cruza la madrugada. Avanza con un blanco resplandor,
revelando el perfil de las panzudas nubes
que, derrotadas, se alejan con la noche declinante.
Abajo, entre los árboles umbrosos,
5
como signo inefable de alegría,
un creciente trinar estremece la fronda:
el alba está llegando; rompe el día
con su lezna de luz punzando las tinieblas.
Entre las sombras últimas que al oeste agonizan,
10
los desamparados lobos aúllan
hacia una luna exangüe.
—12→
Prodigio en un predio apenas ciudadano
Bajo el cielo diáfano de enero,
palor a la deriva de la brisa
lozana todavía, su venero
de luz fecunda suelta la mañana.
Y retozando repta, mas sin prisa,
5
entre el celeste azul que el aire ondula.
Y cuanto más el éxtasis se afana,
un rincón -cuyo encanto se acumula
con la sombra minúscula del patio-
muestra una enredadera de campánula
10
desde el verde tenaz que fuerza el césped.
¿Un prodigio sin fin... o fin de fábula?:
un raudo colibrí aquí es el huésped
del rosado panal de campanillas.
Y bate así sus alas rapidísimas
15
al contacto del cáliz de una flor:
clava el pico -¡divina maravilla!-
y liba la sustancia ya dulcísima
alejándose luego entre el claror.
Absoluta belleza: se condensan
20
la mañana, la flor y el picaflor.
—13→
Ensueño en un patio de Ysaty
in memoriam José Asunción Flores
Cuánto amor no fingido descubres todavía
entre el divino engarce
de sinesias, romero y pacholí.
Ah música que vibras bajo pámpanos
de humilde parralera.
5
Desde el hondo fervor dominical
que alienta este sencillo
jolgorio proletario,
el duende de tu canto me revela
el misterio que guarda la pureza
10
de tu origen... y tu nombre:
Cholí.
—14→
Otro ensueño en Ysaty
A ti, flor de mi
vida, selvática azucena.
EMILIANO R. FERNÁNDEZ
En cierto bastión de fronda
-y a su sombra generosa-
de aquel suburbio usurpado
a la inocencia del campo,
un lánguido bordoneo
5
cifra la magia en el vientre
de la acústica madera,
vuelta prodigio en dos manos.
Y por tal magia preñada
y seis duendes que despiertan
10
desde el sopor del cordaje,
tiembla en el aire un acorde
para iniciar el hechizo:
divino parto de sones,
en alas del viento vuelan
15
siete notas musicales.
—15→
Luna
Tú brillas y reflejas. Oh eco de la luz;
sublime instigadora de los enamorados,
faro de los navíos que en los escollos pugnan
sin brújula o sextante,
ambulante farol que, cuando pleno asomas,
5
alumbras para el goce nocturno de los ojos
una esquina apagada, un jardín tinto en negro,
un río oscurecido, unos montes velados
o el brillo de unos ojos que la penumbra opaca.
Oh tú, sibila eterna:
10
buscando una respuesta a nuestro ignoto origen,
enigma indescifrable que como un ascua quema
el nervio más sensible que el hombre poseyera
o el signo o la señal que fija el derrotero
en las encrucijadas de la vida,
15
a ti se dirigieron, a ti te han consultado
aquellos que inventaron el fuego en las cavernas,
asirios y caldeos, los jinetes de Atila,
los Césares de Roma, Aníbal, Alejandro
y aun los astronautas que luego profanaron
20
el inmenso silencio de tu corteza núbil.
—16→
Yo, átomo también del cosmos infinito,
soplo de oscura arcilla que rueda todavía,
efímera soberbia, latido transitorio
cuyo final es noche como noche su origen,
25
rendido ante el prodigio de tu fulgor sereno
me inclino en esta noche sobre mi propia sombra,
mi sombra declinante, premonitoria sombra
que tu piadosa luz, luz sobrevividora,
proyecta y delinea sobre la madre tierra.
30
Pues que sin ti, de noche, la Tierra es sombra toda.
—17→
Poesía
a Li Tai Po, que
estará bebiendo vino en las estrellas
Esta pasión secreta que nos mueve
a descifrar los símbolos, los sueños,
para cifrar con ellos la certeza,
¿es pasión en verdad o es la quimera
de urdir algunos versos con la trama
5
del amor, el dolor y la belleza?
Temblando ante la flor que se abre al mundo;
extático ante el beso o la mirada
que se prodigan los amantes núbiles
o sollozando sobre el pecho frágil
10
de los desamparados,
mi propia voz responde,
malabarando el verbo que se vuelve
-para mi corazón desguarnecido-
canción a la hermosura,
15
saeta del amor, amparo en la tormenta.
—18→
Al pie de la letra
Como un dios que aguarda la ofrenda, fulgen sus
ojos
bajo el halo difuso que ciñe su cabeza. Alta cabeza,
devastadora de sombras, rutilante engarce
de un cuerpo temporal que el espíritu extinguió,
para ser,
sólo él, encendido lunar, gema de dación
inmensurable
5
que en su vastedad destella como un faro, como un calmo haz de
luz
que señala al hombre la pavorosa inmediación del
despeñadero.
Cabeza o cima o cumbre que, erguida desde el amor y el
dolor,
con fervor obseso anima ahora, y cada hora, un
alumbramiento;
batiéndose con denuedo bajo un arco de memorias
quietas,
10
bajo un aura presagiosa de vívidas palabras,
bajo un dosel de contenida voz presta a propagarse.
Y encima de aquello que, más abajo, sobre su misma sombra
ausente
yace, albo y silente, como un pecho desnudado dispuesto a los
dardos
de las sílabas que aún bogan con el viento: el
casto papel.
15
Mirad también la mano. Alienta un pulso de
sueños crecientes,
—19→
de avidez del rayo divino que siega cerrazones
y fulmina las sombras impuras que agreden a las falanges
inermes.
Mano transparente, estriada de venas por donde las voces se
esparcen
y bifurcan como avenida en busca de plácidos remansos. Y
que ahora,
20
batiendo como alas sobre el pecho puro,
se crispa y abre en tensa espera del verbo
que, en progresión continua, ardiente como ascua
genesíaca, domeñándose
avanza bajo la palpitante celosía de la sien.
Y tan luego un soplo, una ráfaga ligera,
25
una incierta vibración como de sismos en ciernes,
un súbito temblor bajo la frente buida de
relámpagos dormidos,
y un latido de luz definitiva levemente en la oscuridad
despunta:
Canta un pájaro en la copa
de un árbol...
—20→
Te vi venir
Te vi venir desde hace tiempo
en la memoria. Nebulosa,
apenas perceptible en la antigua añoranza
de tu existencia.
Con arcilla de sueños
5
fui modelando tu rostro, poco a poco,
hasta lograr tu imagen luminosa de paloma.
Ah medida exacta de mis ansias:
nada en ti me es extraño;
hasta el abismo insondable de tu alma
10
ha sido desde antaño
certidumbre de mi búsqueda sin hitos.
Cóncava, sonriente,
concertabas conmigo citas imposibles
en plazas silenciosas y remotas
15
donde veríamos morir las tardes
en rojas agonías de ponientes.
Sentados sobre bancos invisibles
hablaríamos de pájaros, de humo, de viajes
con las trémulas manos enlazadas.
20
Tú llevarías siempre una flor en el pecho
y el rosal de tu boca moriría
en el fuego de mis besos.
—21→
Así te fui concibiendo:
presurosa, pura,
25
apurando el estío inconmovible de mis días
hasta el muro gris que nos separa.
Y así te escurres en mí,
como las lluvias. Y en torrentes de amor,
con grandes ademanes, huyes de mí,
30
te vuelves nadie.
—[22]→
—23→
Bajo otro cielo
(Buenos Aires, 1967-1975)
Retomo: seca noria
que no mueve.
JORGE GUILLÉN
—[24]→
—25→
Exilio
Los que viajan siempre
fijan la brújula y el viento;
desdeñan las estrellas del trayecto
y el dosel de luna que paren los crepúsculos.
En las ciudades que pernoctan
5
no se detienen a conversar con los recuerdos
ni advierten las palomas
que estremecen los tejados:
de toda memoria se desprenden
y hienden los caminos
10
sin ninguna emoción que los agite.
En cambio tú,
rodando hacia el acaso
que te ciñe el corazón como a un ahorcado el
nudo,
insomne y solitario
15
deambulas por calles extranjeras:
la piedad, andrajosa
como un mendigo, cojea a tu costado.
Pero aunque la ignominia te ultraje todavía
y te oprima la garganta, pese a las fronteras
20
sigues ligado a tu tierra,
—26→
tuya siempre por el dolor de tu ausencia,
tierra a la que tus venas se aferran
tenaces
-como náufragos.
25
—27→
Para el destierro
a Carlos e
Iván Decker
Es un sol distinto el que besa las tierras
que recorreréis en este peregrinaje.
Atrás quedaron, apagadas, las voces amigas
con quienes horadasteis desde siempre
el vientre del silencio
5
para engendrar alguna vez la nueva certidumbre
que parirá su luz y su alegría
en los boquerones sedientos de Catavi,
en los nevados picos de los Andes,
entre el aliento vegetal del Beni,
10
en las hondas ansiedades de los pozos
de Santa Cruz y de Camiri
y en el socavado platerío de Potosí.
Más allá los océanos recogerán
vuestro
y devolverán a los chacales
15
un oleaje de colibríes degollados
que ascenderá hasta las ruinas
en un aleteo último de sed y
Pero la novia dilecta del hombre,
la Esperanza,
20
acunará vuestros sueños en noches de fusiles y
palabras
y una lluvia venida del frente
—28→
os despertará una mañana luminosa
para llorar con ella el alborozo de contemplar
cómo germinan las semillas libertarias
25
en la afligida azotea de América.
1971
—29→
Zulmamor
Por el trajín de las hormigas
en los ligustros,
sé que es primavera.
La siento a flor de tierra,
donde las semillas se abren
5
como mi corazón al tuyo.
Puedo verla en los retoños
del ciruelo,
cuyos frutos, mañana,
envidiarán la grana de tu boca.
10
Y está también presente
cuando te miro
y fluyes, cálida,
desde mis pies hasta mi nuca.
Yazgo a la sombra de los pinos...
15
y en la hierba una paloma
me acerca tu presencia,
para gritar tu nombre
-en fiel silencio-,
con las flores perennes
20
que me diste.
1971
—30→
Carta a mi madre
El pampero pasa silbando su canción de desesperanza,
amoratando rostros anónimos.
Madre, qué soledad: estoy solo en el Sur.
Las aguas mueren constantemente en los muelles
y asisto sin querer a sus exequias de espuma.
5
Un cortejo de balandras balancea tu recuerdo en mis ojos
y anclo mi soledad en tus brazos.
Miro los buques: cuántos nombres extraños;
quisiera adivinar el tuyo en ellos
para saciar la avidez de tu presencia
10
y rescatar el llanto que se me ahoga en la nostalgia.
Pero es siempre tu ausencia.
Entonces vuelvo mis pasos desolados
entre los fríos paralelos de acero,
apretujando en mis manos la distancia
15
hasta llegar a ti en un viaje imaginario.
Más al sur, las coníferas cantan su canción
verde
y aumenta bajo ellas la aflicción que me circunda.
Qué oscuridad. Cuántas noches como ésta
vi tu rostro llorando en los pinares;
20
no quise tocarte para no borrarte de mis ojos.
Madre, tú dirás cuando leas esto:
-Pobre, lo vi partir bajo la cálida
lluvia de enero
—31→
sin más bagaje que sus penas.
¿Regresará algún día
para que yo pueda morir en sus brazos?
25
Oh madre, la desventura que acaso hoy nos separa
nos unirá mañana en las estrellas:
niño en tu regazo podré entregarte entonces
este cuenco de besos que hace tiempo te debo.
Buenos Aires,
Dársena Norte, junio de 1967
—32→
Bajo otro cielo
I
No son falsos los días
ni apócrifas las noches
para mentir un sol
o fingir una luna:
pero no es éste el sol de mis veranos
5
ni la luna siguiente como aquella
que ilumina las copas de los mangos.
II
Es falso el paraíso
que me ofrecen las luces
vanas -si no banales-
10
de estas calles extrañas:
bajo un tajo procaz el muslo ajado
precede a una impúdica sonrisa
que escupe una mentira almibarada.
—33→
III
Sin brújula, transido,
15
extravío mis pasos en el espúreo
andén
de un fragor subterráneo:
miente un perfume el tufo indefinido
que la ola humana exhala en esta bóveda.
¿Dónde el límpido aroma de azahares?
20
IV
No. No miente
la abollada barra de este decrépito bar:
si es julio -y éste es el Sur-,
el invierno afuera
exige el gabán gastado;
25
muy adentro el calor fingido
de la no ficticia
caña quemada,
piadosamente quema
el frío de la nostalgia.
30
V
Impunemente,
este sonido extraño,
con voluntad de duros inmigrantes,
aturde los oídos
y asedia al casto pentagrama de la selva.
35
—34→
Pero siempre resisten los vocablos
en el agreste escudo de su canto.
Y si en cierta pesadilla
de algún retorno ya imposible
el asalto final se precipita,
40
queda la opción suicida del olvido
en el despeñadero
de las copas de vino.
VI
Las mansas palomas de esta plaza
ya no fingen en mis retinas
45
una remota bandada de torcazas.
Tampoco mienten los plátanos desnudos
algún espectro ardido de lapachos.
Toca a su fin
esta ardua sucesión de ficciones:
50
como leño ardiendo,
crepita en mi bolsillo
el boleto de regreso.
—35→
Espejo del cielo
—[36]→
—37→
Río a contraluz
Entre el fauno
canoero y la ninfa lavandera.
J. A. RAUSKIN
La canoa en el río es lo que ella desea,
púdica cuna fluvial para mecer sus sueños.
El río se lleva su núbil latido. Su voz
y su aliento por altos barrancos descienden
y, desde un severo pontón que emerge a flor de agua
5
-madero ennegrecido, retén de camalotes-,
un bruno nadador, luciendo su oro en un diente,
con rápido ademán de pez flechado los recoge;
ya es ella prisionera de un pecho rumoroso;
es cautiva del río y de sus largos dedos.
10
Y de este modo sueña que ha perdido el miedo
de bogar en la corriente... o contra ella.
Y al río se entrega, a su raudo abrazo,
a sus múltiples manos abiertas en la tierra.
Ha perdido el temor. Y es el ágora del río
15
-losa de limo abajo, arriba bancos de arena-
quien un sitio cede a su habitante dilecto:
él y el sol en un bote se mecen, poseyéndola.
—38→
Itapytãpunta
Sentado en la orilla,
miro las aguas del río
rodando
hacia la lejana hondura del mar.
Así también ayer,
5
desde estas mismas piedras,
imperceptiblemente
se fue yendo mi infancia.
—39→
El barco abandonado
Inclinado a babor, fauces de moho
acechando la inercia de tu quilla.
La oscura soledad de tus bodegas
es féretro de sueños degollados,
del último dolor de los marinos
5
que huyeron sin cerrar las escotillas.
El silencio es atroz en tu cubierta,
sin el canto de amor del calafate.
Mas el lento crujir de tus cuadernas
es llanto y es asombro de un fantasma:
10
ha muerto el capitán. ¿Quién te
acompaña?
Te acompaña la Rosa de los Vientos
en los tristes vaivenes de la muerte:
de todos los cuadrantes te transporta
el lejano piar de las gaviotas
15
y un furor amainado de tormentas
simulando banderas en tu mástil.
Las novias, sumergidas en los puertos,
aguardarán en vano tu llegada;
has dejado, dispersos en los muelles,
20
corazones radiantes en naufragio
—40→
y rincones vacíos en las fondas,
y guitarras llorosas, apagadas
junto al ciego final de tus faroles.
Tu severa armazón: beso de luna
25
y de peces fundiéndose en el limo.
—41→
Asunción 1960
Ciudad que guardas el encanto
del murmullo de tu río,
del denso aroma de tus azahares,
del trinar de tus pájaros.
Todos estos dones:
5
rocío, perfume, canto de las aves,
los tomé un día en secreto
de la boca virgen
de una de tus hijas.
—42→
Niño de la siesta
Es diciembre,
el tiempo aún púber del verano;
justo en el vértice absoluto
de la siesta,
el sol se desalienta
5
y languidece
una hora
bajo la fronda de los mangos.
Tal vez bajo otras ramas
-acaso a tres palmos del río-
10
y en el óvalo cóncavo de una hamaca,
la urgencia del estío en vano alienta
el batir ya declinante
de un apócrifo abanico.
¿Hastío? No.
15
Morfeo en torno catequiza
a pesar de tu casta indiferencia
hacia el verano,
pese al pavor de la cigarra
entre los cuencos enfrentados
20
de tus manos.
—43→
Cierto invierno de antaño
Vibra, al silbato del tren,
el niño madrugador
en cierto invierno de antaño.
Andén Uno, Andén Dos...
van descifrando sus ojos
5
de novísimo lector.
Y entre vapores bufantes,
entre chispas... una chipa
y el vuelo de su bufanda.
Ah vacaciones de ayer,
10
cuando julio era una pausa
sin cuadernos, sin deber.
La máquina está en camino
y al rato un sopor profundo
derrocha un sueño divino:
15
bajo el cielo de su casa
la imposible bicicleta
y, de dulces, una caja.
—44→
Despierta sobresaltado
en una estación distinta,
20
a cuatro pasos de un lago.
—45→
Arroyo de la infancia
En el desierto del tiempo
-entre la fina arena
de las horas escurriéndose-
busco tu perdido cauce,
oh linfa irrepetible.
5
Pero no eres más que un espejismo
para mi sed creciente
en esta caminata irreversible,
arroyo de la infancia.
—46→
Lluvia
Más que lluvia: llanto
de nube condolida
sobre la agotada lágrima
de la tierra.
Y no menos. Agua ya,
5
vida
entre el espasmo: grietas,
corteza contraída,
tajos,
filigranas o labios
10
anhelantes y besados.
Y entre las venas abiertas,
cantarina fluidez. Agua:
dardo húmedo punzando la sed.
Y sed y lluvia,
15
prodigiosas ambas.
¿Vida?
Gea saciada.
—47→
Verona a orillas del mar
No hay mortaja de luna.
En la penumbra toda,
el sollozo del mar
espuma la tristeza.
La pasión que soñara con la muerte
5
halló en la arena el escenario puro:
libres -¡oh libertad!-,
pero atados de amor,
sus cuerpos amadores en la playa
son solamente restos de un naufragio.
10
—48→
La sed
A través del cristal de la ventana
miro la lluvia
prodigándose en la sedienta
corteza de la tierra.
Oh amor, ¿acaso ignoras
5
que por otra sed nunca saciada
unas lágrimas bañan
el divino rubor de unas mejillas?
Si así no fuere,
apiádate y alivia ese tormento:
10
señala el camino que conduce
a las aguas del Leteo.
—49→
Ulises
El canto
habrá cesado, las sirenas callado, y sus ecos.
LUIS CERNUDA
Las aguas de aquel mar que ahora mismo estallan
en los acantilados de Sicilia
y se recuestan, plácidas, en playas de Israel,
son las mismas que ayer, premonitoriamente,
cerca de las riberas hechizadas,
5
lloraron consternadas
bajo el casco crujiente de tu barca
cuando, fijo el latido de tus sienes
en aquélla que en Ítaca tejía
la urdimbre interminable de la espera,
10
gimiendo resististe los acosos
de la dulce canción de las sirenas.
Mas hoy, de costa en costa, sólo arrastran
los ecos apagados de aquel canto
en las espumas tristes de tu ausencia.
15
—[50]→
—51→
Cielo íntimo
—[52]→
—53→
Vano dolor
in
memoriam Víctor Ramón
Bracho
Para mis ojos obstinados,
incrédulos ojos que vanamente buscan
tu figura absorta silbando en las ventanas
o, silenciosa y lenta,
descifrando el pentagrama de las aceras vacías,
5
todo es miserable.
Son míseras
estas arduas veredas que torturan los raudales
cuando llueve, como hoy,
en este cementerio sencillamente proletario.
10
Y también lo son
aquellas manos que, con anónima impiedad,
sellaron con tanta inútil argamasa
esta bóveda soez,
este ficticio columbario de silencios sin palomas,
15
esta espúrea cripta
que guarda, esconde, ciñe las oscuras tablas erigidas
donde definitivamente te deshaces,
donde ya eres creciente polvo encajonado
y no nutriente de algún árbol
20
como aquellos que ayer amaste tanto.
—54→
Pero qué importa si no te han devuelto a la tierra.
No yaces bajo ella. No sonarán entonces,
en la abatida caja de tu pecho puro,
la indecisa pisada del hombre transitorio
25
ni los pasos que, sin brújula,
para siempre en el Sur extraviaste.
Y qué importa al final toda esta pena,
si de la tierra misma es el ladrillo,
la cal, la arena, el clavo y la madera
30
que yerguen el brevísimo recinto
donde hoy ya te disuelves,
tú,
que también fuiste
animado terrón con forma humana.
35
—55→
Memorias de un sueño
a José-Luis
Appleyard
Testigos que fuimos del parto del alba,
flamearon luces de asombro en tus pupilas.
Bebimos la última copa de
sake
y salimos a deambular calle abajo
con el silencio quebrado por el piar de los gorriones
5
(la brisa desperezaba los naranjos
y tachonaba de azahares las aceras vacías).
Felices todavía llegamos a la casa:
abrumado por la fiebre sideral de sus próximos
poemas,
cierto poeta luchaba
10
con la roca de Sísifo como estandarte cruel de la
cruzada.
Hablamos de Góngora toda la mañana
(él nos ignoraba, adusto en su retrato)
y no pudiste decirle a la
hermana Marica, mañana, que es
fiesta,
porque la tos de nuevo te taladró de espasmos.
15
No logramos comer al mediodía.
A la mesa solitaria acudieron presurosas
las ninfas de todo el vecindario
para mirar sin comprender tu vieja campanilla,
muda sobre el mantel almidonado.
20
Salimos entonces a caminar bajo la lluvia;
yo detrás de mi padre
y tú, niño, en brazos de tu madre muerta.
—56→
Me señalabas los raudales que pulían las piedras
de Rodó;
y en barquitos de papel llegamos, al fin del día,
25
a las arenas de Varadero:
entre cadavéricos buques, entre quillas derruidas,
Manolo Prieto filmaba el sueño compartido de un barco
abandonado.
Reímos toda la noche (Cristo con nosotros a la vera del
agua)
y entre huesos de peces muertos vimos, en la ribera opuesta,
30
nuestra propia osamenta profanada por los cuervos.
Al nuevo día descendimos por el soleado río,
con nuestros ojos rotos de imaginar péndulos
en el vaivén de los camalotes.
De pronto nos cruzamos con la nave de Caronte,
35
quien, ciego, nos acechaba desde el puente de su nave:
crujieron las cuadernas de nuestro viejo buque
y tu barba oscureció a la sombra de los mástiles
quebrados.
Sofocados de llanto, desde popa corrimos,
sobre amarillentos libros que alfombraban la cubierta,
40
hasta el mascarón de proa que Laterza Parodi tallaba,
ya inconmovible,
con sus manos aromadas de caña y de limones.
Dormido el sol, arribamos al puerto deseado:
te vi partir por sus callejas,
45
del haz de tus poemas
tomado de la mano.
—57→
Mi hijo
a Ricardo
Me basta el instante. Te contemplo.
Cae sesgado el sol
sobre la primavera de tu cuerpo
y, desde el milagro de la luz,
de tu propia vida, te prolongas.
5
Enhiesto, inmerso en tanto resplandor,
una muda sombra de ti se escurre
y extiende,
asida con denuedo a la dormida impudicia
de tus plantas.
10
Tú y tu sombra:
ángulo perfecto, núbil espejo
que desde el vértice quieto exhuma, proyecta,
levanta mi ardido ayer de veranos gozosos.
Y más: como una montaña que pudiera elevarse,
15
que pudiera erguirse sobre los años
que se agrietan ante el otoño en ciernes,
me guardas contra el viento
que aúlla todavía a mis espaldas.
Eres el punto exacto donde confluyen
20
los vínculos poderosos,
el curso continuo de mi pulso denodado,
—58→
los lentos cartílagos que de mis huesos
retoñaron.
Bajo tu frente luminosa
-continente de vida, vivísimo mundo
25
donde declina la urgencia de la muerte-
ya se inicia un leve latido de arcilla,
génesis de vastas sucesiones
que se alzará mañana, prodigiosamente,
de cada desastre del proceso final
30
en los inviernos.
1985
—59→
Cielo impío
a Mauro Marzochi,
quien me abrió el corazón de São Paulo
¿Recuerdas el conejo aquél,
el del benéfico solaz de Rubem Leme?
Con una herida atroz lo vi arrastrarse ayer;
penosamente trepaba las arduas colinas de Cotía.
En sus ojos fulgían el dolor inmensurable
5
y el espanto de infaustos presagios:
ardían las orquídeas del follaje
y los colibríes morían, silenciosos,
entre los guijarros de la senda umbría.
En la opuesta ladera, el
joão-de-barro
10
piaba entre los terrones de su morada rota;
mientras, un sol velado ensombrecía el horizonte.
El viento de la vida nos dispersa:
hoy huye la alegría de mis manos vacías
y el samba, inerme,
15
se ovilla entre tus pies, gimiendo.
Dos patas de conejo cuelgan sobre el pecho
del espectro cruel del infortunio.
1986
—60→
Admoniciones de la sangre
a mis
hermanos
Esta sangre que nos dieran, no como simple arbitrio de la
naturaleza
sino como una irrepetible fábula del amor,
es una ligazón que hemos desgastado con el tiempo.
A nuevas voluntades entregada,
dispersa entre las vastas sucesiones
5
que bifurcan las tribulaciones del linaje,
su pulso declinante ya apenas nos reúne
en torno a la arteria genesial que sobrevive.
Cada cual un solitario en los bullicios pretendidos,
ya casi unos extraños a pesar del idéntico fulgor
de nuestros ojos,
10
nos sentamos a la mesa con el rostro enmascarado,
fingiendo la mordaza que ciñe nuestros labios,
ajenos al clamor de nuestros corazones
que, afligidos, sostienen todavía la sal acumulada
por el tránsito azaroso de nuestro amor fraterno.
15
Tal vez reconvenidos por el dolor secreto,
apelamos a la última elección que puede
redimirnos:
la piadosa memoria nos transporta
hasta el humilde cuarto enladrillado
donde, niños entonces, tomados de la mano
20
—61→
de par en par abríamos nuestros pechos
sin amenaza alguna para ningún orgullo o patrimonio.
Y ahora sollozamos a escondidas. Y un grito desgarrado nos
sacude
y se instala en el hueco glacial de nuestras sienes: nuestro
padre.
1986
—62→
Prodigio de la forma
a Hugo
Pistilli
No es la lumbre alentada por la fragua
la que signa el perfil de la materia
sometida al prodigio de tus manos:
es el cosmos de luz que en ti se agita,
ese cielo recóndito en tu frente
5
donde pugnan relámpagos sublimes
y terribles arcángeles de sueños,
antinomias insignes que, al fundirse
en el crisol que bulle tras tus sienes,
descienden presurosas por las venas
10
hasta el duende genial de tus falanges.
Y allí sueltan la luz, se precipitan
sobre el ascua dispuesta que ya espera
a ser forma al final, pura belleza,
la simple maravilla que liberas
15
al espasmo gozoso de los ojos,
al orgasmo visual que nos revela
la mágica creación, el mudo verbo
que se yergue magnífico y proclama
que si el hombre es mortal y la hermosura
20
eterna, ambos recrean lo divino.
1987
—63→
Despedida
a la muerte de
Ricardo Mazó
El cisma que separa la vida de la muerte
cedió bajo tus plantas. Hoy yaces bajo tierra,
bajo la oscura tierra que jubilosamente
fulgura a tu llegada, pues en tu frente llevas,
oh surtidor de estrellas, luceros diferentes,
5
la clara resonancia que has dado a la palabra.
Pero sobre ella dejas mil pechos miserables,
mil cajas donde baten dolientes corazones
por esta artera siega que el tiempo ha consumado.
Entonces, dime, amigo de pura voz callada,
10
oh viajero continuo que en la noche te alejas:
¿Cuál verbo y flor secreta contigo te has
llevado,
que mueren los vocablos y los jardines hieden
cuando quiero evocarte desde un sitio aromado?
¿Qué ronca voz alientas, qué verbo
clamoroso
15
empujas todavía en mi pecho azorado?
Mi buen amigo, callas, y brota esta pregunta
que fuera daga y sal de tu nostalgia ardida:
¿Has encontrado al fin en ese espacio ilímite,
en esa amplia caverna con techos de basalto,
20
al cándido juglar de tu primera infancia,
aquél que fue cautivo de la excelsa belleza
del cierzo en los naranjos?
—64→
No me respondes tú, pero este raudo viento
que viene desde el Sur me dice que tu rostro
25
sonríe entre un manojo de tersos azahares;
que erguido entre jazmines que el mismo viento orea
el ángel que te guarda, hierático, te vela,
y con su diestra en alto, perennal hacia el cielo,
levanta para siempre la antorcha de tus versos.
30
1987
—65→
Cielo oscuro
—[66]→
—67→
Eclesiastés 4: 1, 2, 3
It is a
privilege to be dead.
ALLEN TATE
Cuando, vencido, combes la cerviz
y gimiendo al final te desmorones
como un títere que cuelga de una mano derrotada,
crecerá en tu contorno el rechinar
de los fieros colmillos de los lobos;
5
y los cuervos, graznando,
descenderán en busca de la carroña en
ciernes:
la piedad será entonces un alba mendicante
detrás de la soberbia de la noche.
Tu rostro en tierra alentará la sed,
10
pero el duro frontón de la mordaza
no dejará que bebas
ni siquiera la sal de tu infortunio.
Y desde allí, un palmo más abajo,
verás al fin los lindes del paraíso
15
en el sueño apacible de los muertos
quienes, distantes ya de la tragedia,
podrán decirte acaso
el secreto del tránsito al sosiego.
O la feliz certeza que guarda un vientre núbil:
20
de nuevo ser, bajo este cielo impío,
un niño inengendrado.
—68→
Solitario guijarro de nuevo
(Silverio)
Como un cuento casi, casi como una leyenda
que emerge y se oculta
y se aferra con denuedo a tu memoria,
refieres que una poción
(dulcísima fluidez de muerte, río letal
5
para la avidez de los labios mordidos,
beso postrero entre vida y cansancio)
ahogó los sueños de tu madre rendida.
Hoy su pecho opreso bajo tierra
nuevamente nutre las génesis. Y tú,
10
solitario guijarro de nuevo,
miembro desprendido de una montaña muerta,
suelto al viento ruedas, giras,
das tumbos, saltas, te estrellas
y caes, al fin,
15
en hondonadas de misericordia. Y allí
(a pecho abierto, en comunión secreta)
algún canto olvidado, ya canto rodado,
gime y contigo llora.
Y tan pronto recobras el brillo de tus ojos
20
te despeñas
hasta un cielo diáfano.
paraíso tangible que aún purifica tu frente,
tu corazón. Y más:
—69→
que al duro gris de tus castas pupilas
25
mansamente ennoblece.
Acaso niño tú de infancia quieta,
no emergida:
¿Quién remonta
pandorgas
cuando a solas digieres tu candor violado?
30
Dime qué llanto guardas cuando suplicas.
Dime qué extinto corro de niños imploras
cuando hiendes, cansado,
la oscurecida luz de la aurora.
Tu vida es ya un puño
35
que no pudo atrapar la alegría.
Ahora ella cruza ante ti,
inasible
-como una sombra.
—70→
Invocación
a Juan Manuel
Prieto
Como si fuera el moroso sol del mediodía,
pausadamente bebemos la luz
que prontamente se guarece
tras los muros del silencio. Entonces nosotros,
espectadores mudos, casi espectros,
5
con la obstinación de la aquiescencia,
injuriamos al pecho adolescente
para lanzarlo a la inútil competencia
con la antorcha extinguida entre las manos.
¿En dónde está la luz,
10
la llama altiva y permanente
que nos preste la tea del coraje?
Huye de nosotros como un ciervo espantado,
huye de nuestra cerviz convexa
que ya es todo un símbolo en el mármol.
15
¿Qué miedo nos habita? Sabemos que
después
vendrá de nuevo, como siempre, el acecho de la noche
y seremos, otra vez, como las nubes,
huyentes mansamente en el celaje.
El último minuto se aproxima. Apenas
20
nos resta el tiempo que define
la postergada claridad, la de la cifra
del álgebra feroz que nos amarra.
—71→
Si no, ¿qué serán entonces ellos,
los que vienen? Tal vez palomas de basalto
25
que no alcancen a hendir el aire. Y nosotros,
en las sombras, burdo laurel de barro.
—72→
Ahora el infortunio
La flor seca ya
vuela de las ramas. Y yo observo atento la paciencia de su vuelo
irrevocable.
SALVATORE QUASIMODO
Has querido poblar tu soledad
con la misma canción que acompañara
la perfidia del «sí» con la pregunta
que del verbo volver brotara ansiosa;
con las luces triviales de las calles,
5
donde otrora fulgían los luceros
de unos ojos teñidos de esperanza;
o en la mesa del mismo bar que guarda
el recuento feliz de unas caricias.
Pero no hay luz, canción ni bar alguno
10
que suplanten las ruinas que te habitan.
Pues por cada canción tendrás el eco
del mismo artero adiós no pronunciado;
las calles que camines serán siempre
oscuros callejones sin salida
15
y la mesa del bar donde te sientes
será solo un reducto de ficciones
y de vana embriaguez y muda súplica.
—73→
Porque a este abismo en sombras, desolada
región donde te agostas sin consuelo,
20
tu propio corazón te ha condenado.
—74→
En el hospital
Si estos ojos implorantes,
desmesuradamente abiertos en la tragedia,
brevemente fijaran la mirada
en las sienes de aquella anónima cabeza
que diligentemente ausculta el pavor inocultable
5
que se agita en cada pecho
(olvidados al fin del horror de las camillas
que, de tumbo en tumbo, cada hora alejan
del lánguido aliento de la sala
los cuerpos definitivamente apagados),
10
verán en ellas una llama diminuta
que flamea todavía en la tormenta,
pues, tan sólo un soplo antes,
por el frenético latir de las venas que cobija,
por un momento huyó la muerte
15
-agazapada.
—75→
Otra versión de un poema de Robert
Frost
Hacia el filo del alba
he observado a un gorrión
construyendo su nido
en un íntimo hueco
del alar de mi casa.
5
Oh silencioso afán
que ha infundido a mi espíritu
un profundo sosiego,
salvando así una noche
de terrible aflicción.
10
—76→
—77→
Entre el perro y el niño, un cordel
a J. A.
Rauskin
Pasan despacio y son dos perfiles distintos en la esparcida luz
sobre la acera. Tampoco idéntica lumbre les fulge en la sien; porque
aún está en ciernes la razón en el niño y desde
siempre maduro el instinto en el perro. Pero entre ambos tiembla un nexo
divino, que jamás será traílla ni soga opresora, sino
simple cordón umbilical por donde fluye un diálogo secreto y
discurren, invisibles, el candor y la pureza en deífico engarce: el
cordel. «El niño lleva un perro», dicen. Pero es el perro
quien delante guía y conduce. Y quien, cuando el aire mira regresante,
en ademán alerta olfatea, huele, husmea y, de súbito, para. Ya
levanta las orejas: observa, escucha, atiende. Y con suave tirón, tal
vez caricia imperceptible, conduce al niño hacia otra vida, hasta
aquélla que late escondida, guarecida, temerosa del fragor impiadoso de
la carrera humana: entre rotos ladrillos de un muro en ruinas, algún
insecto erige todavía el mundo verdadero. Y niño él, ahora
con ojos tan abiertos de tanto azoro, ya es descubridor de un mundo cierto que
nítido pervive entre el acoso de la arcilla transitoria.
Perro pastor, pastor lejano, sin rebaños que velar, vuelto,
acaso compañero apacible y misericorde, sin atisbo de asombro en sus
pupilas, ahora velando un niño lúcido, plácido entre la
inquieta jauría, allí donde la súplica es balido, y
ladrido la palabra dura.
Navidad
a Charles
Richard Carlisle
En esta hora natal en que los hombres dejan de contender
y con máscaras idénticas se disponen al licor y
la mesa buena,
vuelvo la mirada a mis adentros
y sólo veo mi silencioso pecho como una tierra
devastada.
Pero confiado otra vez en Su misericordia,
5
hurgo en mi agotada alforja, por si acaso guarde una semilla
todavía:
con otra tanta y mutable promesa, todo un año
nuevamente
intentaré la siembra en el erial.
Y los convidados irán llegando; colgarán del
esplendente arbolito
sus corazones alborozados y fraudulentos
10
cuidadosamente envueltos en brillantes papeles de color.
Los niños, sin embargo, verán en los
pesebres
globos negros que pugnan por un lugar
entre los ángeles y las estrellas,
mientras el Niño, pacientemente, concederá la
absolución
15
a aquellos que desguazan sus miserias con un eructo
irreverente.
Sólo los corderos pacen en paz entre los tiernos brotes
de arroz,
—78→
cuando el lobo, solitario en su guarida,
se cubre con la piel más suave que obtuviera en la
última captura
y suelta una lágrima falsa:
20
eso le basta para olvidar el coágulo adherido a sus
colmillos.
Entonces la Luz cae serena sobre el platillo donde la sombra
cede:
hacia allí la balanza lentamente se inclina.
—79→
A una muchacha violada
Ahora que conoces los lindes del horror
-aquella sensación que nos sacude
cuando vemos un ave degollada-,
sollozando recoges los añicos
del cristal de tu pecho adolescente.
5
Allí, bajo un estrago de cascos y pezuñas,
con la cruel ligadura del hielo y de la hiel,
tu corazón trizado recompones
a la imagen exacta de un canto de basalto:
desde el frío peñasco de amargura,
10
al alba sonarán latidos diferentes.
Así también se yergue ante tus ojos
la dura celosía que erige el desengaño:
allí oscura, emboscada, de hoy en más
observarás el rostro abyecto de la vida,
15
ese espúreo jardín que te encantara
con flores de papel.
Y cuando tus oídos cautelosos
oigan la risa atroz de las rameras,
al fin te apiadarás de su infortunio:
20
te ha sido revelado ya un algo de misterio
—80→
con el cual, a horcajadas sobre el mundo,
ellas miran el paso de los hombres
desde el ojo de sangre que late entre sus piernas.
—81→
Consumación
Cuando, por fin, se apagan
los ecos del último chirrido
y el polvo suelto en el impacto
por un instante en el aire gira
tal manto de agorera niebla
5
y, ante la desolación de los añicos
y de la materia retorcida,
absortos caminantes súbitamente se detienen,
con cautela suma se acercan
de uno en vez -hasta ser muchedumbre-
10
y comentan, cuchichean, consultan entre sí;
de pronto alguien, en un impulso urgente
de piedad secreta o de público coraje
intenta el rescate del cuerpo aprisionado
(olvidado ya del río de máquinas
15
que raudo sigue pasando al filo de la muerte),
uno se pregunta:
dónde el pensamiento grato, o triste,
que una hora antes hubo surcado
esa frente que se azula poco a poco;
20
qué íntima alegría tal vez
alentó
una mueca breve en esos labios
que ahora se amoratan lentamente,
—82→
donde un hilo de sangre
asoma por la comisura
25
y gotea en el piso ya rugoso
-que tensa materia también fuera
un soplo antes del final.
—83→
En el cementerio húngaro de
Lambaré
a Noemí
Ferrari de Nagy
El sol relampaguea en los altos cipreses,
destila luz en la cabellera de otro árbol
y, en su girar continuo, de una tumba a otra
muda la sombra. Y debajo de la sombra,
la tierra, aún más abajo, entibia un pecho
frío
5
que sigue huyendo de las multitudes
por secretos túneles, hacia el olvido.
¿No has visto, no has mirado las negras hormigas
precipitándose fuera en busca de las nutrientes
hojas
del mismo árbol que un cuerpo empuja desde el
fondo?
10
Desde un cráter diminuto, por un ínfimo conducto
bajan
hasta el descarnado esternón, viga maestra
que aún sostiene el hueco que de alba en alba se
ensanchara,
bóveda que un soplo antes del desmoronamiento fuera
pecho y latido, cálido recinto de sangre magiar
15
que aquí, en este suelo extraño, se
disuelve.
Que de un continente a otro, hasta esta tierra igualmente sin
mar
llegara un día, con dientes apretados,
mordiendo la sal de la nostalgia.
—84→
Hoy soy yo quien viaja en un regreso imaginario.
20
Navego por las aguas calmas del Danubio y anclo
una hora donde confluye el Draba.
En Budapest bebo una copa de vino
y, hasta la clara noche, deambulo
por calles de Miskolc, de Szeged y de Gyor.
25
Llega el alba y me inundo:
parado en medio de la
puszta vastísima,
desposado fugazmente con la Rosa de los Vientos,
siembro corazones de retornos imposibles.
De vuelta aquí, el mar prestado que nos uniera
30
silenciosamente hacia el trasfondo de la tierra huye.
Y desde abajo -entre oleajes de
csardas y violines,
de arpas y guaranias-, alborozadamente crece
la canción que las vastas sucesiones de Arpad
entonaron.
—85→
Panteón familiar
Aquí es donde el sosiego se yergue victorioso
sobre la derrotada arrogancia de la carne.
Aligerados ya de la materia infructuosa,
desligados del tiempo,
los esqueletos se dispersan en paz en la inocente
penumbra,
5
en la tranquila oscuridad que los envuelve.
El silencio zumba dulce en los oídos
y nos invita a un recogimiento repentino:
una extraña alegría nos invade
y declina la tristeza que alentara la memoria
10
desde el álgido amor por su linaje.
Entonces, alborozados, presentimos
que el puñal de la mortal miseria, grotesco,
ya sólo clava un hueco entre dos huesos redimidos,
mientras el viento, cantando,
15
se aleja entre las alas restauradas de unos ángeles
sonrientes.
—86→
En el vertedero
Sobre la fétida extensión de los desperdicios,
entre el zumbido de las moscas cebadas,
una sucesión de seres desolados
hurga entre los restos de tanta saciedad
distanciada por la sinrazón de su ceguera.
5
Así, con mendrugos mohosos y objetos miserables,
ninguna dicha se vislumbra, sino sueños ominosos,
la convivencia cruel con la desesperanza.
¿Habrá un dardo de luz que alguna vez
traspase la penumbra de tanta desventura?
10
¿Alguna fe podrá animar los pasos
por este callejón oscuro, sin salida?
Al fondo del enorme revoltijo, tras paredes de desechos,
los andrajos del horrendo desatino,
entrevistos como herencia de doctrinas que subyugan
15
con paraísos intangibles.
Entretanto unos niños de vientres hinchados
deambulan, demasiado viejos,
de un extremo a otro del infortunio.
—87→
Muerte de un niño
En este instante, cuando el último estertor
es un absurdo estremecimiento, un temblor casi grotesco
para tanta expugnable fragilidad que aún ciñe su
intocado corazón;
cuando la sangre que ahora surte del ángel
derrotado
es el mismo signo que señala el eructo de la
muerte,
5
el estupor dilata las pupilas de los mudos
transeúntes
y fija en ellos, no el raudo flujo de los carros,
sino una hidra incontenible que ejercita su apetito en el
asfalto.
Horas después que los presentes -de cara a la
pared-
hayan vomitado el horror digerido por los ojos,
10
las Damas de Caridad, manicuradas, tomarán el
té
a beneficio de los niños expósitos,
y un elegante caballero firmará una rogatoria
respecto a una exención de gravámenes
a fin de suplir una gastada flota de transportes.
15
Entonces los curiosos que fueron invitados a pasar
verán el rostro de Dios ondulando en el manto de la
madre
quizás como respuesta a la súplica agotada,
a ese cúmulo de sal infructuosa, única piedad
sobrevividora
de toda la sangre que se ha acabado para siempre.
20
—88→
Última instancia
Bajo el sol de la mañana
contemplo los contornos de mi sombra
extendida
en una acera antigua y trajinada.
¿Cuántos otros, alguna vez,
5
habrán depositado aquí también
sus sombras pasajeras?
Si estas mismas losas, piadosamente,
revelaran mañana esos perfiles,
podrían erigirse en un rincón
10
de la memoria
las formas olvidadas de aquellos
que entonces, ay, seremos:
anónimos terrones
deshaciéndose.
15
—89→
Certeza
Ignorar es
vivir. Saber, morirlo.
VICENTE ALEIXANDRE
Saber, sé. Sé que este otoño
que levanta su torre de agónica soberbia
sobre las foscas ruinas del verano
sucumbirá mañana en la catástrofe
del invierno irrevocable. Así, tan sólo un soplo
antes,
5
ardió la primavera en la hoguera del estío.
En vano el hombre intenta detener
ayeres que continuos le suceden. Desde el soplo de luz
que le alienta a emerger de la tiniebla
de donde viene, en ese mismo viento
10
ondeando como un gallardete, llega.
Pero apenas una hora
y, avanzando en el círculo perfecto en que gravita,