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Acto I, Escena I (1836)


JUAN.-  ¡Es mucha suerte la mía! ¡Que todo lo que emprendo me haya de salir mal! He probado todos los oficios. Empecé en el foro, pero con muchos escrúpulos debí tener pocos clientes; emprendo la medicina, y ve aquí que una desgraciada casualidad me hace curar a mis enfermos. ¡Puf! Todos mis compañeros se sublevan contra el mal ejemplo que doy. Acudo a las armas y sólo porrazos encuentro, ascenso ninguno. Compongo música... ¡pero ca!: sin ser italiano... ya se ve... En fin, quiero escribir... ¡Ay Jesús! ¿Escribir? Que no me hubiese antes tirado al mar. Si hasta ahora logró consolarme de tan repetidos golpes de la fortuna este inalterable genio alegre, único bien que me haya deparado el cielo, ¿cómo resistir a la nueva desgracia que me abruma? Consigo el cariño de la más linda, de la más rica aragonesa. Siendo mi Leonor huérfana como yo, alegre como yo, amante como yo, la más dulce simpatía parecía ofrecernos el más halagüeño porvenir. Logro vencer el obstáculo que se me presentaba, que era el introducirme en su casa, o por mejor decir en la cárcel donde la tiene esclavizada su severo tutor. Estaba éste buscando para ella un maestro de dibujo; me presento bajo un nombre supuesto y, como afortunadamente yo no era propio para el empleo, lo conseguí al momento. Pero cuando iba ya a llegar el día en que un casamiento secreto debía asegurar mi perpetua felicidad, todo se desvanece como un sueño. Me reconocen, me echan de casa, y queriéndome entregar a la justicia como seductor, me persiguen el inexorable tutor y un imbécil pretendiente de mi amada. Ya se ve, ¿qué había de hacer? Huir de Zaragoza. ¡Huir! Bien está; pero, ¿adónde, sin recurso, sin amigos, sin protectores? Aniquilado ya por el cansancio y el hambre, pronto, sí, lo conozco, muy pronto una muerte lenta y espantosa... Mas, ¿qué digo? ¡Una muerte lenta! ¿Y a qué esperarla? ¿No tengo armas? Vamos, valor, y me ahorraré los tormentos que me amenazan. Leonor, Leonor adorada, adiós, adiós para siempre. Y tú, amor, ingrato y caprichoso amor, que te negaste a favorecer al más fiel de tus esclavos, yo te maldigo.



ArribaAbajoApéndice B

Acto I, Escena XVI (1836)


 

(Sale CUPIDO guiando por el aire [un] carro elegante tirado por dos palomas. Al pasar delante de la reja de DON JUAN se desploma la torre y queda él recogido en el carro. Otro tanto sucede con LEONOR. En este instante llegan DON LOPE, DON SIMPLICIO, LAZARILLO y Criados.)

 

SIMPLICIO.-  Venga el burro que le ha de llevar a Zaragoza.

JUAN.-  ¿A qué más burro que tú? Adiós.

LEONOR.-  Hasta la vista.

LOPE.-  ¡Qué portento!

SIMPLICIO.-  ¡Leonor, Leonor de mis entrañas, huyes de mí, desconoces la felicidad que te aguardaba en los brazos de tu Simplicio! Ingrata... ¡Ay! Yo fallezco.  (Se desmaya en brazos de los Criados.) 



ArribaAbajoApéndice C

Acto II, Escena VI (1836)


JUAN.-  Y tú, hermosa mía, tan linda, tan graciosa, tan...  (Se va acercando poco a poco a DOÑA LEONOR como para darle30un abrazo, cuando a DON SIMPLICIO, que durante el anterior diálogo ha estado haciendo mil aspavientos, se le cae el gorro. Levanta la vista DON JUAN y descubre a su rival.)  ¿Qué veo? ¡Él es!

LEONOR.-   (Riendo a carcajadas.)  ¡Ah, ah! Pues ha debido divertirle la conversación.

JUAN.-  ¿Qué está usted haciendo ahí?

SIMPLICIO.-  Nada. Paseando al fresco.

JUAN.-   (Muy enfadado.)  Me alegro [de] encontrar[le] a usted.

SIMPLICIO.-  Muy señor mío, crea usted que también celebro mucho...

JUAN.-  Fuera broma. Vamos, abajo, y espada en mano. Leonor será el premio de la victoria. Disputémosla como caballeros.

SIMPLICIO.-  Si yo no soy amigo de disputas; tengo el genio más pacífico...

JUAN.-  ¡Ah! Bien veo que es usted tan vilmente cobarde como animal.

JUAN.-  Poco a poco. ¿Qué es eso de animal y de cobarde? ¿Cómo se entiende? Sepa usted, caballero, que no me gustan tales indirectas, y que no acostumbro tolerarlas.

JUAN.-  Baja, pues; aquí estoy para darte satisfacción.

SIMPLICIO.-  Si estoy muy satisfecho; ¡así lo estuviera mi pobre estómago!

JUAN.-   (Apuntando [con] una pistola.)  Si no bajas, mira que te hago saltar la tapa de los sesos.

LEONOR.-  Tente. ¿Qué vas a hacer?

SIMPLICIO.-  Sí, sí, Leonor mía, vuelve por tu Simplicio, por tu futuro esposo.

JUAN.-  ¿Su esposo tú? Antes muere...

SIMPLICIO.-  Poco a poco. Allá voy.  (Aparte.)  Supuesto que de todos modos está en peligro mi vida, más vale probar si...  (Baja y queda al lado del árbol como para resguardarse de DON JUAN.) 

JUAN.-   (A LEONOR.)  Déjame dar una lección a ese jumento.  (A DON SIMPLICIO.)  Despacha. Espada en mano.  (Apuntando una pistola.)  Titubeas; mira que te...

SIMPLICIO.-  ¡Ay, madre de mi alma!  (Saca la espada, y de la vaina, que tiene tres cuartas, sale una hoja de cuatro varas de largo.) 

JUAN.-  ¿Qué es eso?

LEONOR.-   (Riendo a carcajadas.)  ¡Ah, ah, ah!

SIMPLICIO.-  ¿Qué veo? ¡Traición, traición! Si se vale usted contra mí de magia y brujerías, las armas no son iguales.

LEONOR.-   (Riendo.)  Ya se ve que no lo son.

SIMPLICIO.-  Agradezca usted que no pueda servirme esta espada; de lo contrario, voto a bríos...

JUAN.-  ¿Qué te atreves a decir?

SIMPLICIO.-  Es que yo tengo fama en la esgrima. Y si no, dígalo Laz... ¡Ah! Se me olvidaba que está ausente. Pues, como decía...

JUAN.-  Calla, tonto.  (A LEONOR.)  Estoy tentado por guardar a ese majadero en rehenes.

LEONOR.-  ¿Y qué quieres que hagamos con semejante trasto?

JUAN.-  Huye, pues, miserable.

SIMPLICIO.-  ¡Huir yo! Acción de cobardes. Lo que haré, sí, será echar a correr... Pero pronto volveré acompañado del tutor, de Lazarillo, de la justicia y de un ejército entero para conquistarles a ustedes con las armas en la mano.  (Se va blandiendo su espada. DOÑA LEONOR y DON JUAN se ríen a carcajadas.) 



ArribaAbajoApéndice D

Acto II, Escena XXI (1836)


SIMPLICIO.-  ¡Qué hambre tengo! ¡Qué cansado estoy! ¡Y sobre todo, qué sueño el mío! Pues señor, suceda lo que sucediere, tratemos de dormir, porque durmiendo se olvida uno de las fatigas y, hasta cierto punto, del hambre. Ya; pero, ¿cómo y dónde dormir? Discurramos... En sillón; le coloco delante de la puerta que importa guardar y de este modo nadie podrá entrar ni salir sin despertarme. ¡Oh! Qué rasgo de... ¿Cómo diré yo: de genio o de ingenio? Cualquier cosa, que yo no quiero reñir con nadie. Vamos a la cama.  (Coloca un sillón en frente del cuarto de DOÑA LEONOR; luego, en el acto de disponer una silla por delante para descansar las piernas, se detiene.)  Ya, pero me ocurre una dificultad; al querer entrar o salir, cualquier fantasma me puede atropellar, yo no me saldría a la cuenta. A ver: el asunto es cumplir con mi guarda y no arriesgar el pellejo.  (Señalando el lado opuesto.)  Desde allí lo mismo podré observar y, en un apuro, me es más fácil alcanzar la puerta de la escalera. Bien pensado.  (Va a sentarse en el sillón que está al lado opuesto y donde dejó su gorro, su capa y su espada.)  Poco a poco; la prudencia, madre de la seguridad, exige que registre uno siempre escrupulosamente el cuarto donde ha de dormir; a ver, no sea que...  (Toma una vela y registra el cuarto. Al llegar delante de los retratos se detiene.)  Válgame San Fermín, qué caras tan feas, tan... Ésos serán retratos de la familia de don Lope. Sí, no hay duda: son los retratos de su noble posteridad. Vaya, ya está visto; estoy solo, absolutamente solo: no se puede estar más solo.  (Se acurruca en el sillón.)  ¡Con qué ganas me va a pillar el sueño!  (Bosteza, y hacen otro tanto los retratos.)  ¡Ay, ay, ay! ¿Qué he visto? Los retratos que han estado bostezando al mismo tiempo que yo. Eso será que se están fastidiando de permanecer tanto tiempo en un mismo sitio. Con todo, ¿cómo es posible eso? Vamos, vamos, el sueño sin duda ha turbado mi vista; fue ilusión probablemente lo que vi, y si no probémoslo.  (Bosteza, y le imitan los retratos.)  ¡Ay, madre de mi alma! No es ilusión, no es ilusión; mi hora llegó. El demonio me persigue, es evidente.  (Temblando mucho.)  ¿Saben ustedes que habría lo bastante para temblar si no fuera por el valor natural que le anima a uno y le hace superior? ¿Qué no daría yo por poder dormir? Porque si durmiera, probablemente sería con los ojos cerrados, y no vería todas esas brujerías que me atormentan. Pero, ¡calla! ¿Para no verlas hay más que apagar las luces?  (Va a apagarlas, y se detiene.)  Ya, mas eso es salir de un apuro para caer en otro; y si, a favor de la oscuridad, vienen los duendes a hacerme cosquillas, a pincharme las pantorrillas, a tirarme de los pies... ¡Bah! Entonces llamaré a don Lope, recurso que no debo emplear sino en la última extremidad, porque el viejo testarudo, empeñado en atribuirlo todo a miedo, sería capaz de negarme al fin su pupila. No hay que titubear: mi futura felicidad pende de la conducta que observe en esta noche crítica. Apagaremos las velas. En breve las antorchas de himeneo me volverán la luz apetecida.  (Apaga una de las velas. Cuando tiene apagada la segunda, vuelve a encenderse la primera. Apaga nuevamente ésta y se enciende la otra, cuyo juego se repite viceversa tres o cuatro veces.)  ¿Si estará también el demonio en estas velas condenadas?  (Consigue por fin apagarlas.)  ¡Ah! Ya está apagado el demonio.  (Vuelve a tientas a su sillón; se encienden a un tiempo.)  Dale; vaya un tema... ¿Qué puedo yo, infeliz, contra tanta magia de los infiernos? ¡Ah! Si me atreviera, si me atreviera, voto a tal, ¡qué miedo tendría! Pues, señor, ¿cómo ha de ser? Una vez que está empeñado Satanás en que yo me vea dormir, dejemos en paz las velas y, haciendo de tripas corazón, procuremos descansar, si no el ánimo, siquiera el molido cuerpo.  (Se acurruca en el sillón.)  ¡Ay, cuán cara te compro, Leonorcita! Luego veremos si me lo agradeces. Brrr, las noches empiezan a hacerse fresquitas: estoy casi tiritando. No puede ser más que el frío; a ver si me gobierno tal cual en esta cama de lance.  (Se pone el gorro y se emboza en la capa; a poco se duerme, y no bien principia, cuando se le va hinchando el gorro hasta tomar la forma y las dimensiones de un globo. Se despierta asustado.)  ¡Dios mío! ¿Qué es eso?  (Dando gritos desaforados.)  ¡Ay, ay, ay! Madre mía, papá-suegro, Lazarillo fiel, ¿no hay quien me favorezca? ¡Que me vuelo, que me vuelo!

 

(Acuden dando gritos y medio desnudos DON LOPE, LAZARILLO y varios Criados y Paisanos con hachones. Muda la decoración y representa el teatro una campiña, por cuyos aires se va el globo llevando a DON SIMPLICIO en una dirección, mientras CUPIDO lleva en otra a DON JUAN y DOÑA LEONOR sentados en un carro elegante.)

 


ArribaAbajoApéndice E

Acto III, Escena I (ms.)


 

... plaza oyendo cantar unas coplas a un compatriota suyo.

 

LOPE.-  ¿Y qué cantaba?

SIMPLICIO.-  Ahora lo oiréis.

 

(Música.)

 
    Por afán de ir en birlocho
tiene que andar mucha gente
como la luna en creciente
el año cincuenta y ocho.
    Y esto es verdad,
que lo dice un lunático
    de calidad.



ArribaAbajoApéndice F

Acto III, Escena I (ms.)


 

«Coplas de Don Simplicio cuando baja de la luna (profecía que oyó a un lunático)»

 



Yo estoy viendo, caballeros,
¡qué fortuna!,
con mi maña, con mi ciencia
y con mi ardid,
sentadito aquí en los cuernos
de la luna,
lo que el siglo diez y nueve
habrá en Madrid.


Estribillo

Y esto es verdad, y esto es verdad,
que lo dice un lunático
de calidad.



Las morenas se untarán
con albayalde;
pero, en cambio, qué gracioso
será ver
a un marido dando quejas
al alcalde porque le hayan desconchado
a su mujer.
Y esto es verdad... etc.



Habrá en vez de galeras remolonas
vías férreas y gas, como en Berlín,
reventando en un descuido mil personas
sin que quede tan siquiera un calcetín.

Y esto es verdad... etc.




ArribaAbajoApéndice G

Acto III, Escena II (1836)


CÍCLOPES.-   (A VULCANO Poderoso dios de los cíclopes, aquel afortunado mortal que resolvió favorecer tu sin par generosidad, y a quien tu mágico poder hizo bajar desde las cumbres del Pirene hasta estas nuestras entrañas del Etna, está en la cueva inmediata. ¿Qué hemos de hacer?

VULCANO.-  Que venga.

CÍCLOPE.-  Aquí está.

 

(Llega con muestras del mayor susto DON SIMPLICIO, escoltado por media docena de Cíclopes.)

 

VULCANO.-  Seas bien venido, insigne don Simplicio Bobadilla de Majaderano y Cabeza de Buey.

SIMPLICIO.-   (Aparte. Calla, calla, ¡cómo sabe todos mis nombres...!)  Muchas gracias, señor maestro.

CÍCLOPE.-   (A DON SIMPLICIO, amenazándole con el martillo.)  ¿Cómo maestro?

SIMPLICIO.-  Poco a poco; no hay que enfadarse. Viendo yo todas las señas de unas fraguas, yo pensé que el que dirigía los trabajos...

VULCANO.-  ¡Tonto...! ¿No conoces, según eso, la mitología?

SIMPLICIO.-  La mito... ¿qué?

CÍCLOPE.-   (Amenazándole otra vez.)  Logía, majadero.

VULCANO.-  Tu ignorancia sola puede desconocer en mí a un hijo de Saturno, al dios del fuego, al numen de los herreros.



ArribaApéndice H

Acto III, Escena VII (1836)


SIMPLICIO.-  ... a ver, pues. Pero me dijeron que tan pronto como llegase a introducirme se me presentaría el mágico, y no aparece. Me sentaré a esperarle. Muy mal hecho dejar así solas las personas que vienen de visita. Esta muestra de impolítica del señor ministro de Pluto me da muy espina. ¡Eh! Éste será algún charlatán como el Vulcano; algún loco, algún...  (Un enorme brazo ase a DON SIMPLICIO por los cabellos y le levanta a algunos pies del suelo sacudiéndole.)  ¡Ay, ay! Señor mágico invisible, suelte usted, por caridad; suelte usted, que tengo el cutis de la cabeza sumamente sensible. ¡Perdón! ¡Perdón!  (Le suelta el brazo.)  ¡Uf! ¡Qué susto! Tienen razón en decir que no hay que murmurar de los ausentes.  (Se levanta y sale de [la] tierra, entre sus pies, una llamarada muy viva. Quiere retroceder y encuentra otro tanto detrás y a los lados.)  ¡Miren ustedes qué tontería! ¡Ir a encender lumbre ahí debajo! Me han quemado las cejas. Serán tal vez las cocinas de mágico. ¡Caramba, qué calientes! Por lo visto, lo más prudente es tomar las de Villadiego y renunciar a Leonor, que no vale ella ni toda su casta los trabajos sin número a que me expongo.  (Se presenta a la embocadura por donde salió y encuentra en ella un horrible Cancerbero.)  ¡Ay! ¡No salgo de ésta! ¡Señor mágico! ¡Don Lope! ¡Madre! ¡Señor mágico!  (Se tira al suelo boca abajo. Truenos horrorosos. Sale del agujero del apuntador un MÁGICO que tiene alternativamente cuatro o siete pies de estatura, según se va bajando o alzando DON SIMPLICIO para hablarle. Tiene los ojos vendados. Su riquísimo ropón de púrpura, cubierto de monedas de todas clases, deja ver de cuando en cuando el cuerpo que cubre imperfectamente, y éste es un esqueleto asqueroso.)