Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.


ArribaAbajoActo II

 

El teatro representa un jardín con una casa elegante en el fondo que tiene tres balcones en el cuarto principal y dos rejas en el bajo. A la izquierda, un árbol grande; a la derecha, entrada de un bosquecillo.

 

Escena I

 

DON SIMPLICIO, DON LOPE, un ESCRIBANO y tres Alguaciles.

 
 

(Música.)

 
CORO
Mucho sigilo,
gran discreción
y en nuestras uñas
caerá el bribón.
Prudencia,
chitón.

SIMPLICIO
Gran misterio, mucho tino,
que es un brujo muy ladino
y le ayuda Lucifer.

CORO
Descansad en nuestra astucia,
don Simplicio Bobadilla,
que al topar con un golilla
todo el mundo echa a correr.

 

(Asómanse los Alguaciles con gran misterio por los bastidores.)

 
SIMPLICIO
Ya imagino
verle atado
y encerrado
en la prisión
y el gozo inunda mi corazón.

CORO
Prudencia,
chitón.

 (Bajando precipitosamente para imponer silencio a DON SIMPLICIO.) 


SIMPLICIO
Chitón, chitón.

CORO
Sigamos la pista
al brujo maldito,
que pague en la hoguera
su infame delito;
que muera, que muera
sin más dilación.
Discreción,
chitón.
Ataquemos
al bribón;
chitón, chitón.

ESCRIBANO.-  Pues, señores, ya lo ven ustedes. Lo que es dentro de la casa no están. No se puede haber registrado con más escrupulosidad. Los criados declaran que no han visto forastero alguno; que su amo don Gonzalo ha salido a dar un paseo. Con que yo no puedo hacer más, y me retiro con mi gente.  (Señalando a DON SIMPLICIO.)  Pero no será sin advertir a ese caballero que antes de recurrir a la justicia, y de provocar una campanada de que don Gonzalo podrá resentirse con razón, debió cerciorarse mejor y adquirir más y mejores datos.

SIMPLICIO.-  Eso es; ahora pagadle conmigo, después que me han robado la novia. Como dice el refrán, tras de...

LOPE.-  Chitón, desvergonzado.

SIMPLICIO.-   (Llorando de rabia.)  ¿Cómo he de callar, cuando estoy viendo que todo se conjura contra mí? ¿Qué más datos me piden?  (Señalando a DON LOPE Que se ha fugado la novia con su Juanito, bien lo sabe papá, bien lo puede decir Lazari...  (No acaba, advirtiendo que LAZARILLO está ausente.)  Que se han refugiado aquí me lo ha revelado, asegurado y jurado un criado del expresado don Gonzalo por vengarse de su amo, que le acababa de despedir; que los demás criados nos lo niegan ahora, cierto es; pero, ¿no tienen interés en mentir para encubrir la falta de su amo? Que ya no están en casa los delincuentes harto averiguado lo tengo; que salió a paseo don Gonzalo bien puede ser; pero, ¿no pueden aquéllos haber salido con él? ¿No pueden estar andando por ahí en las mismas dependencias de esta hacienda? Y así como se ha registrado la casa, ¿no sería más justo registrar ahora jardín, huerta, parque, etc., que no habérselas a troche y moche con el inocente oprimido?

LOPE.-  Vamos, don Simplicio, sosiéguese usted, por Dios, que le va a dar un causón.

SIMPLICIO.-  Calle usted. ¿Si creerá el señor escribano que sólo con la espada saben defenderse los Cabeza de Buey? Aunque caballero, algo sé yo de letras.

LOPE.-   (Al ESCRIBANO.)  Pues mire usted, señor escribano, no deja de tener razón. Para que el registro sea completo deben recorrerse todas las dependencias de la casa, y si usted no tiene inconvenientes...

ESCRIBANO.-  ¿Yo? Corriente.  (A dos Alguaciles.)  Mientras don Lope, yo y uno de los ministros damos vuelta al parque, guarden ustedes la salida de la verja grande; y usted, señor don Simplicio, quédese aquí de centinela para impedir el paso al bosquecillo que guía a la puerta de la huerta.

SIMPLICIO.-  ¿Cómo? ¿Cómo? ¿Me dejan ustedes solo? Aquí don Lope.  (Señalando al ESCRIBANO.)  Y yo acompañaré al señor.

ESCRIBANO.-  No puede ser, porque mis diligencias han de estar autorizadas con la presencia del tutor, única persona hasta ahora a quien yo puedo reconocer con derechos suficientes.

SIMPLICIO.-  Si a lo menos estuviera conmigo mi escudero Lazarillo...

LOPE.-   Hombre, si sabe usted que le hemos dejado ahí fuera guardándonos los caballos. Pero, ¿qué significan esos temores, señor don Simplicio?

SIMPLICIO.-  Yo no temo nada, sépalo usted: nada. Lo único que pudiera temer es que... presentándoseme don Juan se travase entre él y yo un combate a todo trance, en cuyo caso me haría suma falta mi escudero, como obligado que está a asistirme en tales lances por las leyes que el uso ha establecido entre caballeros. Pero, ¿a qué voy ahora a meterme en libros de caballería con un hombre que...? Vamos, vamos... Más vale callar, que me ciega la cólera y...

LOPE.-  No se acalore usted, señor ciego: voy a mandarle su Lazarillo.

 

(Vanse todos, menos DON SIMPLICIO.)

 


Escena II

 

DON SIMPLICIO.

 

SIMPLICIO.-  Pues, señor, una vez que me abandonan indefenso a las astas del toro, ingeniémonos para hacer menos peligroso el lance. Si pudiera yo observar sin ser visto... ¡Ah! ¡Felicísima ocurrencia! Subiéndome a un árbol, desde allí...  (Trepa por el árbol.)  Oh, airadas sombras de mis nobles antepasados, cerrad los ojos y disimulad el plebeyo recurso que adopto: todo es lícito cuando se trata de la conservación de este único vástago de los Majaderanos y Cabeza de Buey. Me van faltando las fuerzas. Ya se ve, estarse uno tanto tiempo en ayunas...  (Consigue colocarse encima del árbol.)  ¡Eh! Ya estoy en salvo. El caso es que no podría permanecer mucho tiempo en esta postura. La sed que ya empieza a abrasarme, el hambre no menos imperioso que me va atormentando...  (Viendo venir a DON JUAN y DOÑA LEONOR.)  Mas, ¿qué veo? Ellos son.  (Mira hacia un lado y otro como para descubrir a alguien de su comitiva.)  ¡Si pudiera llamar...!



Escena III

 

DON SIMPLICIO sobre el árbol, DON JUAN, DOÑA LEONOR y DON GONZALO.

 

LEONOR.-  Te doy la más completa enhorabuena, primo mío. ¿Sabes que no hay en todo Aragón una posesión igual a la tuya?

JUAN.-  Seguramente.

GONZALO.-   Es muy de ustedes.

LEONOR.-  ¡Y qué jardines, qué parque tan hermoso y tan grande! Como que la vuelta que hemos dado me ha cansado de veras.

GONZALO.-  ¿Sí? Pues entren ustedes a descansar mientras se le acaba de disponer el almuerzo.

JUAN.-  No; estaremos mucho mejor aquí al fresco.  (A LEONOR.)  ¿Qué te parece?

LEONOR.-  Tienes razón; ¡hace un calor...!

GONZALO.-  Como ustedes gusten. Voy volando a que les traigan a ustedes la mesa a la sombra de esa encina.

JUAN.-  Hemos venido a molestar a usted en unos términos...

LEONOR.-  Y quiera Dios que la generosa hospitalidad que le debemos no le acarree mayores incomodidades. Si mi tutor llega a saber...

GONZALO.-  ¡Ca! No hay cuidado. Antes de que pueda sospecharse nada ya están ustedes unidos. Agur, al momento vuelvo.

SIMPLICIO.-   (Aparte.)  Pues, señor, yo estoy aquí a las mil maravillas.



Escena IV

 

Dichos, menos DON GONZALO.

 

JUAN.-  Excelente idea fue la tuya de venir a ampararnos de tu primo Gonzalo: ¡qué hombre tan generoso! Y yo que desconfiaba de él...

LEONOR.-  ¡Con qué injusticia!¡Si le hubieras oído hablar con don Lope cuando supo que éste te había echado de casa...! ¡Cuánto más prudente hubiera sido, le decía, casar a esos muchachos que no dar un cuarto al pregonero con sus amores!

JUAN.-  ¿Qué quieres? Yo pobre, él rico; yo poeta, él mayorazgo. ¿Quién demonio hubiera pensado que pudiésemos llegar a ser amigos?

LEONOR.-  Pues ya ves cuánto te engañabas. Pero, a todo esto, ahora que estamos solos, ¿me harás el favor de explicarme los prodigios de esta mañana? Aquellas dueñas, tu introducción en casa, nuestra fuga aérea... ¿Sabes que es menester amarte mucho para no tener miedo? ¿Si serás hechicero?

JUAN.-  Calla, Leonor mía; ¿qué más hechizos que tus bellos ojos?

LEONOR.-  Ta, ta, ta... Un requiebro no es una respuesta, señor mío.

JUAN.-  Muchas veces la suple.

LEONOR.-  No conmigo, te lo advierto. Con que, vamos, dímelo todo. Todo es sorpresas para mí, y tú, por lo visto, nada extrañas.

JUAN.-  Tengo mis motivos para ello.

LEONOR.-  ¡Oiga! Con que es decir que tú n o tienes en mí bastante confianza para...

JUAN.-  ¡Cuán injusta eres, Leonor! ¿Puedes creer que guardaría de ti el secreto si me perteneciera?

LEONOR.-  Que te pernenezca o no... ¡Ay, amigo mío, te querré tanto...! Vamos, ¿qué quieres? Soy mujer y...

JUAN.-  Oye, Leonor, nuestra felicidad pende de mi discreción.

LEONOR.-  ¿Con que nada sabré? ¡Ay, qué felicidad tan cara! Vamos, no te pregunto más: tengo aun más amor que curiosidad.

JUAN.-  ¡Oh, mujer incomparable! Mas ya viene Gonzalo.



Escena V

 

Dichos y DON GONZALO con dos Criados que traen una cesta y una mesa.

 

GONZALO.-  ¡De buena hemos escapado!

LEONOR y JUAN.-   ¿Qué hay?

GONZALO.-  Friolera: que mientras estabámos dando nuestro paseo, don Lope y don Simplicio, asistidos de la justicia, han venido en busca de ustedes.

JUAN.-  ¿Es posible?

LEONOR.-  ¡Gran Dios!

GONZALO.-  Y han registrado la casa de arriba abajo.

LEONOR.-  Pronto, pronto, amigo mío, huyamos.

GONZALO.-  ¿Y dónde estaréis mejor que aquí? ¿No veis que ya, registrada la casa, no pueden suponer que estéis en ella?

JUAN.-   (A LEONOR.)  Tiene razón.

GONZALO.-  Con que, ya que pasó el peligro, tomen ustedes un bocado mientras llega la hora de comer. No dejarán ustedes de necesitarlo. Ínterin, voy yo...

JUAN.-  ¿Cómo? ¿No nos hace usted compañía?

GONZALO.-  ¡Jesús! Si había yo almorzado muy bien antes que llegaseis. Con que, buen provecho. Voy mientras tanto a escribir cuatro letras al amigo Tello de Zaragoza para encargarle las diligencias precisas, y mañana a estas horas, si Dios quiere, estaréis ya desposados y velados. Que vengan entonces don Lope y su interesante protegido.

 

(Mientras [transcurría] la anterior escena han estado los Criados disponiendo la mesa. Se va con ellos DON GONZALO, y se sientan DON JUAN y DOÑA LEONOR.)

 


Escena VI

 

Dichos, menos DON GONZALO y los Criados.

 

SIMPLICIO.-   (Aparte.)  Eso es: a comer, a beber, mientras que yo... ¡Por vida de Tántalo! ¡Y que tenga yo que sufrir esto en presencia de mi desfallecido estómago!

JUAN.-   (Después de haber echado vino en los dos vasos.)  Vamos, Leonor: un brindís. ¡A nuestro próximo enlace!  (Beben.) 

SIMPLICIO.-   (Aparte.)  ¡Que no se te vuelva veneno, maldito!

LEONOR.-  Y el pobre Simplicio, ¿qué estará haciendo a estas horas?

JUAN.-  Corriendo por esos campos en pos de su ingrata dama.

LEONOR.-  ¿Cómo ha llegado a figurarse ese mostrenco que pudiesen jamás hacerle dueño de mi mano ni las más violentas persecuciones? Un hombre tan feo...

JUAN.-  Tan ridículo...

LEONOR.-  Tan tonto...

JUAN.-  Tan cobarde...

LEONOR.-  Tan...18 ¡Dios mío!

JUAN.-   ¿Qué sucede? Estás trémula...

LEONOR.-  Silencio... Aquellos alguaciles vienen sin duda en nuestro seguimiento.

SIMPLICIO.-   (Aparte.)  ¿Qué hablarán?

JUAN.-  Es cierto. Sígueme. Allí podremos ocultarnos.  (Vanse por la derecha.) 

SIMPLICIO.-  Se van... y abandonan el almuerzo. Corramos a avisar al escribano... No: almorcemos primero.  (Mientras baja del árbol, atraviesan el foro los Alguaciles, cantando el alegro del coro de introducción.)  Qué bien me voy a atracar aquí a mis solas y a mis anchas... Empecemos por esta soberbia trucha que tanto me agradó a vista de pájaro... Pero, ¿qué miro? Son ellos... Si corro me verán... Arriba... Pero que ayunen al menos...  (Coge el mantel por las cuatro puntas y súbese al árbol con cuanto había encima de la mesa. Salen DON JUAN y DOÑA LEONOR.) 

JUAN.-  Nada temas: ya se fueron.

LEONOR.-  Huyamos de aquí.

JUAN.-  Recuerda lo que dijo tu primo. Puesto que aquí no nos han encontrado, nos buscarán por otra parte. Tranquilízate y almorcemos.

SIMPLICIO.-  Lo que es por ahora, difícil lo veo.  (En este momento la mesa aparece cubierta de viandas y un enorme mono que sale del árbol arrebata a DON SIMPLICIO lo que se disponía a comer.)  ¿Eh? De dónde ha salido este avechucho... Vaya unos pájaros que se crían en la posesión de don Gonzalo... Caballero mono, déjeme usted siquiera un panecillo y una chuleta.  (El mono hace con la mano ademán de que no quiere.) 19 Vamos, que esas son chanzas pesadas.  (Desaparece el mono.)  Mas, ¿qué veo? La mesa está otra vez cubierta de viandas. Está visto que mi rival es un brujo consumado.

JUAN.-  ¿Te convences de que no piensan en volver?

LEONOR.-  He pasado un miedo...

JUAN.-  Olvidemos los peligros y pensemos tan sólo en nuestro amor.

 

(Música.)

 
JUAN
Al ver tus negros ojos,
tus labios de clavel,
mi pecho enamorado
se inunda de placer.
LEONOR
Bien sabe el alma mía
tal dicha comprender:
al tuyo, dueño amado,
iguala mi placer.
LEONOR
Al grato olor que exhala
aquel robusto pez,
hambriento se revela
mi estómago cruel.
JUAN
Yo brindo porque el diablo
se lleve a mi rival.
SIMPLICIO
Permita Dios que el vino
se vuelva refalgar.
LEONOR
A necio semejante
debemos olvidar.
JUAN
Por compasión, bien mío,
deja que bese
tu mano linda y blanca
como la nieve.
SIMPLICIO
Si la niña permite
que se la bese,
me tiro encima de ellos
aunque me estrelle.
LEONOR
Esta mano, bien mío,
te pertenece;
haz pues de lo que es tuyo
lo que quisieres.
SIMPLICIO
No quiero que mis ojos
presencien mi baldón.

 (Tápase los ojos con las manos.) 

Mas saco por el ruido
que ya se la besó.
¡¡¡Horror, horror, horror!!!

  (Deja caer la sombrera.) 

JUAN
¿Qué es esto?
LEONOR
¡Don Simplicio!
SIMPLICIO
Morí sin remisión.
JUAN
Bajad, y con las armas
la manos de Leonor
aquí disputaremos.
SIMPLICIO
Sabéis que yo no soy
amigo de disputas.
JUAN
¡Cobarde!
SIMPLICIO
¡Vive Dios!
JUAN
Mi espada de esa injuria
dará satisfacción.
SIMPLICIO
¡Si estoy muy satisfecho!
JUAN
Bajad, porque si no...

  (Le apunta con una pistola.) 

SIMPLICIO
Ya voy.
JUAN
Espada en mano...
y pronto.
SIMPLICIO
Bien. ¡Traición!

 (Al ver que la espada es muy larga.) 

Si yo tal espada
pudiera esgrimir,
saciara al instante
mis iras en ti.
LEONOR

 (A DON JUAN.)  

Modera tu enojo,
imítame a mí,
que deben sus iras
hacernos reír.
JUAN
Pues ya que no puedes
tal arma esgrimir,
disipa mi furia
huyendo de aquí.
Que huyas, imbécil,
repito otra vez.
SIMPLICIO
Acción de cobardes;
jamás huiré.
Prefiero en tal caso
echar a correr.


Escena VII

 

DON JUAN y DOÑA LEONOR.

 

LEONOR.-   (Riendo.)  ¡Ah, ah, ah! ¡Vaya un chasco! Pero a todo eso, y si ese tonto va a dar nueva alarma y vuelve en breve con mi tutor y la justicia, ¿qué haremos?

JUAN.-  No tengas cuidado, amiga mía; no nos han de faltar recursos para substraernos a cuanto pudieran emprender.

LEONOR.-  Ya, tú te lo sabes. Pero yo, que ignoro por qué secreta influencia nos libertamos de los lazos que nos van tendiendo, no las tengo todas conmigo. Así es, amigo mío, que juzgo prudente el reunirnos pronto a don Gonzalo y pedirle nos oculte en sitio más seguro.

JUAN.-  Sea como tú quieras. Mas suceda lo que suceda, verás que todo lo vence amor.  (Entran en la casa.) 



Escena VIII

 

DON SIMPLICIO, DON LOPE, LAZARILLO y luego DON JUAN y DOÑA LEONOR.

 

SIMPLICIO.-  ¡Cuánto me alegro haber encontrado a ustedes tan cerca!

LOPE.-  Si veníamos...

SIMPLICIO.-  Chitón, hable usted más bajo.

LOPE.-  Si veníamos por usted. Hemos recorrido con la justicia el parque y la huerta; nada hemos encontrado, y persuadido por consiguiente el señor de que era falsa la noticia que nos dio usted... de haberse refugiado aquí Leonor y su seductor, está renegando de usted... Luego le oirá usted a él mismo. Él nos viene siguiendo; se ha detenido un rato a combinar con sus ministros la nota de las costas que usted, por supuesto, tendrá que satisfacer, señor mío, por que, en fin...

SIMPLICIO.-  Chitón; con que era falsa la noticia, ¿eh?

LOPE.-  A la vista está.

SIMPLICIO.-  Chitón.

LOPE.-  Pero, ¿qué significa...?

SIMPLICIO.-  Chitón.

LOPE.-  Explíquese usted.

SIMPLICIO.-  Chitón por Dios, no me interrumpa usted.

LOPE.-  Hombre, si no dice usted nada.

SIMPLICIO.-  No importa. Chitón por los innumerables mártires de Zaragoza, que no me interrumpa usted. Aquí están.

LOPE.-  ¿Quién?

SIMPLICIO.-  Leonor y don Juan; los he visto.

LOPE.-  ¿Eh? Déjeme usted en paz con sus visiones.

SIMPLICIO.-  Con que visiones, ¿eh? ¿Sabe usted que hay para volver a un loco? ¿Soy yo ciego acaso? ¡Qué demonio! Veo a Lazarillo, le veo a usted, le veo tal como es, sin ilusión alguna... Es usted viejo, es usted gordo, es usted feo.

LOPE.-  ¡Insolente!

SIMPLICIO.-  No, si es para probar a usted que no soy ciego, y que cuando digo que los he visto, es que los he visto; diré más, les he hablado; diré mucho más, he presenciado su almuerzo. Por más señas que aún están ahí las reliquias del tal almuerzo, y que con ellas voy a restaurar mis abatidas fuerzas mientras llega el señor escribano con su nota de costas. Vamos, vamos.

LOPE.-  ¿Cómo es posible que en tan crítica situación piense usted en comer?

SIMPLICIO.-  No soy yo quien pienso en ello; es mi despótico estómago, que no me deja vivir.

LOPE.-  Quite usted allá... No sé cómo tiene usted vergüenza para...

SIMPLICIO.-  ¿Para comer? ¿No es lícito, acaso, tener hambre en su compañía de usted? Pues señor, tenga usted paciencia, que yo necesito comer para cobrar ánimo. Además, vamos claros, yo pertenezco a una familia que de generación en generación ha acostumbrado siempre a comer, y yo no quiero desmerecer de mis abuelos. Vamos, vamos, papá-suegro, no sea usted tonto, siéntese usted.

LOPE.-  No, no, que la rabia me quita el apetito.

SIMPLICIO.-  Pues a mí a la inversa. Con que, con el permiso de usted...  (Se sienta a la mesa.)  Lo que corre más prisa es beber un trago: la sed me abrasa.  (Echa una botella de vino entera, sin que quede una gota en el vaso.)  ¿Cómo? ¿Qué? Pues, ¿qué tiene este maldito vaso? ¿No bebió con él con toda comodidad mi ominoso rival? El infierno se conjura hoy en mi daño.

LOPE.-  Bien hecho; me alegro.

SIMPLICIO.-  ¡Toma! El vino no me hace falta para nada. Voy a la fuente inmediata; me llevo este resto de pan y...  (Quiere tomar lo que resta en la mesa del pan que sirvieron a DON JUAN y DOÑA LEONOR, y el pedazo que queda va volando de un lado a otro, corriendo en balde tras él DON SIMPLICIO para alcanzarlo20. Quedan pasmados DON LOPE, LAZARILLO y DON SIMPLICIO. DON JUAN y DOÑA LEONOR, que están asomados al balcón desde que DON SIMPLICIO se sentó a la mesa, ríen a carcajadas de este último chasco, hasta que llaman la atención de DON LOPE.) 

LOPE.-  ¡Gran Dios! ¡Será posible! Ellos son.

SIMPLICIO.-   (Con ironía.)  No, señor: si es una visión.

LOPE.-   (Aparte.)  Me ahoga la cólera.

JUAN.-  Cálmese usted, señor don Lope.

LOPE.-  Calle usted, infame raptor, y usted, rebelde pupila.

LEONOR.-  ¿Yo rebelde? ¡Ay! Tutorcito de mi alma, estoy pronta a dar a usted todas las pruebas de la más respetuosa sumisión: mándeme usted que me case con don Juan, y verá usted con qué docilidad obedezco.

SIMPLICIO.-  No, señor; yo soy quien...

LOPE.-  Baje usted, yo se lo mando.

LEONOR.-  El amor me lo prohíbe.



Escena IX

 

Dichos, ESCRIBANO y Alguaciles.

 

ESCRIBANO.-  Aquí traigo la nota de costas.

LOPE.-  ¿Qué nota ni qué niño muerto? Ved ahí los fugativos.

ESCRIBANO.-  ¿Qué oigo? Pronto, pronto, bajen ustedes o abraso esa puerta.

JUAN.-  No podemos acceder a ninguna de esas dos proposiciones.

ESCRIBANO.-  ¿Cómo? ¡Qué audacia!

SIMPLICIO.-   (Aparte. Ya no estoy solo; manifestemos valor.)  ¿Qué, tardamos en apoderarnos de ese fanfarrón? ¿No quiere abrir la puerta? Pues, amigos, al asalto. ¡Ánimo! ¡Arriba! Fácil será por estas rejas.

LOPE.-  Tiene razón ¡Al asalto!

TODOS.-  ¡Al asalto!

 

(Así que DON LOPE y DON SIMPLICIO se han agarrado a las rejas; éstas suben al cuarto principal, mientras el balcón donde están los dos amantes baja al piso bajo. Éstos y DON GONZALO, que sale en el mismo momento por la puerta, se escapan por en medio de los alguaciles, que quedan en el aire a una vara del suelo.)

 

JUAN, LEONOR y GONZALO.-   Agur, señores, hasta la vista.



Escena X

 

Decoración de selva corta. A la izquierda, puerta de una casa de labrador.

 
 

Salen de la casa un LABRADOR y Aldeanos de ambos sexos.

 

ALDEANO.-  Muchas gracias: hasta la vista... Agradezco mucho, tío mío, el obsequio que nos ha hecho usted.

LABRADOR.-  Calla, calla. Pasado mañana, si Dios quiere, de camino para casa de don Gonzalo, nuestro buen señor, pasaré unas cuantas horas en casa de mi hermana y podréis pagarme el obsequio.

ALDEANA.-  Ya. Pero no vendrá usted como Juan, acompañado de todos sus amigos y conocidos.

ALDEANO.-  Mira, mujer, esa que llamáis imprudencia mía, estoy persuadido a que el tío la disimulará. Yo conozco su franqueza.

LABRADOR.-  Tienes razón, tienes razón. Tú y tus amigos encontraréis siempre en mi casa el mismo agasajo.

ALDEANO.-  Y luego, era tan natural... Hemos estado juntos todo el día en la romería bailando, comiendo juntos; y al volver al pueblo, cuando me consta que los compañeros necesitaban tanto como yo de un rato de descanso... ¿Podía decirles idos sin nosotros, que vamos a refrescar a casa del tío? No, señor: pienso general, dije yo, era más natural.

LABRADOR.-  Muy bien hecho, muy bien hecho. Pero, hijos, sin que sea despediros, os aconsejo aprovechéis lo que resta de sol para recogeros. Hasta la vista.

ALDEANO.-  Pero antes, chicos, una jota de despedida en obsequio del tío.

TODOS.-  Vamos allá.

 

(Baile general.)

 


Escena XI

 

Dichos, DON GONZALO, DON JUAN y DOÑA LEONOR.

 

LABRADOR.-  ¿Qué veo? ¡El señor con dos forasteros!

TODOS.-  ¡Que viva nuestro buen señor, viva!

GONZALO.-  Gracias, gracias, amigos míos.  (Al LABRADOR Nuño, despide a toda esa gente, que nos precisa estar solos.  (Los Aldeanos se van vitoreando a DON GONZALO.) 



Escena XII

 

Dichos, menos los Aldeanos.

 

GONZALO.-   (A los dos amantes.)  Pronto, pronto, entrad a esconderos, ínterin voy yo por los caballos y dentro de un cuarto de hora estamos ya galopando camino de Zaragoza.

LEONOR.-  Pero...

GONZALO.-  No hay pero. Dejadme obrar; todo saldrá bien.

JUAN.-  No tarde usted en volver; porque siendo propia de usted esta granja, es natural que lleguen pronto a registrarla antes de irnos a buscar a otra parte.

GONZALO.-  Dentro de diez minutos me tenéis aquí. Con que adentro, adentro.

 

(Entran los dos amantes. Da DON GONZALO algunas ordenes al oído al LABRADOR y se va.)

 


Escena XIII

 

DON LOPE, DON SIMPLICIO, LAZARILLO, ESCRIBANO, Alguaciles y Paisanos armados.

 
 

Uno de los Alguaciles, asomado por entre los árboles desde el final de la escena, ha visto entrar a los amantes y llama a su gente.

 

ALGUACIL.-    (Llamando.)  Pst, pst.

SIMPLICIO.-   (Llegando con LAZARILLO.)  ¿Qué hay?

ALGUACIL.-  ¿Vienen los compañeros?

SIMPICIO.-  Ahí llegan.

ALGUACIL.-  ¿Está dispuesto el refuerzo que nos ha de ayudar?

SIMPLICIO.-  Vienen más de diez mil paisanos armados. Eh, ya los tenemos aquí.

 

(Salen ocho o diez Paisanos armados, el ESCRIBANO, los demás Alguaciles y DON LOPE, y se reúnen todos alrededor del ALGUACIL.)

 

ALGUACIL.-  ¿Con que ya no hay que tener miedo?

SIMPLICIO.-  ¿Qué miedo, hombre? Aquí estoy yo. ¿Acabarás de explicarte?

ALGUACIL.-  Pues, señor, ahí dentro están.

SIMPLICIO.-   (Retrocediendo de susto.)  ¿Eh?¿Estás seguro?

LOPE.-   (Al ALGUACIL con ironía.)  ¿Qué miedo, hombre? Aquí está él. Sabe usted, don Simplicio, que luce usted a cada momento su decantada valentía.

SIMPLICIO.-  Ya se ve que la luzco en llegando la ocasión: mi vida está llena de anécdotas que la acreditan bastante. Aquí está Lazarillo, que bien lo puede decir.

LOPE.-  ¡Qué Lazarillo ni qué Lazarón! A cada momento está usted invocando su testimonio; ¿y qué es lo que pudiera decir tan insigne escudero? Vamos a ver, que lo diga.  (Dirigiéndose a LAZARILLO, a quien todos están mirando. Él calla, y manifiesta en su fisionomía mucha sorpresa.)  (A DON SIMPLICIO.) ¿Y por qué calla ahora?

SIMPLICIO.-   (Tomando aparte a DON LOPE con mucho misterio.)  Yo le diré a usted. Hay un pequeño obstáculo para que hable Lazarillo, y es que... Ya se ve, como el pobrecito es sordo-mudo de nacimiento...

LOPE.-  ¡Calla! ¿Y es ése el testigo que ha de declarar en abono de cuanto nos está usted contando en alabanza propia? ¿Eh? Ya veo que no se puede hacer caso de usted.  (Al ALGUACIL.)  Con que tú, ven acá. ¿Estás seguro de que nuestros fugitivos están ahí dentro?

ALGUACIL.-  Seguro, segurísimo; como que los he visto entrar; y a fe, a fe, que si no hubiera sido por mí, por el celo con que corrí tras ellos, adelantándome a ustedes...

SIMPLICIO.-   (Abrazándole.)  Calla, calla.  (Dándole la mano.)  Yo conozco cuánto debe a tu celo, y basta. Ya me entiendes.

ALGUACIL.-  ¡Oh! Señor, yo no lo digo por tanto.

SIMPLICIO.-  No, no, no; es que no tratas con ningún desagradecido. Así que estemos de vuelta a la quinta suegral, acuérdame que tengo algo que prometerte.

LOPE.-  ¡Eh! Basta ya de coloquios episódicos: ¡a la obra! Hagamos inmediatamente nuestras disposiciones de ataque.

ESCRIBANO.-   Tiene usted razón: ataquemos.

SIMPLICIO.-  Sí, sí, ataquemos, ataquemos: eso me gusta; sin embargo, ataquemos con cautela, porque ya ven ustedes, la cautela siempre... sobre todo, cuando la prudencia... ¿estamos?... hace que el peligro cuya temeridad, digámoslo así, suele...

ESCRIBANO.-   Tiene usted mil razones, y queda usted perfectamente comprendido. Empecemos por un bloqueo en forma de la casa.

SIMPLICIO.-  Sí, sí, el bloqueo; tiene razón el secretario. ¡A bloquear!

LOPE.-   Bloqueemos.

SIMPLICIO.-  Porque, seamos francos, en un bloqueo hay menos riesgos, y luego tarde o temprano se nos han de rendir aunque no fuera más que por hambre. (A los Paisanos.) Con que, ¡batallón! ¡Armas al hombro! Por el flanco derecho, a la izquierda... No, señores, no es eso. Pónganse ustedes saber cómo se han de poner. Y sobre todo, no desviarse en un ápice de las instrucciones militares que acabo de darlas a ustedes. ¿Estamos?



Escena XIV

 

Dichos y DON GONZALO.

 

GONZALO.-  ¿Qué significan, señores, todos esos preparativos de guerra? ¿Con qué derecho intentáis bloquear una habitación que me pertenece?

LOPE.-  ¿Y con qué derecho da usted asilo a una pupila que se substrae a la legítima autoridad de su tutor?

GONZALO.-  No le debo a usted satisfacción sobre el particular. Soy dueño de admitir en mi casa a quien me da la gana.

SIMPLICIO.-  Según y conforme. Ésta es cuestión de derecho, a la verdad; pero yo no soy zurdo en la materia, y sostengo...

GONZALO.-  Yo sostengo que es usted un animal.

SIMPLICIO.-  Eso no prueba nada para el caso, señor mío: un insulto no es una razón, y cualquiera que hace intervenir las personalidades en una discusión envilece la más noble facultad del hombre y merece el desprecio público. Lógica, señor mío, lógica.

LOPE.-  Aquí no hay más lógica que tomar uno lo suyo donde quiera que lo encuentre.  (A los Paisanos.)  Con que, amigos, a ello.

 

(Todos se dirigen blandiendo sus armas hacia la casa.)

 

ESCRIBANO.-  Deteneos, señores, deteneos... Cedant arma togae, lo que quiere decir en castellano, al escribano toca dirigir estos fregados. Procedamos, pues, con formalidad. Señor don Gonzalo, ¿quiere usted entregarnos espontáneamente a doña Leonor, que está retirada en esa su casa de usted, y a quien reclama su tutor don Lope, aquí presente, y a quien doy fe conozco? Sí o no. Sentiré que usted nos ponga en el caso de usar de un rigor...

GONZALO.-  Yo no puedo hacer traición a la amistad que confió en mí, y me parece que entregar a Leonor...



Escena XV

 

Dichos y DON JUAN, que sale furioso con espada en mano trayendo a DOÑA LEONOR.

 

JUAN.-  ¿Entregar a Leonor? ¡Morir primero!

SIMPLICIO.-  ¡Rebelión, rebelión! ¡Amigos, a él, a él! Yo por si acaso voy a cortarles la retirada asegurándome de la puerta.

 

(Se traba un combate entre DON JUAN y DON GONZALO por una parte y los Paisanos por la otra. Aquéllos ceden al fin. Los Alguaciles se apoderan de DOÑA LEONOR, a quien se llevan. DON SIMPLICIO, al querer refugiarse detrás de la puerta, da mil vueltas con ella, logra desasirse, corre mareado y atontado tras de DOÑA LEONOR, a quien siguen el ESCRIBANO, DON LOPE y LAZARILLO. Los Paisanos se llevan a DON JUAN en otra dirección. DON GONZALO entra en su casa. Muda la decoración.21)

 


Escena XVI

 

Campo. DON JUAN; después, CUPIDO.

 
 

CANTO

 
JUAN
Leonor, Leonor; la llama el pensamiento
y, al pronunciar su nombre,
mi voz se pierde en la región del viento.
Ya mi fortuna mísera
vuelve a alejarme de ella;
lucha constante el ánimo
con mi enemiga estrella.
En vano hallar un término
espero a tal dolor
que en negra sombra22ocultase
el astro de mi amor.

JUAN.-  ¿Qué fuerza sobrehumana, qué genio invisible me arranca de entre la manos de esa maldecida canalla? ¡Ah! ¿Qué veo? ¿Eres tú, delicioso Cupido, mi protector, mi ángel tutelar?

CUPIDO.-  Detente: no te postres a mis pies, que harto probada me tienes ya tu sumisión a mis decretos. Yo soy el que acabo de substraerte benéfico de las garras de tus enemigos. ¿Y cómo pudiera abandonar Cupido al mortal que más honra sus altares?

JUAN.-  No extraño que me hayas hecho invisible a mis perseguidores. Dime, te ruego, dime: ¿qué es de mi amada Leonor? Si por ventura respira libre, ¿cómo no ha volado ya a mis amantes brazos? Si otra vez gime cautiva, ¿qué tardas en romper sus cadenas?

CUPIDO.-  Ya he quebrantado las tuyas. ¿Qué más quieres?

JUAN.-  ¿Qué más quiero, me preguntas? ¿Puedo vivir yo acaso un momento sin la reina de mi corazón?

CUPIDO.-  Donoso estás por vida mía.

JUAN.-  ¿Te burlas de mi dolor? ¡Oh, Fementido! ¡Oh, cruel rapaz! Desventurado mil veces aquel...

CUPIDO.-  ¡Temerario! ¿Qué te atreves a proferir? Por las barbas de Júpiter Capitolino...

JUAN.-  Perdona, perdona, hermoso niño. El dolor me enajena. Pero, ¿no es tiempo de que yo vea el suspirado término de tantos afanes?

CUPIDO.-  No.

JUAN.-  ¡Acerba palabra! ¡Y con qué ceño la pronuncias! Destiérralo, tierno Cupidito; destiérralo de ese agraciado semblante, que te pones tan feo y no te querrán las muchachas.

CUPIDO.-  ¡Zalamero! ¡Cómo sabes desarmar mi cólera! ¡Cómo sabes que el amor se alienta de lisonjas! Yo debería abandonarte al adverso destino que te perseguía antes de haberte acogido bajo mi protección; yo debería conceder la victoria a tu estrafalario rival y...

JUAN.-  ¡Unir a tan linda criatura con una especie de acémila, con un mamarracho tan estólido! No, no creo que así mancilles tu nombre. No es el amor el numen que preside a semejantes consorcios.

CUPIDO.-  Vaya, no te aflijas, no te desesperes, Juanillo. Leonor te será siempre fiel.

JUAN.-  ¡Oh, ventura!

CUPIDO.-  Sí, y aun después del matrimonio. ¡Asómbrate! El idiota del novio no se aplaudirá de su triunfo. ¡Buena noche le espera! A propósito, ya no tardará en derramar la susodicha noche sus tinieblas misteriosas, tan gratas al amor. Adiós; veo venir a tu amigo don Gonzalo; te dejo por pocas horas. Un negocio muy difícil me ocupa en este momento.

JUAN.-  ¿Difícil negocio? ¿Cuál puede serlo para ti?

CUPIDO.-  ¡Friolera! Me he propuesto hacer que sienta el fuego del amor...

JUAN.-  ¿Quién?

CUPIDO.-  Un usurero.



Escena XVII

 

DON JUAN y DON GONZALO.

 

GONZALO.-  ¡Amigo don Juan!

JUAN.-  Primo mío, que ya así debo llamar al primo de mi Leonor.

GONZALO.-  ¿Cómo le veo a usted aquí tan sereno, cuando le suponía en poder de esa gente non sancta?

JUAN.-  Logré fugarme.

GONZALO.-  A mí me han dado libertad los corchetes por respeto a mi nombre; pero Leonor ha sido nuevamente entregada al brazo seglar de su empalagoso tutor.

JUAN.-  Calle usted. Si no me engaña la vista, por allí viene soliloquiando el mismo tutor en cuerpo y alma. Retirémonos a este lado.



Escena XVIII

 

Dichos y DON LOPE.

 

LOPE.-   (Aparte. Sí, ya es mucho tardar para un escribano, que esta gente es lo más puntual del mundo. Le buscaré, celebraremos el contrato, y si no lo firma de bien a bien mi rebelosa pupila, el terror...)  Señores, ¿han visto ustedes pasar por aquí al escribano don Sisebuto Corneja de...?

JUAN.-  Viejo polilla, ¿aún te atreves...?

LOPE.-   (Aparte. ¡Ay, Dios de Israel!)  No, señor, yo no me atrevo a nada.

JUAN.-  ¡Armatoste! ¿Para qué buscas al escribano? ¿Para prenderme?

LOPE.-  ¡Calle usted! ¿Yo prender al señor don Juan? ¿A un caballero tan amable, tan distinguido, tan galán...? ¿Yo? ¡Qué disparate! ¡Válgame Dios! Nada de eso, señor don Juan. No se acalore usted. Don Simplicio es el que...

 

(Va anocheciendo.)

 

JUAN.-  Don Simplicio y usted y usted y don Simplico son para mí entes ridículos y despreciables.

LOPE.-  No digo yo lo contrario, señor mío.

JUAN.-  Oiga usted... Cuidado con maltratar a mi prenda de palabra y mucho menos de obra. Cuente con ella, que si me apura el sufrimiento...

LOPE.-  ¡Oh! Líbreme Dios.

JUAN.-  ... le convierto en atún.

GONZALO.-  No será gran prodigio.

LOPE.-  Gracias... Con que beso a ustedes las manos... Servidor... Ustedes manden...  (Aparte.)  ¡Ah! Manos besa el hombre que quisiera ver cortadas.



Escena XIX

 

Decoración de la escena XIII del primer acto. Hay en el tocador dos velas encendidas.

 
 

DON LOPE, DON SIMPLICIO, LAZARILLO y DOÑA LEONOR.

 

SIMPLICIO.-  ¡Uf! Ya era tiempo de llegar: a ver si descansamos. En fin, no ha costado poco conquistar a esa ingratilla.  (Deja en un sillón su gorro, su capa y su espada.) 

LEONOR.-  ¿Vive aún don Juan?

SIMPLICIO.-  Ya se ve que vive, pero yo también vivo.

LEONOR.-  Pues viviendo aún don Juan, nada habéis adelantado con tenerme en vuestro poder. El triunfo durará poco.

SIMPLICIO.-  Sí, sí; cuente usted con él. Ya estará muy distante de aquí, y ya estamos a cubierto de sus hechizos. Los de usted, lucero, son ya los únicos que conservan su imperio.

LOPE.-  Están tomadas todas las precauciones, y si se acerca a quinientos pasos de esta quinta...

LEONOR.-  Muy en breve lo espero; muy en breve estará a mi lado.

SIMPLICIO.-  ¡Ca! Por que tiene pacto con el demonio, ¿eh? Pero como mañana ya será usted mi esposa, ya estaré asegurado de...

LEONOR.-  Al contrario, amiguito, nunca tuvo usted más por que temer.

LOPE.-  Pocas palabras, ¿estamos? Yo no tengo ganas de conversación a estas horas. Retírese usted a la pieza inmediata, que ha de ser su única habitación hasta la hora de dar la mano a...

SIMPLICIO.-  Sí, señora; retírese usted.

LEONOR.-   (Sonriéndose.)  Eso es decir que voy presa, ¿no es verdad?

SIMPLICIO.-  No, señora: ¡qué disparate! ¿Cómo nos cree usted capaces...? ¡Ponerla a usted presa! Ni por pienso. Lo único que queremos es detenerla a usted en un sitio de donde no pueda salir.

LEONOR.-  Mil gracias por la moderación. Pues, señor, allá voy a encerrarme para pensar exclusivamente en el dulce dueño a quien nunca dejaré de amar.

SIMPLICIO.-  El tiempo lo dirá. Así que usted llegue a conocerme...

LEONOR.-  Persuádase usted, don Simplicio, y persuádase también mi querido tutor, que la constancia triunfa de los mayores obstáculos, y que todo lo vence amor.  (Vase.) 



Escena XX

 

Dichos, menos DOÑA LEONOR.

 

LOPE.-  Ta, ta, ta: eso es hablar por hablar.

SIMPLICIO.-  Lo cierto es que tenemos el pájaro en jaula. Con que ya podemos irnos a acostar.

LOPE.-  ¿Acostarse? ¿Está usted en su juicio?

SIMPLICIO.-  Ya se ve que estoy. ¡Toma! ¿Qué tiene de particular el que desee descansar después de haber corrido tanto hoy a pie, a caballo, a rejas, a molino...? Vaya, vaya; yo estoy tronzado. ¡Aunque tuviera uno el cuerpo de hierro!

LOPE.-  ¿Y quién hará centinela en la puerta del cuarto de Leonor?

SIMPLICIO.-  Tiene usted razón. Aquí está Lazarillo, que me hará el favor.

LOPE.-  Y si sucede algo, ¿cómo nos llama el señor sordo-mudo?

SIMPLICIO.-  Es verdad; yo no caía en la cuenta del sordo-mudismo. ¡Si estoy siempre tan distraído...! ¿No es verdad, Lazarillo? Usted mismo, papá-suegro, ¿no podría quedarse? ¿O cualquier criado de casa?

LOPE.-  Calle usted, hombre. A usted, como más directamente interesado, a usted es a quien incumbe guardar a su futura esposa. Y luego, que una mala noche pronto se pasa.

SIMPLICIO.-  ¡Toma! Como a usted no le ha de doler...

LOPE.-  Vamos, vamos; mañana al amanecer mando por el notario y se concluye sobre la marcha la boda deseada.

SIMPLICIO.-  Sí, estaré yo para el caso después de una noche como la que me espera.

LOPE.-  Vaya, vaya, buena noche, yernecito mío. Ven, Lazarillo.

SIMPLICIO.-  Papá, papá; ¿y me deja usted solo?

LOPE.-  ¡Otra vez el miedo!

SIMPLICIO.-  ¿Miedo? ¡Qué disparate! No es sino que a mí me gusta la sociedad.

LOPE.-  Hasta mañana si Dios quiere.

 

(Vanse DON LOPE y LAZARILLO.)

 

SIMPLICIO.-   Dicho y hecho: me abandonan. Papá, mándeme usted siquiera con que cenar, aunque no fuera más que un par de pavos.



Escena XXI

 

DON SIMPLICIO.

 

SIMPLICIO.-  Eh, héteme aquí cara a cara conmigo mismo. ¡Jesús, Jesús mil veces! ¡Cuántos trabajos tiene uno que pasar para casarse con una muchacha que no le quiere! Siempre corriendo, siempre volando, siempre ayunando.23Pero, ¿qué se ha de hacer? ¡Pecho al agua! La negra honrilla me obliga a no desistir de mi empresa... ¿La negra honrilla? Poco a poco. Meditemos. Por salvar la honrilla puedo perder la honra, que es como huir del perejil y salirle a uno en la frente. ¡En la frente! ¡Ésta es la parte flaca de los Majaderanos y Cabeza de Buey! Confesemos que este apellido, aunque ilustrísimo, no es de muy buen agüero que digamos. La chica es traviesa y muy capaz de hacer real y efectivo este blasón de mi linaje. Pues, señor: suceda lo que sucediere, procuremos dormir; porque durmiendo se olvida uno de las fatigas y hasta cierto punto del hambre. Poco a poco: la prudencia, madre de la seguridad, exige que registre uno escrupulosamente el cuarto donde ha de dormir. Vaya, está visto; me hallo solo, absolutamente solo: no se puede estar más solo; puesto que por nada debo contar la compañía de los retratos de la posteridad de don Lope. ¡Y qué ascendientes tan feos tiene su merced! Este, sobre todo, que con aire tan matón empuña la espada es femenino.  (Dale un bofetón el retrato.)  ¡Cuerno! Pues, ¡no me ha dado mal cachete! ¿Qué aguardo que no hago trizas este irreverente lienzo?  (Saca la espada; el retrato saca también la suya, desarma a DON SIMPLICIO y le da una tremenda cuchillada.)  Ay, ay... Pues si esto hace pintado, ¿qué no haría de carne y hueso? Me doy por vencido. No me puedo tener de pie. Con qué ganas me va a pillar el sueño.

 

MÚSICA

 
SIMPLICIO

  (Bostezando.) 

¡Oaaaá!
RETRATO

  (Idem.) 

¡Oaaaá!
SIMPLICIO
¡Caracoles! ¿Quién bosteza
junto a mí?
Fue ilusión; a nadie veo
por aquí.
Se cierran mis ojos
a mi pesar;
el plácido sueño
me rinde ya.

  (Bosteza.) 

¡Oaaaá!
RETRATO

 (Idem.) 

¡Oaaaá!
SIMPLICIO
¡Ay! ¡Cristo bendito!
No ha sido ilusión;
alguno bosteza
lo mismo que yo.
Mas, ¿quién, si estoy solo?
Inútil temor;
el eco sin duda
repite mi voz.
Probemos ahora.
¡Oh!
RETRATO
¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!
SIMPLICIO
Es el eco, ya no hay duda.
Vuelve al pecho su valor
y en la cama me coloco.
RETRATO
Loco, loco, loco, loco.
SIMPLICIO
¡Otra vez! Por Belcebú.
RETRATO
Bu, bu, bu, bu.
SIMPLICIO
Echándola de chistoso.
RETRATO
Oso.
SIMPLICIO
Está el eco inoportuno.
RETRATO
Tuno.
SIMPLICIO
Si piensa alcanzar trofeo,...
RETRATO
Feo.
SIMPLICIO
... le advierto que yo me aburro.
RETRATO
Burro.

SIMPLICIO.-   (Hablado.)  ¡Ay! No sé lo qué daría por dormirme; porque si durmiera, probablemente sería con los ojos cerrados y no vería todas estas brujerías que me dislocan. Pero, ¡calla! Para no verlas, no hay más que apagar las luces. Apaguemos las velas. En breve las antorchas de himeneo volverán la luz apetecida.  (Juego de luces.)  ¿Si estará también el demonio en estas velas? ¿Otra vez? ¡Ah, ah, y está apagado el demonio! ¡Dale! ¡Vaya un tema! Está visto que el diablo lo ha tomado por su cuenta. Pues, señor, ya que se ha empeñado en que yo me vea dormir, hágase su diabólica voluntad y procuremos dar descanso, si no al ánimo, al menos al molido cuerpo. Novio novillo... casamiento por fuerza... Cabeza de Buey... Caracoles... mansedumbre... Capricornio...

 

(Quédase dormido. En la pared del fondo aparecen algunas figuras espantosas de las cuales DON SIMPLICIO se asusta. Luego el retrato de LEONOR, que se transforma en una visión horrible. Después el retrato de DON SIMPLICIO, que tan pronto tiene Cabeza de Buey como la suya propia. Últimamente aparece DON SIMPLICIO en el globo que poco a poco desaparece. Muda la decoración. La luna y multitud de planetas y cometas aparecen alumbrados por una luz azulada, y se ve a DON SIMPLICIO colgado del globo.)