Viena, duerme el emperador
Sergio Ramírez
He llegado a Viena para participar en un seminario de literatura hispanoamericana organizado por la Universidad. En camino desde el aeropuerto se extraña la ausencia de esas súper autopistas alemanas; vamos por carreteras estrechas entre vías férreas y líneas de tranvía que pasan por barrios suburbanos de rostro provincial, a dar a la Viena intramuros, la vieja ciudad imperial marcada en la ruta de los turistas como una alternativa siempre monumental y siempre elegante, de París. París-Viena, se dice aún en las revistas de modas. Pero como si se tratara de un apagón de la historia, faltan luces en esta ciudad de glorias desmanteladas que los domingos está desierta. Temprano caen las sombras sobre los palacios neoclásicos que tanto inspirarían la ricacha ambición de tradición de nuestros próceres cafetaleros centroamericanos; cuadrigas de bronces, dorados ángeles de la victoria en las cornisas, pesados capiteles, galerías de columnatas que cierran las plazas en hemiciclo. Ya no domina la fanfarria militar, sino la tranquilidad republicana, además neutral aún en los peores tiempos de la guerra fría. Monumentos, palacios, todo como la utilería de una obra teatral que ya no se representa más, no más carruajes de tiro, gloriosos y empenachados, sino la modesta congregación de Citroëns y Volkswagen que se disputan las estrechas vías a los lados del tranvía chirriante; al alto de los semáforos los conductores compran los diarios de la tarde a unos personajes de abundante cabellera y vestidos de anaranjado que corren por las calles. Son trabajadores importados de Egipto que se benefician del afán ciudadano por leer las ediciones de cada hora, porque los vieneses conservan intacta su ilusión de metropolitanos, dice mi amigo. Complejo de gran urbe.
¿Y Añoranza imperiales? Asistimos más tarde en el Burgtheater, el de más prestigio y tradición en la ciudad, a una representación de Die Jagdgesellschaft (La Partida de caza), una obra del mejor de los dramaturgos austríacos contemporáneos, Thomas Bernhard. La función comienza a las seis y media de la tarde, una hora poco elegante para el teatro en Viena; pero los acomodadores, tramoyistas, porteros y luminotécnicos, han logrado a través de su sindicato imponer este horario en el contrato colectivo de trabajo para poder irse temprano a sus casas. ¡Ah, aquellos viejos tiempos! Antes de finalizar el primer acto el público, gente mayor en su gran parte, comienza a despoblar las lunetas porque seguramente la obra luce demasiado moderna, sus proposiciones un tanto intelectuales. La representación concluye, baja el telón y todo se queda en silencio, ni un solo aplauso. ¿No salen los actores a recibir aunque sea una modesta ovación?, pregunto a mi amigo. No, no hay aplausos para no despertar al emperador. Porque el Burgtheater estuvo en un tiempo dentro del palacio y si el emperador se retiraba a sus alcobas -situadas cerca de su palco- antes de terminar la función, no le gustaba ser molestado por aplausos, menos por ovaciones. Así que todavía el público, no importa el fin del imperio, no importa el paso del nazismo, no importa la república neutral, se despide siempre en silencio. Duerme el emperador.
En la Altstadt, por callejones obscuros de empedrado lustrado por los pasos y por la llovizna, vamos después al Café Hawelka, en la vecindad de una pequeña plaza donde se alza uno de esos tótems barrocos que se acostumbraba erigir en memoria del fin de las pestes. El local, amoblado con esas delgadas silletas de espaldar envarado que en Nicaragua aprendimos a llamar vienesas, está lleno de humo. Allí andan otra vez los egipcios anaranjados entre las mesas vendiendo sus periódicos. Hay hippies estrafalarios en el abigarramiento, tan demodé ya como el decorado finisecular del café, en cuyas paredes se alinean tesoros pictóricos, cuadros de Brauer y de los demás artistas mágico-realistas de la escuela vienesa.
Y de nuevo por las callejuelas desiertas al filo de la medianoche, no puede menos que recordarse el misterio de las alcantarillas de Viena, la Viena ocupada por tropas aliadas en la post guerra, de El tercer hombre de Orson Welles. Allí suena, mientras la baila una muchacha de piernas largas en un café sin clientes, esa musiquita que tanto nos escarneció de fama: Managua Nicaragua is a beautiful town…
Viena, enero de 1975.