueva fase que se va adquiriendo porque los hechos no dan tregua, son subidas y bajadas de la piel en verdadera imitación de los desniveles del terreno. Y uno empieza a observarse cuando el tiempo, por fin, deja de someternos a horarios rigurosos y es capaz de «perderlo», por así decir, en uno mismo.

No sé en qué momento comenzó mi fijación por el mentón. Siempre pensé en eso que decían las abuelas a proposito de «la naturaleza sabia». Lo consideré una sentencia que debía ser asumida y estuve de acuerdo, sin reproches, sin quejas. Caí en las comparaciones pertinentes para aliviar mi problema. La enfermedad incurable de Mercedes, por ejemplo. No tenía derecho. Sabía que no podía hacerlo. ¿Qué importancia merecía mi mentón? Hundido, eso sí, pero podía vivir con él.

Luego caí en una especie de misticismo meditativo.

  —100→  

No, no se ría, doctor. Tuve un cuestionamiento íntimo, «téte a téte», como podría decirse, o «imagen-espejo» si lo prefiere, y el mentón saltó con toda la fuerza de su anormalidad. Yo no tenía la culpa de la enfermedad de Mercedes. Al final, el problema de uno es el más cercano y se vuelve único. Sin embargo, era difícil borrar su perfil, correrlo de un manotazo y hacer como si no hubiera existido. Es esa confusión de la conciencia que mantiene el acecho para que no se olviden deberes. El espacio marcado por el contorno de Mercedes, por el relleno de su contorno, le daba derecho a la existencia.

Pero no estoy aquí para hablar de ella. Es la tangente de la recta lo que me impide afrontar lo que tengo que hacer. ¿Usted cree que es muy problemático lo del mentón? ¿Qué dice? ¿Que se puede aprovechar para hacer otras cosas? ¿La memoria? ¿Usted, además, opera la memoria? Eso me interesa. ¿Un raspado de memoria, como de útero? Debe de ser maravilloso dejarla limpia para comenzar de nuevo a escribir en ella como una pizarra pronta para el aprendizaje de otras experiencias, pues las antiguas ocupan un lugar caduco, obsoleto, una historia que ya no puede trascender. Tachar los errores. Debe de ser algo como eso. De pronto, el tiempo y el espacio se mimetizan y no sé si quedo fuera de la mezcla o encerrada en ella, y tiempo y espacio avanzan, produciendo una sensación de ahogo. ¿Horacio? No. Él no está de acuerdo con peregrinajes para salvar lo que queda del cuerpo. Sin embargo, fue el primero que comenzó a notar el color desgastado de mi rostro. Después, el descenso, los miembros invadidos de a poco, la levedad o pesadez de mi cuerpo. Es muy observador. No sé por qué tenía que esperar veinte años para aplicar esa cualidad.

Me estaba entregando por partes. «¿Cuál rollo quieres hoy? ¿El del estómago? ¿Las bolsas que sujetan los ojos? ¿La flaccidez del antebrazo?».

No podía ser yo, o por lo menos lo que recordaba haber sido.

Todo comenzó demasiado antes, sin darme una brecha, una posibilidad de retiro elegante. Horacio encontró una   —101→   puerta para justificar su ausencia. Fue un corte limpio, hendiendo el tiempo y el espacio.

Yo quedé adentro.

Parecía un atentado sin rostro, sin manos, la invisible argucia que atraviesa el aire, un virus, el absurdo total que amenazaba deshacerme.

Quedé en el exilio, sin necesidad de salir de mi casa, con el temor de que la escalera no volviera a crujir, aumentando el tedio del silencio, la pesadez de olores, el tono concentrado del presagio del eterno retorno.

Pero ¿cuándo?, ¿cuándo se iniciaría?

Podía sentir el juicio o el proceso colgando del reloj, de los escalones.

Me gustaba verlo sumergido en las blanduras de la cama, revolviéndola con la inclemencia de los sueños.

Desarrollé el olfato y el oído para sentirlo afuera y correr con el fin de facilitar su entrada, abriendo la puerta.

Muchas veces corrí, debo confesarlo, para encontrarme con engaños: desconocidos que golpean puertas, ofreciendo lo que no se necesita.

Y Mercedes pasando por ahogos, haciendo sonar el teléfono con su angustia, creyendo posible repartir culpas como si fueran panes. Una verdadera inconsciencia.

«¿No sabes acaso lo de Horacio?», quería preguntarle.

¿No sabes acaso lo que se siente cuando uno está en posesión total de la cama, con la ausencia del contrapeso? El deseo juega al solitario hasta que se cae en el goce individual como una necesidad irremediable.

«Sí, Mercedes, te entiendo», quería decirle, aunque no fuera cierto.

Ahora quiero hacer desaparecer el exceso de mentón, mi sello de fábrica, el derecho de toda ciudadana a que la acepten como es. No lo hago por mí, ¿sabe? Era mi faro propio para captar comportamientos internos. No pasaba día en que Horacio no lo tomara a la risa. Era su forma de verme, de saber que estaba viendo, de que aún se detenía en el relieve de mi rostro y que de ahí al resto del cuerpo no mediaba espacio.

  —102→  

Hasta que dejó tranquilo el mentón.

Entonces me tomó un deseo impostergable de sacármelo, como si se tratara de una joroba. Quería cambiar «la portada» -como a veces decía Mercedes- y él tuviera que ir aprendiendo nuevos accidentes de mi cara.

Sentí que me había convertido en un borrón, en una masa difusa e inservible. Lo atribuí al capricho que va adquiriendo la convivencia larga. Le concedí un tiempo extra, complementario.

De todos modos, Horacio abrió la puerta.

La cerró de un portazo.

Quedé adentro, en la soledad de mi cara, de mis extremidades, de mi memoria, de mi conciencia y, por supuesto, también del mentón.

¿Se da cuenta a lo que puede conducir la sobra de algunos rasgos? No en balde siempre se habla de la belleza clásica; una norma que debe ser respetada es la prohibición de ir contra lo establecido.

Horacio no ha regresado.

La casa se ha vuelto mimosa, o cruje en solidaridad femenina o tal vez estamos ejercitándonos para convivir sin interferencias. Ella y yo, casi como una repercusión íntima.

Pero está vacía.

Tengo que volver a ella. Semeja un refugio antihumano, bastante diferente del refugio antiaéreo en donde los cuerpos se apretujan para ahuyentar el miedo.

Quizás necesito un bombardeo.

Pero mire: en este espejo el mentón se ve diferente, un verdadero signo de carácter, de personalidad. Además, lo tenga o lo elimine no va a cambiar la situación. ¿Usted cree que alguna vez me ha molestado, doctor? No, nada de eso. Sólo vine para conversar. El mentón fue un pretexto. Se hace difícil mantener un diálogo con objetos, paredes, crujidos. Lo otro que me propuso, ¿raspado de memoria dijo? Sí, eso sí. Puede usted comenzar de inmediato. Láveme la memoria y después séquela hasta que sólo pueda mirar hacia adelante.



  —103→  

ArribaAbajoNada comienza o termina antes de tiempo

Albino Barúa llegó con intención de matarlo.

El viento huracanado se avecinaba, rastreando la atmósfera mientras el día, apagado por las rarezas del tiempo, retenía indicios de comienzo de noche. Era posible sentir el peso extraño del aire, un agolparse y agolparse queriendo reventar, atajándose a tiempo como si todavía no fuera el momento.

Canuto Leguizamón lo presintió.

Era hombre de instinto largo, aguzado en oscuridades sin reposo, en andares de sombras que muchas veces se confundían con la suya en persecuciones sin dirección exacta.

Llevaba la piel curtida, como para protegerse de miradas demasiado hondas, de demandas de ojos que vagan con la intención de encontrar presa. «Es cosa de fomentar la astucia y saber moverse», decía.

Pero ahora el asunto se tornaba distinto. Creyó que el tiempo, de tanto correr, se había apagado por el camino, así como el peso de lo ocurrido.

Después de todo, no se encontró nombre para cargar con la culpa; sin embargo, la confusión de los hechos no conformó a Albino Barúa. Partió porque se dio cuenta de que era mejor desaparecer, porque no pudo probar que esa noche no estuvo donde afirmaron que estaba, sólo porque Anselma Vicioso murió pronunciando su nombre.

Debió ir.

Era sabido, pues no se llegaba así no más para verla.

Debió ir, porque su nombre estaba anotado en la libreta de Anselma Vicioso como obligación que cumplir.

Se sabía que él iba estar.

Después no hubo modo de hacer calzar su afirmación   —104→   con las otras y, en medio de tanto entrevero, fue saludable partir.

Anselma Vicioso murió, sin edad para hacerlo, sin previo aviso, como forzando a la muerte para que se la llevara.

Albino Barúa se dio cuenta. Supo que algunas naturalezas no se entregan así no más. Olfateó el hecho, extrañamente ajeno a aconteceres esperados. La nariz le quedó sensible, al punto de caer en temblores frente a hechos confusos. Se prometió terminar con el temblor.

El espacio y el tiempo se habían enredado hasta amontonarse de modo abrumante, pero ahí estaba el escozor, en algún lugar de su sentimiento. Se consideraba hombre de andar en una sola dirección, sin embargo algo la había torcido: un cambio notorio, perceptible, enquistado en el pie derecho, el que no dejó de trancársele desde entonces al menor descuido. Hasta cuando azuzaba al caballo, exigiendo rendimiento.

Se había hecho muy tarde para no estar atrapado por el sueño cuando ocurrió lo de Anselma Vicioso.

No debió fallarle.

Tampoco estuvo en su voluntad. Fue esa pasada por la pulpería, detención de paso, sin ganas de prolongarla. Había mucha gente y el vaso circuló, sin dueño de boca; sólo circuló. Pero más estuvo en su boca que en la del resto. Y luego la trampa, el sueño, el hueco vacío donde se le sumergió la conciencia.

Canuto Leguizamón conocía las reglas: en esos lugares las cuentas se arreglaban de hombre a hombre, de cuerpo a cuerpo, el tiempo sólo un compás de espera, y el momento, cualquiera.

Albino Barúa siempre había sido fuerte, sin importarle el modo de medirse. Pero la astucia corría del lado de Canuto Leguizamón, sombreándolo, apagando su contorno cuando era necesario.

Y todo sin que valga la pena.

Albino Barúa tenía alma de protector, pero no era el caso de meterse a proteger la propiedad ajena. Y Anselma Vicioso   —105→   lo era, «de todos a un tiempo y de ninguno cuando me viene en gana», decía.

«Entonces, para qué pelear», le venía una y otra vez a Canuto Leguizamón en sueño fraseado, arruinándole las noches, produciéndole sudores de «invierno y verano juntos», comentaba. Tenía ganas de aparecer en el fondo de la calle -con distancia de por medio, por seguridad- y desafiar a Albino Barúa a un encuentro de palabra, llamarlo de nombre completo y a viva voz para explicar lo ocurrido.

Anselma Vicioso le pegó el gran susto cuando, en medio de una risa entrecortada por insinuaciones de largo alcance, diciendo y retirando lo dicho, lanzando palabras de doble significado, lo dejó con una paternidad supuesta que le hizo tambalear la mente. No era dado a expresiones de violencia y menos aún con una mujer. Sin embargo, cada cual tiene su aguante y bien sabía Canuto Leguizamón que esas cosas no se endilgan así no más, menos entre risa y risa como si no fuera cosa seria. «No te rías de mí», le pidió antes de entrar en terrenos de enojo. «Tanto jugar al emboque para terminar dando premio a quien no lo merece», siguió diciendo. «Pero ella parecía tentada por la prueba, buscando a quien no rebotara su afirmación, sembrando al azar para afirmarse de alguna tierra. Entonces la sacudí para que acabara con esa risa que ya la sentía adentro, con eco resonante de burla o venganza, todo siempre tan confuso con ella. Eso fue todo. La solté cuando mis manos empezaron a acalambrarse alrededor de su garganta, cuando la risa la abandonó como si hubiéramos llegado a un trato».

Así confesó Canuto Leguizamón en rueda de vasos para deshinchar la lengua.

Era época de vientos.

Siempre se habló de estación peligrosa, porque el viento acercaba lluvias y quien sabe qué más con su deslizarse libre, sin compromiso.

La confesión inició su andar, tardo por el viento.

Lo que más molestó a Albino Barúa fue la partida, la obligación de escapar, el abandono de lugares propios, la culpa   —106→   del apuro y la partida. Se rodeó de silencio y sospecha, de soledad y amargura, pues los vientos seguían cursos, sin importarle frentes o lados, bandos o colores. Se cargó de tiempo y paciencia, acechando cualquier tropiezo de boca de Canuto Leguizamón. Hasta que supo lo de la confesión. Cayó en cuenta que la paternidad de la que habló Anselma Vicioso podía calzar con cualquier hombre.

Entonces sintió más profunda la rabia, como si le hubiera privado de continuar siendo cuando no le fuese posible la existencia. Fue como si lo cebasen con algún detonante para explotar cuando llegara el momento.

Empezó a prepararse.

El tiempo dejó marcado en su rostro las líneas de espera. Él no llegaría de visita, golpeando la puerta para que le abrieran. Tendría otras formas de anunciarse.

Fue lo que sintió Canuto Leguizamón cuando las formas tomaron forma, escurriéndose al menor soplo de alerta. Hasta el aire estaba erizado. Aún vagaban vientos indecisos, pero había ruido en ellos, amenazas, pujos de nacimientos truncos.

Canuto Leguizamón se defendía del miedo que lo estaba invadiendo paso a paso, pieza a pieza, con una cadencia ascendente que buscó asilo en sus intestinos, haciéndolos trabajar casi sin horario, compitiendo con la inquietud de las sombras. Fue tal el desgaste que se igualó de frente y de perfil. El miedo no daba muestras de detención o abandono.

Canuto Leguizamón recordaba la fortaleza de Albino Barúa, el tamaño de sus brazos y manos, el alto de su cuerpo. El recuerdo lo agrandaba a medida que sus fuerzas disminuían. Imaginó la puerta desprendida por el impacto de una de sus piernas, la izquierda quizás, por su calidad de zurdo. Cerró los ojos para que su mirada se perdiera en el interior, sin buscar o encontrar nuevas imágenes. Quiso sepultar cualquier forma de acercamiento que ideara su mente.

El cuerpo se le estaba ablandando.

Aún así podía sentir el filo del miedo, o eran aspas que el mismo miedo había insertado para socavar lo que quedara.

  —107→  

«Albino Barúa llegó con intención de matarlo», dijeron.

Las voces formaron espacio alrededor de Canuto Leguizamón.

Lo dejaron solo para el gran momento, la riña de gallos sin apuestas y con perdedor anticipado.

Todos querían saber cuándo, pero esa ya era decisión de Albino Barúa.

Las calles marcaban pasos, intuidos por quienes querían ver al hombre sobre los pasos para que el asunto terminara.

«Nada comienza o termina antes de tiempo», cundió la frase, sin boca precisa.

Entonces sucedió lo que Canuto Leguizamón vislumbrara: se desprendió la puerta de un solo golpe y el cuerpo grande de Albino Barúa traspasó con violencia el umbral. Adentro, un péndulo de hombre hacía sonar la viga del techo. Canuto Leguizamón se había privado de imaginar la escena.



  —108→     —109→  

ArribaAbajoUn asunto de fronteras

Dijo que venía de las afueras. Hubiera dado igual que dijera «de las adentros», porque en verdad lo uno era tan ambiguo como lo otro. A lo mejor fue lo que deseaba: ser y no ser, estar o no como parecía reflejar su actitud, la dejadez colgando de sus miembros que parecían desarticulados, varios hombres dentro de él o experto en ilusiones dispuesto a ofrecer lo que los demás querían que él fuese y luego dejar de ser lo que querían que fuera, al tiempo que ideaba otras formas de embaucar.

Daban ganas de decirle: «hey, you», o «hey, mister, se equivocó de pueblo», pero la misma noción de pueblo le hacía aparecer pequeño tanto de voz como de presencia ante quienes no tenían más que buscar puntos sensibles y saltar fronteras. «Foragidos» los llamaban en el lejano oeste, sobre todo en las películas. Pero los pueblos chicos se manejan más bien sin ubicación precisa, con el nombre dicho por el costado de la boca, un nombre sesgado para que no pase por atrevimiento o falta de respeto al decir de quienes, sombrero en mano, se extrañan ante los extraños como si otros planetas estuviesen enviando adelantados, investigadores, colonizadores de pueblos, descubridores de quienes de tan descubiertos recelan de los que, igual que aparecidos, husmean entradas, empecinándose en llegadas intempestivas justo cuando los registros permanecen cerrados debido al calor de la siesta.

Poco considerado de usted, «mister», presentarse de improviso cuando el anuncio anticipado es lo que se espera para ablandar la espera con lucubraciones y después ver si son falsas o verdaderas, igual que esas encuestas callejeras que detienen el apuro de la gente, siempre de la más apurada, y en las que se dice lo que se dice para largarse diciendo   —110→   lo menos, para que quien hace la encuesta la complete a su antojo.

Pero el hombre, para no llamarlo de nuevo «mister», tenía aspecto cansado, como si hubiera montado un caballo detrás de otro para alcanzar a llegar.

«Para venir acá no hay apuro», quería decirle, y agregar «¿para qué ensañarse con el tiempo?». Pero el hombre no sacaba palabra, a pesar de que, sospechando el desconocimiento del idioma, levanté el diccionario de bolsillo como si fuese una biblia y busqué palabras de enlace -porque en pueblo chico había que estar preparado-, busqué formas de acercamiento, de encontrar un diálogo oeste-sur como tantas veces había leído en diarios atrasados que llegaban para no dejarnos en total abandono, aunque siempre decían norte-sur, que también podía aplicarse al hombre, por más que le iba lo del oeste y no en balde vestía botas y brillaban estrellas en su vestimenta.

El temor de que fuese algún «sheriff» escapado de alguna escena de película o preparándose para entrar en ella o, para más preocupación, fuera en verdad un «sheriff», arañó mi entendimiento.

Bastaba echar una mirada, al barrer, por esas calles polvorientas para ver lo despistado que podía andar el tal señor. Aunque suele ser gente de contraste, de buscar precisamente lo contrario para que los ojos no se acostumbren a los mismos lugares de apoyo y se caiga en la falta de sorpresa.

Entonces, caminando con las manos en los bolsillos para darme ánimo y no tuviera esa facha de desvalido, de polvoriento como la misma calle, lo abordé, tal vez con cierta prepotencia. «¿Y cómo van las cosas?», pregunté para entrar en calor, para que el regreso de la palabra no se le hiciera complicado. Pero el hombre parecía no tener intención de entrar en contacto, en comunicación. Me froté los ojos para que el hombre entrase del todo o se fugara como un fantasma cualquiera, como ocurre a veces cuando el sol presiona la tierra y la tierra se refleja en los ojos, y las imágenes entran y salen como en casa propia.

  —111→  

Pero el hombre continuaba plantado donde estaba.

«Menos mal que tiene una puerta detrás suyo para no caerse», me dije para aligerar aún más el peso de mi intrusión, porque en verdad el hombre se apoyaba en el marco de la puerta.

«¿Por qué no entra?», insinué, como si la puerta fuese de mi propiedad.

Pero era sólo costumbre de pueblo el hablar por boca ajena, así como los demás hablaban por la de uno, invitar a una casa que no era de uno porque se pierde un poco el sentido de propiedad entre tanto abandono, entre gente tan polvorienta como uno, entre muros donde rara vez sucede algo.

El hombre me habrá visto necesitado de respuesta, pues pareció adelantar que sólo estaba observando, que todavía no había llegado el momento de hablar, que ya vería.

Hice un gesto con la cabeza para darle a entender que comprendía, que a veces es necesario el cruce y entrecruce de sonidos, que por lo general la falta de palabra también lleva a entendimientos.

El hombre me miró de arriba, sin molestarse en descender la mirada y mirar el resto de mi cuerpo. Sin pensarlo, sin darme cuenta, seguí la dirección de su mirada y completé con la mía lo que le había faltado. Pensé, en verdad, que el recorrido me tomaría más tiempo. Nunca me había observado tan rápidamente. Tuve la impresión de que el hombre era de gran estatura. Se me ocurrió que podía tratarse de la diferencia natural entre un hombre de pueblo y otro de ciudad.

Era la hora de la siesta.

No había alma alguna alrededor que hiciese suponer que el pueblo estaba habitado.

El hombre hizo un gesto con la cabeza, uno rápido de levantar apenas la quijada llevando el resto de la cara; una especie de movimiento seco que significaba «y usted, ¿qué hace que no está guardado en la casa?», un gesto que no necesitaba de diccionarios ni de mayores esfuerzos. Di vuelta y vuelta la lengua, buscando una respuesta. Entonces caí en cuenta de que yo era Delegado de Gobierno, que mi mente se   —112→   había aplanado ante el cuerpo grande del extraño hasta el punto de llenarla de olvido. Sonreí, recuperando parte de mis fuerzas, y le dije, sacando las manos de los bolsillos, cuál era mi oficio. El hombre no pareció impresionarse. Más bien dio vuelta la cara -no totalmente, sólo una vuelta a medias-, hablando con esos gestos que a veces son más ofensivos que las mismas palabras, poniendo en duda mi calidad de controlador del orden público y privado y de otros órdenes que surgiesen en el acontecer diario del pueblo.

Lo miré, interrogándolo. Parecía ampararse en la diferencia de tamaño de nuestros cuerpos, en las botas, en sus reflejos, en su origen.

Tuve ganas de decirle que todos salimos del mismo agujero y que sólo dependía del lugar en que uno fuese a caer, que eso sólo lo decidía el de arriba -señalé con el dedo índice-, pero todo sin hablar, sin animarme, sólo con las ganas de defender mi rango. Deseé tomarle del cuello, colgarlo de mi mano, sólo de una como se hace con los gatos cuando molestan con ronroneos o gruñidos, sacarlo del dintel y ponerlo en la primera línea de frontera.

Pero tal vez el hombre era importante. Pedirle una credencial podía ser una salida, aunque también un error.

El hombre mostraba una actitud de no querer trabar relaciones polvorientas. Entonces, ¿para qué vino? ¿Para qué molestaba mi memoria, mi conciencia, mi olvido, mis ganas de continuar tranquilo como estaba antes de que llegara?

No tenía por qué interrogarme de ese modo, perturbar mi interior y llegar hasta esa parte donde se agolpa todo, lo bueno y lo malo, lo de antes y lo pasado antes de antes.

Traté de buscar algo que me acercase al hombre, algo que se me hubiera pasado por alto, presente o no tanto, pues ya no podía detenerme en detalles de esa naturaleza. Sólo lo de más adelante escapaba a mi conocimiento. Pero en eso estábamos en lo mismo, ya que el conocimiento escapaba también para él.

Pensé en los amigos, en aquellos que lanzan quejas o acusaciones y se olvidan de retirar la lengua a tiempo. También   —113→   pensé en los otros, tan necesarios para que existan los primeros. Me pregunté por qué nadie cortaba la siesta con alguna presencia, por qué me habían dejado solo para que enfrentara al «mister». Me pregunté, además, por qué volvía a llamarlo de ese modo.

La siesta iba pasando, pesada, seca, estrechando los ojos para que no fueran a arrugarse al ritmo de la piel. El «mister» comenzó a enrollar un cigarrillo. Lo hacía lentamente, como si el tiempo no le afectase. Luego lo prendió con uno de esos encendedores de llama larga. Casi quedó oculto detrás de ella. Reapareció al cortarse la llama, sin cambios, sin adelantar intención o palabra, sólo observándome.

No era tanta la siesta para que todos los invadidos por la modorra estuviesen ausentes, ocultos igual que animales en sus guaridas.

Algo pasaba para que hasta el tiempo se hubiera detenido. El «mister» empezó a escarbarse los oídos con la punta de una llave, primero uno, después el otro. Luego colgó el llavero del pantalón, remeciendo el aire con el tintineo de las llaves.

Había amenaza en el aire, la aproximación de una tormenta. Observé el cielo. Estaba ennegreciéndose.

También había una conjura general, o eso se me ocurrió mirando al «mister», a las llaves, a los alrededores, buscando alguien que pudiera sostener mi condición de delegado responsable de la tranquilidad del pueblo. El «mister» tenía afán de venganza, sin duda. Podía verlo en sus ojos, en el desplante de su ropa y de su cuerpo, en la forma de posesionarse del marco de la puerta. Era la falta de palabra lo que hacía más temible su presencia o la falta de ella. La descordura y el desorden amenazaban con asentarse en mi mente. Hubiese querido partir y quedarme, al mismo tiempo, para tratar de conmoverlo, para que soltara lo que tenía que soltar o que apareciera un caballo, obligándole a montar y desaparecer en alguna lejanía. Empecé a verlo doble, triple; una sucesión de «misters» que hacía más peligrosa mi situación solitaria.

Era el calor, no podía ser otra cosa. En esos lugares no existen «misters», no llegan así no más porque no tienen   —114→   nada que hacer. Corrí al abrevadero y, como caballo sediento, bebí de la misma agua, sumergí la cabeza hasta encontrar la parte más fresca. Creí haber alejado el peligro: el «mister» había desaparecido.

Pero sólo fue otra alucinación, tal vez producida por el estancamiento del calor.

Lo más extraño era que el «mister» continuaba sonriendo. No parecía sentir el peso hostigante del sol.

Sólo entonces me di cuenta de que no había sol, de que no era cuestión de que la tarde se hubiese corrido, sino del avance de la tormenta.

Olfateé el aire. El olor a lluvia ya había llegado.

Debía apurarme. Saqué el cuchillo y lo limpié en el pantalón por pura deferencia hacia el extranjero, para que este viera que el cuchillo estaba limpio. Quise, lanzando un grito de ataque, terminar con esa presencia muda, con todos los miedos que se me revolvían por dentro. Quise también que supiese su lugar para que respetara el mío. Arremetí contra todo lo que me estaba encandilando: sus botas, sus brillos, sus llaves, todo. Clavé y volví a clavar el cuchillo hasta que la mano se me electrizó de puro esfuerzo, todo a ojos cerrados para evitar mirarle y la tentación de no hacerlo me detuviese.

Cuando abrí los ojos, no había nada: ni cuerpo ni sangre ni cuchillo manchado. Sólo el marco de la puerta, perforado por las cuchilladas. Miré hacia el suelo, porque algo había escuchado caer. Un cuerpo sin cuerpo, antiguo, yacía en el suelo. Era mi conciencia, la misma que arrastraba siestas y soledades, la que alteraba otros tiempos de otros días, de otras noches, de otras vidas por las que había pasado desde ese día o ese tiempo en que, molesto por alguna tormenta interior, enterré a un «mister» en alguna parte del oeste por «un asunto de fronteras», como me empeñé en llamarlo.

«¿Qué asunto de fronteras?», preguntó el otro «mister» antes de que pensara en ser enterrado. «Profanación de territorio; cama y mujer no albergan invasores», contesté antes de que no pudiera escuchar más.

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Con la conciencia muerta ya no podía continuar arreglando conciencias vivas. Había que terminar la faena entonces. Mi grito rompió el horizonte. Sentí, antes de no sentir, el contento de la lluvia, el alivio que otorga quien todo lo maneja.



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ArribaAbajoEl enterrador de espejos

Así se presentó en la fábrica, respondiendo al aviso.

Cuando le preguntaron su profesión, en vez de mencionar alguna que lo calificase para el puesto, contestó «enterrador de espejos», lo que hizo que don Epifanio levantara su lenta cabeza para preguntar, «¿cómo dijo?», quedándose en esa posición por miedo de que el hombre volviese a repetir lo que le pareció escuchar, porque la verdad es que necesitaba oír de nuevo algo tan fuera de lo que siempre se escucha en esos interrogatorios que se hacen para cumplir requisitos que sirven para muy poco y se anotan para recordar lo poco que sirven. Pero el hombre insistió en la profesión.

Don Epifanio llevó la vista hacia el renglón anterior donde había anotado el nombre. «Bartolomé Mercado», leyó en voz alta, «¿es usted?», preguntó, estremeciéndose como si una corriente de aire se filtrara repentinamente, o el viento ya hubiese traído anuncio de su presencia. Bartolomé asintió. Hacía tiempo que no pasaba por un sondeo parecido, pues era de durar en los trabajos. Nada más que se había cansado de llevar todos los días, de 8 a 12 y de 2 a 6, tablas finas y de dos metros de largo desde la entrada hasta el fondo de la construcción, hasta darse cuenta de que, después de ese horario, continuaba con las manos en la misma posición. De modo que se dijo que era mejor cambiar de oficio, porque sus saludos daban que hablar y los abrazos ni qué decir.

Vistió la chaqueta gris, el pantalón marrón y los zapatos negros, peinándose como siempre -con harta agua y hacia atrás- el cabello que ya le cubría la mitad de la nuca, sin que hubiese reparado en ello. Todavía le seguían resbalando algunas gotas de agua.

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La camisa de todos los días estaba aún en remojo para quitarle el color tierra del cuello, marca de su oficio. La polera amarilla resaltaba, furiosa, debajo de la chaqueta. Parecía un hombre vestido de retazos.

«¿Estudió usted para el oficio que dice?», preguntó don Epifanio. «Perdone usted, pero pienso que es una ocupación extraña la suya y quiero saber si realmente califica para el puesto».

«No se preocupe; cuando me sumerjo en lo que hay que hacer, es como si no hubiera hecho más que eso durante toda mi vida», dijo Bartolomé.

Pero don Epifanio no estaba muy convencido.

Se sacó los lentes y los limpió con cuidado, volviéndoselos a poner para mirar a Bartolomé Mercado con detenimiento, pero la observación no agregó nada nuevo; sólo tuvo la sensación fugaz de una imagen de espejo, de figura plana.

Algo le atraía de ese hombre de oficio extraño no registrado en ocupaciones habituales, algo cautivante que remeció su interior, desmembrándolo. Podía sentir, independientemente, cada parte de su cuerpo, cada órgano batir su propio ritmo; un fenómeno tan raro como el hombre que continuaba parado delante de él.

Nada semejante le había ocurrido últimamente.

Bartolomé Mercado doblaba y desdoblaba su contorno. Era uno o varios, o sólo imaginación de espejo o de anteojo no muy transparente. Bartolomé Mercado parecía producir cuerpos, desplegarse como tira de muñecos de papel y plegarse del mismo modo.

«Usted debe de tener la fuerza de muchos», dijo, para deshacerse de la visión, para romper la fila de Bartomolés Mercado antes de que desbordara el recinto.

El hombre asintió con la cabeza.

«¿Edad?», preguntó.

«La de siempre», respondió Bartolomé.

Sacándose de nuevo el anteojo, «uno no tiene siempre la misma edad», dijo a ojos sin escudo.

Por costumbre, se subió la manga de la camisa y miró   —119→   su reloj: estaba parado. Dándose vuelta, buscó el de pared. Ocurría lo mismo.

Don Epifanio quería deshacerse de ese hombre que empezaba a alterarlo.

«Hay muchos aspirantes», dijo, sin que Bartolomé acusase la insinuación.

Don Epifanio quería ganar o perder tiempo, no estaba seguro, pero sí despachar a ese hombre que cortaba de modo insolente el desarrollo normal de la rutina.

«¿Cuándo empezó a enterrar espejos?», preguntó.

«Es algo muy complejo. A Sebastiana, mi mujer, se le ocurrió 'borrar las imágenes', como dijo. Yo estaba observándome de cuerpo entero, contento con lo que estaba viendo, pero ella tembló de susto porque pensó que era otro el de adentro y le hacía gestos obscenos. Preparó una lavasa y frotó el espejo hasta que consiguió que desapareciera. Pero no crea que fue fácil. Cuando lograba borrar las piernas, volvía a formarse la cara, o al revés, hasta que por fin desaparecí del todo. Lo peor es que ningún espejo me admite, como si hubiera hecho causa común por la ofensa a Sebastiana. Pensé que se trataba de un problema de ojos, pero fue más bien un desmembramiento interior, algo así como un aullido del espíritu para resistir resplandores falsos. Pero entonces cundió el miedo. Las mismas partes del cuerpo que habían desaparecido del espejo se me acalambraban. Temí que fuese a quedarme tieso, un anticipo de momia para marcar mi tiempo y que los de más adelante me tomen como pieza de estudio. Todo se agravó cuando los relojes se detuvieron y los árboles dejaron de jugar con el viento, porque tampoco había viento. Sólo un ulular de espanto de algún adelantado que llamaba a aumentar filas. Sebastiana llegó a enfermarme con su manía. La sepulté en un espejo para que terminara de usar la lavasa. Ni bien lo hice, me di cuenta de que había perdido la sombra, la mía, o que el sol ya no esparcía sus charcos de doble faz. No tuve coraje para acabar conmigo. Lo hice con el culpable. Por eso me dedico a matar espejos y enterrarlos. Sin embargo, es extraño...».

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«¿Qué?», preguntó don Epifanio, simulando seguir en el registro de datos.

«El último pedazo de espejo que entierro siempre me guiña un ojo, sólo uno, inmenso, que a veces se abre y se convierte en boca de túnel, en pasadizo. Me apresuro a cubrirlo con tierra, mucha tierra, porque adentro hay alguien, debe haber, o tal vez soy yo que me llamo para recuperarme. Algún día tendré que responder», terminó Bartolomé, olvidándose de don Epifanio.

Don Epifanio aleteó el aire con las manos.

«Está bien, está bien», dijo, al tiempo que buscaba en el cesto de desperdicios un pedazo de espejo. Sacó, en cambio, un trozo de vidrio. «Torne», agregó, «vaya a enterrarlo».

«Sólo lo hago con espejos».

«Con esto podrá ver lo que hay dentro del pasadizo. Así no lo engañarán».

Bartolomé tomó el trozo de vidrio.

«¿Dónde lo entierro?», preguntó.

Don Epifanio le indicó el lugar. Bartolomé se alejó.

«Quiere convencerme de que un vidrio es igual a un espejo», rió Bartolomé, tirando el trozo. Luego tomó una pala y se puso a cavar. «Los espejos navegan en lagunas propias», siguió hablando.

Bartolomé cavó hasta conseguir un hoyo de su propia altura. Continuó cavando para ubicar al otro, al del espejo, mitad suya desprendida con algún movimiento.

Entonces abandonó la faena. Le continuaba molestando que un hombre cualquiera, detrás de un escritorio cualquiera, pensase que podría engañarle ofreciendo vidrio por espejo. Sin embargo, algo de razón tenía don Epifanio o lo que sostuvo para incitarlo a cavar, es decir, que con el trozo de vidrio vería el contenido de túneles y pasadizos. O tal vez acertó de pura casualidad. Además, él no necesitaba ayuda para ver profundidades sumergidas. Lo que Bartolomé alcanzó a observar no fue de su agrado. Siempre le daba por sospechar cuando las cosas sucedían   —121→   fuera de época, y la procesión que vislumbró en el fondo no coincidía con el día de ningún santo.

No estaba para tomaduras de pelo, menos aún cuando entre tanta gente pudo ver a Sebastiana y, si bien ya no se encontraba en condición de sentir culpa o de solamente sentir, algo se le removió por dentro como si hubiese tragado un objeto puntiagudo y cortante. Quiso extender los brazos y colgarse de la boca del pozo para salir. Pero el cansancio era mucho y, además, esa procesión de fondo de laberinto o de espejo parecía dañar su voluntad, impidiéndole realizar cualquier esfuerzo. Observó el espacio cavado. Era bastante para desperdiciarlo con un solo cuerpo. «Hay cosas que hay que terminar de decirlas sin que a uno le interrumpan», habló, «o tal vez don Epifanio ahuyentó las palabra para no escucharlas», concluyó.

Don Epifanio sintió el dolor en el pecho, justo cuando llamaba al siguiente en turno para la entrevista. Alcanzó a sacarse los lentes, queriendo espantar un encandilamiento entrometido.

Encontraron a don Epifanio sentado en posición de trabajo.

«Cumplidor hasta el último instante», dijo alguien. «Cosa extraña», agrego otro, «el último que entrevistó demoró bastante. A todo esto, ¿a dónde habrá ido el hombre?».



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ArribaAbajoCualquiera pierde la paciencia

«Lo peor es cuando se siente que las puertas se van cerrando detrás de uno, cada cual con un ruido diferente como para que se sepa cuántas son; y se sabe, porque gritan su número con cada golpe o uno las va contando y se asocia el número con el ruido, o es el temor de que al regreso no sea posible atravesarlas todas o que a alguien se le ocurra no abrir una de ellas y uno quede encarcelado por distracción, por equivocación, por cualquier motivo que no logrará encontrar, porque para eso deberá convencer del equívoco. O es la actitud de quien piensa que el que va a visitar a un detenido de alta peligrosidad debe de tener algún grado de asociación, de culpa. Y no es así. Solamente el deseo de que el aislamiento no sea tan duro, tan reiterado por las cinco puertas, y crea el detenido que alguna vez podría hacer el camino de regreso, ir derrumbando puertas como se hace en una lucha cuerpo a cuerpo y pueda vislumbrar desde la última puerta -que también es la primera- el recorte de luz que se perfila en el exterior, que se marca con la proyección de lo de adentro y ofrece la claridad del libre movimiento».

Bernardo es el de adentro y él, Román, el del libre movimiento, quien se pregunta si el calificativo de «alta peligrosidad» podría tener relación con las circunstancias, con las sospechas que levantan ciertas actitudes cuando están rodeadas de sombras.

O tal vez no es así de simple y Bernardo no pensó en que el tiempo es un factor decisivo para la circunstancia y por eso quedó paralizado en el lugar. Román corrió, con culpa o sin ella, corrió porque el temor le impulsó, porque no hay coraje ni argumentos que resistan delante de un grupo armado. En todo caso, Román no resistió. La culpa le sobrevino después, cuando, pasado el temor, recorrió las mismas   —124→   calles tratando de encontrar a Bernardo. Pero sólo había silencio y este también le dio miedo al pensar que en cualquier momento los silencios se cortan, y cuando eso ocurre es peor que cuando aún es silencio.

Nadie lo había visto. Estaba cubierto por el reflejo de las sombras, algo semejante a esas caras que aparecen con una gran mancha cuando son entrevistadas sobre temas comprometedores y el entrevistador le otorga el beneficio del anonimato.

Sólo vieron su contorno, uno igual a cualquier otro, pero él sabe quien es y cómo se siente. Sabe que el que no lo hayan identificado no disminuye el hecho de que pudieran aprehender a Bernardo. Es sólo suerte, nada más que suerte, la que se empeña o desempeña con un sujeto y hace la diferencia entre libre y detenido.

Lo visita todas las semanas, los días viernes. Cada vez le parecen más próximos los viernes, como si las semanas hubiesen decidido disminuir días. El tiempo se vuelve confuso cuando la inquietud ataca el espíritu y hace funcionar la mente, igual que un carrusel descompuesto.

Los sonidos de las puertas le resultan difícil de soportar, de sostener. No se le ocurre qué hacer para que no caigan como si un derrumbe estuviera provocando la caída, como si los truenos del mundo se aunaran para perseguirlo o para levantar sus instintos como si fuesen poros y, al mismo tiempo, retenerlos de modo que no exploten y logre mantener así la calma necesaria que refleje la ausencia de compromiso, sólo una visita corriente a un amigo en apuros.

Sin embargo, nada es corriente cuando una patrulla desciende de un vehículo, con ruido de botas corriendo con ganas de que la corrida dé resultado, cuando la presa huye porque el miedo impulsa a huir sin que medie culpa, sin que medie nada, sólo el terror de uno adelante de varios, el terror frente a la fuerza de manos armadas. Pero es la corrida de uno lo que no resulta y tampoco el convencimiento por medio de la palabra. Nada resulta. Entonces es preferible levantar bandera blanca, asentir contra lo que no se está de acuerdo,   —125→   porque no es momento de acuerdos, y una vez que se está adentro todo parece definitivo, eterno, sin posibilidad de quiebres de tiempo.

«¿Estás moviéndote?», le preguntó Bernardo la última vez, y él dijo que sí. Al término de la visita prefirió no acordarse de su respuesta, porque no supo por qué había dicho que sí. Pensó en la diferencia que podía hacer una respuesta afirmativa, o lo contrario, frente al hecho del encierro, de haber sido catalogado como de «alta peligrosidad», de tenerlo bajo cinco llaves que funcionaban sucesivamente, agregando nuevas amenazas en cada cierre, en cada golpe.

Román camina calles de regreso con la íntima satisfacción de estar afuera. Un temblor le remueve un punto interior cada vez que lo piensa. Es siempre el mismo, uno que inicia un recorrido lento, en caracol, hasta que abarca gran parte de su carne, de su sangre, y se estrella de un solo golpe contra las paredes del corazón. El sentirse vivo y afuera le produce una sensación de escape, de corte, de independencia. Estaban juntos, no lo puede negar, pero quizás Bernardo tenga antecedentes que él desconoce o simplemente la casualidad hizo que se encontraran justo en el momento en que llegó la patrulla, que a él lo dejaron en paz porque no estaban interesados más que en Bernardo. Pudo ser también que no lo tomaran por pura casualidad.

No se animó a dar la noticia a la madre de Bernardo, a la hermana. Sin embargo, deberá hacerlo, porque tienen que saber el motivo por el cual no llegó esa noche a la casa ni llegará las siguientes. Deberán saberlo. Pero es él quien no se atreve a enfrentarlas, porque surgirá la pregunta natural «¿y tú?, ¿por qué no tú también?», con o sin razón, aunque natural, y la sospecha no tardará en formar juicios, en desatar inquietudes, en formar bandos, en considerarlo un colaborador de los otros tal vez.

Sabe que ese es su lado disminuido: el no saber enfrentar situaciones o evadirlas como forma de evitar comprometerse. «Débil», suena y resuena la palabra en el interior   —126→   del laberinto de sus oídos. O es el mismo laberinto en el que siempre ha estado y no puede salir de él, porque nunca supo cómo encontrar una salida a los laberintos.

Llamará por teléfono a la madre de Bernardo, confiado en que suene a ocupado, o suene y nadie atienda y luego pueda decir que lo intentó, que insistió, porque Bernardo es su amigo y bien pudo ser la cosa al revés.

Eacute;l siempre fue bueno para correr, para alcanzar metas de esfuerzo, las únicas que podía alcanzar, las que le dejaban con la lengua afuera y la palabra en su lugar, guardada hasta dificultar el uso.

Teme que lo enreden con facilidad si empieza a remover el asunto. Después de todo, es el trabajo de ellos, la forma de actuar para alcanzar el fondo de las cosas, de las personas, de los sentimientos, de hacer uso para llegar por cualquier medio al centro mismo del sufrimiento, provocando dolores que den paso a confesiones.

No podrá confesarse, piensa, si no llama antes a la madre de Bernardo, si no golpea alguna puerta que pueda ayudar a que, por último, no sean tantas las llaves que encierran la libertad de Bernardo.

Zacarías, tal vez Zacarías conozca a alguien y ese alguien... Pero Zacarías ya no está en el país. Él lo sabe. No debe colgarse de quienes no puedan ayudarle. Son malabarismos de circo los que hace Román para convencerse de que está haciendo algo.

De nuevo es viernes, aunque tiene la impresión de que fue ayer no más cuando visitó a Bernardo. Tendrá que espaciar las visitas para que no piensen que él se trae algo entre manos, para que no lo vean rondando como si también buscase jaula. Porque así podrían pensar. Es preciso no dar motivo para que piensen, lucubren, armen lo que conforme sus deseos y un día no le permitan hacer el camino de regreso, para que siga sintiendo cerrarse las puertas a sus espaldas, viendo al final la luz exterior. «Si uno no habla, tal vez el otro tenga algo que decir», suele ser el lema del cual se atajan para justificar sus acciones, para que no se crea que no cumplen su labor.

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Los viernes se han vuelto complicados. Siempre hay una invitación de por medio o la necesidad de alejarse de la ciudad para buscar el alivio del descanso. En verdad, se vuelven complicados los viernes. A veces le pasan de largo y se da un golpe en la frente por haberlo olvidado, o quizás alegrándose de no haberlo recordado. Pero la madre de Bernardo ya lo debe saber y habrá iniciado la ronda de visitas. Para ella todos los viernes pueden ser viernes, pero Román, después de todo, tiene otras cosas que le impiden cumplir la obligación. Pero ¿por qué debe ser una obligación? Lo que se hace de ese modo termina por alterar al más pintado. Sí, le parece suficiente que haga sus visitas viernes de por medio, por más que Bernardo le recalcó su olvido la semana anterior y él no tuvo el coraje para decirle que no era olvido, sino cansancio, que todo lo que se vuelve monótono termina por agotar. Y eso le está ocurriendo.

Las últimas veces que lo visitó ya no tenía qué decirle. Pero Bernardo iba perdiendo el sentido de las proporciones, instigándole como verdadero inquisidor, queriendo saber qué pasaba afuera, si alguien más había corrido su suerte. Y ¿qué podía saber él si no formaba parte del grupo al cual presuntamente estaba asociado Bernardo? Era como para ponerse nervioso, perder la paciencia con Bernardo, quien se volvía tedioso en su insistencia por recibir noticias acerca de otros, como si buscase seguir el desarrollo de alguna serie de aventuras policiales.

Empieza a creer que lo de Bernardo no fue accidental, que siempre supo en lo que estaba metido y en cómo podía acabar. Pero entonces no fue honesto con él al arrastrarlo a algo que no estaba en su mira, en su forma de ser, en el vaivén de su pensamiento. Quizás esté equivocado y termine perjudicándose con eso de visitarlo tan seguido, porque ahora cada quince días se ha vuelto como mucho. Es como si los viernes de por medio se repitieran con saña para llevarlo a donde él no quiere ir. Por lo menos no con tanta asiduidad.

Agachó la cabeza cuando Bernardo le dijo que habían pasado tres semanas desde su última visita, que se le había   —128→   hecho demasiado extenso el tiempo, a pesar de su afán por leer lo que cayese en sus manos. Se le habían hecho largas esas semanas. Román, riendo, le repuso que debía tener paciencia, que las cosas no se consiguen en el primer intento, que afuera hay gente que lo apoya, que sabe de él, «sobre todo quienes están en lo mismo», agregó. Bernardo le preguntó quiénes, con una sonrisa, esperando que Román le diera nombres y sean los que él conoce. Pero Román hablaba para convencerle de lo que sólo se dice para no dejar caer la conversación, la mentira oportuna y necesaria.

La verdad es que Bernardo ya le estaba colmando la paciencia. Fue el mes pasado cuando sintió que no daba más y empezó a preguntarse qué le ligaba a él. Podría decirse que lo de ellos era una de esas amistades de tanto en tanto, de salidas dentro de la misma circunstancia. Tendrá que decírselo la próxima vez que lo visite, pero tiene la sensación de haberlo visto recientemente, aunque... Claro, fue hace tres meses, exactamente tres meses. En realidad no se explica por qué han retenido a Bernardo tanto tiempo si no se trataba más que de ratificar algunos datos, de verificar si sus papeles estaban en orden. Sólo eso.

Tal vez no le convenga seguir viéndolo. Algo gordo habrá hecho para que todavía no lo suelten. No es conveniente que lo vean entrando y saliendo de la cárcel, porque puede dar lugar a especulaciones. Luego vendrían las murmuraciones de la gente, pensando que siempre hay algo de cierto cuando la palabra se suelta. Pueden decir que alguna razón debería tener para continuar visitándolo. Cualquier cosa puede ser. Después de todo, la amistad es la amistad y esta puede sufrir un receso y continuar después, incluso más firme, con mayor beneficio para cada uno cuando Bernardo esté afuera.

«Es increíble lo corto que se hace el tiempo; ya no alcanza ni siquiera para estirar la noche, para cortarla con un café o un trago. Es increíble», conversa Román con un amigo, de esos que muchas veces ni nombre tienen, pero que son amigos por derecho de circunstancia.

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«A quien no veo hace tiempo es a Bernardo», comenta el amigo. «Ustedes solían andar juntos, pasarlo bien, tengo entendido».

«¿Con Bernardo? La verdad es que casi he perdido su rastro. No sé qué habrá sido de él. Tal vez esté en el extranjero. Tú sabes. Hay gente que tiene espíritu aventurero. No sabría decírtelo. Uno siempre anda en sus cosas y, cuando te das cuenta, se te ha pasado el tiempo. Es el trajín de cada día. La verdad es que uno debiera hacer algo para no caer en la rueda. Debiera poder salirse de ella de cuando en cuando, fomentar más la amistad, los valores espirituales, ¿no lo crees?».



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ArribaAbajoComo amasado a mano

Eran días de San Pedro y Pablo o de San Juan, o acaso de otra festividad. Era preciso celebrarla, mostrar el goce, honrar a quienes debían ser honrados. Había ruido en el establo, inquietud en los animales que de pronto levantaban orejas y cabezas alertas, y el olor a sangre campeaba el aire, llenando bocas de gusto anticipado mientras corrían apuestas y la niña vestida de blanco esperaba el llamado y las mesas eran dispuestas para el festín.

Detrás del caserío, ni cerca ni lejos del resto de casa y gente, Ángel probaba el cuerno, introduciendo el viento para asegurar el tono justo y se diera inicio al sacrificio.

Era el elegido año tras año, porque su forma de soplar el cuerno daba la impresión de tranquilizar a las bestias y el quejido de los chanchos parecía volverse lo contrario para no restar júbilo a la fiesta.

Fermina también era la de todos los años, a pesar del crecimiento de su cuerpo que volvía estrecho el vestido y del blanco desteñido que reemplazaba al otro, el original. Llevaba las trenzas amarradas sobre la cabeza. Era una costumbre que semejaba corona o una corona que se había hecho costumbre en arrastre de otras costumbres, todo un conjunto que era necesario respetar en medio de un orden que llevaba manos a cortar leña y apilarla y de otras que traían palanganas para juntar la sangre, como si un parto colectivo fuese a ocurrir. No era el chirriar de goznes mal aceitados lo que crujía el aire, sino el de un cuchillo contra otro para afinar el filo. Era fiesta de grandes y niños, de gente con pasado y de quienes aún estaban libres de esas amarras.

Podía verse una muestra de caras, distantes o cercanas, secas o explotando interiores contenidos, pero todas esperantes, ansiosas del momento en que el rito comience, en   —132→   que deje de pesar el aguante y la sangre llene las palanganas y el júbilo estalle, igual que tierra reseca ante la lluvia.

Y Fermina es la encargada de señalar con su índice blanco al sacrificado de honor, el primero, el elegido entre los elegidos para probar el filo de los cuchillos, para gritar y dejar de hacerlo, casi a un tiempo, mientras la música quiebra los oídos y Ángel hace descansar el cuerno, acariciándolo como si quisiera consolarlo y enfriarlo a la vez para volver a hacerlo sonar.

Los ceños se estrechan y algunos ojos tuercen la dirección como renunciando a la complicidad, pero todos, todos parecen contentos.

Feliciano toma a la presa por un par de extremidades, Alirio por el otro, y quien tiene la mano más rápida y certera da el primer corte. Luego se acercan voluntarios, pues había una especie de honor salvado o simplemente inclinación morbosa con cada corte, con cada prolongación de corte que cada hombre bien parado da al animal, provocando una mayor abertura hasta que el interior, aún palpitante, surge en todo su esplendor rojo y las partes son separadas para distintos fines o usos, y los perros ladran sus derechos y algunos gatos levantan lomos y abren bocas en un maullido de acuerdo.

Entonces el olor a sangre fresca se mezcla con el del humo y los leños son azuzados para apresurar el encendido. Y todo tiene que ser rápido, en anticipo de cansancio, antes de que el vino riegue las mentes y la voluntad se entregue, acabando con el cuerpo, con los sentidos, con la atmósfera que pende también como cuchillo, como última trampa.

El relincho de un caballo en aproximación lenta volvió a entonar el aire. Traía un hombre encima, un hombre oscuro que parecía no preocuparse de otras oscuridades, penetrante de ojos, de actitud, de derechos, un hombre aparentemente amasado a mano, a gusto, a voluntad para que se viera de ese modo. Se formó un silencio hondo en cuya profundidad daba la sensación de haber caído todo el   —133→   bullicio anterior. Semejaba alguien surgido de las sombras, ayudado por ellas hasta conseguir nacer.

El aire se detuvo en espera de su acción.

El hombre lleva el torso cubierto solamente por su propia piel y la parte inferior envuelta en un paño rojo anudado a ambos lados. En la cabeza, el cabello le mana desordenadamente. Hay un cierto parecido entre el ser montado y la bestia; una especie de acuerdo mutuo los hace actuar a la par hasta hacer pensar que el caballo no podría pasarse sin su carga, o al revés.

El hombre no lleva armas, fuera de una vara en la mano derecha, haciendo sospechar que al levantarla se iniciarían los sones de una orquesta.

El día había dejado de ser y los colores se turnaban en el firmamento en una indecisión de atardecer, aunque el rojo insiste en ser más fuerte que los otros, apuñalando el horizonte hasta cuajarlo.

Nada de lo anterior tenía importancia.

La sensación de que bien pudo haber ocurrido tomaba fuerza o forma, aunque debía de haber llegado a ese punto para provocar la presencia del hombre.

Es el brujo, y el caballo su ayudante.

De no ser por el látigo de sus ojos, hubiese parecido ilusión de retardo de día, de agotamiento de tanto ruido roedor de seres en aguante, en espera de su presencia en ese acto de alerta grande que hacía pestañear a la Osa Mayor.

El brujo silencia el silencio reinante con el suyo.

La palabra se vuelve instrumento innecesario.

Algo monstruoso o sobrenatural se suspende de las conciencias. La mirada del brujo parecía dar vuelta pensamientos, abrirlos para que fuesen vistos por todos en un encuentro a cara limpia, a mano extendida.

La noche iniciaba su alcance, llenándose de ojos, de ventanas, de gritos retenidos, de puertas inexistentes que suenan cierres y aperturas en una horda amenazante e invisible.

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El momento no permitía atrasos ni adelantos.

El brujo se acerca al paso lento del caballo hasta el lugar donde el chancho expuesto tienta con cada uno de sus órganos. Pero uno solo es el que interesa al hombre, el que iría a producir benevolencias y gratificaciones para el resto de las estaciones que aún faltan completar antes de que el año cierre su ciclo: el corazón.

Podía palparse el suspenso extendido.

Todo dependía de que el brujo no fuera a equivocarse, que tomara el corazón por el costado apropiado, que la mano no fuese a temblarle y el órgano resbaladizo buscase otro destino.

Un tambor resonó al rojo vivo.

El hombre cambió la vara de mano, dejando libre la derecha. El fuego rugía en chisporroteo sostenido. El brujo ahuecó la mano y, con destreza de animal astuto, sacó limpiamente el corazón del chancho. El rito había comenzado. Las lenguas colgaban, los ojos humedecían el aire con rocío que no necesita sereno. El aire y la tregua habían desaparecido.

Entonces, el brujo continuó. Estaba solo, aislado en medio del gran silencio. Lentamente, como si el apuro pudiera poner en peligro el acto, llevó el corazón del chancho a la boca e hincó los dientes en el costado preciso, el derecho, el más tierno para sus dientes reblandecidos. Luego lo fue pasando a Feliciano, a Alirio, a Ángel y a Fermina, la niña que ya no era niña, y cada cual tomó su parte hasta que no quedó rastro del corazón del animal.

El brujo pareció satisfecho.

Entonces se soltó el silencio atajado y los cuchillos saltaron al aire y hacia la presa, y de nuevo al aire hasta dejar el interior hueco.

El brujo regresó a su refugio, ajeno al festejo.

El lamento de los perros se unió al maullido cansado de los gatos, como si en acuerdo fuese más fácil llenar sus exigencias.

Pasaron las horas. Era parte del rito. Debía aguantarlo   —135→   en la boca hasta el fin del festejo, sin que fuese preciso enterrarlo como se hace con las placentas.

Era noche cerrada cuando el brujo se paró a la entrada del refugio o casa, o quizás era una choza o sólo cueva cavada en la piedra, y escupió el pedazo de corazón del chancho. Lo había mascado, igual que tabaco.

Entonces ya no hubo que acallar ladridos o maullidos. La noche quedó quieta y limpia.

Era noche de San Pedro y Pablo o de San Juan, o tal vez nada más que noche de noches en ese lugar extraño.



  —136→     —137→  

ArribaAbajoDesde un recodo de pared doblada

Era un hombre extraño, difícil de enganchar en la caza libre de animales o en la de hombres para hacer la guerra. Era un hombre extraño que desvestía el alma hasta la desnudez plena, atravesando oscuridades por una sospecha de claridad, un hombre que se batía con palabras, atribuyendo un sonido a cada significado. Hablaba de la sonrisa azul sin que la duda formara otras sonrisas, o de gatos transparentes que eran capaces de tener vida eterna, o de fudres que se llenaban de vino terroso porque las manos se volvían ocres con el trabajo, tiñendo así las uvas.

Ella primero conoció a Rutilo de oídas, esas oídas que forman cuerpo y persona, dejando flotar la sensación de miedo, un miedo que da ganas de atrapar, circundándolo hasta hacer caer a la persona.

Extendió la mano, tiesa, como si fuera mecánica, con el convencimiento de que algo se iba a producir al estrechar la de Rutilo, un trueno, la caída repentina de un rayo, un temblor de tierra, cualquier cosa fuera de lo común. Pero sólo sintió una mano fuerte, agrandada por faenas continuas al tiempo que se hundía en sus ojos, unos lagos profundos que alguna vez habían tenido algún color. Eran ojos sin clasificación posible. Tal vez por eso cayó en ellos, como buscando el resto de laberinto que debía haber detrás.

«Rutilo Revueltas», dijo.

Su voz era suave, una suavidad parecida a un canto de piedra limado muchas veces. Conservaba un tono especial, igual al que queda después de un buen carraspeo.

No le importó el apellido.

Era suficiente llamarse Rutilo, como pase para recorrer mundo sin caer en las malas pasadas del olvido.

  —138→  

Sin embargo, el apellido era para el nombre.

Pensó que no hubiera podido tener otro.

Su mano seguía en la de ella y ella nadando en sus ojos. Hizo fuerza para liberarla, yéndose hacia atrás pues Rutilo ya había aflojado la presión.

Era grueso de cuerpo y la chaqueta apretaba su contorno.

«Cuando usted disponga», dijo.

Ella era muy joven, en aquel entonces, para «disponer» de un hombre como Rutilo; casi una falta de respeto. Quería darse tiempo, pensar con la cabeza entera para no caer en titubeos o arrepentimientos.

Era la heredera, la que debía dar órdenes para mantener el orden.

Esa noche, la sensación de deber heredada con la misma tierra, ocupó todo el espacio de su sueño. Fue una forma nueva de dormir que terminó con otras de largo arraigo.

Pero no era el término, sino el futuro desvertirse de días y más días que, de no manejar con las riendas debidas, terminarían con ella, con la herencia y su título de heredera.

Era inevitable el pequeño temblor que desencajaba su barbilla en presencia de Rutilo, sobre todo cuando él bruñía a fuego lento de palabras calmadas «el sol escapa porque el día está muriendo», lo que la llevaba lejos, ausentándola de esa tierra sin fin o tal vez huyendo de Rutilo o con él...

Empezó a observarlo detenidamente, a seguir desde cualquier recodo de ventana, de puerta, de pared doblada, sus movimientos que eran lentos para su edad, acompañados por el silbido apenas perceptible que salía de sus labios rectos, un silbido tan extraño como él, misterioso, apagado, letánico.

Ella fue dándose cuenta de que Rutilo era joven y que sus pasos la ponían en alerta en partes insospechadas de su cuerpo hasta entonces.

  —139→  

Rutilo vino recomendado. «De una sola pieza», anticiparon.

Ella sintió estrecharse el espacio en una aproximación de golpe de ola, resistiéndose para ceder al impacto sin oponerse.

«Es sólo curiosidad», se dijo, porque necesitaba un pretexto propio, suficiente para calmar el torbellino interno.

«Es mucha tierra para una mujer», parecía decir Rutilo de reojo, y ella era consciente de ese mirar insinuado.

Ella empezó a regatear su presencia, a formar cada vez más parte de celosías, de miradores ocultos de quien sabe qué tiempos, a perder el color de la piel por el encierro.

Pero no era el encierro el modo de sacarse a Rutilo de su interior, porque ya lo sentía como invasor, apoderándose de sus fuerzas, de sus partes, royéndola de adentro hacia afuera hasta dejar el puro cascarón como ocurre cuando los insectos atacan en masa y luego arrastran la cobertura liviana, llevando a su víctima hasta la cueva para terminar la faena.

No, es sólo su imaginación. Rutilo es inofensivo. No tuvo que haber comenzado con esos desvaríos, con alucinaciones de oscuridades de campo.

Tal vez está esperando una movida suya para continuar el juego. Quizás por eso deja encendida la noche con esa luz que sigue sus movimientos y lo muestra en la inmensidad de la ola que la arrastra en el contorno magnificado de su cuerpo.

Debe hablar con Rutilo, delimitar espacios, decirle que deje de rondarla en silencio iluminado, que ella no es presa ni él cazador, que fue una equivocación contratarlo, que debe irse, que no es cierto lo que escuchó sobre él, que es... que cree que es... que no es un hombre, no puede ser, es la bestia de la que hablan en rondas de miedo para ahuyentar la plaga. Sí, eso debe ser. No en balde esa noche lo sintió en su cuerpo estando ella detrás de la ventana, mientras Rutilo insistía «vuelva a la casa, vuelva a la casa» y ella hacía esfuerzos por desprenderse, sacudir su olor, olor de hormigas   —140→   rojas, de animal de monte, olor extraño a los olores que siempre conoció. Pero ella era dueña y no podían mandarla; y después, con capricho de dueña, «me atacó», dijo al tío viejo, un tío de adorno, un guardián dormido de virginidades en desuso.

Hicieron desaparecer a Rutilo en medio de sombras entrelazadas que parecían brazos y piernas, en un desorden de gritos y caballos hasta que el silencio volvió a posarse sobre la propiedad.

Ella quiere salir de su encierro. Trata de abrir la puerta, pero está trabada. Además, las ventanas ya no son transparentes. «Rutilo ha tapiado las salidas, las entradas, los huecos de luz. La chimenea, sí, por la chimenea. No hay invasor que cubra todos los frentes», piensa. Y llega al techo, se pasea con el camisón flotando en la noche, llamando a Rutilo a garganta arañada, aullando como aúllan los animales buscando presa, hasta que se cansa y cae dormida en el techo.

Al amanecer, el techo está limpio, las bocas callan, el campo es silencio, el silencio costumbre.



  —141→  

ArribaQuerido Dante

No fue fácil encontrar al Dante, empecinado como estaba en introducir revisiones en un libro que él había escrito, el cual, por esas razones del destino, se le había escapado de las manos.

El asunto es que estaba en posición de preocupado: los ojos sin dirección fija, el ceño pleno de señales meditativas, la mano derecha apoyada en el mentón, el codo en el muslo y el brazo izquierdo colgando como si no tuviese cabida en la escena. Quise preguntarle «¿qué pasa, Dante?» -como acostumbro hacer con amigos o conocidos-, pero pesaba una cuestión de distancia, de jerarquía, de adelantado en pensamientos que después facilitaron otros, aunque, joven e impetuoso como era yo, no pude evitar la fogosidad y sin miramientos le enrostré: «¿por qué ese orden, Dante? ¿Tuviste alguna iluminación previa? ¿Eran las tuyas épocas de mensajes personales que luego incidirían sobre los comportamientos, el tuyo en este caso?». Tenía que saberlo. No me era posible aceptar así no más la lectura de su libro sin enredarme en algún tipo de discusión o de manifestar mi desacuerdo, pública o privadamente. Era toda su actitud lo que irritaba mi sentir.

Dante parecía alejado e inmerso a la vez, en un ajetreo mental como enceguecido por una inspiración que le provocaba latidos que remecían su cuerpo. Estuve a punto de plegar velas y retirarme de puro miedo. Escuché que, por lo bajo, él murmuraba: «cobarde». Ya era algo. Pensé en ese momento que no me sería posible arrancarle una sola palabra por una cuestión de diferencias de nivel con las que se nace -peldaños más, peldaños menos-, diferencias que forman divisorias semejantes a las que separan tiempos o cambios de ritmo en la música. A propósito de música, supuse que encontraría al Dante en plena tarea de pulsar un arpa, laúd, lira o algún otro instrumento similar que hace juego con las alturas. Pero no, nada de eso, sólo estaba dedicado a la lucubración. La verdad es que debe de ser difícil aceptar un cambio de oficio,   —142→   «una opción diferente», como se dice cuando ya el alma está condicionada a otras formas de entrenamiento. No sé si te encuentras en eso que llaman «la última soledad» o si solamente has hecho un paso de una soledad a otra, o si tu búsqueda recóndita de los recovecos de las diferentes moradas humanas te ha llevado a probar las alturas. Menos mal que no sufres de vértigo, o eso supongo. Es probable que hayas tenido que quebrar una cierta cantidad de ritos maléficos como modo de probar lo contrario, aunque tu incursión te haya llevado por caminos tan dispares. Sea como fuere, lo que me preocupa -y no puedo dar razones- es precisamente el orden en que has puesto la peregrinación ineludible del alma. ¿No se te ha ocurrido, por ejemplo, formar figuras geométricas -un triángulo, para no ir más lejos- y hacer una especie de «menage a trois», poniéndole nombre a cada lado? No sé dónde ubicarte en este momento preciso. Tal vez estés esbozando una sonrisa sobradora, observándome desde el infierno, el paraíso o el purgatorio, o desde una combinación de ellos. O quizás aún te encuentres en la tierra, arreando algún rebaño hacia tus distintos puntos de interés por expreso pedido divino. Se me confunden ideas y momentos, tiempos y espacios, hasta el punto de no saber si estoy arriba o abajo o si es sólo cuestión del movimiento de este envoltorio redondo que no se permite tregua en su girar inmemorial. De pronto quisiera estar fuera de esta esfera para intentar moverla hacia vientos más propicios o ciudades inventadas donde la fábula es perenne, o hacia aventuras que duren más tiempo que el que nos tienen estipulado. ¿No podrías mover alguna palanca mágica desde donde estás? Pero no sé dónde estás, ya te lo había dicho. A veces creo gozar de una levedad que puede impulsarme hacia planos desconocidos, o desciendo hacia abismos insospechados y no previstos en mapa alguno. Es una forma de sufrimiento efervescente o de goces impalpables. Sueño constantemente con tres islas, desde las cuales Ulises trata de atraerme para que sea otro quien escuche el canto de las sirenas. Un horizonte en continuo movimiento hacia atrás, en sucesivo retroceso, hace que me embarque en una persecución sin fin. No logro saber si se trata de pruebas de resistencia para obtener algún premio superior o si en algún punto los extremos de la aspiración humana   —143→   se juntan y el deseo de alcanzar ese punto azuza la competencia. ¿Será cierto eso de los nueve cielos del sistema ptoloméico? Entonces, ¿cómo llegar a la elección correcta? Debe de haber algún juego cuya clave sea secreta, cuya pista sea susurrada sólo a algunos elegidos. No logro comprender que el descenso constante conduzca al ascenso hacia... No, no sé hacia donde. Eso lo puedes saber tú, empinado en alguna colina donde verdean bosques impolutos. Me pregunto dónde estarán situadas «las profundidades abismales» de los cielos. Es la naturaleza, me temo, que está fallando con ubicaciones equivocadas. También puede ser que el lenguaje se ha vuelto insuficiente y la palabra no logra especificar las honduras celestiales o el abismo divino, o que el vulgar mortal sencillamente no tiene posibilidad alguna de acceder a significados o a significantes de los significados. Qué mare mágnum este en el cual me he sumergido por querer dialogar contigo, intercambiar inquietudes, aunque estemos en situaciones geográficas diferentes. O por lo menos así creo. O es el misterio que agita y rodea hechos que aún esperan la esencia de la revelación, el meollo mismo de la magia de la existencia. ¿Serán Las Tres Gracias, de las que se habla, las que habitan esas tres islas que conmueven mi conciencia? De pronto siento que me atornillan el pensamiento, ligera, pero insistentemente, para que el zumo condensado sea lo que vaya a perdurar. Entonces, Dante, ¿será posible que sólo seamos víctimas, proveedoras de una inteligencia superior que será insertada en seres que no llegaremos a conocer? Puedo ver, en la transfiguración de almas -por un resquicio de meditación casi extrasensorial a la que he descendido o ascendido para estar en tu meridiano con miras a una nueva creación humana-, a donde pretendes llegar, aunque desde mi perspectiva terrenal te diría que es... Sí, ya sé que la palabra «imposible» no concuerda con tus premisas. Sin embargo, ¿qué puedo hacer con esta inteligencia normal que me han puesto y que no va más allá de lo tangible, experimentado, probable, probado y cuanto adjetivo se te ocurra, de esos que se conectan para que sólo hagan tierra? ¿Qué hacer para que la carne no interfiera con el espíritu? ¿Dónde ubicar el paralelo que los mantenga en sus propios y únicos terrenos? No podría decirte cuántas pasiones indefinidas albergan mi espíritu,   —144→   sin que por eso forme parte de la «selva salvaje» o tome la apariencia de alguno de los animales que la componen. Puedes decir que la razón entra en franca competencia con el espíritu, pero ¿qué impide la convivencia de razón y espíritu, carne y espíritu, pasión y espíritu, para ayudar a que el encierro de la esfera en la cual nos encontramos no nos lleve a perdernos con tantas vueltas y con ello perder la esperanza del eterno retorno? Es el universo de cuerpos lo que forma la razón de la existencia de la esfera, globo, armazón terrestre o como quieras llamarlo. Sólo somos ciudadanos, precipitados por alcanzar resplandores que opaquen la amenaza de las tinieblas. Veo pasar barcas fantasmas que parecen ir o regresar del infierno. Suspiran como si estuviesen arrepentidas del motivo que las hace surcar ríos. Suena una sirena, lúgubre, para despertar a los pecadores, para que recuperen la razón, pero los suspiros son cada vez más abundantes con cada paso de las barcas, en medio de la soledad salvaje de quienes ven pasar las barcas y acumulan miedo, al tiempo que los instintos más tenebrosos ascienden o descienden y los monstruos desatados se posesionan del espacio con todas sus armas malignas, y el conflicto irremediable del bien y del mal existenciales se apodera de los instintos en una mimesis confusa y las contradicciones se aferran del alma, cerrando puertas y más puertas en perspectiva demoníaca. No sé, Dante, si la mota de polvo que te condujo hacia donde ahora te encuentras es parte de la otra, la que continúa girando para recordarnos de su condición de mundo. El mundo una mota de polvo. ¿Puede ser? Tal vez la he tomado pensando que se trataba de un vehículo interespacial, por más que pienso que nuestra conversación monologada está al margen de cualquier tiempo o espacio. Dime, entre nosotros y para callado, ¿es la tierra una mota de polvo? Me encuentro más cerca de «la comedia humana» que de tu comedia. Tengo la sensación de que tomaste un barco que entró en deseos de no seguir avanzando, que cayó hipnotizado por sus propios círculos y tú... Bueno, fuiste presa de algún tipo de hipnotismo y viste lo que viste: cielo, purgatorio, infierno. Pero ¿no te habrás equivocado en la elección del lugar para alguno de ellos, abajo o arriba como si la situación del espacio, de tanto nombrarlo, tuviese un roce común que haga irrelevante   —145→   el sentido? Debe de haber un tiempo que englobe a la ciudad humana, o bien un tiempo que desaparezca por esa influencia demoníaca, cautivante de la naturaleza, que parece trepar por el espíritu y por nuestro interior, transformándonos involuntariamente, haciéndonos actuar del mismo modo, desmembrándonos hasta que el cuerpo, como cuerpo, desaparece en beneficio de otros que deben reemplazarnos. Es la naturaleza y su armonía, es la necesidad de fagocitarse como modo de subsistencia.

Veo un cuadro de hombres encadenados por haber sucumbido a vicios enumerados en los distintos círculos del pecado. Sólo uno suena una trompeta esperanzadora. También veo frescos donde víctimas y victimarios madrugan en un desarrollo atemporal. Sólo madrugan y madrugan en un marco de arrepentimiento y misericordia a la vez, buscando el estado de gracia en el trance de la muerte. «Todos los muertos son buenos». Tanto se ha dicho que ya constituye como un axioma conducente a la salvación. Quisiera encontrar una rotura en esas láminas dolorosas que ilustran tu Comedia, donde gente que ha perdido su condición de gente sufre, sin posibilidad de escapatoria. Me pregunto si una rotura les permitirá liberarse. Puedo continuar viendo, en las ilustraciones de tu Comedia, cómo pesan los siete pecados capitales, cómo se columpian peligrosamente sobre las siete cornisas del purgatorio mientras los que purgan pasan y observan, como si esos pecados que se muestran, al igual que en un escaparate, no fuesen los suyos. No se dan cuenta de que si han logrado pasar significa que ya se han desprendido de sus pecados. La desnudez del cuerpo pierde el sentido de ofensa, como si todo no se tratase más que de un regreso al punto de partida para la ocurrencia de nuevos inicios. ¿Desde qué cielos o qué infiernos observas tus conclusiones? De pronto creo que hemos hecho un cambio de espacios y has vuelto a la tierra para agregar nuevos sufrimientos a tu Comedia, mientras yo espero, del otro lado de la vida, la ocasión del regreso. Estás en la escalera, una similar a la de Jacob. Es posible que hayas encontrado la piedra adecuada en la cual apoyar tu cabeza y dormir sueños poéticos, cicatrizantes, sueños adquiridos en compensación por haber sobrevivido al infierno y al purgatorio. La escalera   —146→   es larga, también semejante a la de la Biblia. Subes, asciendes, te impregnas de olores celestiales en una apropiación, quizás ilícita, de un hecho ya creado. La bondad de Jacob permite que usufructúes de su escalera. Pero ¿qué pasará con los sueños? ¿Serán los mismos o los tuyos están orientados para que imagines el cielo, sólo lo imagines? ¿Es ese el paraíso que has creado, el de tu imaginación? Sigo contemplando las láminas que aparecen y desaparecen ante mis ojos con sólo accionar los dedos y correr las páginas. Si las apuro de golpe, adquieren movimiento, igual que los dibujos animados. Surgen de las láminas diablos y santos, caballos, lanzas, armaduras, rostros cubiertos, misterios preñados sin posibilidad de ver la luz, luchas entre seres que impresionan por su desproporción, serpientes que buscan mujeres para convertirlas en abanderadas del pecado original, puertas de entrada y salida que tientan, ofrecen, se vuelven cómplices de encierros o de liberaciones. Surge también «El torbellino de amantes», que así se denomina la última lámina que atrapa la curiosidad de mis ojos, en la cual hombres y mujeres intentan el abrazo creador, sin conseguirlo, y pienso, querido Dante, si desde el infierno, purgatorio o paraíso en el que te has empeñado podrías entregarnos alguna fórmula, enviar pautas o señales de alerta para que no interfiramos con lo tuyo, para que no nos arriesguemos en intentos frustrados. Sólo se necesita que guiñes un ojo, o los dos si fuera posible, pues aquí, en estas latitudes que tratamos de salvar de agujeros maléficos que se agrandan porque algún infierno trata de infiltrarse, es imperativo que alguien o algunos griten, olvidándose del lado absurdo de la razón: «¡somos felices!». ¿No es acaso eso, Dante, el paraíso?





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