Semblanza crítica de Concha Zardoya
Por Elia Saneleuterio (Universitat de València)
Concha Zardoya (1914-2004) nació en Valparaíso (Chile), donde vivió su infancia y primera juventud. Con su familia, se trasladó en 1932 a España, de donde siempre se sintió, al ser sus padres oriundos de Navarra y Cantabria. Antes de cumplir los veintitrés años había recorrido ya varias ciudades españolas: Zaragoza, Barcelona, Madrid, Valencia. Allí, en la capital provisional de la República durante la guerra civil, colaboró estrechamente con el pintor José Manaut, discípulo de Sorolla, y su esposa, Ángeles Roca, en el arranque de Cultura Popular, entidad sucesora de las Misiones Pedagógicas del primer gobierno republicano (Seguí i Francés, 2011; Zardoya, 2002). En ese tiempo se dedicó, entre otras cosas, a rebuscar libros perdidos entre los escombros de las casas destruidas con la noble finalidad de mandarlos al frente
(Manaut, 2022: 85). Concha, que nunca se casó ni tuvo descendencia, siempre consideraría a Stella Manaut, la hija pequeña del matrimonio que nacería años después, su «ahijada "laica"».
En 1944 publica Cuentos del antiguo Nilo, bajo el seudónimo de Concha de Salamanca, así como otros géneros menores. Su ritmo editorial comienza a definirse en esa década -y se mantendrá hasta su fallecimiento- a razón media de poemario por año. Antes de transitar sucintamente los hitos de su aportación a la lírica de su tiempo, resulta ineludible mencionar su largo «autoexilio» americano. Con treintaitrés años, en 1948, recala en la Universidad de Illinois, donde se doctoró con la tesis España en la poesía americana. Hasta 1977, momento de su jubilación, impartió docencia en Tulane, Berkeley, Yale, Indiana, Bloomington, Columbia, Massachussets y Boston, labor académica que compaginó con la investigación literaria y con la propia escritura creativa, fundamentalmente de género lírico.
El primer estudio riguroso de toda la obra poética de Concha Zardoya fue la tesis doctoral de Mercedes Rodríguez Pequeño, defendida en 1986 y publicada al año siguiente. Sin embargo, y como resulta evidente por la fecha, apenas pudo considerar poco más de la mitad de los libros que la poeta acabaría escribiendo. Con carácter previo a su opera prima, Concha compuso hasta seis volúmenes de poesía, que decidió dejar en la sombra por inmaduros y primerizos
(Rodríguez Pequeño, 1987: 44): Violencia del duelo, Abel, Memorial de la guerra, Agreste voz, Solo el amor y, finalmente, Loas y elegías a una rosa.
De su debut lírico, Pájaros del Nuevo Mundo (1946), primeramente titulado Las manos y los pájaros -cuando aún era inédito y cuyas composiciones salpimentaron revistas como Verbo u Hora de España-, se dijo que era un libro tremendista, adjetivo que la autora tomó como una acusación. Por si esta publicación en Adonáis no implicara empezar pisando fuerte, recibir el accésit del Adonáis a los pocos meses, ex aequo con Eugenio de Nora y Julio Maruri, ya sí posicionó a Zardoya en primera línea de la poesía peninsular. Fue con Dominio del llanto (1947), y coincidió con el año en que lo ganó José Hierro con su emblemático Alegría (1947).
Se ha dicho de su obra que supone una interrogación continua
(Moreno, 2008: 14); de hecho, llama la atención la gran frecuencia con la que se recurre a esta modalidad oracional. Sucede ya en Pájaros del Nuevo Mundo, como se aprecia en los poemas «Buitres», «Pájaro de amor» o «Pájaro de tristeza», entre otros, o también en el pórtico de Dominio del llanto: ¿Duros cielos que buscan el olvido / propagan el dolor sobre la nieve? // ¿Duros cielos agolpan, tumultuosos, / las legiones del llanto en los países?
(1947: 11).
Estos planteamientos van seguidos de cuatro interrogaciones más, sucesión de preguntas que será característica de su poesía hasta el final. Como se ve en los versos citados, sus inicios líricos están marcados por la experiencia de la posguerra. Concha Zardoya se marcha al año siguiente a Estados Unidos y se centra en su carrera, por lo que hay que esperar a bien entrados los cincuenta para sus siguientes entregas poéticas: La hermosura sencilla (1953), Los signos (1954), El desterrado ensueño (1955), Mirar al cielo es tu condena (1957), Debajo de la luz (1959) y La casa deshabitada (1959). Dos de estos libros fueron editados por el Hispanic Institute in the United States, pasando luego sus proyectos a ser acogidos por Ínsula y, más adelante, por Corcel. Aparte de estas editoriales, Zardoya no dudó en publicar en otras más pequeñas o institucionales, muchas veces producto de la obtención de algún premio, aunque también editaron obras suyas las grandes Losada, Alfaguara o Biblioteca Nueva.
Su actividad, sin dejar de ser intensa, decrece un poco en los sesenta, con Elegías (1961), Corral de vivos y muertos (1965), Donde el tiempo resbala (1966) y Hondo Sur (1968). Traslucen sus versos gran solidaridad con sufrientes y desvalidos: De una muerte a otra muerte, todo un pueblo / camina, fatigado, con el alba
(1965: 84). Se aprecia, aun en tan breve cita, que su escritura está teñida de estoicismo -así lo sentenció Rodríguez Pequeño (1987: 189)-, unido ello a su gran respeto a la forma. Y es que es la suya una poesía hondamente meditativa y en permanente evolución
(Moreno, 2008: 14), con preocupaciones metafísicas que recuerdan a las de autores fundamentales que le influyeron, como Miguel de Unamuno (Fagundo, 1988: 17).
De los setenta son Los engaños de Tremont (1971), Las hiedras del tiempo (1972) y El corazón y la sombra (1977). Ese año concluye su larga y exitosa carrera universitaria como profesora en Estados Unidos, y lo celebra regresando a su querida y sufrida España. Varios años después ve la luz un libro importantísimo de su trayectoria, Diotima y sus edades (1981). Se trata de una impresionante propuesta lírica donde la autora crea un alter ego que le ayuda a elaborar una reflexión existencial sobre las etapas de su propia vida.
En 1983 salen a la luz dos poemarios extrañamente emparentados, marcados por sendos símbolos escénicos, Manhattan y otras latitudes (1983) y Retorno a Magerit (1983). Los ejes temáticos pivotan, respectivamente, sobre sus múltiples viajes y su final asentamiento en la capital española. No sorprende per se -tantos otros poetas la precedieron y siguieron- el impacto de la gran urbe neoyorquina, al que se une su periplo por otras «latitudes» tanto estadounidenses como españolas, sino que el reencuentro con la patria chica será el verdadero trauma urbano: seis años fue los que tardó en digerir su retorno a Madrid -ciudad que, en la época andalusí, recibió el nombre árabe de مجريط [Maǧrīţ], y de ahí el título de la obra-.
Son los ochenta una época realmente fecunda, donde florece una dedicación plenamente creativa de quien ya disfruta de la ansiada vida retirada: retoma el cultivo de la narrativa infantil y prosigue con su vocación irrenunciable hacia la poesía. Tras Poemas a Joan Miró (1984), prepara tres libros más en 1985: Forma de esperanza, No llega a ser ceniza lo que arde y Ritos, cifras y evasiones. A partir de este último inclusive, comenzó a publicar sobre todo en Endymión, sello seguido de lejos por las editoriales Devenir y Torremozas.
A los títulos citados suceden Los perplejos hallazgos (1986), Altamor (1986), Gradiva y un extraño héroe (1987) y La estación del silencio (1989). Autora incansable, ya está preparando por entonces sus siguientes libros, que saldrán tres años después, al unísono: Un dios que nos domina (1992), que escribe entre 1989 y 1990, y Patrimonio de ciegos (1992), entre 1988 y 1990, donde vuelve el lamento por la patria, revestidos los viejos dolores de nuevas preocupaciones. En contraste con ello, el dominio del primer título lo ejerce la realidad verbal, que existe con naturaleza autónoma: las palabras trasdicen lo que calla / la voz en un momento
(1992: 15), por ello nos traspasan, nos trascienden. Son acciones, frecuentemente, ensombrecidas o matizadas por el prefijo «tras-» -frecuentísimo en su escritura, junto con su variante «trans-»-, muletilla morfológica que torna inconfundible el léxico de Concha Zardoya.
Puede decirse, por tanto, que la carrera lírica y académica de Concha Zardoya es pareja a la de sus contemporáneos varones Pedro Salinas, Jorge Guillén, Dámaso Alonso o Carlos Bousoño, que consiguieron brillar en calidad tanto de especialistas en la lírica coetánea como de sus adalides; entre las mujeres, tuvieron una trayectoria similar Eulalia Galvarriato -más conocida por su prosa-, Aurora de Albornoz o Fina García Marruz, poeta cubana, todas estudiosas de la literatura y muy fecundas artísticamente hablando, aunque no tanto como Zardoya, quien en el panorama nacional solo es superada en productividad de títulos por Amparo Conde, si bien esta fue fundamentalmente autodidacta y artesanal en cuanto a la composición de sus poemarios.
Concretamente, Concha Zardoya estudió a poetas como León Felipe, Federico García Lorca, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Pedro Salinas, Jorge Guillén, Gerardo Diego, Vicente Aleixandre, Rafael Alberti, Concha Lagos, Leopoldo de Luis, Carmen Conde, Miguel Hernández, José Hierro o Ángel García López. Son autores que consideró asimismo en su propia creación poética: trascendiendo las páginas académicas, habitaron también su imaginario lírico y rindió homenaje a cuantos estudió y leyó, en la medida en que le inspiraron nuevos versos. Así, Los ríos caudales (1982), parafraseando su subtítulo, es una apología de los poetas del 27, y Marginalia (1994), una colección de los poemas que acaso le nacieron en los márgenes de los libros que devoraba... Las primeras secciones se refieren a autores clásicos nacionales e internacionales, para continuar con sus contemporáneos; un total de cuarenta y siete poetas, todos ellos varones. No es que Concha no leyera a las escritoras de su tiempo, es más bien que justo el año anterior ya les había dedicado un libro: El don de la simiente (1993) incluye lo que le movió la lectura de Carmen Conde, Ernestina de Champourcin, Gabriela Mistral, Alfonsina Storni, Rosa Chacel, Concha Lagos, Fanny Rubio, Cristina Lacasa, Julia Uceda, Acacia Uceta, Acacia Domínguez, Elena Andrés, Luzmaría Jiménez Faro, Ana María Fagundo, Amparo Amorós, Isabel Paraíso, Juana de Ibarbourou, así como de algunas anteriores, como Rosalía de Castro o Delmira Agustini, que había fallecido cinco meses antes de que Concha naciera.
En 1996 se imprimen Antes que las palabras y Ciudadanos del Reino, entregas que responden canónicamente a la cosmovisión de la autora. Si en el primero se rinde homenaje a la naturaleza, las cosas, que existen antes de ser nombradas -reflexión complementaria de la cantada en Un dios que nos domina-, en el segundo la palabra se enfoca en el ser humano y sus diversas manifestaciones; es un libro escrito, pues, en segunda persona, donde el tú se identifica cada vez con un referente distinto. No son «túes» cercanos ni ostentan nombres y apellidos, sino que se trata de tipos, incluso si llevan una dedicatoria concreta.
Concha Zardoya roza el fin del milenio con ochenta y cinco años. El lustro final de su vida lo dedica a escribir su postrer poemario, algo que hace hasta cuatro o cinco veces -corolario de no morirse-, por eso los títulos de los últimos son sistemáticamente concluyentes, de vejez o despedida: Senecta (1999), Última Thule (2000), Final germinación (2001) y Sintonimias del adiós (2002). Al año siguiente, cansada de intentar poner punto final al testamento, vuelve a abrir la mirada a los objetos que la rodean, acaso para ir despidiéndose uno a uno de ellos, y publica Alrededores míos (2003), libro que yo quería "póstumo"
. Casi con noventa años, cuando ya hubo dicho cuanto tenía que decir, volvió a mirar alrededor y, finalmente, pensó que le había faltado dedicar un volumen de versos para los pequeños lectores... Ronda del arco iris (2004) es, por este motivo, un libro que extrañamente cierra su producción lírica y que la cifra en un total de treinta y nueve poemarios publicados.
Ante esta capacidad de trabajo y dominio del verso sorprende, casi una década después de su fallecimiento, que sigamos careciendo de monografías que aborden su obra completa. Aunque su nombre se repite en antologías de primera línea y contienen títulos suyos los catálogos de las mejores colecciones de poesía, no existe, en efecto, ningún estudio conjunto de sus casi cuarenta volúmenes poéticos, algo que llama la atención respecto de una autora tan prolífica y relevante en la historia de la literatura española del siglo pasado.
(2024)