Selección de textos de Inez Haynes Irwin

Por Sara Prieto García-Cañedo
Traducción de fragmentos por Raquel Boix y Dahra Mautone

Llegamos la mañana del domingo a Cádiz. Eso fue el veinticinco. Oh Cádiz. Billy me levantó bastante temprano para ver la ciudad a medida que nos acercábamos. Es una ciudad completamente blanca: muchas ciudades españolas parecen ser completamente blancas. El efecto es muy morisco, con sus muros y torres. Nunca he visto algo más romántico que ese montón de edificios puramente blancos extendidos sobre su sitio llano, y luego el mar azul y el cielo azul. Me dio una sensación extraordinaria, diferente a cualquier otra que haya tenido. Por supuesto, al ser una ciudad portuaria, Cádiz iba a ser interesante de todos modos, pero al ser España Oh, qué mezcla de hermosas mujeres andaluzas-españolas con sus mantillas. [...] No obstante, Cádiz es hermosa y pintoresca -muy diferente a Italia- más parecida a La Habana que a cualquier otro lugar que haya visto. Es curioso cuán parecidos pueden ser los tres países latinos, España, Francia e Italia, y cuán diferentes a la vez.

Fuente: «Carta a Phyllis, 27 de marzo de 1917», en Will Irwin and Inez Haynes Gillmore Papers. Yale Collection of American Literature, Beinecke Rare Book and Manuscript Library.


El viaje de Cádix [su errata] a Madrid -hasta donde pude ver antes de que anocheciera- fue uno de los más hermosos de mi experiencia. Durante mucho tiempo pudimos ver el mar -azul, azul, azul como- azul por un lado, y con blancos pueblecitos españoles levantándose de vez en cuando contra todo esa inmensidad azul del cielo, surgiendo de la azulidad del mar [...]. Durante largos tramos hacían salinas del agua del mar y esa sal estaba amontonada a intervalos en pirámides perfectamente formadas de un blanco puro -podría haber sido Egipto, si no fuese porque era un pantano en lugar de arena, y porque las pirámides no eran lo suficientemente altas y había tantas de ellas. Y de pronto, los pequeños riachuelos que pasaban junto al tren comenzaron a cubrirse con una diminuta y exquisita flor blanca; finalmente, estábamos cubiertos bajo alfombras de estas flores. Y aparecieron eucaliptos, y cabras con cabritos juguetones, y ovejas y vacas e incluso toros, pero siempre el mar azul, azul y esas ciudades blancas y las blancas almas latinas. Phyllis, nunca había tenido una experiencia tan maravillosa. Sentía que estaba viviendo en Cabiria -esa parte donde navegan por el Mediterráneo [su errata] hacia el norte de África. Sentía que la historia retrocedía sobre mí.

Fuente: «Carta a Phyllis, 27 de marzo de 1917», en Will Irwin and Inez Haynes Gillmore Papers. Yale Collection of American Literature, Beinecke Rare Book and Manuscript Library.


El Jueves Santo, sin embargo, por una especie de consenso público, hay un paseo por la tarde, a lo largo de Alcalá (la calle principal) de las mujeres de la ciudad en sus mantillas. Por supuesto, la alta sociedad no participa en esto –nunca se mezcla en algo tan encantador en ningún lugar. No obstante, por supuesto, muchas mujeres sí pasean, muy elegantemente vestidas y, aparentemente, son mujeres de recursos. Bueno, pasamos toda la tarde del jueves subiendo y bajando por la calle de Alcalá mirándolas. Nunca había visto un espectáculo de belleza tan fascinante. A menudo venían en grupos de cinco o seis. A veces todas llevaban mantillas negras, a veces todas de un blanco cremoso- no puedo decirte el aspecto romántico que tenían esos grupos de cabezas cubiertas de picos de encaje mientras bajaban flotando por la calle.

Fuente: «Carta a Phyllis y Maud, 21 de abril de 1917» (enviada desde París), en Will Irwin and Inez Haynes Gillmore Papers. Yale Collection of American Literature, Beinecke Rare Book and Manuscript Library.