Semblanza crítica de Pino Betancor

Por Antonio Cazorla Castellón (Universidad de Almería)

Pino Betancor (Fuente: Imagen cortesía de los herederos de Pino Betancor).

Sobre el nacimiento de Pino Betancor Álvarez (Sevilla, 30 de abril de 1928-Las Palmas de Gran Canaria, 3 de enero de 2003) aún gravita cierto misterio. Se cuenta que, al poco tiempo de su llegada al mundo en un palacete sevillano, un ama de cría la trasladó a Madrid, donde fue adoptada por Antonio Betancor Suárez, perteneciente a una familia de comerciantes grancanarios, y Lady Celia María de Gracias, hija de un diplomático español en Londres.

La crianza de Pino Betancor se desarrolló en el seno de una familia acomodada que le proporcionó una esmerada educación. Muy pronto aprendió, simultáneamente al español, el francés mediante una institutriz francesa. En la adolescencia fue internada en un colegio de monjas de Londres, donde no solo aprendió el idioma sino que también entró en contacto con una de sus pasiones, el ballet. Esta etapa, en la que también se enmarca una estancia de dos años en Malta, coincide con los años de la guerra civil española. Proclamada la victoria de los sublevados, la familia regresó a España en 1942. En Madrid cursó estudios de italiano, de danza clásica -de la mano de Gerardo Atienza- y de danza española -en la academia de Ángel Pellicer-. Sin embargo, su verdadera vocación fue el canto. Por ello, priorizó los estudios de canto lírico sobre cualquier otra disciplina, animada por María Lisón, exitosa cantante de ópera, y el maestro Antonio Capdevila, figura fundamental en la vida de Betancor.

Pese a que su hábitat era el escenario, la literatura siempre estuvo presente, aunque de manera tangencial en un primer momento. Pino Betancor accedió a las letras por medio de los cuentos y a través de la escritura poética, especialmente en la adolescencia. De esta época son las composiciones que agrupó en un pequeño poemario que tituló Primeros poemas, y «El extranjero», texto que recitó en el Ateneo de Madrid en 1946.

Su prometedor horizonte artístico se truncó en el año 1949 con la muerte de su madre y de Capdevila, fallecido durante un ensayo. Pino Betancor estaba lista para debutar en el Liceo con su ópera preferida, La traviata, que no llegó a representarse. Fue tan grande el impacto emocional de estas dos tragedias que su carrera profesional como cantante también se interrumpió.

Tras esta experiencia de crisis personal y profesional, en 1950 viajó a Gran Canaria con el propósito de estrechar lazos con la familia paterna. Allí conoció a José María Millares Sall, de quien se enamoró y con quien contrajo matrimonio el 13 de marzo en la parroquia de San Francisco de Asís.

Pino Betancor se adentró en el movimiento cultural de las islas Canarias impulsado por los Millares Sall. José María Millares Sall y sus hermanos, Agustín y Manolo, gestionaban la colección poética «Planas de Poesía». Su fundación constituyó uno de los proyectos editoriales más importantes de las islas Canarias en la década de los cincuenta. Pero si el grupo poético del medio siglo en las Canarias estaba aislado respecto al peninsular, en el caso de las escritoras hay un doble aislamiento, por su condición de isleñas y de mujeres. «Planas de Poesía» surgió en este contexto de aislamiento. Pino Betancor, desde su primera participación con un poema a Maupassant para el monográfico a él dedicado, tuvo una notable presencia en la cultura de las islas.

En Planas de Poesía vio la luz su primer poemario publicado, Manantial de silencio (1951, aunque escrito en 1950), que incluía las ilustraciones de Elvireta Escobio, concuñada de la poeta. Compuesto de manera espontánea e impulsiva, en la obra conviven dos grandes sentimientos: el dolor por la ausencia materna, como evidencia la dedicatoria a la memoria de su madre, y el impulso amoroso de la juventud, donde las metáforas ígneas del deseo erótico, que remiten a la estética lorquiana, conviven con las imágenes melancólicas propias de la poética juanramoniana. El diálogo con la tradición literaria se percibe también en la metáfora del alba, característica de las canciones de amigo.

Pino Betancor (Fuente: Imagen cortesía de los herederos de Pino Betancor).

Las piezas de Manantial de silencio cobrarían nueva vida cuando Pino Betancor las incluyó en Cristal (1956). La poeta reformuló muchos de aquellos textos, modificó su métrica, redujo y separó estrofas, y matizó la carga erótica de esa primigenia voz que ansiaba contarlo todo. La dedicatoria de la obra cambia completamente el tono al pasar del doloroso recuerdo materno a la encendida invocación a José María Millares Sall. La poeta ha experimentado la plenitud amorosa y su voz se dirige ahora a un interlocutor al que interpela, seduce y provoca. La tristeza que subyacía en Manantial de silencio queda disipada por la luz del alba, metáfora del encuentro sexual. Aunque se mantienen los ecos lorquianos y juanramonianos, la poesía de Betancor dialoga ahora con los versos de Juana de Ibarbourou, especialmente en lo que se refiere a la expresión del goce erótico. En esta reformulación de los poemas del primer libro Pino Betancor emplea una rica variedad de rimas y metros. La simbología, de raigambre modernista -incluso dariana-, recurre al azul, el lirio, las rosas, la luna, la noche (momento de comunión corporal) y una naturaleza convertida en un locus amoenus donde se funden los amantes. Todos esos símbolos están presentes en la primera parte del poemario, «Canciones de agua y viento». Mediante una melodía armoniosa, conseguida con el verso octosílabo, la voz poética explora su feminidad y su deseo carnal sin atisbo de culpa judeocristiana. La pulsión feminista de estos versos, en los que la mujer se erige en sujeto creador y sujeto deseante, se evidencia en el poema dedicado a sor Juana Inés de la Cruz que cierra la primera sección, donde la autora parece proyectar sobre la monja las experiencias de mujeres que, como sus contemporáneas, han sufrido una represión del goce sexual. El texto permite una lectura feminista complementaria, en tanto que Pino Betancor participa de una reconstrucción cultural, histórica y mítica de las mujeres y sus relatos, es decir, de la creación de una herencia matrilineal, en términos de Sharon Keefe Ugalde. En la segunda parte, «Poemas de arcilla y cristal», cambia el octosílabo por el alejandrino, y la impulsividad de la primera voz poética se presenta más apaciguada y sosegada.

En 2013, Daniel María encontró en el archivo personal de Pino Betancor algunos textos que incluyó en Nada más que esa luz (Poesía completa) (2017). Muchos de ellos están fechados entre 1956 y 1959, como los Cantos personales -destacan el «Canto a Dolores Ibárruri» y el «Canto a Rosa Luxemburgo»-. De 1957 es 8 sonetos clandestinos, inéditos en vida de la autora y firmados con el pseudónimo de Juana Juvas, que solo han podido aparecer en las antologías más recientes. Su tono de arenga, denuncia y compromiso político antifranquista explica que la poeta custodiara estos textos bajo llave, pese a lo cual se ha perdido el octavo.

En 1962 publicó Los caminos perdidos, cuadernillo formado por cuatro poemas. El tono de desánimo y pesimismo que evidencia el título es debido, en parte, a los estragos físicos provocados por el paso del tiempo. La voz poética increpa a la vida por su injusticia, por las penurias económicas y, especialmente, por el sometimiento de la época a los mandatos patriarcales de la crianza y la domesticidad. No obstante, hay un resquicio por el que se cuela la esperanza: una naturaleza con la que desea fundirse para reencontrarse con la alegría y la plenitud de antaño.

Tras ese cuaderno sobrevino un silencio de catorce años. Diversas vicisitudes personales y familiares fueron marcando su vida, como dos abortos espontáneos y la muerte de su hija Sonia, a los diez años de edad, en 1964. Ese mismo año se trasladó la familia Millares Betancor a Madrid, para escapar de la persecución que José María sufría debido a su actividad editorial y poética. Pese a su silencio editorial, Pino colaboró en algunas revistas literarias, como Mujeres de la Isla y la malagueña Caracola, entre 1963 y 1968. Cuando José Quintana Santana publicó en 1970 la antología 96 poetas de las islas Canarias, con la inclusión del inédito «Poema al árbol», el lugar de Pino Betancor en las letras canarias comienza a consolidarse. En este texto, la voz poética recoge muchas de las características de su lírica precedente y anticipa el tono que tendría su poesía posterior. El foco no alumbra tanto a un yo íntimo como a los valores humanos y fraternales de un nosotros.

Muerto el dictador e iniciada la etapa de la Transición, Pino Betancor rescató un poemario escrito entre 1957 y 1958: Las moradas terrestres (1976). Ilustrado por su hija Susana Millares Betancor, se trata de un canto a la clase trabajadora, una oda al pueblo llano. Pocos años antes de su muerte, la poeta se sentía orgullosa de esta obra que compendiaba los rasgos de la poesía social y suponía un canto atemporal por la justicia, en un tiempo en que la estética del socialrealismo ya había dejado de tener presencia relevante en la poesía española.

La preocupación de Betancor por el bienestar del ser humano se proyecta también en el deseo de paz universal y en el compromiso con el cuidado del planeta. Así puede verse en Palabras para un año nuevo (1977), obra que venía gestándose desde la década de los sesenta y que está impregnada de los anhelos de esperanza que traía la nueva etapa política. La obra es un canto cívico, de resonancias machadianas, en el que rechaza los fanatismos y las fronteras geopolíticas que dividen a los seres humanos. El interés por la colectividad desemboca en una evolución de los símbolos de sus primeros textos: así, el alba que antes hablaba de la intimidad, pasa a simbolizar la llegada de la justicia social y de la solidaridad.

Tras Palabras para un año nuevo se sumió en otro silencio editorial de una década. En 1987 regresó con Las oscuras violetas, donde reencontramos el pesimismo de Los caminos perdidos. Los ocho textos que componen el poemario recogen la confrontación de la poeta con su propio reflejo y ofrecen el repaso de una vida en que la juventud vigorosa, inocente y deseante se ha disipado. El retorno a la introspección se mantiene en Las playas vacías (1991), especialmente en la segunda parte, titulada «Frente al espejo», donde, aunque se mantiene el ajuste de cuentas con los errores existenciales, transmite la esperanza y el sosiego de quien observa los traspiés con voluntad de aprender de ellos. Atención especial merece su primera parte, «Balada a Norma Jean». En el poema homónimo que cierra esta sección expone la rigidez de los moldes de la feminidad normativa bajo el yugo patriarcal. Betancor se sirve de personajes como Norma Jean y Marilyn Monroe, y de símbolos como el perfume Chanel n.º 5, para denunciar la constricción en la que viven las mujeres de Hollywood.

Pino Betancor (Fuente: Imagen cortesía de los herederos de Pino Betancor).

En 1995 ofreció un recital poético en Barcelona del que nació una selección de sus poemas titulada Nada más que esa luz. Si hasta el momento Betancor había sido antologada solo en volúmenes de poesía insular, en 1998 apareció en Poetisas españolas. Antología general, a cargo de Luzmaría Jiménez Faro. Dos años después publicó Luciérnagas, en que la intimidad y la pasión erótica vuelven a erigirse en primer plano.

Los objetos del día a día son los protagonistas de Las dulces viejas cosas (2001). La voz poética se muestra feliz en su cotidianidad, rodeada de aquello donde se atesoran sus recuerdos y los de sus seres queridos. Ilustrada por Siria Ascanio, sirva de ejemplo el poema «La falda», donde la poeta regresa a la sensualidad de su primera poesía, aunque con la experiencia de la madurez. La elección de unas faldas viejas en lugar de unas prendas nuevas expresa una toma de conciencia: si antes pretendía satisfacer la mirada masculina del amante, ahora elige aquello que la identifica y conecta con la libertad.

En 2002 publicó Dejad crecer la hierba, poema unitario, formado por treinta y nueve estancias, que supone una encendida defensa de la naturaleza. Fue la última obra que Pino Betancor publicó en vida.

En 2003, año de su muerte, Alicia Llarena editó La memoria encendida (Poesía inédita), un volumen que reúne dos pequeños poemarios: La rosa y el resplandor, escrito a finales de los ochenta, y el que da nombre a la obra, formado por cinco nuevos poemas escritos poco antes de morir. En 2004, Elica Ramos incluyó sus versos en la antología Isla mujeres: poesía femenina desde Canarias, y ese mismo año Blanca Hernández Quintana hizo lo mismo en Desde su ventana: antología de poetas canarias del siglo XX. Atención especial merece la antología de Sharon Keefe Ugalde, aún hoy fundamental: En voz alta. Las poetas de las generaciones de los 50 y los 70 (2007). Le siguieron las antologías de José Carlos Cataño y de Miguel Martinón, tituladas, respectivamente, Cien de Canarias. Una lectura de la poesía insular entre 1950 y 2000 (2009), y Poesía canaria contemporánea (1940-1990) (2010). Las antologías y recopilaciones poéticas que han facilitado el acceso a la figura y obra de Pino Betancor son las editadas por Daniel María. En Nada más que esa luz (Poesía completa) (2017), referencia obligada para sumergirse en la poesía de Betancor, Daniel María incorpora, junto a la obra ya publicada, los poemas inéditos que había ido descubriendo a lo largo de años de investigación.

Desde la perspectiva de la crítica, la presencia de Pino Betancor está consolidada en la literatura canaria contemporánea. Y aunque el volumen editado por Daniel María en Torremozas, titulado Sombra de rebeldía (2023), ha dado a conocer a Betancor en el territorio peninsular, su figura sigue mereciendo una atención académica pormenorizada. La poesía de Pino Betancor, que, siguiendo a la propia poeta, podríamos agrupar en «lírica y amorosa» y «comprometida y social», no está aislada en el panorama literario del siglo XX. En ella se conjuntan el simbolismo modernista y la poesía social del medio siglo, armonizando intimismo y realidad colectiva. Por lo demás, se trata de una lírica que tiende puentes más allá del Atlántico: en concreto, con la intimidad y el deseo de Delmira Agustini, y con la solidaridad y la defensa de la dignidad humana de Alfonsina Storni.

(2026)