Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.
IndiceSiguiente


Abajo

La pata de cabra

Juan de Grimaldi



[Nota preliminar: Edición digital a partir de la de Madrid, Repullés, 1836, y cotejada con la edición crítica de David T. Gies (Roma, Bulzoni, 1986). El citado editor utilizó también los tres manuscritos, no autógrafos, de la obra: dos de la Biblioteca Municipal de Madrid (I-199-7 y I-178-10) y uno de la Biblioteca Nacional (14.181-6). Hemos tenido en cuenta en la fijación del texto, de acuerdo con la citada edición crítica, las que hemos considerado diferencias básicas entre la versión impresa y estos manuscritos usados para la representación. Las notas del citado hispanista son explícitamente indicadas en la presente versión y los apéndices son reproducción de los publicados en su edición crítica, de imprescindible consulta para el conocimiento de la obra y el autor. Del mismo David T. Gies también debe consultarse: The Theatre in Nineteenth Century Spain, Cambridge U.P., 1994; hay versión en castellano. Hemos actualizado ortografía y redacción, y se han corregido los casos incorrectos de leísmo y laísmo, así como el mal uso del imperativo, siempre que tales errores no caracterizaban a ningún personaje.]



Todo lo vence amor, o La pata de cabra

melo-mimo-drama mitológico-burlesco de magia y de grande espectáculo

EN TRES ACTOS,

or

DON JUAN DE GRIMALDI

[Representado en Madrid por primera vez el 19 de abril de 1829]1

ADVERTENCIA2

Existía en el archivo del teatro de la Cruz, desde el año de 1816, una comedia de magia traducida del francés con el título de La pata de carnero, habilitada de censuras para su representación. Algunas personas han propalado, con más o menos buena fe, que La pata de cabra es la referida traducción u otra versión no menos literal de la pieza francesa. No es así. Si bien el autor de La pata de cabra ha tenido a la vista dicho original, si ha imitado de él muchas cosas, y aun traducido otras, si ha conservado el fondo del carácter de don Simplicio, no por eso puede llamarse su obra traducción en el sentido que se da vulgarmente a esta voz; antes bien puede asegurar, sin temor de verse desmentido, que La pata de cabra es más original que muchas comedias que se venden por tales, pues casi todas las gracias que el público ha celebrado en el diálogo, y singularmente las que tanto ha hecho valer nuestro inimitable Guzmán, son originales, ya que no lo sea del todo el cuadro que las encierra. Fácil hubiera sido demostrar la notable diferencia que existe entre La pata de carnero y La pata de cabra imprimiéndolas juntas; pero esto fuera dar a la cuestión una importancia harto petulante. El autor de La pata de cabra no aspiró con ella a lauros literarios; sólo quiso proporcionar a la Empresa de los teatros medios de llamar gente, y nadie por cierto negará que ha logrado su objeto.



PERSONAJES
 

 
DON JUAN,   amante de
DOÑA LEONOR,   pupila de
DON LOPE.
DON SIMPLICIO.
LAZARILLO,   paje de DON SIMPLICIO.
DON GONZALO.
CUPIDO.
VULCANO.
LAS TRES GRACIAS.
UN ESCRIBANO.
UN ALGUACIL.
UN ALDEANO.
OTRO.
UN LABRADOR.
UNA ALDEANA.
UN CRIADO.
UN CÍCLOPE.
UN MÚSICO.
Cíclopes, Paisanos, Criados, Músicos y Alguaciles.
 

La escena pasa en las inmediaciones de Zaragoza a principios del siglo XV.

 




ArribaAbajoActo I

 

El teatro representa un bosque muy espeso. Hay una cueva en el fondo, y a la izquierda del actor un banco de peñasco al pie de un árbol. Es de noche. Alumbra la luz de la luna.

 

Escena I

 

DON JUAN solo, sentado al pie de un árbol.

 
    Del hado los rigores
sufrí desde la cuna,
que ingrata la fortuna
huyendo va de mí;
y en vano tantas penas
soporto resignado,
mi pecho destrozado
se cansa de sufrir.
Juzgué encontrar consuelo
en brazos del amor,
y el niño despiadado
me trata con rigor.
Perdida para siempre3
mi hermosa Leonor,
buscar quiero en la muerte
remedio a mi dolor.4
 

(Acerca las pistolas a su frente como para matarse, y de repente se le escapan las pistolas de las manos y vuelan por el aire, donde disparan. Al mismo tiempo sale el dios CUPIDO del tronco del árbol a cuyo pie está sentado DON JUAN.)

 


Escena II

 

DON JUAN y CUPIDO.

 

CUPIDO.-  ¡Insensato! ¿Qué haces?

JUAN.-  ¡Gran Dios! ¡Qué prodigio! ¡Eh! ¿No lo dije yo que todo me ha de salir mal, cuando no puedo lograr ni aun matarme?

CUPIDO.-  ¿Matarte? Tonto, ¿y por qué?

JUAN.-  Me gusta la pregunta. Después de haber causado tú solo mis males, niño maligno, ¿aún preguntas qué motivos tengo para aborrecer la vida?

CUPIDO.-  Calla, calla, que eres tú más niño que yo. Pues, hombre, si todos los que tienen quejas de mí recurrieran al suicidio, ¿dónde iba a parar el mundo? ¡Ay, cuántas viudas!

JUAN.-  ¿Qué quieres? Viéndome o creyéndome abandonado de ti, la muerte me pareció mi único amparo. Acudí a ella con franqueza... porque, ya ves, yo he sido médico.  (Se ríe CUPIDO.)  Vamos, no deja de ser mérito.

CUPIDO.-  Pero, ¿y de dónde, ingrato, pudiste inferir que yo te abandonaba? Así sois todos: al menor contratiempo me acusáis, cuando vuestra pusilanimidad o vuestra natural inconstancia siempre son las únicas causas de los males que me atribuís. Cansados de la perseverancia que exijo de todos los que aspiran a mis favores, el uno va cada día a imitar hipócritamente a los pies de nueva dama un lenguaje que no inspiro yo más de una vez, y luego dicen: «Ya se ve, como ese picarillo tiene alas...». Otro, tomándolo más a lo vivo, se desespera, se mata. «El amor es un monstruo», exclaman todos. Pobre de mí, y cuán injustos son los mortales con un pobre niño que...

JUAN.-  ¡Ay, taimado!

CUDIPO.-  ¿Te ríes? Pues no tardarás en convencerte de esa injusticia de que me quejo. Yo quiero que seas un memorable ejemplo de que el amor suministra a los que los quieren medios para triunfar de todos los obstáculos, y a eso he venido. Muy pronto tendrás que agradecerme el que haya llegado a tiempo para estorbar tus designios de destrucción y de ahorrarte esta locura más, que ibas a añadir a las mil que tienes hechas.

JUAN.-  Yo te juro que ésta hubiera sido la última.

CUPIDO.-  Ya lo creo. Pero al grano. ¿Tienes valor?

JUAN.-   (Como ofendido con la pregunta.)  ¿Lo dudas?

CUPIDO.-  Poco a poco. Lo5 vas a necesitar. Contempla sin terror y en el mayor silencio la escena extraordinaria que te permito presenciar.

 

(CUPIDO, con una de sus flechas, señala un gran círculo en el suelo, y luego en el aire. La luna y las aguas de un torrente que se ve en el fondo se cubren de un color de sangre. Se oyen truenos horrorosos, precedidos de relámpagos. Se abre la cueva y arroja llamas. Salen de ella varios genios. Unos traen una enorme urna antigua; otros, una cabra negra. Ponen la cabra dentro de la urna; la consume un rayo y no queda de ella más que una pata, que uno de los genios entrega respetuosamente a CUPIDO. Luego se retiran los genios, llevándose la urna. Cesan los relámpagos y truenos; vuelven la luna y las aguas a su color natural.)

 
 

(Música.)

 
CORO
Esconda la luna
su luz plateada
y cubra la tierra
rojizo fulgor.
Retumbe del trueno
el ronco estampido
y rasque la nube
el rayo veloz.

CUPIDO.-   (Presentando la pata a DON JUAN.)  Admite este regalo.

JUAN.-  ¡Toma...! Tanto ruido por una pata de cabra.

CUPIDO.-  ¡Temerario! Respeta lo que no está al alcance de tu entendimiento.

JUAN.-  Pero, hombre, ¿a quién se le ocurre...?

CUPIDO.-  Calla y admite agradecido. Éste es un talismán que debe asegurar tu felicidad. Mientras lo6 conserves en tu posesión, triunfarás de tus enemigos y podrás contar con el logro de tus deseos.

JUAN.-  ¿Cómo? ¿Con sólo formar un deseo, al momento lo7 he de ver cumplido?

CUPIDO.-  No por cierto. Si tal virtud tuviese el talismán, llegaría a ser funesto, porque suele engañarse el hombre en sus deseos. Hartas veces encuentra la desgracia donde creyó hallar la dicha. Con que, nada le pidas al precioso tesoro que te confío8. Guarda el más profundo secreto acerca de su posesión y entrégate ciegamente a su mágico poder. Éste, por sí mismo, obrará como y cuando mejor convenga para tu bien; y dentro de poco, gracias a él, serás esposo de Leonor.

JUAN.-  ¡Esposo de Leonor! ¡Ay, patita de mi alma: perdóname el haber dudado de ti! Yo ignoraba cúanto vales. ¡Oh, vanidad de los juicios humanos! Así nos engañan las apariencias; así insultamos con frecuencia al mérito que no podemos conocer.

CUPIDO.-  Ya debes estar contento. Me voy, pues, que por ti no han de padecer mis demás clientes. No te olvides de mi último encargo: sigilo y confianza.

JUAN.-  ¿Qué? ¿Tan pronto me dejas? Oye... atiende.

CUPIDO.-   (Volviendo.)  A propósito, ¿quieres que te devuelva tus pistolas?

JUAN.-   (Confuso.)  Calla... Sé más generoso.

CUPIDO.-  Y qué, ¿no querías matarte? Tonto, ya lo ves: no hay que desesperarse nunca. A veces, en el mismo fondo del abismo, donde creyó uno caer para siempre, es donde descubre la senda que le ha de guiar a la felicidad. Adiós, adiós.

JUAN.-  No te he de dejar partir antes de haber probado tu talismán; no te irás, yo lo juro.  (Quiere asir a CUPIDO de las alas, pero se le escapa volando por el aire.) 

CUPIDO.-  ¿Quieres sujetar al amor? Medio infalible para hacerle huir. Adiós... Adiós.



Escena III

 

DON JUAN.

 

JUAN.-   (Riendo a carcajadas.)  Vaya una aventura singular. Como que estaré sin duda soñando.  (Tocándose.)  Pero no; soy yo: yo mismo en carne y huesos. Despierto estoy. Éste es indudablemente el bosque donde me refugié, reconozco el sitio; ya no tengo mis armas; aquí está la preciosa patita. Vamos, vamos, no hay duda, todo ha sido real y efectivo, aunque lejos de mis alcances, y pronto voy a ser feliz, según las promesas de mi amable y singular protector. ¡Feliz yo, feliz con mi Leonor! Uf... Me ahoga la sola idea de tanta fortuna; ¿qué será, pues, cuando se realice? Bien dicen, ya empiezo a conocerlo, que es difícil sobrellevar una repentina prosperidad. Pero, ¡vamos, a la prueba! Volvamos a Zaragoza, y sobre todo no olvidemos el último encargo de mi bienhechor: sigilo y confianza.



Escena IV

 

Campiña. A la derecha fachada de la casa de DON LOPE. Su aspecto es el de un castillo del siglo XII o XIII, nuevo, aunque incompletamente restaurado.

 
 

DON LOPE, DON SIMPLICIO y LAZARILLO.

 

SIMPLICIO.-  Pues dígole a usted, señor don Lope, que la acogida es de buen agüero. Abandono, a instancias de usted, mi noble y antiguo solar y llego presuroso a recibir la mano de mi señora doña Leonor, y no bien entro en Zaragoza, cuando, sin dejarme siquiera apear del caballo, me anuncia usted que un rival preferido ha logrado introducirse en su casa, que lo acaba usted de descubrir, que debemos mi paje Lazarillo y yo correr en persecución suya.

LOPE.-  ¿Y a quién tocaba el honor de castigar al fementido seductor sino a usted, que podía considerarse ya como esposo de mi pupila?

SIMPLICIO.-  Ya... Pero bien podía usted presentarme primero a mi interesante novia, como yo lo pretendía. Me parecía regular que conociese al menos a la fermosa dama en cuyo obsequio iba a comprometerse mi ardor caballeresco.

LOPE.-  Pero hombre, ¿no le dije a usted ya por qué no pudo ser? Si ya no paraba en casa Leonor; si acababa de marcharse cuando usted llegó, porque lo primero que hice cuando encontré a sus pies el oculto don Juan fue y debió ser el mandarla de prisa y corriendo a esta quinta a fin de tener yo más libertad para correr en pos del seductor. ¡Y cuánto siento ahora haberle cedido a usted esta empresa, confiado en que estaba más seguro su éxito en manos de un hombre más joven, más ágil, y si usted me apura, aun más interesado que yo mismo en el asunto! Pero hombre, ¿cómo es posible que no le hayan ustedes pillado, huyendo él a pie y persiguiéndole ustedes a caballo?

SIMPLICIO.-  Ya. Pero si él se internó en lo más espeso del bosque inmediato, mal nos podían valer los caballos.

LOPE.-  Pero, ¿cómo no le alcanzaron ustedes antes de llegar al bosque?

SIMPLICIO.-  ¡Ca! Si llegamos dos horas después.

LOPE.-  ¡Habiendo salido casi al mismo tiempo!

SIMPLICIO.-  Y habiendo corrido a mata caballo Lazarillo y yo más de tres horas.

LOPE.-  Hombre, ¡tres horas para una legua!

SIMPLICIO.-  Sí, señor; ¿qué tiene esto de particular? Pero, bien pensado, no debe usted sentir el que se nos haya escapado.

LOPE.-  ¿Por qué?

SIMPLICIO.-  Porque si le encuento, sucede una desgracia. Yo no me contentaba con prenderle. Era capaz de... ¿qué sé yo? Así, mansito y todo como usted me ve... en llegando a enfadarme, ni un león... Mato, destrozo, aunque se me pusiera delante el mismo demonio.

LOPE.-  ¡Hombre! ¿Y se enfada usted a menudo?

SIMPLICIO.-  Nunca; y si no, dígalo Lazarillo.  (LAZARILLO hace seña afirmativa.) 

LOPE.-   (Con ironía.)  En fin, ¿cómo ha de ser? Contentémonos por ahora con haberle ahuyentado de Zaragoza y entremos a descansar, que bien lo ha de necesitar usted después de haber corrido una legua a mata caballo en tres horas.

SIMPLICIO.-  ¿Qué he de necesitar descanso, si la fatiga es una diversión para este cuerpo hercúleo? ¿Verdad, Lazarillo?  (Seña de LAZARILLO.)  Entremos con todo, que ardo por ver a la que ha de ser mi mujer. La tengo dispuesta cierta arenguita amorosa que espero no la desagrade. Por supuesto, ya que quedo sin rival me presento solo, absolutamente solo; lograré más fácilmente ser el preferido.

LOPE.-  ¿Quién lo duda? Por esto la traje a esta quinta, donde no tendremos ya que temer las empresas de tanto galán. No podía darse habitación más adecuada a nuestras miras. Como ha sido castillo de los antiguos señores de la comarca, conserva aún sus torreones, restrillos, fosos y contrafosos; como que a pesar de la mucha obra que he hecho, más traza tiene de fortaleza antigua que no de una quinta moderna. Ya ve usted que todo esto es muy a propósito para sentar el juicio de una coquetilla atolondrada y guarecerse de los nuevos ardides que pudieran ocurrírsele al don Juan.

SIMPLICIO.-  ¿Qué ardides ni qué alcachofas? Ahora que estoy yo de por medio, no hay cuidado; y si no...  (Seña de LAZARILLO.) 

LOPE.-  Sin embargo, no hay que dormirse. No se puede perdonar precaución alguna. Ya por mi parte he encargado a un amigo cuatro9 dueñas escogidas entre las más severas, y hoy mismo las espero. Su activa vigilancia nos asegurará de Leonor. Además, interpondré toda mi autoridad, y no dudo que tantos medios reunidos llegarán a vencer la resistencia de nuestra rebelde.

SIMPLICIO.-  Y en medio de tantos medios no cuenta usted el más eficaz, el irresistible ascendiente de mi amabilidad. Dígalo Lazarillo.  (Seña de éste.)  Es tal, que ninguna mujer quiso nunca hacerme caso.

LOPE.-  ¿Cómo?

SIMPLICIO.-  Lo que usted oye... Porque todas temían no poderme resistir en llegando una vez a escucharme.

LOPE.-  Vamos, vamos...  (Aparte a don SIMPLICIO.)  Pero calla: aquí llega Leonor. Cuidado.

SIMPLICIO.-  Déjeme usted hacer... Verá usted, verá usted...



Escena V

 

LEONOR, DON LOPE, DON SIMPLICIO y LAZARILLO.

 

LOPE.-  Lucero, aquí tienes al esposo que elegí para ti, el señor don Simplicio Bobadilla de Majaderano y Cabeza de Buey, uno de los mayorazgos más distinguidos de Navarra. Espero que su talento, su buena presencia y sus riquezas lograrán muy pronto borrar de tu memoria a ese perillanzuelo que quiso abusar de tu poca experiencia.

LEONOR.-   (Después de haber mirado a DON SIMPLICIO de pies a cabeza prorrumpe en una carcajada.)  Ja, ja, ja... ¿Es el señor de decantado novio que prefiere usted a don Juan? Lindo regalo por cierto. Ja, ja, ja.

SIMPLICIO.-   (Aparte a DON LOPE. Malo. Estas risas no me parecen nada lisonjeras; mas todo lo compondrá la arenga. Verá usted, verá usted...)   (A LEONOR.)  Señora, tenéis a la vista a un joven fijodalgo que viene a poner su corazón en vuestros pies.

LOPE.-  ¿Qué está usted diciendo?

SIMPLICIO.-  A poner sus pies a vuestro corazón.  (Movimiento de DON LOPE.)  ¡Bestia! Su corazón a vuestros pies... Sois joven, no soy viejo; sois bella, no soy feo; sois rica, no soy pobre; tenéis talento, no soy tonto; cuya cuenta y razón de recíprocos cuadales, digo, de recíprocas cualidades, demuestra que en unión con el sentimiento de la esperanza, cuyo acendrado amor... y si no... aquí está Lazarillo.  (Seña de LAZARILLO.) 

LEONOR.-   (Riéndose.)  Diga usted, señor fijodalgo, ¿ha estado usted mucho tiempo para componer su preciosa arenga?

SIMPLICIO.-  ¡Ca! Señora, si apeándome del caballo...  (A LAZARILLO.)  ¿Verdad?  (Seña de LAZARILLO.) 

LEONOR.-  Merece respuesta, y la daré. Mi querido tutor podrá al paso aprovecharse de ella. Aunque mi corazón estuviese libre, no admitiría la mano de usted, y mucho menos queriendo, me complazco en repetirlo, queriendo, y para siempre, a don Juan. Él sólo será mi esposo.

LOPE.-  ¡Qué audacia!

LEONOR.-  Tiene talento, valor y constancia, y sabrá encontrar arbitrios para libertarme del cautiverio en que se trata de detenerme; y yo declaro formalmente a ustedes que le ayudaré por mi parte en cuanto emprenda para nuestra común felicidad.

LOPE.-  Esto ya pasa de raya.

SIMPLICIO.-   (A LAZARILLO.)  Pues, señor, quedé lucido.

LOPE.-  Veremos si se burla usted impunemente de mi autoridad: de hoy en adelante los medios más rigurosos...

LEONOR.-  Todos son vanos. Aunque usted consiguiera llevarme hasta el pie de los altares, allí mismo oiría usted de mi boca un no tan distintamente articulado que no habría medio de pasar adelante.

SIMPLICIO.-  Digo... Pues se explica la niña.

LOPE.-  Pues sepa usted, atrevida, que hoy mismo la he de entregar a usted en manos de cuatro dueñas, las más duras, las más inflexibles, las más incorruptibles.

LEONOR.-  Bueno, bueno... ¿Dónde están?

LOPE.-  Pronto llegarán.

LEONOR.-  Ya quisiera verlas aquí: ¡qué divertidas caricaturas voy a tener al lado! ¡Con qué gusto las haré rabiar! Por de pronto, a dos o tres he de matar a pesadumbres. Eso me distraerá.

SIMPLICIO.-  ¡Pues no tiene malas distracciones!

LOPE.-  Señor don Simplicio, no haga usted caso.  (A LEONOR.)  Hase visto desvergonzada... Pero veremos, veremos...

 

(Música.)

 
LEONOR
No habrá poder humano
que fuerce10 mi albedrío;
mira cómo me río
del novio y del tutor. (Se ríe.)
Si al pie de los altares
me arrastra su fiereza,

 (A DON SIMPLICIO señalando a DON LOPE.)  

veréis con qué firmeza11
mi boca dice no.
Don Juan es gallardo
y tiene talento;
vos sois un jumento
y feo además.
Y así, despreciando
rigor y amenazas,
os doy calabazas y acojo...
y acojo a don Juan.
Mandadme las dueñas,
querido tutor;
señor don Simplicio,
quedaos con Dios.12

 (Vase riendo.) 


LOPE.-  Perdone usted, don Simplicio; estoy confuso: no sé lo que me pasa: sigámosla y no la perdamos de vista.

SIMPLICIO.-  ¡Calabazas a un Cabeza de Buey! Estoy fuera de mí: ven, Lazarillo, ven a consolar a tu desgraciado amo.

 

(Entran todos en casa de DON LOPE.)

 


Escena VI

 

DON JUAN y, a poco, Músicos; y luego DON SIMPLICIO.

 

JUAN.-   Heme aquí por fin cerca de mi adorada... Pero, ¿de qué medio me he de valer para que lo sepa? Ése es su balcón, según me han informado; si pudiera de algún modo llamar su atención sin que los de casa... ¡Ah! Cantando las coplillas que compuse para ella y ella sola conoce: ya, pero sin instrumentos... Y luego mi voz, voz tan conocida...  (Óyense preludios instrumentales.)  ¿De dónde nacen estos preludios?  (Ábrese la tierra y salen de ella cuatro músicos.)  ¡Hola! Pues esto cabalmente es lo que me hacía falta. ¡Oh, preciosa patita! A ti sin duda debo este obsequio.

MÚSICO.-  ¿Qué tienes que mandar? Aquí estamos para favorecer tus miras.

JUAN.-  Muchas gracias, señores. Pues siendo así, vamos, pronto, un concierto in promptu para la bella Leonor. Si hubiera tiempo para que ustedes aprendiesen unas coplillas mías...

MÚSICO.-  Ya las sabemos.

JUAN.-  Éstos sí que son virtuosi. Parece que hay más habilidad debajo de la tierra que no encima. Cuántos cantantes y músicos conozco yo que necesitarían hacerse enterrar por algún tiempo.  (Cantan los Músicos dos coplas de una jota aragonesa.) 


       Envidia tiene la luna
    y las estrellas y el sol
    a los ojos hechiceros
    de la hermosa Leonor.


Viva, viva. A su gloria cantemos,
que es el ramillete y la gala del Ebro.


    La humilde fortuna mía
    por un imperio no doy
    cuando el labio me sonríe
    de la hermosa Leonor.


Viva, viva...

SIMPLICIO.-   (Sale con los Criados y permanece oculto.)  He sentido música y he maliciado que podía haber gato encerrado. Me he colado por la puertecita del jardín... ¡Hola, hola...! El don Juanito con una compañía de ópera; a ver, a ver.

 

(Canta.)

 
    Mucho sigilo,
no hay que chistar,
y sorprendamos
a este galán.
Cuanto quisieres
puedes cantar,
que a garrotazos
te haré bailar.

 

(Se asoma LEONOR al balcón, y cantan los Músicos otras dos coplas.)

 
MÚSICOS
Dios del amor, tus cadenas
bendice mi corazón.
¿Qué mucho, si las arrastro
por la hermosa Leonor?
Viva, viva...
Cupido huyó de Cíteres
a los valles de Aragón
al brillar la dulce aurora
de la hermosa Leonor.
Viva, viva...

JUAN
Muestra niña tu rostro hechicero;
resplandezca la luz de tus ojos
disipando por fin los enojos
que me causa tu ausencia fatal.

LEONOR
Ay don Juan, ay don Juan de mi vida,
ya tu voz que enajena mi alma;
vuelve al pecho la plácida calma
en placer convirtiendo el pesar.

SIMPLICIO
Ay, Juanito, Juanito, Juanito,
ya por fin te pillé en el garlito;
buena tunda te vamos a dar.

CRIADOS
Ya Juanito cayó en el garlito;
buena tunda le vamos a dar.

LEONOR.-  ¿Es posible, bien mío, que vuelva a verte?

JUAN.-  Sí, Leonor de mi vida; vuelvo siempre más tierno y más fiel, y vuelvo para libertarte de la esclavitud en que pretende detenerte tu odioso tutor y substraerte a los insulsos obsequios de ese tonto a quien destina tu mano.

SIMPLICIO.-  Muchas gracias por lo que me toca.

LEONOR.-  Ay, querido, trabajo tendrás. Has de saber que a todos los obstáculos que nos separan ya debe aun don Lope añadir hoy la vigilancia de cuatro dueñas que se están esperando de un momento a otro. Pero no temas, no lograrán jamás, por más que intenten, alterar el amor que te profeso.

SIMPLICIO.-  Allá lo veremos.

JUAN.-  ¡Cielos! Alguien nos acecha.

SIMPLICIO.-  ¡Don Lope! ¡Lazarillo! ¡A él! ¡A él! ¡Aquí está!

JUAN.-   (Desenvainando la espada.)  Miserable, defiéndete.

SIMPLICIO.-  Eso sí que no. Cuánto mejor es echar a correr. ¡A él! ¡A él! ¡Alarma! ¡Alarma!  (Vase.) 

JUAN.-   (A los Músicos.)  Amigos, esto se va ya poniendo serio; huya el que pueda.  (Vase.) 



Escena VII

 

DON LOPE, DON SIMPLICIO, Músicos y Criados armados.

 

SIMPLICIO.-  Ahí está, ahí está.

LOPE.-  ¡Qué estrépito! ¿Qué de esto?

SIMPLICIO.-  El don Juan con una caterva de músicos.

LOPE.-  ¿Dónde están?

SIMPLICIO.-  Vedlos aquí.  (Los Músicos se transforman en Dueñas.) 

LOPE.-  ¿Está usted en su juicio? Hombre, si son las dueñas que estábamos esperando con tanta impaciencia.

MÚSICO.-  Sí, señor; y esta carta de don Hilarión, su amigo de usted...

LOPE.-   (Después de haber leído.)  No hay duda, ellas son. Que sea enhorabuena, señoras.

SIMPLICIO.-  ¿Qué señoras ni qué espárragos? No son malas señoras. Repito a usted que son músicos o demonios. Si los he visto yo, visto con estos ojos, lo que se llama visto, hombre. Estaban con don Juan, a quien ahuyentó sin duda mi tremendo aspecto.

LOPE.-  ¿Eh? Don Simplicio, ya veo que el amor y los celos le trastornan a usted el juicio. Vamos, señoras: voy a presentaros a mi pupila.

MÚSICO.-  A las órdenes de usted, caballero.

SIMPLICIO.-  Hombre, ¿qué está usted haciendo? ¡Introducir en la casa a esta maldita orquesta!

LOPE.-  Vuelva usted en sí, don Simplicio. Pasen ustedes adelante, señoras.

SIMPLICIO.-  Pero si le digo a usted que estas brujas son músicos...

LOPE.-  Hombre, déjeme usted en paz con mil demonios.

SIMPLICIO.-  O con cuatro13... Pero...

LOPE.-  Vamos, está visto: el pobre perdió la cabeza.

SIMPLICIO.-  ¿No la he de perder, hombre de Satanás, viendo tal obstinación?

 

(Entran todos en la casa.)

 


Escena VIII

 

Cuarto de LEONOR. Puertas a derecha e izquierda. A la derecha, un tocador elegante con su espejo; en medio, otro espejo de cuerpo entero. Varios retratos muy antiguos adornan el cuarto.

 
 

LEONOR.

 

LEONOR.-  Estoy sin vida. Salió mi tutor contra don Juan; le acompañaron todos los criados con armas. Si mi amigo trata de oponer alguna resistencia, sucumbe infaliblemente. ¡Gran Dios! Y ese penates de don Simplicio, que ha dado el alarma, y que por consiguiente será causa de cuanto pueda haber ocurrido de funesto... ¡Ah! Si hasta ahora sólo me pareció ridículo, ¡cuánto va a serme odioso en adelante! Siento ruido. Deseo y temo a un tiempo de saber lo que ha pasado.



Escena IX

 

DON LOPE y LEONOR.

 

LEONOR.-   (Asustada.)  Y bien, señor, ¿qué ha sucedido?

LOPE.-  ¿Qué ha de haber sucedido? Yo no sé lo que significa el alarma de don Simplicio, el tono de tu pregunta... ¿Habréis perdido todos la chavera en casa?

LEONOR.-  Pero, ¿no habéis salido ahora mismo apresurado de casa?

LOPE.-  ¿Y qué?

LEONOR.-  ¿Y no habéis encontrado...?

LOPE.-  ¿A quién?

LEONOR.-  ¿A don Juan?

LOPE.-  Otra le pego. ¿No le dije yo que estaban locos? Todos soñando con don Juan. No, señora. A quien he encontrado en la puerta de casa, pese a usted, es a las cuatro dueñas que estaba esperando... ¿Qué tal?

LEONOR.-  ¿Qué? ¿No habéis visto a don Juan?

LOPE.-  Dale, bola, ¿eh? ¿Quién ha sabido de él desde que huyó de casa?

LEONOR.-  Pero, ¿no habéis visto...?

LOPE.-  Un demonio. ¿Dónde quieres que le haya visto?

LEONOR.-   (Aparte.)  Ya respiro.

LOPE.-  ¿Si creerás que seré yo tan loco como tú y don Simplicio, que, aunque con distintos motivos, os figuráis ver al tal don Juanito en todas partes? ¡Buena alhaja, por cierto, tu tierno amante! ¿Qué se ha hecho de esa constancia a toda prueba que tanto alababas en él? ¿Qué? ¿Duerme su genio emprendedor? ¿No decías que pronto había de volver? ¿Que pronto emplearía recursos extraordinarios para liberarte? ¡Necia! ¡Y qué poco conoces a los hombres! Apostaría que ni siquiera se acuerda ya de ti. Ya ve que no le has merecido ni el menor esfuerzo para darte noticias suyas. Ah, Leonor, otra en tu lugar estaría indignada de su conducta.

LEONOR.-  ¿Sí? Pues a mí me encanta.

LOPE.-  ¡Hola! Pues más vale así: a fe que eres indulgente. A bien que él no ha dejado de conocer que saldrían fallidas todas sus tentativas. Ya... ya... Él me conoce y sabe que nadie me la pega dos veces. Digo. Y ahora, con el auxilio de los argos que me han enviado... veremos si consigues burlar la incesante vigilancia que te va a circundar en adelante.

LEONOR.-  En verdad, señor tutor de mi alma, que conseguirá usted envanescerme y darme de mí misma una idea superior. ¿Cómo? ¿Tantas precauciones contra mí? A fe que empiezo a creerme mucha persona.

LOPE.-  Sí, sí; ríase usted, ríase usted de mi cautela. Sobrará, si usted quiere, lo que empleo; pero más vale así, que si llegase a faltar... Eh, sepa usted que sus venerables doncellas no la han de perder de vista ni de día ni de noche, y como aún no se ha hecho costumbre el que no duerman nunca las dueñas, he acordado que para la noche convengan entre ellas en un turno de guardia dispuesto de modo que queden siempre a lo menos dos al lado de usted, y que se me pueda dar cuenta, de hora en hora, de todas sus acciones, movimientos, palabras...

LEONOR.-  ¿Y pensamientos, tal vez? ¿Por qué no? A bien que es excusado; yo se los manifiesto a usted con bastante franqueza. Con que ya estoy presa, ¿eh? ¿Si se figurará usted que yo voy a adoptar el tono triste y consternado de una cautiva? Ja, ja, ja... Pronto se convencerá usted de que no puede ser guardar una mujer.

LOPE.-  «Allá lo veredes», dijo Agrajes. Señoras, pasen ustedes adelante.



Escena X

 

Dichos y DON SIMPLICIO.14

 

SIMPLICIO.-   (A DON LOPE.)  No, señor; no lo he de sufrir, no entrarán ustedes. ¿Es posible, hombre porfiado, hombre testarudísimo, hombre... aragonés, por fin; es posible que usted se empeñe en entregar su pupila a esas pretendidas dueñas, a pesar de cuanto le dije? Repito que vi a don Juan con cuatro músicos en la puerta de usted, que no había tales dueñas, que eso será sin duda un disfraz con que mi rival trata de introducir sus emisarios.

LOPE.-  No sea usted majadero.

SIMPLICIO.-  Por vida de... Señora, a la franqueza de usted apelo. ¿No estaba usted hace un rato asomada al balcón?

LEONOR.-  Sí, señor.

SIMPLICIO.-  ¿No estaban unos músicos tañendo y cantando en el portal?

LEONOR.-  Sí, señor.

SIMPLICIO.-  ¿No estaba al frente el don Juan?

LEONOR.-  Sí, señor.

SIMPLICIO.-  ¿No habló con usted?

LEONOR.-  Sí, señor.

SIMPLICIO.-  ¿No dijo que yo era un tonto?

LEONOR.-  Sí, señor.

SIMPLICIO.-  ¿No dijo que siempre la amaría a usted?

LEONOR.-  Sí, señor.

SIMPLICIO.-  ¿Y usted no le contestó otro tanto?

LEONOR.-  Sí, señor.

SIMPLICIO.-   (A DON LOPE.)  ¿Qué tal? Pues dígole a usted que en llegando a casarme con ella...

LEONOR.-   (Incomodada.)  Sí, señor; sí, señor; sí, señor.

LOPE.-  Desvergonzada. ¿Con que ese pícaro se atreve todavía...? A bien que yo sabré vengarme. Señor don Simplicio, no se desanime usted: usted ha de ser su marido. Pero...

SIMPLICIO.-  Pero, pero... ¿Qué pero ni qué manzano? ¿Qué tal, muy señor mío?, ¿son músicos o son dueñas?

LOPE.-  Hombre, ¿qué tiene que ver lo uno con lo otro? Bien, estuvo don Juan con sus músicos en el portal; dais voces; oye que acudimos en fuerza; huye con su gente; da la casualidad que llegan en el mismo momento las dueñas y no encontramos sino a ellas. Yo no veo en todo esto nada que no se explique muy naturalmente.

SIMPLICIO.-  Pero, ¿no podían ser los mismos músicos disfrazados?

LOPE.-   (Irónicamente.)  Sí, que en un abrir y cerrar de ojos han mudado de traje, y de cara, y... ¡Eh! No sé cómo me detengo en contestar a tantas vaciedades... ¿Y la carta de recomendación de don Hilarión?

SIMPLICIO.-  Vamos, ya me voy convenciendo: que entren, pues.  (Aparte.)  Con todo, bueno será no perderlas de vista.

LOPE.-  Con que, señoras, adelante. Ya conocéis mis intenciones. Espero que las seguiréis al pie de la letra.  (Vase con DON SIMPLICIO.) 



Escena XI

 

LEONOR y Músicos vestidos de Dueñas.

 

MÚSICO.-  Señorita, a las órdenes de usted.

LEONOR.-  Querréis decir a las de mi tutor. Pero una vez que él os ha manifestado sus intenciones, bueno será que yo también os dé a conocer las mías. Yo ignoro qué salario os habrá señalado don Lope; pero por crecido que sea, siempre será poco en comparación de los trabajos que os esperan. Habéis de saber, en primer lugar, que me sucede a menudo dar, a un mismo tiempo, diez órdenes contradictorias, y que exijo sin embargo se cumplan todas sobre la marcha. De noche me levanto doce o quince veces para ir a dar una vuelta al jardín, y, como pupila obediente y respetuosa, no me descuidaré en despertaros para que me acompañéis según lo mandó mi tutor. De día mudo ocho o diez veces de traje, y empleo dos horas largas en cada tocador. Ja, ja, ja. De antemano río de la vida divertida que vais a llevar. A ver, a ver; quiero desde ahora probar vuestra habilidad. Vamos, la más diestra de ustedes venga a peinarme. Vamos, avivarse.

MÚSICO.-  Señora, un poco de paciencia... Ya voy.

LEONOR.-  Venga una silla. Quisiera un peinado con flores... pero no las tengo aquí; id pronto a buscarlas en un cajón que encontraréis ahí dentro, encima de la cómoda.  (LEONOR se sienta al tocador. Éste se transforma en un trono de flores, donde está JUAN presentándole15 una corona de rosas, mientras que las cuatro Dueñas se transforman en ninfas que se agrupan alrededor de ella, enlazando a los dos amantes con guirnaldas de flores.)  ¿Qué veo? ¡Don Juan! ¡Qué prodigio!

JUAN.-  Oh, Leonor mía, contempla en mí al más feliz de los mortales.

 

(Música.)

 
JUAN
No turbe tus sentidos
mi extraña aparición,
pues obra cuando es grande
prodigios el amor.
LEONOR
Si un punto la sorpresa
mi pecho conturbó,
devuelven tus acentos
la paz al corazón.
JUAN
La aurora de mi dicha
ya brilla junto a ti,
y rápidas huyeron
las penas que sufrí.
Si ciego, niña hermosa,
te amé cuando te vi,
mayor es cada día
mi amante frenesí.
LEONOR
La aurora de mi vida
ya brilla junto a ti,
que no hay sin tu cariño
ventura para mí.
También yo, dueño mío,
te amé cuando te vi;
también el tiempo acrece
mi amante frenesí.
JUAN
Desprecia, bien mío,
el fiero rigor
de un novio importuno
y un necio tutor.
Amor en la lucha
saldrá vencedor,
que todo en el mundo
lo vence amor.
LEONOR
Desprecia, bien mío,
el fiero rigor
de una novia importuna
y un necio tutor.
Amor en la lucha
saldrá vencedor,
que todo en el mundo
lo vence amor.


Escena XII

 

Dichos y DON SIMPLICIO.

 

SIMPLICIO.-  ¡Virgen del Pilar! Ahora con una compañía de baile... Pronto, a don Lope... A ver si dirá otra vez que veo visiones.

LEONOR.-  Explícame, bien mío, por qué medios sobrenaturales...

JUAN.-  No me preguntes nada, Leonor, y celebremos los efectos sin indagar las causas.

SIMPLICIO.-  Por aquí... por aquí... Ya verán ustedes.

LEONOR.-  Somos perdidos... Simplicio llega con mi tutor. ¿Qué haremos, Dios mío?

JUAN.-  ¿Qué sé yo?  (A las ninfas.)  ¿Ustedes, por supuesto, sabrán lo que tienen que hacer en tal punto?  (Las ninfas responden que sí.) 

LEONOR.-  ¿Y tú? Por ahora ocúltate en mi cuarto... Ya no hay tiempo... ¡Oh! Detrás de ese espejo. ¿Y todo ese aparato? ¿Y mi tocador?

 

(Vuelve el tocador a su forma primera y desaparecen las ninfas. DON JUAN está escondido detrás del espejo.)

 


Escena XIII

 

DON JUAN, LEONOR, DON LOPE, DON SIMPLICIO y Criados armados.

 

SIMPLICIO.-  Le digo a usted que estoy cierto, ciertísimo. ¿Dónde está?

LOPE.-  ¿Sabe usted, señor don Simplicio, que ya empiezan a cansarme sus extravagancias?

SIMPLICIO.-  Diga usted lo que quiera. Yo puedo jurar que lo acabo de ver a los pies de la señorita con una compañía de baile completa.

LOPE.-  ¿Eh? ¡Majadero! Siempre a vueltas con la compañía de baile, con la compañía de ópera...

SIMPLICIO.-  Es que las tengo sentadas en el estómago.

LOPE.-  Es que usted está viendo visiones.

SIMPLICIO.-  ¿Visiones? Pues el tiempo lo dirá.

LOPE.-   (A LEONOR.)  ¿Me hará usted el favor, señorita, de decirme dónde están sus dueñas?

LEONOR.-  ¿Qué? ¿Acaso estaba yo encargada de velar sobre ellas? Había creído lo contrario.

SIMPLICIO.-  ¿Qué dueñas? Bien lo dije yo que no había tales carneros. Ya, como son brujas, brrr, se habrán volado... No lo dude usted, señor don Lope: aquí hay magia; el mismo demonio se ha introducido en casa.

LOPE.-  Yo confieso que empieza a confundirme tanto embrollo.

SIMPLICIO.-  Pues yo no me confundo tan fácilmente, y no desespero de descubrir a mi alevoso rival. No es brujo él, no tiene alas, y no habrá podido volar con ellas. Por consiguiente, estará por ahí escondido en algún rincón. Voy a revolver la casa de arriba abajo, y si doy con él, si doy con él...  (A los Criados.)  Seguidme vosotros, y vamos en su busca.

JUAN.-   (Escondido.)  Busca.

SIMPLICIO.-   (A DON LOPE, creyendo que es él quien ha hablado.)  Ya se ve que buscaré, y para descubrirle, para darle el merecido castigo, todo lo resolveremos.

JUAN.-   (Escondido.)  Veremos.

SIMPLICIO.-   (A DON LOPE.)  Sí, señor: lo verá usted.

LOPE.-  Pero, hombre, ¿a qué me viene usted a mí...?

SIMPLICIO.-  Sí, señor: a usted, a usted. ¿Qué significa eso de busca, veremos...? Eso es dudar, y dudar de mi valor, y yo no acostumbro tolerar ultraje igual ni del mismo... Pero, ¿a qué perder tiempo? Manos a la obra, y si no salgo con honor de mi empresa diga usted que don Simplicio Bobadilla es un tonto.

JUAN.-   (Escondido.)  Tonto.

SIMPLICIO.-   (Temblando.)  Esta sala tiene eco.

 

(Se ríe LEONOR.)

 

LOPE.-  ¿A qué vienen estas risas, señorita?

LEONOR.-  Me ha hecho gracia el talento que tiene el eco en acertar.

SIMPLICIO.-  Su eco de usted, señorita, es un grosero, un...

LOPE.-  Ya estoy convencido de que don Juan está escondido en esta pieza.  (A LEONOR.)  Si le descubrimos, temblad.

JUAN.-   (Escondido.)  Temblad.

LOPE.-  Ésta es su voz, no lo puedo dudar. Busquemos. La voz me ha parecido salir de...

JUAN.-   (Escondido.)  Aquí, aquí.

SIMPLICIO.-  Detrás del espejo, detrás del espejo.

 

(Va DON LOPE con los Criados a registrar.)

 

LOPE.-  Pues si no hay nadie.

TODOS.-    (Atónitos.)  ¡Nadie!

SIMPLICIO.-  Pues, magia, brujerías.

LEONOR.-  ¿Qué significa todo lo que pasa hoy con don Juan? ¿Si estaré soñando?

LOPE.-  Pero usted, señorita, ¿nos hará el favor de explicarnos tanto misterio?

SIMPLICIO.-  Sí, sí, explicarnos.

LEONOR.-  ¿Y cómo podré explicaros lo que yo misma no alcanzo?

LOPE.-  Pero, en suma, ¿entró aquí don Juan?

LEONOR.-  Sí, señor.

LOPE.-  ¿Y dónde...?

LEONOR.-  Detrás de ese espejo.

LOPE.-  Os burláis; si acabo de registrar y nada...

SIMPLICIO.-  ¿Eh? El miedo os turbaría la vista. Pero no hay duda que ahí está. Todos hemos distinguido su voz en esa dirección.

LEONOR.-  Una vez que yo registré con miedo, ¿por qué no va usted? Usted, que es más valiente, puede...

SIMPLICIO.-   (Temblando se aleja del espejo.)  Ya se ve que iré...

LEONOR.-   (Mofándose.)  No es aquel el camino. Vamos, ánimo, señor don Simplicio; por aquí, por aquí.

SIMPLICIO.-  Sí, señora, que iré, y el tal don Juan... Vamos allá, vamos allá. A él, a él, amigos.  (Echa delante de sí a los Criados, que también tiemblan. Al fin se acercan al espejo, y no atreviéndose a mirar detrás, le inclinan de cabeza al suelo, hacia sí, de forma que, quedando descubierto el sitio donde se ocultó DON JUAN, vean todos que ha desaparecido. Luego llevan el espejo a otro punto de la sala.)  Pues, bien mirado, me alegro de no haberle encontrado.

LOPE.-  ¿Por qué?

SIMPLICIO.-  Porque una vez a cara con él yo podía perderme.  (Echando mano a la espada.)  ¿Quién sabe las resultas?

LEONOR.-   (Riéndose a carcajadas.)  Ja, ja, ja. ¡Pobrecito!

LOPE.-   (A LEONOR.)  Tanto descaro ya pasa de raya. Se me acabó la paciencia. ¡Burlarse en estos términos de un padre!

SIMPLICIO.-  ¡De un esposo, como quien dice!

LOPE.-   (A los Criados.)  Llevadla al punto a una de las torres del castillo. Allí ha de permanecer hasta que, sumisa, admita la noble mano del esposo que la presento.

SIMPLICIO.-  Bien hecho.

LOPE.-   (A los Criados.)  ¿Qué os detiene? Vamos, obedeced.

 

(Se disponen los Criados a prender a LEONOR. Sale DON JUAN de detrás del espejo.)

 

JUAN.-  Deteneos, o temedlo todo de mi furor.

SIMPLICIO.-  A ver si me engañé cuando dije que detrás del espejo...

JUAN.-  ¡Hola, caballerito! Con que eras tú quien pretende robarme mi Leonor... A ver si te atreves a disputármela con las armas en la mano.

SIMPLICIO.-  Sí, señor, con las armas veremos...  (Se esconde detrás de los Criados, empujándolos hacia DON JUAN.)  Deténganme ustedes, deténganme ustedes, o si no le mato.

LOPE.-   (A los Criados.)  ¿Qué estáis haciendo ahí plantados? Vamos, desarmadle, prendedle.

 

(Los Criados acometen a DON JUAN; éste sucumbe.)

 

SIMPLICIO.-  Ya ves, rival temerario, lo que cuesta atreverse con un hombre como yo. Ya quedas vencido.

JUAN.-  ¡Cobarde!

 

(Huye DON SIMPLICIO.)

 

LOPE.-   (A los Criados.)  Llevadle también a una de las torres; pero que sea distinta de la que ha de habitar Leonor. Luego acordaré lo que ha de hacerse con él.

JUAN.-  ¡Leonor mía...!

LEONOR.-  Tranquilízate, amigo; mi corazón, más justo que la suerte, no te hará traición.

LOPE.-  Llevadlos, llevadlos pronto.

SIMPLICIO.-  Sí, sí: y cuidado con él, sobre todo; no le soltéis.

 

(Los Criados llevan a los dos amantes.)

 


Escena XIV

 

DON SIMPLICIO y DON LOPE.

 

LOPE.-  Ahora que estamos solos, señor don Simplicio, permítame usted confesarle que le creía más valiente.

SIMPLICIO.-   (Echando mano a la espada.)  ¿Cómo se entiende? Agradezca usted el título de tutor de mi novia; él refrena mi justa indignación. De lo contrario, ya hubiera usted experimentado si se duda impunemente de mi valor.

LOPE.-  ¿Ahora salimos con ésa? Hombre, ¿a qué viene ese alarde marcial conmigo? ¿No venía mejor cuando estaba presente su rival de usted?

SIMPLICIO.-  Es que entonces, como ahora, como siempre, me contuve porque sé hasta qué extremo puede llevarme mi natural ímpetu una vez metido en la refriega.

LOPE.-  Ya; y por lo mismo no se mete usted nunca. Pero dejemos eso ahora. No hace falta el valor para marido, o a lo menos no es de la misma clase el que se requiere. Con que, a pesar de lo visto, me mantengo en lo ofrecido: Leonor será de usted; mas debemos, ante todas [las] cosas, acabar con el temible rival que usted tiene.

SIMPLICIO.-   Temible no para mí, por cierto.

LOPE.-  ¡Otra vez! Hombre, no sea usted majadero y déjese usted de inútiles baladronadas. ¿Qué haremos con don Juan?

SIMPLICIO.-  Llevarle con buena escolta a Zaragoza y entregarle a la justicia para que me le ahorquen por vago, por seductor, por alborotador, por atropellador de los derechos tutoriales y noviales.

LOPE.-  Pues vamos, a ello. No hay que perder tiempo.



Escena XV

 

Vista de la parte de la quinta de DON LOPE donde están los torreones. Detrás de las rejas aparecen en el uno DON JUAN y en el otro DOÑA LEONOR.

 
 

DON JUAN, LEONOR y luego CUPIDO, DON LOPE y DON SIMPLICIO.

 

LEONOR.-  No es tanta nuestra desgracia, amigo mío, cuando la disposición de estas rejas nos permite siquiera vernos y hablarnos.

JUAN.-  ¡Ay, Leonor! Estás presa, padeces, y todo por mi causa. De cuantos males podían acometerme, esta idea es la mayor.

LEONOR.-  ¿Es posible que así te acalores? Piensa, mi bien, que para tu Leonor no es padecer por ti y contigo.

JUAN.-  ¡Con que sólo para hacer más amargas las penas que me esperaban, el hado quiso por un momento resucitar mis risueñas esperanzas! Mi decantado protector, ya lo conozco, sólo quiso burlarse de un infeliz. ¿Dónde han venido a parar los beneficios que me fueron prometidos?



Escena XVI

 

Dichos, DON SIMPLICIO y DON LOPE.

 

SIMPLICIO.-  Ya están en chirona. Veremos quién los liberta ahora de mi brazo seglar.

JUAN.-  ¡Ah! ¡Cuánto me arrepiento ahora de mi necia credulidad!16

CUPIDO.-  Tente, desconfiado; ahora verás cómo castigo a los ingratos.

SIMPLICIO.-  Adentro. Le llevaremos caballero en un burro.  (Va a entrar en el castillo y se halla encerrado en una jaula entre animales monstruosos; entre tanto se hunden las torres, y los amantes con CUPIDO atraviesan en un carro luminoso por encima de la jaula.) 

JUAN.-  ¿Quién más burro que tú?

SIMPLICIO.-  ¡Ay! ¿Qué es esto? Nos ha enjaulado el demonio.

LOS DOS17.-  ¡Socorro! ¡Favor!

SIMPLICIO.-  ¡Leonor! ¡Leonor! Yo me arrepiento. Si me caso contigo, yo seré manso sin necesidad de este agasajo.

LOPE.-  Arte perezoso.

SIMPLICIO.-  Estese usted quieto, que me duele; yo correré...




IndiceSiguiente